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EdiciÓn No. 339
Semana I-IV

Jardín de la Trova
Por Leopoldo Luis
Fotos: Richard

Jardín de la TrovaSiempre me ha parecido que un concierto de trovadores no puede ser disfrutado a cabalidad entre las cuatro paredes de un teatro, donde —por pequeña que sea la Sala— se pierde inevitablemente la atmósfera íntima que la proximidad genera. Porque pienso que trovar es eso: lograr que entre cantor y público fluya sin trabas toda la poesía que encierra ese acto de tomar la guitarra y entonar a viva voz un texto, concebido desde la añoranza, el amor o el compromiso social, pero siempre desde la inteligencia.
El nuestro es un país de tradiciones hermosas: la trova entre ellas. No hay provincia cubana, ciudad o barrio, que no atesore en su memoria colectiva la imagen de un trasnochador empedernido, mitad músico mitad poeta, amante de las bohemias y los bares, recorriendo las calles con su guitarra al hombro y el verso a flor de piel.
Esa genuina expresión de cultura popular, a la que el Movimiento de la Nueva Trova brindó por vez primera visos de coherencia, hace más de tres décadas, está viva. En la noche del viernes 9 de marzo, en los jardines del Instituto Cubano de la Música (calle 15 esquina a F, Vedado) se juntaron en concierto seis jóvenes cantores cubanos. Era la culminación de la Gira Nacional de Trovadores que, en saludo al 35 Aniversario de la Nueva Trova, habían estado llevando por las provincias desde el pasado 14 de febrero Silvio Alejandro, Samuell Águila, Ihosvany Bernal, Diego Cano, Inti Santana y Fernando Bécquer.
No podían haber escogido una plaza mejor. Un diseño escenográfico simple, que únicamente incluía el cartel promocional de la gira, flotando, a merced del viento, entre dos palmas. Un entorno perfumado por la vegetación abundante. Y las rejas, altas, circundando el espacio. En la tarima, situada a nivel del público, seis micrófonos y un par de sillas. Nada más.
La complicidad fue inmediata. “¿De dónde son los cantantes?”, se preguntaba Ihosvany Bernal, a cargo de la apertura, porque, después de casi un mes de recorrido que abarcó casi toda la geografía del país, “la pregunta sigue en pie”. En “Cambiarlo todo”, tema de su autoría que dio inicio al concierto, las seis voces se unieron para dejar en claro que “no podrán decir en el futuro de esta tierra que a los que hacen canciones les faltó valor”. “Nos fue bien durante la gira y vamos a seguir cantando”, aseguró Ihosvany antes de interpretar “La cuerda floja” y “Fueron al sur”, otros dos temas igualmente intensos.
Inti Santana, con un estilo por momentos cercano a la ironía, dejó escuchar su nostálgico Jardín de la Trova“Tropiezo” y, con el apoyo vocal de sus compañeros de gira, el sin par “Mosquito no da bistec”, de pegajosa melodía y texto que convida al coro.
A Inti le siguió Silvio Alejandro, de quien disfrutamos su conocido “Soldados”, que he tenido oportunidad de oírle cantar más de una vez recientemente, con motivo de su nominación al III Festival Cuerda Viva de Música Alternativa, y que siempre me deja su inconfundible sabor de canción “seria”, en contraste con el muy criollo “relajo” de “Letanía de los tiradores”.
Samuell Águila, de quien ya he dicho alguna vez que se encuentra en un momento de plena madurez creativa, volvió con “Treinta de papel”, canción que ha dedicado a quienes transitan —como él mismo—, por esa tercera década de vida, de tantos modos definitoria en la existencia de un ser humano. La remembranza de aquellos acontecimientos que marcaron su infancia o su primera juventud, deviene aquí recurso que el autor maneja con auténtica maestría para inducir ese aire reflexivo que caracteriza la pieza, verdadera “joya” de la trova cubana contemporánea. “Yo te quiero”, respaldado por las voces de Inti, Diego y Silvio Alejandro, fue su tributo al amor.
Amor y trova. Pero también humor y trova. Porque el humor ha sido siempre una presencia constante en nuestro quehacer trovero: desde Ñico Saquito hasta Virulo. Y Fernando Bécquer es un espigado cantautor de sonrisa socarrona, en cuyas composiciones exhibe una muy original manera de combinar el doble sentido y la sorna, con las que arrancó entusiastas aplausos a un auditorio conocedor de aquel estribillo que aconseja recoger a Filiberto, porque en definitiva “lo que él te hizo, se lo hacen a cualquiera”.
Después de la actuación del Fernand, Diego Cano no podía menos que desafiar la amenazante lluvia y, antes de correr las cortinas y apagar las luces, convocar de nuevo a Inti, Ihosvany, Samuelito, Silvio y al propio Fernand, para retomar, entre todos, esa bella canción suya de cuyo título no estoy seguro, pero que me he sorprendido a mí mismo tarareando tantas veces: “como la fresca brisa, Maureen, como la primavera; como silbando el viento hasta ti”.
Antes de irnos, una versión recreada de la inmortal “Guantanamera” y “los versos del alma” del más grande de todos los cubanos: otro homenaje indispensable. Entre el público alcancé a distinguir a Frank Delgado. Desde nuestra mesa, Ray, Fidelito y Tony, también trovadores, protagonizaban su propio concierto. Richard accionó por última vez el obturador de su Cannon y partimos hacia la noche. Se hizo el silencio, pero ya no me inquietaba la pregunta que Ihosvany dejara en suspenso. Tenía la respuesta: los cantantes son de Cuba.

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