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Memorias de EL CAIMÁN

 

EdiciÓn No. 339
Semana I-IV

Máchenca te mira…
Por Waldo Ramírez
Ilustración: ARES

portadaQuisiera comenzar estas palabras de presentación con un bocadillo de uno de los muñequitos rusos que disfruté innumerables veces hace más de 20 años: “… desde aquí arriba Máchenca te mira, cuidadito oso, no seas goloso…”. Este bocadillo, que seguro muchos de los presentes recordarán, lo decía un personaje del animado, Máchenca, quien escondida en la cesta llena de pasteles que cargaba el oso a sus espaldas, aprovechaba la ocasión para escapar de éste mediante una treta. El oso, que llevaba pasteles de regalo a la abuelita de Máchenca, a su vez, le llevaba a la propia Máchenca sin saberlo.
Pero mi interés en esta anécdota o en rememorar esta frase del muñequito, es más bien metafórico. Como Máchenca desde su escondite–cesta sabía todo lo que podía hacer el oso, cada vez que éste intentaba comerse uno de los pasteles, ella lanzaba su amenaza o advertencia. Como el oso desconocía de su presencia en la cesta, llegó a pensar en algún efecto sobrenatural, o lo que es más, en la omnipresencia de Máchenca o en lo que conocemos como don de la ubicuidad.
Desde que trabajo en la televisión en más de una ocasión me he sentido como el oso de este animado y a ratos, más que observado, vigilado. Muchas veces Máchenca ronda por mis alrededores y es que la televisión, cada día más, es más observada por todos, vista por todos, disfrutada por todos, y juzgada por todos. Cada día más eso que llamamos televidente, está en todas partes y desde todas partes entra en contacto y se comunica con los mensajes televisivos. Entonces es, como si de disímiles lugares a la vez, casi desde la ubicuidad, se repitiera el bocadillo de Máchenca.
Pero esta introducción al número 339 de marzo–abril de El Caimán Barbudo, no presupone una jugada defensiva ante el hecho de que en esta edición se dedique gran parte del contenido de la misma a teorizar, polemizar y reflexionar sobre los medios de comunicación y, en específico, sobre televisión. Es tan solo un pretexto para ubicarme de manera generacional y de paso hacerlo desde un referente audiovisual que marcó una etapa de nuestras vidas. A todo caso, recibo con beneplácito estos textos, los que unidos a otros, hacen del conjunto de este número, como siempre, la posibilidad de acercarnos a miradas polémicas y atrevidas, sean cuales sean los temas que se aborden.
Empiezo refiriéndome a aquellos cuyo centro no es los medios, aunque cosa curiosa, en más de uno no puede dejar de aflorar algún comentario sobre la pequeña pantalla.
“Digo lo que digo”, de Aymara Aymerich, es una suerte de carta de presentación sobre esa cierta promoción de jóvenes poetas que, si bien pertenecen por época a una nueva generación, aún ni ellos mismos se reconocen como tal. Y es que para muchos de ellos, como para mí por contemporaneidad, ser de una generación o ser una generación en algo, va más allá de instaurar una plataforma ideoestética común, o al menos la construiríamos desde una diversidad más diversa que la de nuestros padres. Con sus propias palabras “…Hemos gozado a la vez, y desprejuiciadamente, con Herman Hesse y Los Van Van… con la semiótica y el dominó”. No puedo negar que leyendo este texto de Aymara, el cual fue leído en un panel sobre poesía cubana en la Feria Internacional del Libro del Zócalo, México DF, en Octubre de 2006, fue que llegó a mi mente rememorar a Máchenca y el Oso.
Luego, tan solo con voltear una página de este número, aparece una entrevista a un grupo también de jóvenes, en este caso narradores, los cuales sustentan más o menos los mismos preceptos con que Aymara intenta definir a sus colegas poetas de generación. Demis, Pardo, Raúl, Arnaldo, Polina, Ahmel y Lage, aunque lanzados bajo el rótulo generalizador de “Generación año 0”, se reconocen compartiendo espacios, lecturas comunes, hasta se reconocen alejados de etiquetas preconcebidas, se encuentran identificados desde la perspectiva generacional, pero no se consideran propiamente como un grupo. No obstante, reunidos durante los días de la Feria Internacional del Libro de La Habana, “Generación año 0” reconoce que en el largo camino que le queda por recorrer, estará presente el interés por escribir obras que se asomen a la Cuba futura que a todos nos espera, a fomentar la cultura nacional con sus aportes.
Siguiendo esta línea que de algún modo traza la Feria del Libro dentro de este número, me quiero referir al texto que Humberto Manduley entrega casi en las páginas finales: “Las rutas argentinas llegaron a La Habana”. La presencia en Cuba, durante esos días de febrero, de un grupo de músicos argentinos nos dio la posibilidad de disfrutar de un concierto único, no solo porque se realizó en una sola ocasión, sino porque además nos conectó con esa variedad musical exponente de lo más referencial del rock argentino. Manduley recorre con detalles este concierto y sus palabras dejan ver no solo cuanto lo disfrutó, sino además cuanto valora la producción que los gauchos han hecho, “…donde la poesía en nuestro idioma y el sonido trepidante de un género sin fronteras, canalizaron un sinfín de sentimientos resguardados entre el pecho y la espalda, como un poderoso pacto para vivir.”
Con sus acostumbradas secciones este caimán se abre a la narrativa, con la inclusión del cuento “El Aprieto”, de Arnaldo Muñoz Viquillón y una vez más a la poesía, desde los versos de Daniel Díaz Mantilla. En este mismo género, también lo hace presentando los libros: Nocturnidades, de Ian Rodríguez Pérez y Salón de última espera, de Luis Yuseff. Además nos presenta el libro de narrativa Mi nombre es William Saroyán, de Orlando Luis Pardo Lazo y el de ensayo Insomnios de la palabra, de Geovannys Manso Sendán, los cuatro textos del Premio Calendario y de la Casa Editora Abril.
No podían faltar las líneas dedicadas a la música, por Bladimir Zamora y Joaquín Borges-Triana. El primero para comentarnos sobre la feliz idea de la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales (EGREM) de llevar a soporte digital lo que ha dado en llamar Las Voces del Siglo, donde se incluye un CD de Abelardo Barroso, ese cubano que desde la década del 20 del pasado siglo, impregnó su voz en agrupaciones como el Sexteto Habanero, Boloña y Nacional y luego, con la ayuda de su admirador, el Benny Moré, volviera a dejar su voz en los años 50 en temas como “El Panquelero”. Por su parte Borges-Triana nos comenta sobre el trabajo de Combat Noise, esa metalera banda de rock cubana que desde sus inicios, allá por 1996, se ha movido en lo que se conoce como deathmetal y es sin dudas una de las más populares en la escena roquera de la isla. Siguiendo con la música nos encontramos con la presentación que sobre la británica Lindsay Cooper, nos hace Humberto Manduley, cargada de detalles informativos sobre la carrera de esta peculiar músico que ha sabido llevar el fagot desde la escena experimental hasta derroteros cercanos a la cultura popular. Para el cierre de la revista nos encontramos con las palabras del trovador cubano Silvio Alejandro bajo el título “De dónde son los cantantes”, donde a manera de cronista, nos narra los tropiezos y delicias de la gira nacional que protagonizó junto a los también trovadores Fernando Bécquer, Inti Santana, Samuell Águila, Ihosvany Bernal y Diego Cano, desde el 14 de febrero al 9 de marzo pasado.
Me acerco ya a lo que serán mis apuntes finales y lo he hecho, ex profeso, dejando casi para el cierre los comentarios a cerca de “Apostillas a una muestra”, texto de Andrés Mir a propósito de la 6ta Muestra Nacional de Nuevos Realizadores, así como “Se acaba una especie”, otro texto de Joaquín Borges-Triana sobre el escritor y reportero polaco Ryszard Kapuscinski, recientemente fallecido.
Sobre el primero de estos escritos anteriormente mencionados, me reservo mayores opiniones, no por discrepar de sus planteamientos, sino porque siendo yo el Presidente de la Muestra de Nuevos Realizadores, mis opiniones sobre la misma pueden pesar sobre mis opiniones a cerca de lo que ha escrito el amigo Andrés Mir. En este caso me remito a recomendar leer el texto, convencido de que la Muestra debe superarse a sí misma en cada edición.
Sobre el segundo, confieso gran emoción. Borges-Triana se ha encargado de acercarnos a un hombre que es necesario conocer más a fondo. Con la profunda sencillez del concepto de que entre escritor y reportero no hay diferencias, solo se necesita escribir bien y punto, descubro, una vez más, que el artista debe aprender a dominar muy bien las reglas con las que hace su arte.
Desde esta reflexión y apoyándome en palabras de Kapuscinski, quiero entrar en lo que debe resultar el plato fuerte de esta presentación, al menos para mi y para los colegas de la televisión aquí presentes. Cito al escritor polaco: “Leo todo el tiempo la Biblia y muy a menudo la estoy citando. Es el libro más dramático que se ha creado, pero también es un libro muy cruel. Ahora se suele criticar a la televisión por transmitir tanta violencia, cuando más cruel ha sido la Biblia: en sus páginas se come a niños, se llama a matar a los enemigos, se queman casas, se sacan los ojos a los hombres. Los dueños de la televisión moderna no han inventado nada nuevo”.
He aquí, tal vez, la clave del asunto. Debemos inventar algo nuevo. Puede sonar demasiado utópico pero soy de los que creo que nuestro socialismo, único e irrepetible, tiene ante sí ese gran reto. Si no reinventar la televisión, trabajar por hacerle, desde los códigos y lenguajes ya establecidos y a su vez renovables, las nuevas lecturas que propicien al arte, el arte de comunicar masivamente desde las esencias más éticas y humanas que han fundado y fundan constantemente nuestra cultura.
Por eso quiero agradecer a Paquita Armas Fonseca, a Rufo Caballero, a Fernando Rojas, a Eduardo Vázquez Pérez y al Guille Vilar, estos dos últimos cuyas ponencias debatidas en la pasada tercera edición del Evento Teórico del Festival Nacional de Televisión son las que se publican, por regalar para las páginas de este Caimán, sus sentidas, críticas y honestas reflexiones.
No detallaré de qué va cada escrito, solo aseverar, a propósito del título con que el Guille coronó su ponencia, que tenemos “La responsabilidad de alimentar el alma”. Cuando los lectores se enfrenten a estos 5 artículos sobre la televisión, encontrarán palabras de elogio, vericuetos conceptuales, discrepancias o apreciaciones dispares sobre lo culto y lo serio, lo aburrido y lo entretenido, televisión mediocre para los mass media y televisión entretenida y culta para ascender a los mass media, descarnadas verdades que con mucha honestidad hablan de nuestros defectos y penurias internas, como también de nuestras virtudes y esfuerzo cotidiano por llevar a las pantallas, en medio de durísimas carencias materiales, lo mejor para los ciudadanos de esta hermosa isla.
Quisiera terminar haciendo referencia al primer material que publica este número de El Caimán: “Un muchacho del centenario”, donde Bladimir Zamora Céspedes nos devuelve una vez más a José Antonio Echeverría, ese joven de la Generación del Centenario que sabemos bien dio su vida por lo que juntos construimos hoy. Nos acerca Bladimir a un José Antonio que no siempre encontramos en los textos, pues no solo podemos corroborar con sus palabras el revolucionario que fue, sino además la persona sencilla, profundamente humana y de pensamiento estético que también fue y de seguro por eso, su grandeza de revolucionario. Las ideas que el joven José Antonio tenía sobre la arquitectura, debieron no solo sonar raras en su época, sino además contrarias al poder, despótico entonces. Y es que ese sentimiento rebelde y revelador, cuestionador y placentero, elucubrador y reflexivo es intrínseco al arte, de ahí la necesidad, desde él, de contribuir a formar en el pueblo verdaderos valores revolucionarios, de manera tal que se crezca y se autocuestione para mejorarse.
He aquí gran parte de esa responsabilidad que tenemos al alimentar el alma. Así, aunque Máchenca nos mire, el día que María Docarmo se equivoque, podremos discutir con ella no solo en el núcleo del partido, sino en cada casa, en cada cuadra, en todos los barrios, en todo el país. Ese día, tal vez, entre todos, hayamos reinventado la televisión.

Muchas gracias.

 

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