Actualizado el 9 de julio de 2018

Pedro Luis Ferrer:

El humor me facilitó mucho la vida

Por: . 4|7|2018

“Siempre trato de ser quien quiero, sin que me hagan un esquema. El cubano es de muchas maneras..." Fotos de Racso Morejón

“Siempre trato de ser quien quiero, sin que me hagan un esquema. El cubano es de muchas maneras…” Fotos de Racso Morejón

Aprendió a escribir sonetos, décimas y redondillas como mismo aprendió a hacer buñuelos y frituras. Por imitación. Nunca pudo abandonar aquella “receta” que se hacía necesaria como una forma de expresión, de cocinar las palabras, de contar el mundo. Es preciso decir que en el primer paisaje de Pedro Luis Ferrer está el olor del campo, los sonidos del central azucarero, la algarabía de la caña y de la gente que se mezclaba con ella. Su infancia estuvo marcada por tres elementos. Un apodo, Menelao. Un pueblo, Yaguajay. Una filosofía de vida, el humor.

En medio de una familia donde la música y la picaresca se entrelazaban, comprendió que la existencia tiene siempre dos caras: la alegría y la tristeza. “El humor no está al margen de la tristeza ni de la tragedia, creo que es una manera de abordar los asuntos de la vida. Los viejos personajes de la familia, mis abuelos y sus amigos eran gente muy simpática y hasta tenían personajes montados; uno era irónico, otro se hacía el tacaño”, cuenta el cantautor de 65 años.

Son dos mundos que no separo —me dice—. A veces las cosas que más risa me dan, están muy cerca de la tragedia. Nunca tengo la intención de hacer reír a las personas. Hay guarachas que dejan a la gente con cierto sabor triste y una reflexión muy seria. Detrás de una guaracha puede haber un fundamento bastante triste.

En Yaguajay, Pedro Luis creció en un ambiente artístico muy singular, entre tíos abuelos, abuelos, tías y tíos que se convertían en improvisadores, cantantes, repentistas. En ese hogar no faltaba la guitarra y la visita de trovadores. Así comenzó a interesarse por la música, jugando.

Todavía puede recitar de memoria aquella décima que su padre regaló a su madre: “Hilda, tráeme la toalla/ mira que muero de frío/ y pa´ ti va a ser un lío/ que tu marido se vaya/ te juro por tu medalla/ que lo tanto que yo lucho/ es por llenar el cartucho/ donde llevas los mandaos/ mira que los Menelaos son tres/ y que comen mucho…”

Para Pedro Luis Ferrer el humor se aprende, y asegura: “A mí me facilitó mucho la vida, me la hizo más ligera, más sabrosa”.

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Pedro fue un mal estudiante en la escuela, aunque siempre le gustó aprender. Se define como un autodidacta, tiene “esa tendencia”. Una de las formas de aprendizaje que prefiere es observar lo que otros hacen. Y así ha hecho con la guitarra. Para su estudio, se basó en los programas de la Escuela Nacional de Arte y el Instituto Superior de Arte. “Tuve cerca a grandes músicos que sin apuntármelos de maestros, me aportaron mucho de lo que sé”.

“Le agradezco al mundo que me ha rodeado, sobre todo a mi tío Raúl Ferrer que siempre me enseñó a no conformarme demasiado y a saber que tenía que estudiar. Yo lo recuerdo como un gran maestro. Las personas que lo conocieron en el Central Narcisa —donde fue educador— lo recuerdan con cariño.”

Tampoco niega la severidad de su tío, ni las tensiones de aquella relación. “El humor también sirve para enseñar. Era complicado. Teníamos puntos de vista distintos. Él era un hombre culto y yo un muchacho que empezaba a vivir. Sin embargo, siempre fue muy humano, y aquello que nos unía, nunca fue un humor vacío”.

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La música de Ferrer se mueve en un hábitat bastante peculiar. Por la radio, de vez en cuando se escuchan hitos como “Romance de la niña mala”, “Espuma y arena”, “Ay, mariposa” o “Carapacho pa`la jicotea”. Pero resulta más difícil encontrar sus temas recientes, quizás porque sus discos han nacido de modo independiente o fuera de Cuba. Además, prefiere cantar en espacios más íntimos, en pequeños teatros, patios, y ofrecer allí conciertos donde un público fiel le sigue acompañando.

“Trabajar para pequeños espacios te marca una forma de lenguaje de comunicación, que es diferente a trabajar en un gran teatro o en una plaza. Me gustan los pequeños bares conciertos, me siento más a gusto, la verdad.”

Hace mucho rato logró ser “bastante independiente”, precisa el cantautor, que a diario registra su obra con la tecnología que tiene a mano, un proceso sencillo “después de que aprendes a manejar ciertas técnicas.”

Pedro Luis confiesa que siempre está grabando. Y que tiene mucha música sin publicar. Hace varios años instaló un estudio de grabación en su casa que se convirtió en un espacio de experimentación.

Para él, grabar es un acto bastante doméstico, un nicho donde ha visto crecer la zona más experimental de su música; una obra que se consume menos. Están ahí sus piezas para guitarra y orquesta, cuartetos de cuerda, piano y flauta; música de cámara y música de concierto.

“El disco no es lo que era en otra época. La música se consume de muchas maneras. Internet ha cambiado eso. No tengo grandes aparatos publicitarios para mover mi obra. Estoy preparando mucho material que voy a colgar en Internet y seguiré publicando todos los discos que pueda en formato físico.”

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La música de Pedro Luis Ferrer escapa a los espacios herméticos y mucho más a las definiciones. No se inscribe por tanto ni en el “Movimiento de la Nueva Trova, La Nueva Trovita, o la Nueva Trovitica”, como dice; aunque sin dudas reconoce sus influencias y su legado.

“Mi música se inscribe en algo que yo llamo proyección de resumen y renovación de la tradición cubana, no es un movimiento. La Nueva Trova me llega también como tradición. Creo que la considero un poco anterior a mí. Reconozco todo lo anterior y bebo de todo. Encuentro un aliciente en lo que me antecede y, sobre todo, aprendo de autores que han sacado bien la cara por la cancionística cubana.”

En sus composiciones como cantautor estan las marcas de la música tradicional, la música folclórica, la Nueva Trova, el feeling e incluso sonoridades menos conocidas que no han trascendido a los predios de la música nacional y sobreviven como localismos, “con el peligro de perderse para siempre”.

“Mucha música que yo conocí en mi infancia en Yaguajay, ya no existe. Muchas tradiciones se han perdido. La zona contaba con tres centrales azucareros que ya no muelen. La vida de esos poblados cambió y con ellos desapareció toda una cultura periférica que llegaba a esos lugares con la zafra. De esa periferia cultural también me alimenté.”

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Hace casi 50 años, Pedro Luis Ferrer vive para la música. “El ser humano que soy implica eso que me interesa abordar con el arte. Por mi edad me preocupan otras cosas, el país no es el mismo, las ideas en las que creía en los años 70 no están intactas. Mis convicciones han cambiado, algunas veces tuve razón y otras no”.

Una frase define lo que piensa. Cita a un filósofo en su tono acostumbrado de hombre sabio y campechano. “De mala humanidad no pueden hacerse buenas instituciones”. Me dice también que cree en el arte como un instrumento de mejoramiento humano, y que hoy se toma mucho más en serio lo que hace.

“De Cuba me preocupa su estancamiento y su desarrollo, por dónde están los caminos más acertados, dónde podemos avanzar y estancarnos. Toda persona sensata tiene esa preocupación. Cuba no es solo un acto político administrativo, somos también un acto cultural. Somos cubanos, tenemos una patria cultural (espiritual) y me preocupa hacia dónde va esa patria, qué vamos a hacer como pueblo. Hay cosas válidas y cosas menos alentadoras, elementos de esencia decadente.”

Lo cierto es que, durante varias décadas, Ferrer ha tratado de expresar el mundo que le ha tocado vivir.

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Una voz resalta en el proyecto de Pedro Luis, una voz familiar, potente, cercana. Es la voz de su hija Lena, tan dueña de su proyecto como él mismo, me cuenta.

“Ella no ha querido tener mucho protagonismo pero siempre ha jugado un papel importante dentro de lo que hacemos. Tiene su propio proyecto y eso no es un obstáculo para trabajar juntos. Lena cree en la carrera larga, no en el éxito fácil, de fórmulas. Quizás es algo que le he inculcado. Siempre disfrutamos nuestro trabajo, ya sea un concierto, un ensayo. Esos son nuestros éxitos, lograr una obra bien hecha.”

No hay un concepto que sea más incoherente para Pedro Luis que el de “canción pensante”, porque todas las canciones hacen pensar, me dice. “La pregunta es: qué te hacen pensar. Existen canciones con finalidades más poéticas o artísticas: otras que te sumergen en un mundo más chabacano, menos elaborado, sin el distanciamiento que exige la creación artística. Todo nuestro quehacer está permeado de elementos que ensanchan la espiritualidad, pero en la actualidad vemos la tendencia a un arte que no honra ese valor”.

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En su tiempo libre prefiere cocinar, se dedica a leer bastante y se confiesa obsesionado con el estudio de las nuevas tecnologías. Tampoco desdeña el encuentro con los amigos, conversar con ellos de lo trivial y lo profundo. También escribe, compone.

Revela la existencia de una obra poética que ha ido acumulando a través de los años y que quiere publicar. Lleva varios meses revisando ese material. Quizás pronto nos sorprenda con un cuaderno de poesía, me cuenta.

Por ahora, sigue componiendo, y registrando en su propio estudio toda la música que nunca ha podido grabar. Desea compilar un disco más trovadoresco, con canciones donde la guitarra sea la protagonista.

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En su formación ha sido esencial el encuentro con el mundo, asegura Ferrer. Sus viajes le han permitido encontrar a Cuba, descubrirla con otros ojos. “Yo voy al mundo a aprender, confrontar otras realidades ha sido muy útil para entender los antecedentes de nuestra propia idiosincrasia”.

“Creo que la cubanía existe. Nadie pondría en duda la existencia del amor pero si tratas de explicarlo, es muy difícil. Me parece que es un río que transita por diversas épocas, que marca una huella pero no todo lo del pasado sobrevive como algo de la actualidad. Hay muchas cosas que son cubanas atendiendo a su historia. Otras son cubanas porque las asumimos.”

Precisa entonces que es el caso de la décima, que ha sido cubanizada. Hay expresiones que se desarrollaron en Cuba pero que no nacieron aquí, refiere el trovador.

“Siempre trato de ser quien quiero, sin que me hagan un esquema. El cubano es de muchas maneras. En esa misma gama están hombres como José Martí y Ñico Saquito, confluyen diferentes sensibilidades; aparecen además Matamoros, García Caturla, y Leo Brouwer. Es simplemente un arsenal de posibilidades y de esencias que no puede encerrarse en un dogma.”

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