Ken Field
Por Humberto Manduley López
Para Karen Aqua
En el mundo de las músicas independientes actuales es frecuente hallar creadores que se diversifican en un amplio abanico de ramas. Rozando la ubicuidad, desafían ortodoxias, tanto genéricas como laborales; multiplicándose de mil maneras, están aquí y allá a la vez, hacen esto y aquello. Crean, interpretan, graban, producen, editan, promueven, distribuyen; todo esto sin perder el control de la situación, más aún en momentos como estos, donde la crisis golpea con más fuerza a los que tienen menos. El norteamericano Ken Field (1953) pertenece a este segmento de músicos inmersos en cuanto reducto de actividad les parezca atrayente o, sencillamente, necesario. Saxofonista y flautista versado en las técnicas contemporáneas, muestra una trayectoria inquieta, que hace zigzag tomando todos los elementos posibles. Como solista, o formando parte de distintos colectivos cuyo denominador común es el riesgo, muestra una trayectoria que habla bien claro acerca de su vocación transgresora.
Proveniente de una desenfadada escena que supo mezclar punk y jazz, en 1987 se une a Birdsongs of the Mesozic (BSOTM), colectivo afincado en Boston y cercano a los terrenos del rock más experimental. Rick Scott (sintetizadores), Erik Lindgren (piano) y Michael Bierylo (guitarra eléctrica) completan esta formación, que se antoja llamativa desde su mismo formato como cuarteto. Los ritmos son programados, de modo que la obra del grupo se afianza en un elaborado trabajo con texturas, armonías y melodías a partir de los cuatro instrumentos esenciales. Autoproclamados como “foro de compositores”, su discografía desafía categorizaciones, con títulos como Faultline (1989, despegue creativo de la banda con la nueva alineación), Dancing on AA (1995), Petrophonics (2000) y The iridium controversy (2003), entre otros, todos dominados por un discurso instrumental. El cambio radical vendría con los álbumes siguientes, 1001 real apes y Extreme spirituals, ambos de 2006, donde la voz toma protagonismo (al menos con carácter temporal) gracias a los invitados: el narrador David Greenberg y el cantante tradicional Oral Moses, respectivamente.
Dentro de BSOTM, Field aporta los registros alto y soprano de sus saxofones, más la flauta y percusiones ocasionales. Lejos de solo marcar una dirección jazzística, sus intervenciones sugieren melodías cautivadoras, o explosiones en plan “free”. En un repertorio donde las disonancias y el empleo de armonizaciones poco usuales están a la orden del día, el saxofón aporta a veces un toque cálido y emotivo. Ese contraste entre la frialdad aparente de la electrónica y las sutilezas de lo acústico conforman uno de los atractivos juegos con los cuales la banda define posiciones. Por otra parte, se trata de música escrita hasta sus mínimos detalles. En escena, aunque hay espacio para la improvisación, los cuatro integrantes se presentan con sus partituras. No es para menos: son obras con un rigor conceptual e interpretativo que clasifican en los esquemas de la llamada “música electroacústica de cámara”, aunque el rock y el jazz insinúen su presencia.
Visto el otro lado, en su vocación solista, Ken Field se apunta títulos como Subterranea (1996, totalmente individual y grabado en el interior de una caverna), Pictures in motion (1999, con colaboraciones de Amy Denio, Will Dowd y Jessica Lurie) y Under the skin (2006, banda sonora para un espectáculo danzario), así como la alucinante experiencia titulada Tokio in F (2000). Se trata de una improvisación libre en circunstancias extremas, donde el norteamericano se unió por primera vez a tres instrumentistas japoneses (el guitarrista Kido Natsuki, el violinista Katsui Yuji, y Shimizu Kazuto al piano) solo minutos antes de salir al escenario, con el agravante de la incomunicación lingüística adicionado. Prueba de fuego ante un público exigente y conocedor. ¿Resultado? Un cónclave de creación instantánea, más próximo a la música clásica contemporánea que a lo popular, con un alto nivel de integración y respeto por parte de cada involucrado.
Entre sus múltiples proyectos paralelos quiero señalar al Revolutionary Snake Ensemble (RSE), septeto reforzado de metales (más invitados) creado en 1990, con un par de discos publicados, y que rescata las sonoridades del jazz característico de fines del siglo XIX e inicios del XX, en Nueva Orleáns, con tonos contemporáneos. Swing y funk atizados con riffs pegajosos y ramalazos de humor en unas melodías que parecen construidas para un baile postmoderno. Revisiones a piezas de autores varios (desde Ornette Coleman hasta Billy Idol) y temas de sus mismos integrantes, hacen de un disco como Forked tongue (2008), por poner el caso, un divertimento necesario, no exento de rigor.
Aunque destaca como instrumentista, su condición de autor aparece bien definida a través de composiciones como “One hundred cycles” (BSOTM), “The large S” (RSE) y “Tensleep” (solista). En la primera, una melodía saltarina, enunciada desde el saxofón, se apuntala con la incisiva guitarra, y los ritmos programados electrónicamente. En la segunda, los variados metales se yuxtaponen en un entramado de colores, apoyados en un patrón fijo desplegado desde la batería. Por último “Tensleep”, en formato de trío acústico, se mueve entre lo “free” y la estructura, con pistas de saxo alto que se interrogan y responden. Tres formatos distintos, tres intenciones que se complementan, una idea rectora: generar música que no se ciña a lo convencional.
Con trabajos constantes para danza, animación, teatro y televisión (ha hecho aportes para el popular espacio infantil “Sesame Street”), muchos de ellos desarrollados junto a su esposa Karen, todavía me pregunto de donde saca tiempo para llevar adelante una larga lista de actividades extras. Entre ellas “The New Edge”, dos horas semanales de transmisión radiofónica, con un repaso desprejuiciado por la música actual de cualquier procedencia. Gracias a su labor, los oyentes de este espacio han conocido las obras de compositores tan diversos como Charles LLoyd, David Torn y el cubano Harold Gramatges, entre otros. También ofrece charlas, clases magistrales, conferencias sobre “nuevas músicas” (término muy empleado como sombrilla de lo inclasificable) y organiza conciertos multigenéricos, a contracorriente del globalizador mercado del mayoreo.
Entre la estética punk, la improvisación, la música de cámara, el jazz de metales, las técnicas aleatorias, acentos folclóricos de diversas latitudes (Balcanes, Asia, Caribe), el serialismo y el rock, lo popular y lo concertante, Ken Field apuesta por la confluencia, donde otros ven nichos cerrados. La capacidad para evadir clasificaciones puede devenir arma de doble filo, cuando el mundo, la vida, quieren ser reducidos a meras etiquetas. Hay peligro de extraviar el rumbo. Este saxofonista y compositor parece contar con su intuición como brújula sonora. La honestidad es un ejercicio desgarrador y estimulante a la vez. Ken Field lo sabe muy bien. De eso trata su música.
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