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EdiciÓn No. 337
Semana I-IV

A 90 años de la muerte de Jack London
La aventura de mi vida
Por Rodolfo Zamora Rielo

En la mañana del 22 de noviembre de 1916, Nakata, el sirviente japonés, llevó como de costumbre el desayuno a su amo. Mientras entreabría las cortinas y dejaba que la luz inundara la habitación, se percató de la respiración caótica y la lividez de su señor. El médico, precisado con urgencia, recogió al pie de la cama dos ámpulas del fuerte analgésico con que el enfermo mitigaba el dolor. Su tenebrosa seguridad lo petrificó.
Después de una larga lucha por reanimarlo, cuando la noche comenzaba a ganar las colinas del horizonte, el moribundo expiró. A pesar de que sus facciones demacradas apenas se acercaran a la lozanía y la energía del pasado, a pesar de que los brazos flácidos escondieran la otrora atlética musculatura, un hálito de grandeza brillaba alrededor de su cuerpo. Su nombre era Jack London y había sido el escritor norteamericano más famoso de su época.
Algunos aseguran que el fin fue provocado por uno de sus habituales estados depresivos, en los cuales le rondaba la idea de la muerte. Otros, por su parte, contrarios a aceptar la tesis del suicidio, pretenden que la sobredosis de analgésicos fue una solución desesperada contra el dolor que lo martirizaba. Desafortunadamente, ninguna versión es totalmente confiable.
La misteriosa desaparición del narrador vino a cerrar el último capítulo de una existencia plagada de aventuras, decepciones, sacrificios y ensoñaciones, rodeada por el misticismo del riesgo e infinidad de personajes salidos de las más profundas veras del recuerdo. Muchas respuestas a las interrogantes sobre la vida de Jack London engrosan las páginas de lo que, a todas luces, constituye el diario perdido del escritor, encontrado por este redactor en las bóvedas de una biblioteca pública.

EL LLAMADO DEL ESPÍRITU *

“Nací el 12 de enero de 1876, en San Francisco. La rareza de mi familia comienza con que mi padre, un astrólogo irlandés ambulante, abandonó a mi madre, Flora Wellman, profesora de música devenida consumada espiritista; y ella entonces se casó —tenía yo ocho meses— con John London, un hombre apacible y bondadoso. Algo de lo que me enteré varios años después merced a la maldad de mis condiscípulos. Solo de mi hermana Elisa y de mi nodriza Mammy Jenny obtuve un poco de cariño. Tuve una niñez infeliz y llegué a sentirme el niño más desdichado y solitario del mundo. A lo mejor, la inseguridad, el desarraigo y la pobreza marcaron los cambiantes estados de ánimo que me acompañaron toda mi vida.
Era un chiquillo cuando leí mis primeros libros y esa sed de leer no me abandonó nunca, incluso durante los viajes más largos. Cuando nos mudamos a Oakland comencé a frecuentar el puerto. Me deslumbraba la vida de los marinos y las aventuras que vivían; allí aprendí no sólo a hacer valer mi fuerza con los puños, sino que el éxito en superar una dificultad consiste en adaptarse a las exigencias más rigurosas del ambiente. Seguía leyendo mucho, pero mi pasión por el mar y mi inagotable ansia de aventuras, me hicieron comprar la balandra Razzle Dazzle y dedicarme a la pesca furtiva de ostras. De ahí salieron mis primeras historias.
Estimulado por mi madre, envié un relato sobre mis experiencias cazando focas en los mares de Japón y Liberia a bordo del Sophie Sutherland y obtuve el premio. A partir de ese momento, mi vida estuvo compartida entre mis viajes y la literatura sobre mis viajes. Como me era tan difícil vender mis relatos a los periódicos, que me rechazaban una y otra vez, me impuse un régimen de dos mil palabras al día. Trabajar con ahínco es el secreto del triunfo en literatura. Solo se necesita inspiración y muy poco de genio. Trabajar, florecer en la oportunidad, conduce a lo que parece ser lo primero, y ciertamente hace posible el desarrollo de la pequeña porción de lo segundo que uno puede poseer. El trabajo es una cosa hermosa, y mueve más montañas que la fe misma. En efecto, el trabajo es el padre legítimo de la confianza en sí mismo.
Mi literatura debía tratar sobre el drama de la supervivencia humana, de su lucha contra la naturaleza hostil y salvaje, que acaricia el valor con la misma pasión con que muerde la negligencia y debilidad. Cuando emprendí la búsqueda de oro en el Klondike, Alaska, realicé grandes caminatas, sufrí las ventiscas, la congelación de mis dedos, el hambre y el peligro. Ante la dificultad siempre traté de anteponer el ingenio, pues no existe nada que el hombre no pueda hacer, aunque la naturaleza se vale de innumerables formas para convencernos de nuestra finitud. Igual sucede en los mares del Sur, en la persecución de la presa, en el castigo al delincuente, en el sabor de la venganza.
Toda mi vida busqué el dinero. Cuando los periódicos me compraban mis historias y las editoriales compilaban mis cuentos, el dinero me sobraba para mantener aduladores, sin caer en cuenta que podía perder a mi familia. La riqueza me proveyó de admiradores, pero me prohibió la felicidad. Después de tantos años —y no es pesimismo—, comprendí que no es por dinero que debe vivir el hombre, sino por una felicidad que ningún hombre puede proporcionar, comprar o vender, y que está más allá del valor de todo el dinero del mundo. Por eso, el ser humano debe aprender a luchar por sus derechos y no dejar que los ricos le roben lo que tanto sudor cuesta. Mis años de obrero así me lo demuestran.
He arrostrado todo tipo de riesgos y eso me permitió escribir mis historias. Las aventuras en lugares desconocidos, repletos de imprevistos y retos, son como una droga que penetra en la sangre para no salir. Las desventajas se vuelven insalvables y el hombre pierde la partida. El hombre es víctima de sus errores y de su pasado. Algunos de mis sueños, como la casa del Lobo, se han consumido irremediablemente, y otros, como el amor de mi hija, se me escurre entre los dedos. Hijo de mis padres, no he podido llevar adelante un negocio sin que se malogre. Construí una gran porqueriza y los cerdos murieron de neumonía por el frío de los pisos de cemento. Sin embargo, la naturaleza, la vida sólo se somete al más fuerte, al más capaz.
Ahora, al final del camino, padezco de una uremia crónica y el médico me ha llenado de prescripciones. El dolor es insoportable, y mientras escribo estas líneas, que no sé si entenderán los lectores futuros, pienso en la prodigiosa savia de un bistec, aquel que no podía comer el boxeador envejecido, ni pude comerlo yo hasta ahora. Desde que regresé de México mi salud se ha resentido, pero no pienso limitarme de nada. Deseo brillar en el mundo como una centella en lugar de chisporrotear como una pieza de yesca húmeda. Noviembre va apagándose, y aunque estoy un poco cansado y triste no quiero dejar de vivir la aventura de mi vida. Mañana será otro día… ojalá que sin tanto dolor.”

RÉQUIEM

Otro escritor norteamericano, que antepuso al sentimentalismo ampuloso la pasión y el desgarramiento de la vida real, Ernest Hemingway decía que un hombre puede ser destruido, pero nunca vencido; y por ello la vida de Jack London, aun contra lo que pensaba, demostró que se pueden lograr los objetivos aunque los obstáculos sean muchos. Entre 1900 y 1916 escribió 19 novelas, 18 libros de cuentos y unos 150 artículos, 3 piezas teatrales y 8 libros sociológicos y autobiográficos. Un legado imperecedero, difícil de esconder bajo el velo del olvido. Shannon Garst, en su biografía del genial escritor, señalaba que “la influencia de una existencia no termina cuando la sangre deja de correr por las venas. Para bien o para mal, en mayor o menor grado, todos dejan de alguna manera su recuerdo sobre el mundo”.
Jack London dejó perdurables recuerdos. Para bien, para mucho bien.

NOTAS
*
Este supuesto diario perdido es una recreación de datos tomados de la biografía de Jack London: la atracción de la aventura, de Shannon Garst (Editorial Gente Nueva, 2005)

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