Televisión cubana:
Humores compartidos
Por Leopoldo Luis
Fotos: Cortesía de los programas

Durante una grabación de ¿Jura decir la verdad? |
El vocablo “humor” proviene de la medicina griega y su teoría de los cuatro humores del cuerpo; según la cual flema, sangre, bilis o bilis negra, eran responsables del estado anímico. Para tales sabios, un individuo flemático carecía en absoluto de sentido del humor, siendo este una condición privativa del carácter sanguíneo. Un tanto cínica resulta la tesis de Nietzsche, atribuyendo al sufrimiento del hombre el origen de la risa. “Reír para no llorar”, diría Klatzmann. Lo cierto es que la capacidad de reír nos hace humanos, puesto que ninguna otra especie puede hacerlo sobre la faz de la tierra.
HUMOR DE PRIMERA MANO
Ulises Toirac no es del tipo sosegado. Tampoco vehemente o compulsivo. Y, mucho menos, sufrido. Luce normal, común y corriente. Alto. Flaco. Con una mirada inteligente y una forma de expresar que revela —más allá de las categorías griegas— el sentido del humor que lo caracteriza. Son días lluviosos, de fines de octubre, y en los estudios de la televisión cubana se está muy bien. El set de ¿Jura decir la verdad? sorprende por su sencillez. Lo imaginaba más aparatoso. Aquí estarán grabando dentro de media hora, no puedo desperdiciar un minuto. La cámara de Linnet nos regala un flashazo…
—Ulises, ¿qué justifica una propuesta como ¿Jura decir la verdad?, que tanto recuerda a La tremenda corte?
—La tremenda corte es un ícono, pero también un referente olvidado del humor cubano. Era importante rescatar ese estilo, que se había ido perdiendo a partir de los 80. Hablo de nuestro humor tradicional, el típico cubano, en una etapa en que florecía un humor mucho más intelectual; si bien ese nivel comenzó a bajar con el período especial. Es que el humor refleja los problemas sociales desde la inmediatez, y las necesidades materiales hacen que la gente deje de atender las espirituales. En Cuba, el humor de los 90 fue de muy poco vuelo. Eso me condujo a hacer ¿Jura decir la verdad? Trespatines y Chivichana son tipos de doble moral. Ni ladrones ni asesinos, sino estafadores. Una especialidad en que la doble moral resulta imprescindible. Y en el momento en que vivíamos la utilidad de un personaje así era evidente.
—¿Y en qué se parecen los dos programas?
—Desde el punto de vista dramatúrgico La tremenda corte era simple y sólida: la presentación del caso, un nudo en que se desarrollan las partes antagónicas, y el desenlace con la sentencia del juez: eso lo tomamos. Y los antagonismos: juez–acusado y acusado–demandantes; y la forma del acusado, en tributo a ese gran artista que fue Leopoldo Fernández... tomamos todo eso. Por último, los demandantes son, en ambos casos, emblemáticos de la sociedad. Usamos una época pasada como telón de fondo, pero el espectador percibe que los problemas son actuales y vibra con ellos. Entre los demandantes está el intelectual, pero también el guapo, el tipo de la calle, la mujer pizpireta… Y llevan en sí los dramas que enfrentan los cubanos en este mismo instante.
—Te has referido antes a la presencia de elementos del bufo en ¿Jura…
—Leopoldo Fernández fue un actor que se formó en el teatro bufo, haciendo “el negrito”. Con La tremenda corte, que empezó siendo radial, Leopoldo perdió su identidad. No tenía que tiznarse. En Pototo y Filomeno Leopoldo no se pintó. Tampoco cuando llevó La tremenda corte a la televisión, en México. Sin embargo, todas las características de Trespatines: el tartamudeo, la picardía, la intención de enredar a la gente, la satería con las mujeres, son del “negrito”. Como objetivo–personaje, el juez es una evolución del gallego. Y Nananina, que aquí se diluye un poco, es la mulata; personaje que Mimí Cal hacía en el bufo. En ¿Jura decir la verdad? se dan esos mismos elementos.
—Retomar la idea de un programa famoso del pasado…
—Hay dos teorías. Acudir a fórmulas conocidas asegura de antemano el éxito, dice una. Segundas partes nunca fueron buenas, dice otra. Yo digo que todo está hecho. La cuestión es saber retomar esas claves que ya existen y renovar sus códigos. Todo está en la honestidad con que se asume la creación, no importa si se parece más o menos a algo. Yo no quise ponerle trajes a ¿Jura… Quise que se pareciera al original, corriendo el riesgo de que la gente me comparara con un clásico en la historia del humor, no sólo cubano, sino latinoamericano. Quería hacer un homenaje al humor cubano de primera mano, como digo yo, el más pegado a la tierra.
—¿Por qué en televisión o teatro y no en la radio?
—En Cuba es mucho más potable hacer televisión que radio, al menos desde el punto de vista económico. A la hora de hacer un libreto semanal, con una dramaturgia tan cerrada, tienes que valorar… Yo tenía una historia latente de programas de televisión anteriores, como Sabadazo, ¿Y tú de qué te ríes? Y entonces me pedían un nuevo proyecto. El teatro te permite hacer la misma obra mil veces, y cada vez será única, diferente. Es una maravilla. El encanto de las cosas que pasan en un segundo y ya no ocurren nunca más…
—Sobre los escritores…
—Para ¿Jura … trabajan varios escritores, a diferencia de La tremenda corte, que dependía del genio creador de Cástor Vispo. Pero ensayamos tanto que las diferencias de estilo no resultan perceptibles. El guión definitivo se parece más al colectivo que a su autor. Ahora escribe Ahmed Otero, con mucho talento. El otro escritor clave sigue siendo Baudilio Espinosa. Ambos son excelentes dialoguistas, saben cómo habla cada personaje.
—Tú mismo escribías bastante…
—Yo soy un tipo con muchos intereses. Vivo al tanto de todo, y si de pronto me falta algo en mi trabajo, me pongo a investigar. Ahora mismo estoy viendo material televisivo, fotográfico. Me fascina la música, encontrar el sonido idóneo en cada caso. Intento armonizar, aún sin saber una nota… Leo mucho. Y dirigir el equipo me roba tiempo. El que necesitaría para escribir mis programas.
—¿Y la dirección de actores?
—Soy de los directores que sueltan al actor. Prefiero que busque su propia cuerda, que vaya tanteando, que se sienta bien con su texto. Sólo cuando veo que su tanteo no conduce a ninguna parte, voy y le toco en el hombro. No todos los actores son cómicos; hay actores que funcionan como pico y actores que funcionan como pala. El éxito está en resolver eso.
—¿Existe una dicotomía entre quienes abordan el humor como medio de vida y quienes lo asumen desde los presupuestos del arte?

Gustavo Fernández–Larrea (a la izquierda) y otros miembros de El club… |
— No soy excluyente. Hay quienes trabajan para ganarse la vida y quienes trabajan para trascender. Lo que siempre ha estado mal es el modo en que la sociedad retribuye eso. Mucha gente con talento muere en el anonimato, en la incomprensión. La Historia les premia tardíamente. Son artistas que sintetizan épocas, estilos, formas vanguardistas de hacer… Y el humor no se despega de ninguna de las otras artes. Hay humor para pensar; humor para pensar y reír; y humor para nada más reírse a carcajadas. Todos merecen un espacio.
—¿Se abre y cierra un ciclo con el programa, o habrá nuevas propuestas?
—Yo apuesto por un equipo de trabajo, más que por un programa de televisión. Y el nuestro es un grupo multidisciplinario muy solvente. Puede terminar ¿Jura decir la verdad?, pero no va a desaparecer el equipo.
SABER ENCONTRAR EL CHISTE
Vi nacer la carrera de Baudilio Espinosa hace más de veinte años, cuando “las Peñas”, “las Señas” y “las Leñas” hacían furia en todo el país. De pronto le dio por encauzar la vis cómica que de manera natural había traído al mundo, y muchos de sus amigos palidecimos de espanto. Recién graduado de filología, ¿intentaba eludir el servicio social reglamentario en la Casa de Cultura de algún municipio cercano? Ahora, pasados los cuarenta, trato de hacerlo recordar mientras se escurre entre las sábanas y alega un excesivo cansancio.
—Comencé actuando y escribiendo a la vez —consigue decir—. Carlos Fundora y yo hicimos una obra en un festival universitario. Así me estrené en el humor. Después seguí actuando cosas que yo mismo escribía, hasta que me invitaron a actuar en proyectos de otros y a escribir para que otros actuaran. Prefiero definirme como “humorista”, que es mucho más que actuar o escribir. Ser “humorista” representa una actitud ante la vida. No es hacer, si no saber encontrar el chiste donde otros no lo ven.
—Ulises me trajo al equipo como guionista —continúa—, cuando recién salía Otto Ortiz. Menudo compromiso. Estuve haciendo un guión semanal durante meses. Otros escribían, pero el peso mayor recaía sobre mis hombros, es decir, sobre mi pluma. Yo no soy un escritor prolífico, no sé si por miedo a que se me agote el pozo de ideas. Por eso sentí alivio cuando aparecieron otros. Y me permití asumir nuevos proyectos, trabajar en un libro de cuentos…
—Cástor Vispo no era cubano —aclara Baudilio, en lo que se incorpora—. Pero hizo un humor muy cubano. Era brillante y tuvo mucha influencia sobre los guionistas radiales. Pero los escritores de hoy crean la situación y descuidan los diálogos, mientras en el resto del mundo ocurre lo contrario. En un programa de humor te encuentras un nombre que da la idea, otro que hace la historia y otro que escribe el guión. Luego cada personaje tiene su propio dialoguista, como sucede en Friends. Cada quien habla desde su psicología.
—No abundan los escritores de humor en Cuba —me dice con seriedad—, pero los hay excelentes. El primero de ellos es Eduardo del Llano, el humorista más talentoso de mi generación, el gran retratista de nuestra sociedad. En la televisión tienes a Otto Ortiz, Wichy García, Telo, Ahmed Otero…
—El vernáculo está muy apegado a los tipos —afirma Baudilio; y yo pienso que al fin he conseguido motivarlo—. El costumbrismo es más que eso: trata situaciones cotidianas, en las que hay elementos del absurdo, del humor negro, de la sátira política. Pero es sobre todo un humor de costumbres. ¿Jura decir la verdad? es un programa que tiene personajes tipo, pero que no sólo buscan la risa, sino parodiar determinadas situaciones. En ese sentido es un programa de corte costumbrista. Lo fue La tremenda corte. Lo fueron Detrás de la fachada, Casos y cosas de casa y San Nicolás del Peladero. No siempre recordamos a sus guionistas: José Manuel Carballido Rey, Marcos Behemaras, Enrique Núñez Rodríguez…
—Suelen confundirse los términos “humor intelectual” y “humor de referencias”. No creo que un humor sea más intelectual que otro porque esté plagado de citas —prosigue—. No me gusta hablar de “humor inteligente”. Creo que es inteligente el humor cuando paseas al televidente por situaciones agudas, donde no sólo se ríe, sino que siente halagado su ingenio. Un humor no es más inteligente que otro, sino que hay una forma más inteligente de hacer humor.
—El humor es expresión de la espiritualidad humana. Los animales no se ríen. El sentido del humor suele estar asociado a la inteligencia —avanza Baudilio en sus conjeturas—. El humor cumple todas las funciones del arte como forma de la conciencia social. No sólo la de divertir, sino la de hacer catarsis, la de educar, la de identificar errores. La de pretender que uno viva mejor. No es cierto que el nuestro sea un país de humoristas. Al cubano le encanta la burla, el choteo. Pero no creo que tengamos un especial sentido del humor. Lo que ocurre es que somos capaces de reír con nuestra propia tragedia. Sino podemos extirpar la burocracia, pues nos reímos de los burócratas. Es un mecanismo de supervivencia muy laudable…
—El club de la neurona intranquila —concluye Baudilio— es un proyecto de Gustavo Fernández–Larrea. Algo inédito, diferente, distinto de todo lo que yo había experimentado como actor, como escritor y como televidente. Es un programa donde el humor está pensado como ser vivo, puesto al servicio del conocimiento y de la comunicación humana…
UNA NEURONA GIGANTESCA

De izquierda a derecha: Baudilio, Andy y Lazarito, en el set de La neurona |
El apellido Fernández–Larrea me era familiar. Ramón —poeta bayamés—, hacía un programa radial de mucha audiencia. Tenía un original sentido del humor. Ahora converso con Gustavo, hermano menor, director para televisión de ¿Jura decir la verdad? y artífice de El selecto club de la neurona intranquila, programa que atrajo la atención de los capitalinos durante la temporada estival. Mariela se va por un café hasta la cocina. Aprovecho para salir al balcón y acariciar con las pupilas los plátanos hermosos, muy verdes, que colman el agromercado de enfrente.
“Yo trabajé como grafista en la televisión, vinculado al deporte, y siempre me atrajo esa imagen de personas luchando por conquistar un premio. Me encanta la competencia; sobre todo de inteligencia, que nos distingue de los animales y de los propios seres humanos… ¿Jura decir la verdad? recesó un período largo y sentí la necesidad de hacer algo. Tenía una idea primaria de La neurona intranquila; y conocía, por el Centro de Investigaciones Sociales de la Radio y la Televisión, que el público estaba ávido de programas de competencia, humor e inteligencia. Mi proyecto venía como anillo al dedo…
“Hay humor en El club… y también competencia. Depende de cómo lo mires. Es un ajiaco. Lo que sí me propuse a conciencia fue hacer un programa diferente, no caer en lugares comunes. Porque el buen humor se sostiene sobre el absurdo, la lógica o la subversión; pero siempre sobre la inteligencia.
“No hay nada nuevo bajo el sol, todo es variación de variaciones. A veces tienes referentes olvidados que salen a la superficie e imaginas que acabas de inventarlos. Son las formas de expresar las que pueden ser novedosas, porque siempre hay caminos que puedes comenzar a trillar. En eso creo. En El club de la neurona intranquila es la forma de decir, de abordar los temas. Hay mucho desenfado. Una intención expresa de alejar el dogmatismo, el academicismo, manteniendo un nivel digno de conocimiento: esa es la diferencia.
“No aceptamos que ninguna institución nos imponga un participante. Nosotros hacemos la selección. Baudilio y yo confeccionamos un cuestionario que no sólo mide los conocimientos, sino también la chispa, el sentido del humor, la capacidad de asociación. Lanzamos la convocatoria y la divulgamos en centros educacionales, escuelas. Por eso los participantes son estudiantes casi todos. Me sorprendió el resultado: gente muy joven, con una vasta cultura…
“Hay algo curioso con los premios, durante años han estado mal vistos... Hubo un programa de participación que obsequiaba bicicletas, cosas valiosas. Era muy popular. Pues bien, desaparecieron los regalos y descendieron los niveles de rating. Nosotros regalamos libros, discos, afiches, cosas así; pero el gancho está en el contenido mismo del programa. Conocer eso es muy alentador.
“Pedí ayuda al escritor Ernesto Santana, gran amigo. Me preparó más de mil preguntas sobre temas culturales y de conocimiento general. Se utilizaron en la sección final. Yo mismo diseñé las restantes. Otras fueron apareciendo por casualidad. Hay secciones con juegos de palabras, donde se varían los nombres. Pero el juego llega hasta un punto, y luego se da al televidente la información con toda seriedad, incluyendo algún dato simpático de anzuelo…
“El nuevo proyecto se reduce a veintisiete minutos. Habrá que concentrar todo el volumen de información y eliminar secciones. Por el momento se sacrifican la de «vestir al modelo» y la del «puzzle». Pero no vamos a ponernos una camisa de fuerza; incluiremos las más interesantes, según el caso. Las entrevistas tendrán menor extensión. Se mantiene el sketch. Uno de los conductores desaparece. Entrará una presentadora… Y habrá una sección para que el público participe mediante carta o correo electrónico. El selecto club de la neurona intranquila seguirá siendo un plato diferente, y con los condimentos necesarios para que quede sabroso. Las expectativas están creadas.
“El programa se va a transmitir por un canal de alcance nacional, Cubavisión, y creo que va a funcionar. La inteligencia no es privativa de Ciudad de La Habana ni de ninguna región específica. Está en todas partes, como una neurona gigantesca, extendida... y hay mucha gente con sentido del humor.
“No veo a El selecto club de la neurona intranquila como un hijo de ¿Jura decir la verdad? Nunca había hecho un dramatizado. Con Ulises y el resto del equipo me fui puliendo como director y catador de ese tipo de humor, que a veces flirtea con lo popular–inteligente. Pero el humor de El club… se centra en el conocimiento, la inteligencia y la chispa. No es el mismo humor, aunque es el que prefiero. Ambos programas están emparentados. No sólo Baudilio y yo; otros miembros del elenco de ¿Jura… participaron también. Ulises me apoyó. Hilario Peña y él vinieron como invitados. Desde ese punto de vista, y desde el punto de vista de las relaciones humanas, hay un vínculo estrecho.
“Nunca he perseguido los premios. Son consecuencia del gusto de quien integra un jurado. Pero ser elegido entre tantos programas no deja de resultar satisfactorio. Y si a este Premio Caracol le sumas la respuesta popular, puedes colegir que no fue una simple valoración personal; que el jurado no estuvo desvinculado de la apreciación de los televidentes. Eso me llena de contento, no puedo decirte lo contrario. Y me compromete mucho más con el trabajo.” |