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EdiciÓn No. 337
Semana I-IV

Silvio, ¿el trovador trovado?
Por Fidel Díaz
Fotos: Alain Gutiérrez

Pero vale la canción buena tormenta
y la compañía vale soledad
siempre vale la agonía de la prisa
aunque se llene de sillas la verdad

La entrañable “Historia de las sillas” en la voz de Gerardo Alfonso dio inicio a un fin de semana de intrincarse las almas detrás de las guitarras. No podía existir mejor pretexto que la cercanía —29 de noviembre— del cumpleaños 60 de Silvio Rodríguez. Así el Centro Pablo propuso dos conciertos (sábado 25 y domingo 26) donde 40 trovadores de varias generaciones interpretaron sus temas.
Silvio, para nada amigo de recibir homenajes, pudo disfrutar de un cumpleaños ideal, a guitarrazo limpio y con la cálida sencillez de estar en familia; no sólo por tener a su lado a Niurka (su compañera), su hijita Malva y su madre Argelia, o por la cantidad de amigos de los “viejos tiempos”, sino porque el público que repletó el patio de yagrumas fue igualmente íntimo.
La importancia del hecho radica en la autenticidad de lo sucedido. Pudo ser una simple caravana de canciones; sin embargo, más allá del universo creativo del homenajeado (y por él mismo) fueron dos veladas de un discurso poético muy hondo, amplio, diverso y coherente, que nos demostraba, canción a canción, el peso del acto trovadoresco en la esencia de nuestra identidad.
Por supuesto, que ante tal desfile de canciones lo primero que saltaría a los sentidos es la dimensión de esa obra, su altura poética y la amplia gama de sonoridades que abarca. Sobre todo si se tiene en cuenta que, a pesar de las 40 canciones, una inmensidad de piezas antológicas del trovador no pasaron en esos días. Pero (dejando a un lado el cosmos creativo de “El Ayatola”), pudimos apreciar el estado de gracia en que se encuentra la trova cubana.
Los compañeros generacionales de Silvio, tal es el caso de Vicente Feliú, Augusto Blanca y Lázaro García, dejaron fluir sus versiones como un recuerdo natural. Los primeros hijos —la llamada Generación de los Topos—, salieron al ruedo conmovidos, quizás remontándose a sus inicios, donde aquellas canciones fueron la escuela que los condujo al acto creativo. Gerardo desató la orgía poética con esa especie de código de ética trovadoresca que es “Historia de las sillas”, Santiaguito se presentó tempestuoso —como siempre—, apareciendo fuera de programa; Carlitos Varela, a todas luces estremecido, declaró que le daría a Silvio “hasta la vida” mientras veía soplar todo el viento del mundo de “En estos días”, desde el punto cardinal de Noel Nicola. Frank Delgado desempolvó, para hacer suya, una canción que creo se titula “Desnuda”, y que resulta una especie de strip tease histórico de esa amada mujer llamada Cuba.
Una a una, cada interpretación fue un suceso en sí misma, y también parte inseparable de un todo que nos llevó a apreciar el amplio y diverso abanico de la trova cubana. Se notaba que cada uno de los que cantó en esos conciertos, subía al escenario como quien va a decirlo todo, jugándose el alma; que escogieron la canción de más significación, la que más se ajustaba a sus personalidades, con la cual decir lo que querían. Esto se notó particularmente en las más nuevas generaciones de cantores. No porque faltara intensidad o pasión en las anteriores, sino porque muchos de los “nuevos” estaban presentando sus credenciales ante ese hermano mayor, admirado por haberlos inspirado a coger la guitarra desde su obra, y desde esa eticidad que da la coherencia y el compromiso con la dignidad humana.
Fue muy grato que Ihosvany Bernal retomara, como declaración de principios de las nuevas generaciones, la “Defensa del trovador”; así como que Inti Santana nos recordara “El güije”. El dúo Karma le dio su toque peculiar a “Que ya viví que te vas”, Diego Cano atrasó algo en el tiempo y le aportó la intensidad de su voz a “Óleo de una mujer con sombrero”; así mismo Dieguito Gutiérrez escogió “Generaciones”, acorde a su tierno lirismo. Charly Salgado, con su eterno aire country, sacó del tonel de añejo “Acerca de los padres”, mientras Ariel Díaz y Amanda Cepero nos entregaban una estudiada versión de “Canto arena”. Entre los momentos marcados con más intensidad, guardo el de Junior Navarrete con sus ocurrencias y ese desenfado —no menos sentido por ello— con que versionó una pieza tan desgarrada como “En mi calle”. Así mismo fue de especial conmoción la entrega con que Ireno García se despeñó por los abismos del alma de “Esta canción”.
Entre los momentos más novedosos y sentidos estuvo el de Fernando Bécquer, que hizo de “No vayas a cerrar los ojos cuando hagamos el amor”, una canción suya que le prestó antes de existir a Silvio. Yamira Díaz puso de pie a todos con su atrevida visión de “Se demora” y Samuel Águila, acompañado de Alli Fernández, le aportó su energía electrizante a “Aceitunas”. Sin dudas uno de los momentos musicales más espectaculares se lo debemos al dúo de Lien y Rey (dúo de cuatro con el percusionista Dariel “Landaluce” y Héctor Eduardo “Pepón” en el clarinete. Escogieron “Resurrección” que por temática se ajusta a ese aire del sur que caracteriza su repertorio. Por demás es una especie de rito a las ánimas de las luchas de la América nuestra, por lo que musicalmente va creciendo hasta el delirio. Motivación especial para que el virtuosismo de sus guitarras y la calidez de sus voces se expandieran a plenitud.
Si los conciertos fluyeron, se debió precisamente a que fue notable el ahínco y el entusiasmo con que se prepararon tanto los músicos como los que produjeron el evento.
Hay que agradecer al Centro Pablo la dedicación con que logran cada acción, y en especial este cumpleaños que fue también el octavo del espacio A guitarra limpia.
Dos conciertos muy sentidos, que hicieron sentir a plenitud tanto al público como al propio homenajeado, al que se le vio disfrutando el redescubrimiento de sus canciones desde otras miradas, diversas musical y generacionalmente. Con su cámara tomaba impresiones como para apresar gráficamente esos instantes. Y, para bien de todos, fue juez y parte. Tras el “Unicornio” que se alejaba a pastar por los más poéticos campos desde la voz de Heidi Igualada, Silvio tomó la guitarra; cerrando la primera noche con “El colibrí”. “Por ahí empezó todo”, dijo, aludiendo a la trova tradicional desde esa canción anónima que le cantaba su madre para arrullarlo. Así mismo, la noche del domingo tuvo el clímax con Eduardo Sosa, quien le imprimió el poder de su canto profundo a ese himno del amor revolucionario que es “Te doy una canción”. En una atmósfera delirante, en la que todos (trovadores y público) corearon “Vamos a andar”. Se hizo un llamado ante el cual el trovador acudió. Esta vez fue a sus propios orígenes; cerró su cumpleaños volviendo a ser el soldado tímido que se abría al mundo de la poesía y el amor con su tierna guitarra para decir a la solitaria luna de una guardia “Y nada más”.
La felicitación a Silvio Rodríguez, no tanto por cumplir 60 años, ni siquiera por la descomunal obra que nos ha metido a tantos el bichito del trovador adentro, y que marca la espiritualidad de varias generaciones de cubanos y —me consta— latinoamericanos; la felicitación, sobre todo, por esa capacidad regeneradora que otorga la poesía sin dobleces, sin medias tintas, por esa rebeldía perenne que impide, incluso, que podamos siquiera desde el amor convertirlo en “trovador trovado”. Felicidades, Silvio, sobre todo por no sentarte a pesar de tanta silla en el camino, por demostrarnos una vez más que tendrás el privilegio, que alcanzan muy pocos, de morir creando.

 

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