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EdiciÓn No. 337
Semana I-IV

La satisfacción del ayer está soplando en el viento
Por Humberto Manduley López

Hay canciones que identifican épocas específicas a partir de cierta magia intangible que las fija para siempre en el inconsciente colectivo. Eso es, un poco, lo que sucede con buena parte de la música generada durante los años 60, la denominada “década prodigiosa”. Sin embargo, mientras para unos ese período está definido por Luis Bravo, Roberto Jordán y Los Fórmula V, para otros la clave la proporcionan The Mamas & The Papas, The Animals y Tom Jones; lo cual no solo es muy lícito, sino que al mismo tiempo permite hacer una suerte de corte transversal en el gusto popular y delimitar patrones para la nostalgia. De todos modos no es un secreto que, para los fines de la historia del rock, si de elegir tres nombres imprescindibles se trata, la elección apunta hacia Los Beatles, Los Rolling Stones y Bob Dylan. Incluso, aguzando un poco más la puntería y seleccionando de sus vastas producciones, se podrían citar (asumiendo el riesgo evidente de dejar fuera otras canciones igualmente determinantes) títulos como “Yesterday”, “(I can’t get no) satisfaction” y “Blowin’ in the wind”, respectivamente. Entonces, una vez hecha esta selección, quizás un tanto arbitraria pero sin dudas justificada, sería bueno detenerse en la relación de dichas canciones con su momento histórico específico, es decir, los tan llevados y traídos años sesenta. Me estoy refiriendo a una época que, vista en retrospectiva, marcó una especie de transición en el devenir del ser humano, y que hoy se nos antoja un gran collage caleidoscópico donde se entremezclan las minifaldas y el primer hombre en el Cosmos, la Marcha por los Derechos Civiles y la Crisis de Octubre, Woodstock y Viet Nam, las guerrillas en el Tercer Mundo y las comunas hippies, el Ché y Mayo del 68. Tiempos turbulentos (como las aguas) donde no faltó una seria re-estructuración de valores para el hombre, tanto en su condición de individuo como de ser social. Es precisamente en este contexto histórico que el rock & roll deviene rock y alcanza sus primeros síntomas de evolución, en los cuales Beatles, Dylan y los Stones van a influir de manera notable. Vamos entonces a las tres canciones citadas y sus respectivos nexos con su tiempo de origen. Canciones clásicas, que parecen no haber perdido presencia y que, a la vez, representan puntos de difícil superación en las obras de sus autores.
Comencemos con “Yesterday”, quizás una de las piezas menos "beatleras" en el repertorio del cuarteto de Liverpool. Digo esto porque ya se sabe que no solo fue una composición individual de Paul McCartney, sino que sus tres compañeros de banda no figuraron en la grabación de la misma: solo el autor con su voz, una guitarra acústica y un conjunto de cuerdas (arreglado por George Martin). La fórmula colectiva, responsable de lo mejor logrado en el cancionero beatle, aquí estuvo ausente. Se trata de una típica canción de amor con una dosis de nostalgia evocadora del "ayer", y que está construida sobre la impagable línea melódica que refuerzan las cuerdas, arropando la voz de Paul en su modalidad más dulce. Sin embargo, lo que me llama la atención es su total divorcio de la electrónica instrumental, tal y como Los Beatles mismos estaban popularizando. Esa característica la marca de manera singular dentro del trabajo del grupo, y casi afirmaría que su concepción acústica, más que reducirla a los límites de una década en cuestión, le otorga un sesgo de intemporalidad. Es una canción que, como su título, pudo haber sido escrita ayer, pero también puede serlo mañana: pertenece a todas las épocas sin encasillarse en ninguna. Creo que ahí radica su fuerza, pero al mismo tiempo su única debilidad, en el contexto en el cual se analiza.
Incluida en el disco Help (agosto de 1965) y ostentando (tal vez) el record de mayor número de versiones, desde sinfónicas hasta mariachis, carece sin embargo del fijador propio de su época. No hay, en mi criterio, nada que la vincule de forma inequívoca a los 60. Resulta representativa de esa época en la memoria colectiva porque aún su recuerdo está fresco en la generación que la escuchó por primera vez. Para quienes llegaron y seguirán llegando después, se irá transformando (si no lo es ya) en una canción ideal para guitarrear en noches de acampadas, o para cantarle a la novia de turno: no más. Por suerte llegó en la era tecnológica, que la salvó de correr la misma suerte de “El colibrí”, de autor anónimo y fecha indeterminada. A diferencia del tema de Beatles, “(I can’t get no) satifaction” y “Blowin’ in the wind” sí evocan el contexto temporal de su nacimiento, y de alguna manera están unidas gracias a la carga vivencial de sus textos. Esto, que conste, no las convierte en mejores: solo las distingue en ese plano, y a la vez les proporciona innegable temporalidad.
De las tres, “Blowin’ in the wind” es la más antigua. Figuró en el segundo disco de Bob Dylan, The freewheelin, publicado en mayo de 1963, aún cuando en su caso trascendió primero a través de la versión del entonces popular trío Peter, Paul & Mary, pues los trovadores de voz gangosa y textos problemáticos todavía no eran rentables para la gran industria. Dylan cuestionaba ahí las (sin) razones de las guerras, del odio entre los humanos, con una poética cargada de metáforas pero a la vez muy directa. “Blowin’ in the wind” devino himno de una parte de la juventud norteamericana que le preguntaba a sus mayores (padres, líderes políticos o religiosos) qué coño le estaban haciendo al mundo. Cuando Dylan conseguía poner en boca de millones de jóvenes frases como "cuántas veces deben volar las balas de los cañones antes que exploten definitivamente", estaba reflejando un sentir generacional, donde muchos empezaban a estar hartos de guerras frías o calientes.
Al igual que “Yesterday”, el tema de Dylan rehuía la electrónica, si bien en su caso es más comprensible ya que todavía era un cantautor inscrito en la línea de Woody Guthrie y Pete Seeger, y no se había volcado al rock de base. Armónica, guitarra acústica y voz: nada más. Con el texto era suficiente para discernir lo que se traía entre manos el creador de 22 años oriundo de Minnesota. De tal modo, como pieza cave para entender parte del movimiento contracultural y contestatario gestado en los 60, la canción de Dylan puede considerarse representativa de su tiempo, y uno de los hitos para que esos años no fueran, simplemente, un decenio más. Con “Blowin’ in the wind” se deja atrás el lenguaje onomatopéyico del rock & roll primigenio, el rancio almíbar de las baladas de Tin Pan Alley, la queja redundante del blues, y por supuesto, la rebeldía sin causa de los émulos de James Dean: instaura la madurez y la reflexión social en el léxico de la música pop. A partir de ahí ya el rock no fue más un simple pretexto para el baile y la enajenación, también puso las cabezas a pensar.
Por último está “(I can’t get no) satisfaction”, el emblema de Rolling Stones y, a mi modo de ver, la canción más importante de los años 60. Se sustenta sobre una idea melódica, inicial y repetitiva, que en cierta ocasión el cantante Mick Jagger definió como "un poco tonta". No obstante, esa introducción permanece en la historia del rock como uno de los riffs más certeros, expresivos y reconocidos. Sobre el guitarreo machacón de Keith Richards y Brian Jones, más el apoyo rítmico de Bill Wyman y Charlie Watts, Jagger ponía las bases del descreimiento generacional y el despiste del hombre moderno con solo un primer enunciado ("No obtengo satisfacción"), pero que era en realidad una declaración de principios, la filosofía de la "insatisfacción". Por supuesto, no era una canción de protesta según el molde convencional, ni pretendía serlo. Los Stones no estaban empeñados en cambiar el mundo sino en vender discos, pero lo mejor del caso fue que lograron su objetivo sin caer en las trampas de la mediocridad textual de muchos de sus congéneres. El cantante habla de un tipo que, desde la radio, le dice "información inútil", o de otro que pretende mostrarle cómo debe ser su ropa, para concluir que no encuentra satisfacción dentro de esa evidente doble moral, tan victoriana. Es por ello que, dentro de la canción de consumo de su momento (fue compuesta en mayo de 1965 y llevada al LPOut of our heads dos meses más tarde) “Satisfaction” proporciona indicios de que no todo iba a ser el mismo perro con otro collar, es decir, la reproducción hasta la náusea de los gastados moldes rocanroleros que venían de los 50.
Nos hallamos así ante tres canciones definitivas en la historia del rock, ejemplares entre las de su época, aunque cada una a partir de características diferentes. Dos de ellas presentan la modalidad acústica, mientras otra es inseparable de su fórmula eléctrica. “Yesterday” casi se emparienta con el repertorio clásico de cámara, mientras “Blowin’ in the wind” bebe de la tradición rural norteamericana, sin desentonar en ella. Solo “(I can’t get no) satisfaction” es, clara y definitivamente, un tema rock a la manera de los 60, no solo por su estructura y la explotación del instrumental electrónico propio del género, sino porque en su texto estaba resumiendo todo el sentimiento de frustración, desasosiego y rebeldía que parecía consustancial al rock, sobre todo en esos años.
Desde el punto de vista poético es “Blowin’ in the wind”, sin embargo, la que sintoniza de forma paradigmática con las vivencias de su época. El tema de Rolling Stones no puede ocultar su deuda con los existencialistas (Sartre, Camus), con esa visión de desencanto, donde "el hombre es una pasión inútil" (según Jean Paul Sartre). Pero la canción de Dylan es una sucesión de preguntas (sin respuestas aún, es cierto, mas ya el hecho de plantearlas revestía caracteres nuevos) donde se pasa de lo particular (el hombre alienado) a lo general (la sociedad viciada). Cuestionamientos similares, y hasta mayores, habían existido antes: de ningún modo inventó Dylan la protesta musical. Lo curioso en este caso es que una canción de ese tipo, alejada de la tontería en boga, se vendiera masivamente. Es decir, vino a comprobar que existía un público receptivo a todas esas interrogantes, y que al comprar el disco se identificaba con ellas. La mentalidad del público estaba cambiando.
Hasta aquí he preferido dejar a un lado “Yesterday”, pues desde el punto de vista textual no se puede afirmar que sea especialmente renovadora, ni que trascienda el tópico universal y harto recurrido de la nostalgia por la adolescencia perdida. “Blowin’ in the wind” y “Satisfaction” abordan problemas inherentes a su momento histórico general, no así la catarsis individual del tema de McCartney. Sin embargo, hay que ser muy sordo para no entender que “Yesterday” transita por todas las aguas sin riesgo de hundirse, mientras las canciones de Dylan y los Stones, extraídas de sus contextos, pierden el significado original (y sin dudas el más importante). Es decir, “Yesterday” nos habla de sensaciones intrínsecas al ser humano que seguirán existiendo por los siglos de los siglos, salvo que algún futuro experimento genético nos prive de ese período maravilloso que es la adolescencia; mientras las otras dos canciones nos remiten a situaciones, líneas de pensamientos y necesidades sociales muy específicas de sus momentos, estados anímicos condicionados por las influencias externas. Quizás de ahí la universalidad que desde entonces ha acompañado al tema de Los Beatles.
Por supuesto, reducir la obra de estos creadores al marco estrechísimo de una sola canción es un pecado. Cada uno de ellos puede ser recordado por piezas varias, pero elegí deliberadamente esas tres porque pertenecen a etapas cruciales: los años 60, y dentro de ellos, a su primer quinquenio. En el caso de los muchachos de Liverpool su producción se detuvo justo al cierre de la década; mientras Dylan y Stones continúan haciendo música, de modo intermitente y con resultados disparejos, algo aplicable también a las trayectorias personales de los mismos ex Beatles. Aún cuando cada quien logró canciones memorables con posterioridad a ese tiempo, lo cierto es que el período de máximo esplendor y de mejor fecundidad creativa pertenece a los 60.
“(I can’t get no) satisfaction” fue, es y seguirá siendo el himno de batalla por excelencia para Rolling Stones, aunque ya no sean aquellos airados y provocativos jóvenes, sino venerables abuelos dedicados a la nada censurable tarea de recrear su leyenda maldita ante sucesivas generaciones. Con “Blowin’ in the wind”, Dylan escribió una de esas canciones imprescindibles, que ni siquiera sus vaivenes personales, reconsideraciones artísticas o inconsistencias filosóficas han logrado desaparecer de su repertorio activo. Por su parte, “Yesterday” es esa página perfecta (tal vez demasiado perfecta) que todos, aficionados o no al rock, antes o después de Nuestra Era, habrían querido escribir. De cada una de ellas se han hecho innumerables versiones posteriores: “Satisfaction” ha sido subvertida por esa postmodernidad que todo lo admite, con lecturas más corrosivas que la original; “Blowin’ in the wind” ha sido entonada con mejores registros vocales; pero la obra de McCartney no ha logrado ser superada, quizás debido a su misma sencillez y naturalidad: ese hálito clásico que la acompaña desde entonces. No obstante, para evocar los años 60 en su real dimensión histórica, atrapar la esencia de un tiempo que no ha dejado de ser joven, ni siquiera a la distancia en que lo observamos hoy, creo que las composiciones antes mencionadas de Bob Dylan y Rolling Stones resultan mucho más representativas y coherentes que la de Paul. Tienen, a mi juicio, lo que le falta a esta: el sello inequívoco de la década en cuestión.
Al final cada persona se forja su propia memoria y recurre a sus propios hitos para reconstruir un pasado cualquiera, a pesar de (o gracias a) las contradicciones que nacen de tal labor. La satisfacción del ayer aún perdura. ¿Por qué? La respuesta sigue soplando en el viento.

 

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