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EdiciÓn No. 338
Semana I-IV

Los Calendarios se renuevan
Por Leopoldo Luis
Fotos: Richard

El invierno hizo acto de presencia en La Cabaña, y en lo que Richard y yo apurábamos el paso para estar a la una de la tarde en la Sala de presentaciones Nicolás Guillén, una impertinente llovizna nos pisaba los talones, como queriendo recordarnos que —a pesar de los calores— estábamos aún a 16 de febrero. ¿El por qué de la prisa? Era la presentación oficial de los Premios Calendario 2005 y el anuncio de los ganadores en la más reciente ronda: la correspondiente al pasado año 2006, y que verán la luz en forma de libros bajo el sello de la Casa Editora Abril, durante la próxima Feria, que será ya la decimoséptima.
Jóvenes, sobre todo jóvenes, habían acudido al llamado de la Asociación Hermanos Saíz, que cada año convoca a una nueva edición de lo que se ha convertido ya en uno de los más importantes premios literarios que se otorga a jóvenes escritores cubanos, con la participación —esta vez— de más de un centenar de noveles poetas, narradores y ensayistas, lo cual constituye, según se dijo “la demostración esencial de la trascendencia que adquirido en el país el Premio Calendario”.
Después que Adrián Berazaín, acompañado al cajón por otro de los integrantes de La séptima cuerda, interpretaran un par de temas de la más reciente producción de la trova cubana, llegó el esperado momento y se divulgaron los seudónimos, los nombres de las obras. Miembros de los distintos jurados leyeron sus actas respectivas. Al final, los ganadores, con nombre y apellidos, pasaron al frente y recibieron sus pergaminos. Aquí van:

Premios de poesía:Noche magna, de Maylén Domínguez; Corrientescoloniales, de Leymen Pérez; y Los días del cinematógrafo, de Isaily Pérez González.
Premio de narrativa:Dopamina Sans Amour, de Michel Encinosa Fú.
Premio de ciencia-ficción: Acephalus, Mutus, Violator, de Michel Encinosa Fú.
Premio de narrativa infantil:Abuela barba, de Eric Adrián Pérez González.
Premio de ensayo:Plantar banderas, de Claudia Felipe Torres.

Luis Morlote Rivas, presidente de la Asociación Hermanos Saíz; Niurka Duménigo, directora de la Casa Editora Abril; Carlos Lage Codorniú, presidente de la Federación Estudiantil Universitaria; Edel Morales, vicepresidente del Instituto Cubano del Libro; y Ana Victoria Casadesús, miembro del Comité Nacional de la Unión de Jóvenes Comunistas, asistieron al acto y entregaron los diplomas. Estuvo presente, además, una representación de escritores y artistas cubanos, miembros de la Asociación Hermanos Saíz.
Después de concluido el acto de premiación, el profesor y narrador Eduardo Heras León, quien dirige el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, por el que tantos jóvenes escritores han pasado, y quien, a su vez, fue miembro del jurado en la categoría de narrativa en la presente edición, asumió la tarea de presentar los cuadernos correspondientes al Calendario 2005.
“No un récord, pero si un buen average constituye la presentación de ocho libros; es algo que supera lo insuperable”, comentó el autor de Los pasos en lahierba, para añadir después: “acepté hacerlo porque, como he dicho desde hace mucho tiempo, —tanto que me parece que lo he dicho siempre—: yo apuesto por los jóvenes, de lo cual se aprovecha ahora la Asociación Hermanos Saíz para ponerme en el complejísimo compromiso de decir algo sobre ocho libros que he recibido hace sólo unos días”.
Y prosiguió: “les advertí que los perjudicados iban a ser los jóvenes, porque nadie puede presentar ocho libros a la vez, que era una emboscada que me habían preparado, porque llamé a todos los teléfonos de la Asociación que conozco y ninguno de los números estaba asignado a abonado alguno, según me repetía la voz. Así que no me quedó otro remedio que venir aquí y decir un parrafito sobre cada libro, que merece, sin lugar a dudas, una presentación individual”.
Heras León aprovechó la ocasión para recomendar a la Asociación que, tal y como hace el Instituto Cubano del Libro con los Premios Alejo Carpentier y Nicolás Guillén, que son sus premios más importantes y son presentados en diferentes sitios del país, haga lo mismo con los Premios Calendario, que son los más importantes que concede la organización juvenil. “De esta manera —aseguró— estos libros tendrán la presentación que merecen y en varios sitios de la Isla”.
Salón de última espera, de Luis Yuseff (Holguín, 1975), poemario que retoma, al decir de Antón Arrufat, “el uso de la máscara: el poeta y el poema que escribe avanzan hacia nosotros enmascarados”; Desfiguraciones, de Isván Álvarez Herrera (Caibarién, 1976), en las que “el sujeto lírico se encima sobre las ternuras de los entrañables recuerdos”; y Nocturnidades, de Ian Rodríguez Pérez (Las Tunas, 1973), del cual Andrés Mir opina que no constituye “el libro de cuanto ignoramos, porque está al borde de nuestra percepción, sino más bien el de aquello que nos negamos a distinguir…”, fueron los tres cuadernos de poesía presentados.
El hábito y la virtud, de Abel González Melo (La Habana, 1980) en la categoría de teatro, obra que transcurre en Marianao y en la que “dos hombres repletos de nostalgia esperan el nacimiento de un hijo, fruto de un amor insólito y de la amistad transfigurada”.
Insomnios de la palabra agrupa tres ensayos de Geovannys Manso Sendán (Santa Clara, 1974) con los cuales el autor pretende “dilucidar desde su vocación perenne de lector y de cinéfilo ciertos filmes y ciertos libros que han gravitado sobre su mente”.
Eldys Baratutes Benavides (Guantánamo, 1983) es el autor de Marité y lahormiga loca, distinguido en la categoría de literatura infantil, y que fue presentado al lector bajo la advertencia de que “mientras más incomprensible resulta esta adolescente liberal y alocada, más firme su deseo de entender y solidarizarse con el prójimo…”
Nada que declarar es el título presentado en la categoría de ciencia-ficción, cuaderno que aúna ocho relatos de Anabel Enríquez Piñeiro (Santa Clara, 1973), de quien Juan Pablo Noroña Lamas ha dicho que “los lectores desearán que esta autora tenga mucho más que declarar”.
Y en narrativa fue presentado el cuaderno Mi nombre es William Saroyan, de Orlando Luis Pardo Lazo (La Habana, 1971), del cual “El Chino” Heras opina que, detrás de las máscaras de la intertextualidad o de la asunción de la personalidad del gran escritor armenio-norteamericano y Premio Nobel de Literatura, William Saroyan, hay una gran riqueza polisemántica en el texto. “Es un libro-juego —dijo—, un libro-metáfora. Un libro con doble personalidad, y a la vez con una personalidad única; lenguaje y materia, forma y contenido como un bloque, como un martillo que, por lo menos a mí, como lector, me dejó perplejo, conmocionado, y ¿por qué no? indefenso”.
“Los libros sirven también para eso, no sólo para deleitarnos, sino para agredirnos. Este libro tal vez aspira a lo segundo. Y yo lo agradezco”, resumió.
Había llegado el momento de comprar los libros, de pedir la firma a sus autores. Richard recogió sus lentes; yo arropé en mi bolso a la pequeña Sony. El trayecto hasta la carretera sería largo y aún llovía. Y lo peor: tendría que escribir en la noche este comentario. Había que mojarse: gajes del oficio

 

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