Actualizado el 13 de junio de 2018

Exégesis del dolor

Por: . 11|6|2018

Irizelma Robles. Fotografía ADÁL

Irizelma Robles. Fotografía ADÁL

En la tentativa de alcanzar una eficaz lectura a esa treta de códigos y mensajes que hilan la existencia, Irizelma Robles Álvarez (Puerto Rico, 1973) ha escrito El libro de los conjuros, poemario donde se reúnen sabiduría y discernimiento, y que ha permitido a su creadora —esgrimiendo poderosos e íntimos arcanos— lograr el arte de la alquimia.

En cada poema se imbrican elementos, emociones, piedras y minerales cuyas derivaciones dan forma a lo que la poeta ha dado en llamar “exégesis del dolor”. Ella ha descubierto el prodigio de la mezcla y la trasformación, trayendo entre sus manos esta dádiva, y acorazada con la erudición que el tiempo ofrece, se vuelca sobre la escritura para dejar testimonio de sus aprendizajes, que ahora transmutan y le dejan el poder de los conjuros.

ELEMENTOS PARA LA TRANSMUTACIÓN Y LA ALQUIMIA

Acabas de lanzar tu poemario El libro de los conjuros, por la Editorial Folium, en Puerto Rico. ¿Qué incorpora este nuevo libro a la escritura de Irizelma Robles?

El libro de los conjuros no se parece a nada que yo haya escrito antes, pero todos los libros anteriores prepararon el camino. Los lectores, creo yo, no tenían cómo saber que yo iba a culminar mi fase mexicana con Agave azul. Isla Mujeres abrió esa fase y Agave azul la cerró. Lo que siguió después fue otra escritura, una cosa íntima, con mis referentes, mis símbolos, mis dolores. El libro de los conjuros no es un homenaje a otra cultura, es una exégesis de mi dolor, y los poemas son cortos, cortantes, heridas profundas. Ya yo había explorado la escritura de poemas breves en Agave azul y en algunos de Isla mujeres. Mi herencia es esa, la poesía mexicana que yo sigo, la que más influye sobre mi obra, es sucinta, breve, quizás hermética, y en los Conjuros dominó esa escritura, ganó la concisión y no sé cómo lo logré, pero así está escrito.

Advierto en los textos que habitan este cuaderno un juego/coqueteo con sensaciones, olores, sustancias, metales y colores que se mezclan conformando una especie de alquimia maravillosa, dando nuevas formas al dolor, la pérdida, a la vida misma…

Te voy a hablar un poco de ese dolor. Hace aproximadamente diez años me tocó vivirlo, sentirlo, y después verlo convertirse en piedras, minerales, elementos que llamé juguetes de la alquimia durante la escritura de este libro. Yo tenía escritos unos poemas de ese periodo, pero no eran buenos, y es que uno no debe escribir desde el dolor, pienso yo; hay que escribir después, cuando eso pasa por otros filtros, los del tiempo y la poesía. Aquellos poemas estaban agrupados bajo el título “La tabla periódica”. Rescaté unos tres o cuatro poemas de ahí, “Hierro”, por ejemplo, “Roca volcánica” y algún otro, pero lo demás no servía mucho. Sin embargo, ya en El libro de los conjuros me fui a la tabla periódica a buscar los elementos para la transmutación y la alquimia. Toda la semana que estuve escribiendo este libro busqué en la tabla periódica los títulos de los poemas que iban a su vez a transformarse en mi dolor, en la depresión, el llanto, la soledad, las pastillas, el hospital, tantas cosas. Por eso El libro de los conjuros termina tendiendo un puente con el dolor, el hospital, y la soledad de Julia de Burgos. Termino con ella porque la siento muy cercana en este libro. Con ella entré al hospital de Goldwater, y créeme: sé lo que ella pasó en ese hospital, sé lo que es estar sola acompañada solamente por otros que sufren igual o más que tú. Por cierto, también para todos ellos hay poemas en este libro, homenajes a su dolor en “Azul cobalto”, “Aguamarina” y “Roca volcánica”. Pero regreso allá donde empecé: yo pude escribir este libro cuando el dolor ya se había transformado con el tiempo. Yo creo que lo estuve escribiendo por diez años sin tocar la pluma, sin llegar al papel.

LOS REFERENTES

En una entrevista anterior expresaste: “Y es que para mí el México antiguo es de suma importancia no sólo porque es lo que estudié, sino también por el peso que tiene esa riqueza prehispánica en mi poesía posterior a mi primer libro, una poesía que han descrito como mítica (cosa que no está errada), y que se ve claramente en mis dos libros dedicados al México indígena que son Isla Mujeres y Agave azul que hace honor a la ascendencia huaxteca de mi hija Salomé.1 Al margen de esto, ¿qué referentes han nutrido —quizás nutren— el imaginario de la mujer/madre/poeta mientras concebía El libro de los conjuros?

En los conjuros los referentes son solo míos, apenas hay nada afuera, no hay un “afuera” en este libro, el espacio del libro, el que yo construyo ahí, es íntimo, cerrado, una habitación. Por eso digo en “Carbón” que “Descalza y desterrada/ caminé entre las cuatro paredes del cuarto. Escribí con fuerza/ tristeza/ y me dejaron ir”. En Isla Mujeres el referente es el México antiguo, las pirámides, las estelas, la laguna, el mar; en Agave azul es la familia de mi hija, el mundo indígena contemporáneo, la etnografía; en los Conjuros nada de eso está ahí, los referentes solo existen atados al símbolo, nacen de mí, empiezan y terminan en mí. Sin embargo, no es un libro hermético, no, es un libro que llega a los demás porque dolor, soledad, tristeza hemos sentido todos en algún momento, porque así es la vida.

¿Qué esperas —como autora— de este poemario?

Crecer, pero eso espero de cada uno de mis libros. Cuando la poeta Elva Macías y su esposo, el escritor Eraclio Zepeda, mi gran amigo, admirado maestro que ya se nos fue —¡lo recuerdo con tanto cariño!— leyeron Agave azul y yo escuché a don Laco exaltar el libro, y luego a Elva cuando me dijo que Agave azul superaba Isla Mujeres, pues me sentí “soñada”, como dicen en México, “soñada”. Eso espero de mis libros, crecer con ellos, que El libro de los conjuros sea mejor libro que Agave azul, eso espero.

En su artículo La metapoesía más reciente en Puerto Rico, Miguel Ángel Náter comenta: “También se destacan libros que toman relevancia no por su calidad estética, sino por su proyecto vinculado con la homosexualidad o con el feminismo: De pez ida (2003), de Irizelma Robles Álvarez; Anzuelos y carnadas (2009), de Xavier Valcárcel de Jesús y Ángel Antonio Ruiz” A partir de este criterio me atrevo a preguntar, ¿es Irizelma Robles una poeta que asume posturas (estilísticas, temáticas, de género, etc…) para/con su obra?

No, pero ¿quién soy yo para negar o afirmar lo que dice Náter, o cualquier otro lector que se acerque a De pez ida a buscar una lectura de género? Por supuesto que la va a encontrar. Y la encuentran porque yo escribí ese libro desde mi lugar mujer, desde mi lugar isla, desde mis antepasadas, que no antepasados, mi estirpe, mis raíces, y eso da como resultado que se pueda hacer una lectura de género de ese libro. Ahora bien, sí puedo coincidir con Náter en que el libro no tiene “relevancia por su calidad estética”, aunque yo matizaría ese comentario. Con mi primer libro yo tengo muchos problemas que he tratado de conciliar en cada relectura y reescritura de algunos de sus poemas. Una vez me dijo Elva Macías que un libro mío siempre es mío para editarlo, corregirlo, enmendarlo. Yo misma la he visto a ella hacer eso con Los pasos del que viene y otros libros, y, por eso, cada vez que tengo oportunidad de leer algún poema de ese libro lo reviso. Al final, casi siempre permanece lo esencial, pero cambia la forma. Mi primer libro no fue, lejos está de ser, una obra bien pensada como los primeros poemarios de escritores jóvenes, admirados y queridos, como Xavier Valcárcel, Rubén Ramos, o Claudia Becerra. De pez ida es una suma de poemas, no es un libro.

ACTO DE RESISTENCIA Y DE LUCHA

Imagen cortesía del autor

Imagen cortesía del autor

¿Qué rol asume el movimiento poético en el Puerto Rico actual?

Con decirte que el primero de mayo vamos a leer poesía en la Milla de Oro en protesta por las injusticias del gobierno actual de la Isla y la Junta de Control Fiscal, convocados por el poeta Rafael Acevedo, con eso te lo digo todo. Actualmente, el movimiento poético es movimiento social, resistencia, lucha. ¡Qué diría Matos Paoli! Él que escribió el Diario de un poeta donde, entre otras cosas, hablaba de militancia y de fe. Y no te hablo de escribir poesía de “protesta”, de “panfleto” jamás, es que cada uno está escribiendo y ya el acto de escritura es un acto de resistencia y de lucha.

¿Es este movimiento consecuente con su realidad social, política y cultural? ¿Acaso lo es tu poesía?

Sin serlo temáticamente, lo es. Como te decía, el lugar de la escritura significa lucha y resistencia en estos tiempos de penurias. El 8 de abril tuvimos una “intervención pública para demostrar mediante el arte y la protesta nuestro apoyo por la Universidad pública”. Nos cierran 283 escuelas públicas, eso quieren, y no puede ser. Ahora mismo te puedo decir que la comunidad artística del país está más unida que nunca, somos tribu.

¿CUÁL ISLA, LA TUYA, LA MÍA?

Tu libro Isla mujeres (Fragmento Imán, 2008) se presentó en La Habana, en la Feria del libro del 2017. A sabiendas de tu tiempo en Cuba, ¿has encontrado —al igual que Julia de Burgos— algún vínculo, una razón (emocional o poética) para permanecer/regresar a la Isla?

¿Cuál Isla, la tuya, la mía? Son una. Pronto me voy de mi país, otra vez, por segunda vez en mi vida; la primera fue a México, ahora a Estados Unidos. Por eso te pregunto, permanecer/regresar a cuál Isla, en las dos he estado, de las dos me he ido, y parece que eso, y esto es bien duro decirlo, nos hermana: el éxodo, la diáspora, la ida. El amor que yo siento por Cuba solo se explica con el amor que siento por Puerto Rico. Así es, y así fue también para Julia, mira, mira esto: “Cuando en la mañana de ayer apareció a mis ojos esta bendita tierra, en un marco de palmeras sobre alfombra de verde claridad, se me regaron las pupilas, y se me ensanchó el corazón… La bandera cubana, tendida por todos los horizontes, me produjo una enorme sensación de tristeza. Es tan parecida a su hermana, la nuestra. Sin embargo, esta última ondula solamente en unos cuantos corazones puros, que han sabido guardarla del ventarrón fatal que ha arrancado la vergüenza a la mayor parte de nuestro pueblo”. Esa es Julia llegando a La Habana. ¿Qué te puedo decir? Presentar mi libro en tu país, formar parte de una antología editada por Casa de las Américas bajo el cuidado de la poeta puertorriqueña Áurea María Sotomayor, caminar La Habana, preguntarme por qué la señora tal se me acerca a decirme bajito al oído “tengo papas”, hablar con tu gente, aceptar que el agua se va a las diez de la mañana, que hoy no hay leche, ni jugo, ni pan, son algunos de los vínculos, de esas razones que tengo para regresar. “La isla en peso” es también mi isla, ¿sabes? Piñera también escribió de mi Isla.

Eres madre, poeta, ensayista, antropóloga. ¿Cómo logras —desde la responsabilidad emocional y laboral que implica cada uno— sostener todos estos oficios?

No sé hasta qué punto he pasado por alto, o me he tenido que ir por encima de las separaciones entre una cosa y otra, y las limitaciones que podría ejercer una sobre otra. Es decir, si soy poeta, ya no me puedo dedicar a la etnohistoria, si hago etnohistoria me tengo que olvidar de la poesía, si soy madre no puedo redactar una tesis, si hago la tesis no puedo ser madre… ¿Ves? Eso es lo que me dijeron muchas veces y lo que muchas veces negué, por fortuna lo negué. Me negué a creer que cada una de esas cosas era el final de la otra, lo vi todo como una continuidad, y sí, me impuse. A los que me dijeron que no me iba a graduar del doctorado en Estudios Mesoamericanos por haber decidido tener a mi hija, todos esos me vieron titularme y con la nena al hombro (es un decir, no me la llevé al examen de grado, pero ganas no me faltaron). A los que me decían que los títulos de mi tesis eran demasiado poéticos, que no debía ser así, les di títulos poéticos. Siempre me impuse sobre esa visión limitante que dicta que solo podemos ser una cosa o dos o tres, no. Mi hija jamás me limitó para ir a leer poesía, por darte un ejemplo. Yo me la llevaba a mis lecturas, y por suerte siempre le gustó ese mundo. Ella es artista, ahora soy yo la que la acompaña a las aperturas, las presentaciones de libros, los conciertos… ¿Cuándo me limitó ser madre, cuándo me impidió hacer ensayo, crítica, poesía, cuándo? Nunca. Y no soy ni me creo heroica o distinta de las demás mujeres de mi tiempo, pero qué maravilla poder decir que hice lo que quise como quise a pesar del “no se puede”.

NO HAY DISFRAZ

Dejo de mirar el cielo/ para enterarme de los pájaros/ y no es difícil distinguir/ la pesadez de lo liviano,/ lo negro de lo blanco,/ lo absolutamente gris”. Emocionado por estos versos todavía alcanzo a preguntar, ¿qué es la poesía para Irizelma Robles, cuáles resortes-senderos-pujanzas te hacen recurrir a ella?

Son versos de mi poema “Plomo” y son terribles. La noche del lanzamiento de El libro de los conjuros, durante mi lectura-performance de ese texto, tuve que arrodillarme, tocar el piso. Así fue. A mí también me conmueven esos poemas. Al final del acto, mi querida y admirada amiga Susan Homar me dijo que yo era una valiente. Me cuesta reconocerme así, pero luego la escritora Vanessa Vilches también me dijo que era muy valiente. Ahí empecé a comprender lo que intenté hacer con este libro de los conjuros: poner en la balanza mi vida, arriesgarla, y eso es la poesía para mí ahora mismo. Después de este libro, poner la vida en la balanza, en riesgo. La poesía es ahora la honestidad de acto y palabra porque eso es lo que he sido con los conjuros, honesta, no hay pose, no hay disfraz.

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