Actualizado el 5 de abril de 2018

Donde juegan los vampiros

Por: . 2|4|2018

La tarde del 27 de enero los vampiros dormían la siesta. El viento invernal, gélido y ligero, empujaba velozmente las nubes grises que se perdían mientras avanzaban hacia el norte. En las calles, el sonido metálico del silencio era interrumpido por el inquietante rumor de los remolinos de polvo, de las hojas y de los papeles sucios, que iban de acera en acera y de esquina en esquina como persiguiéndose entre sí. Aquellas migajas de basura, aquellas sobras de todo, se paraban arrebujadas en un montón de basura de mayor tamaño para luego brincar sobresaltadas, sabe Dios con qué destino. Algunos despojos, los más sólidos, chocaban con carteles mal pegados a postes que anunciaban conciertos de reggaetoneros en garitos cercanos; mientras la arenilla que traía el viento se acumulaba en el alféizar de la ventana de Edgardo.

Edgardo Pérez (31 años) quiere ser director de cine. Está frente a uno de esos viejos monitores de amplio volumen escribiendo el guion de su última película. Se le ocurrió en el baño, mientras desenmarañaba el peinado construido a base de gel y sus pies sometían la fría y agrietada losa blanca. Piensa que tiene en sus manos un éxito en potencia: la primera película hecha en Cuba de vampiros de carne y hueso.

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En enero de 2018 los consumidores del Paquete Semanal descubrieron, en el (ya) rutinario proceso de selección y discriminación cultural, una nueva producción en la carpeta de “Películas cubanas”. El nombre invita a la copia digital: Sangre cubana (2018). Un proyecto totalmente aficionado. Hecho sin el amparo de ninguna institución y lo que es más difícil, sin dinero. En el poster promocional, una suerte de manifiesto cinematográfico desvela las intenciones del director:

Sangre cubana es una película llena de personajes y humor. Véase como un homenaje al animado clásico de J. Padrón Vampiros en La Habana. Es una obra lograda con jóvenes aficionados y como únicos recursos una cámara, una PC para editar y Las Malditas ganas de hacer Cine.

¿Malditos como Rimbaud? ¿Malditos como Nicolás Guillén Landrián? ¿Quién sabe?

El poster de marras consiste en una fotografía del Capitolio habanero en tono escarlata, donde alguien, Photoshop mediante, ha superpuesto las imágenes de los 5 personajes con más peso en la trama. Una luna llena con el logo de los Rolling Stones cubanizado y vampirizado vigila a los protagonistas desde la altura. En el borde superior hay un ribete que anuncia “Premio Nacional de Cine”, seguido por la aclaración “Na´, ¡mentira!”. En lo que se supone sea el dorso, está la ficha técnica de la película, además de las advertencias de rigor: “Apta para mayores de 12 años; y duración: “1:50:03”.

La sinopsis, tomada del propio poster promocional, es la siguiente:

Lester piensa que su mejor amigo William es gay y esto le incomoda, pero su novia Camila le hace entender que está siendo homófobo. William conoce en persona a Elizabeth una muchacha de la que está enamorado pero que solo conoce virtualmente (por la red), la cual lo convierte en vampiro. A partir de ese momento Lester y William se enfrentan a un mundo desconocido pero en bandos contrarios ya que Lester conoce a Midas, un cazador de vampiros, y juntos tendrán que enfrentar a Dorian, el Primer vampiro cubano, para impedir que ocurra “La noche Roja”(…)

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Al llegar, los primeros que me reciben son los niños y los perros. Los niños miran con extrañeza, para luego ignorar felizmente mi paso; maltratan un viejo balón de fútbol que de tanto uso ha quedado gris. Gritan y corretean sin temor a una caída sobre el duro asfalto. Dos perras flacas, de ojos grandes y precisos, saltan y ponen sus patas delanteras sobre mi cintura pidiendo cariño.

La cita es en casa de Yordan Cannet, vampiro cantante de género urbano que lleva un desafiante piercing bajo el labio. Su gentil madre —aún no convertida en vampira, al parecer— ha brindado la sala de estar como espacio para la entrevista. De los más de 42 actores (entre extras, figurantes y secundarios) que aparecieron en la película solo asisten 8. Todavía están medio adormilados. Raras veces se quedan despiertos hasta las 2 de la tarde. Eso es, para ellos, trasnochar.

—¿No va a venir el resto del elenco? -inquiero ante la baja asistencia como un profesor universitario de Educación Física.

—Yo quisiera que aquí estuvieran todos los que participaron, pero lo que pasó con el filme es que muchos me dejaron quemao´. Algunos actores decidieron no seguir trabajando en la película—responde Edgardo (prefiere que le llamen Edgar).

—¿Y eso?

—Perdieron la fe.

—Y yo digo que ese era el objetivo de esas personas. Dejar el proyecto a medias, que no saliera la película —interrumpe Ismel Rodríguez (33 años) quien interpreta el papel de bibliotecario/cura (no podía faltar el cura), un rol clave en el argumento de la película.

El rodaje duró casi la totalidad del año 2017, debido a que grababan solo los domingos o algún que otro sábado. La vida laboral y la juventud de la mayor parte de los actores -juventud que obligaba, como acto de fe, dedicar la noche sabatina a la farra y el fandango – así lo condicionaron. Ante la extensión del rodaje muchos se hastiaron.

Es comprensible el disgusto de Ismel por los “desertores”. Más que por traición, a Judas se le desprecia por traicionar barato. Y tan baratos fueron. El carácter aficionado de la película fue un obstáculo para cualquier tema de salario. La expresión “por amor al arte” le va como anillo al dedo a Sangre cubana. “Ahora deben estar lamentándose ante el éxito del film”, espeta Edgar y coinciden, seguros de su trabajo, los ocho reunidos en aquella sala de estar.

—Hasta pensaba presentarla al Festival de Cine, pero me aconsejaron que no, me dijeron que allí habría películas con mayor calidad visual.

Edgar filmó con una pequeña Canon Pro que le aportaba una calidad de imagen aceptable, pero no de sonido. Ante la complicación que representó el problema del audio tuvieron que regrabar todos los diálogos en un estudio, por lo que, durante la película, en ocasiones la imagen y el sonido parecen distanciarse juguetonamente.

La casa en la que nos encontramos cuenta con un pequeño estudio de grabación al fondo de un corto pasillo (donde grabaron el guion). Hay que descalzarse para entrar, a la usanza de los hogares japoneses. El cuarto está arropado por una moqueta gris que parece comerse el suelo y las paredes, creando una uniformidad decorativa solo rota por un pequeño banco de madera con soportes bajos, en el que los vampiros -o cantantes- esperan su turno para grabar. En la sala de estar no alcanzan las sillas para todos. Butacones con motivos florales conviven con un pequeño televisor y unas angelicales figurillas de bronce que perdieron desde hace mucho su halo. La blancura de los tabiques está interrumpida por un cuadro de una pareja de lobos (acaso Huskies siberianos), seguido por otro de potros salvajes despeñados en una verde pradera (tal vez huyendo de los lobos).

Es un grupo pintoresco. Cinco hombres y tres mujeres. A primera vista no parecen chupasangres. Visten pullovers ajustados y shorts de mezclilla con ripios; piernas y brazos depilados, tenis deportivos y cortes de pelo de los que llaman reparteros. Deben ser una variante insular de los vampiros.

Heydis Espina (20 años), estudiante de Enfermería, y Yanetsi Bachiller (22 años) son las vampiresas del piquete. La primera se encargó de hacer el maquillaje. Comenta que le prestaron un DVD con tutoriales cosméticos (que no le sirvieron de mucho), y asumió su rol ante una necesidad artística. Heidys cuenta, sin mucho reparo, que tuvo que aplicar los polvos y pinturas con una toalla sanitaria femenina —nótese el eufemismo—. Yanetsi, mulata de breve figura, piercing en la nariz y abultados rizos que caen como serpientes, dice, con la timidez de las actrices noveles, que desconocidos le han pedido fotos en la calle. En su trabajo ya todos los compañeros vieron la cinta. Como aparece desnuda —de hombros para arriba— en una escena, se han propagado rumores insanos en su ambiente laboral. Tuvo una crisis de fama. Pero, por suerte para sus colmilludos colegas, Yanetsi los acompañará en la próxima película. Laura Susana (21 años) es la tercera chica en la habitación, tuvo una breve aparición sobre la mitad de la trama. En la semana estudia Fisioterapia.

Leonardo Vargas, estudiante de Informática y efectista de sonido que interpreta a Marcos; y Enrique Romero, profesor de inglés, karateka criollo, quien interpreta a El ninja, un cazavampiros asesinado en un roble del Bosque de La Habana, completan los presentes, sin embargo, prefieren permanecer en silencio la mayor parte del encuentro.

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Es un día cálido y húmedo de agosto y los relojes dan las 12. Los rayos solares penetran con impunidad las hojas finísimas de los árboles del Bosque de La Habana. A ratos, el calor se hace insoportable. Edgar y Dorian, el rey de los vampiros cubanos, esperan a una cuadrilla de —más o menos— 15 fieros extras, cuya única misión en la película es despedazarse los cuellos y arrancarse los colmillos. Es el día de la batalla épica, donde cazavampiros y chupasangres se matarán entre sí al más puro estilo Crepúsculo.

Pero son las 12 y no llega nadie.

Edgar y compañía juegan al escondite con el sol, gracias a la complicidad de un vasto roble. Maldicen por lo bajo ante el panorama de un día de grabación perdido. De repente, la solución. Un grupo de jóvenes espadachines practica su arte con sables de madera. Edgar necesita actores. Se acerca a ellos. Les habla de su proyecto. Los anima a participar. Aceptan. Aun así, no es la primera vez que las cosas no salen como Edgar quiere.

Ya está acostumbrado.

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Cuando empezó el rodaje, el guion no estaba finalizado. Edgar, el hombre orquesta, sabe que las cosas buenas se cocinan a fuego lento. No hay prisa. Si hay que darle un hervor final, si sus actores no asisten al plató, si no hay recursos para hacer la sangre de un asesinato, coge el teclado blanquecino de su voluminoso computador y le da al backspace sin titubear. La edición del guion cuesta, pero como dijo Hemingway, de vez en cuando hay que matar a los seres queridos.

“Al principio la historia no iba a ser de ese modo”, comenta Edgar con resignación artística.

“Cuando algunos actores decidieron no venir más tuve que matarlos (en la ficción). Ese fue el caso del muchacho que hace de Dorian. Dorian no iba a morir.Cambiamos muchas cosas, empezando que no se iba a llamar Sangre cubana, sino Noche Roja.”

Edgar mira hacia abajo. Luego mira a sus compañeros, para tomar fuerzas, o para justificarse. Relata que, como recurso desesperado, echó mano a sus habilidades de animación en el tosco Macromedia Flash Player para atar los cabos sueltos de la trama. Pero,por muchas destrezas que uno tenga, es imposible disimular el efecto plastilina del Macromedia Flash Player.

Recreada con el Macromedia, la escena de la muerte de Dorian —asesinado por Wilfredo, el borracho repartero, interpretado por Yordan Cannet (el dueño de la casa) —, es, más o menos, así:

Dorian (con voz distorsionada):

Está bueno ya de estar haciendo lo que te da la gana. Aquí hay que hacer lo que yo digo que pa´ eso soy el jefe. Te la pasas todo el día diciendo que “yo soy el animal” (…)

Wilfredo (con un cuchillo en la espalda):

Ya compadre, deja la descarga esa ya, que al final yo sé que tú eres el jefe. ¡Eh, mira a Michael Jackson!

Dorian:

¿Dónde?

Cuando Dorian se da la vuelta Wilfredo corta su cabeza de un tajo. Un chorro de sangre virtual sale disparado del orificio.

Wilfredo (en tono victorioso):

El animaaaaal.

Si algo sacamos en claro de esa escena, además de que el rey de los vampiros cubanos era un poco ingenuo, es que, de golpe, Sangre Cubana se convirtió en la primera película hecha en Cuba de vampiros de carne y hueso en incluir secuencias de animación.

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Edgar escribe, dirige, actúa, edita y canta, como un Orson Welles de los tiempos modernos, solo que más completo. Edgar es Licenciado en Educación Primaria, pero vende discos en algún soportal de Marianao para hacer el pan.

Ni Edgar, ni ninguno de los presentes, tiene formación artística.

—¿Y no han recibido clases de actuación?

—Gleibis Rodríguez, quien no pudo venir hoy, dio un curso de fotografía por su cuenta, así que sabía cosas de ángulos. Creo que (en el curso) sacó 100 puntos. Por eso grabó varias de las escenas —explica la “maquillista” Heidys.

—Yo soy cantante de un grupo, además de custodio. Voces Negras, se llama —aporta Ismel, quien además de bibliotecario y cura, es guantanamero.

—Queremos ser actores y actrices. Trabajar en ese mundo. Pero tememos que cuando vayamos a hacer las pruebas de alguna escuela nos digan “no sirven” —se lamenta, con ojos grandes y vivos, Yanetsi.

Edgar clava en mí su mirada. Los ojos todavía enrojecidos y legañosos por el trasnoche. Carraspea un poco, quizá para pedir la palabra y terminar con la carrerilla de argumentos. Se rasca la nuca para luego posar sus manos en ambas rodillas. Cuando organiza las ideas se apresura en responder.

—Yadiel Fernández, actor cubano que sale en Bocaccerías Habaneras y en Casa Vieja, se enteró de lo que estábamos haciendo por una amistad en común, y se ofreció para darnos un taller de un día.

Más que saberes técnicos, ese taller les dio fuerzas para continuar.

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El ómnibus 615 de la línea P9 se acerca ruidoso y renqueante a la parada donde Edgar espera paciente.Al abordar consigue asiento y coloca cuidadosamente una mochila negra en su regazo. Edgar abraza a la mochila con fervor. En ella se encuentra su película. Totalmente editada y con rudimentarios efectos especiales. Es el mes de enero del año 2018 después de Cristo.

La enorme y endeble máquina avanza sin problemas por la calle 114 —nombrada antiguamente General Lee—. Se dirige al Vedado, donde se reunirá con Abdel la Esencia, paquetero ilustre de La Habana.Desde el inicio de su improvisada carrera como director de cine, Edgar confía en el poder del paquete —ese internet de los desconectados— para distribuir sus películas. Edgar afirma, con la vanidad propia de los directores de cine, que Sangre cubana se ha copiado como pan caliente.

A mi criterio, son dos las razones por las que este film ha tenido una aceptable distribución entre la clientela del paquete; la primera: el inefable, siempre curioso apoyo del público al cine nacional, no importa el género y la procedencia; y la segunda: el título. Su carpeta resalta entre la multitud. Desafía al anonimato y a la invisibilidad. Jean Cocteau decía que la invisibilidad es la máxima demostración de elegancia. Pero Jean Cocteau murió hace 55 años.

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Edgar no es un director principiante. No tendrá una silla con su nombre al dorso, no estará afiliado a ninguna institución audiovisual, pero tiene varios cortos, películas y una malograda serie. Hasta posee un catálogo que exhibe con orgullo ante quien quiera verlo.

Los demonios del corazón (2013), Malas intenciones (seriado, 2014), ¿Qué + puedo querer? (proyecto de seriado, 2015) y Tacón (2016), componen la mayoría de sus films. Los otros han sido pasto de virus informáticos.

Su último proyecto antes de Sangre cubana, Tacón, es un homenaje a las slashmovies —me explica—. La película se centra en un grupo de amigos atrapados en una casa. Uno a uno, los jóvenes son asesinados por un psicópata enmascarado. El demente mata a base de repartir bofetadas con su mano derecha (les rompe el cuello, al parecer). El lunático adquirió esa descomunal fuerza en la palma de la mano porque entrenaba todas las tardes abofeteando a un desdichado pino de algún parque de Marianao.

—Como no teníamos materiales para hacer la sangre, decidimos que el asesino matase dando “tacones” (forma coloquial de decir bofetada, galleta, manotazo, etc.) —resuelve, divertido, Edgar.

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Son las 3 y media de la tarde. Mientras en los arrabales de Marianao se hace la digestión de los chícharos, del picadillo y del pollo por pescado, Edgar y Yordan me llevan nuevamente a la monótona sala de grabación. Acceden a prestarme fotos del rodaje para este trabajo.

Edgar me confiesa, preocupado, que lo llamó un productor de Tenerife, pero que no dijo su nombre ni su dirección. Dejó un contacto en Cuba que a Edgar y compañía les resulta sospechoso. Todo el grupo desconfía. No es la primera vez que lo intentan engañar; ya una vez le robaron una idea.

—No me gustan los estafadores —sentencia Edgar

—¿Y cuál será tu próxima película? —le pregunto para cambiar el tema.

Mira al frente. Esquiva la pregunta. Tal vez con la idea de la estafa o de un posible plagio todavía rondándole la cabeza

—Estamos trabajando en eso —finalmente responde, y sin dejar de mirar al frente me hace un amago de sonrisa para exhibirun afilado y amenazante colmillo blanco.

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