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Centro Pablo de la Torriente:
Once años de luz, bróder, de luz

Por Fidel Díaz

Fotos: Alain Gutiérrez

Yamira Díaz y su grupo. Foto de Alain GutiérrezCon un buen “Trovazo” en su patio de las yagrumas de Muralla 63, el Centro Pablo de la Torriente acaba de cumplir 11 años de abarcador, utilísimo e impecable trabajo cultural.
“Trovazo”, pues con ese título Yamira Díaz sostiene, en su ciudad Pinar del Río, una de las más importantes peñas del país; y “Trovazo” pues trova mayor fue la que nos regaló con su grupo esta creadora, de las más notables de nuestro panorama musical.
Cuando uno peina la cantidad de proyectos que lleva adelante el Centro Pablo y, sobre todo, la exquisitez y valía de ellos, no puede uno sino quedarse perplejo, ante tanta labor y tan poca gente detrás en su ejecución. Víctor Casaus y María Santucho, con un piquete de amigos, han llevado durante más de una década las riendas de una institución realmente modélica.
Pasar revista a estos 11 años del Centro es casi imposible, habría que hablar de muchísimos concursos, becas o premios, con los cuales han sido apoyados o reconocidos nuevos proyectos de relieve que estaban desamparados —el propio Trovazo de Yamira recibió la Beca de creación Sindo Garay 2007. Con esa beca serán ahora sustentados los proyectos de dos jóvenes, pero ya destacados exponentes de la trova, Yaima Orozco en Santa Clara y Alito Abad en Holguín.
Sería muy extenso enumerar el listado de conciertos que ha realizado la institución, tanto en su espacio Puntal Alto (de paso, digamos que, guiado por Ihosvany Bernal y Samuel Águila, es también un programa de radio) como en el ya clásico A guitarra limpia, del cual sale un disco en cada edición. Si tomamos en cuenta que se realiza un concierto cada mes y hacemos el cálculo en 11 años, obtendremos una amplia discografía en donde trovadores de varias generaciones y, especialmente, de las más nuevas han encontrado la oportunidad de tener un disco; muchos de ellos su primero, y no pocos el único hasta el momento.
También, por el patio de Víctor y María han pasado figuras de la canción latinoamericana, como: Raly Barrionuevo, Fernando Delgadillo, Pancho Villa, Isabel Parra; y por arribita, hay que apuntar encuentros con Silvio, Vicente, Santiago, Gerardo, Pedro Luis Ferrer, Sara, aunque realmente sería mejor buscar quiénes no han cantado allí y los olvidos serían muy pocos. De los conciertos que quisiera destacar, está el homenaje a Noel Nicola y los dos con versiones de canciones de Silvio Rodríguez por su 60 cumpleaños.
Celebrando esta década y un tin más, han aparecido también dos CD que son el fruto de concursos encaminados a poner, mediante la música, el acento actual sobre figuras claves de la cultura cubana y universal, como el disco Una canción para Frida y Diego donde jóvenes trovadores compusieron obras dedicadas a esos grandes de las artes plásticas mexicanas y Del verso a la canción, en el que 15 trovadores musicalizan versos de poetas como: José Martí, Eliseo Diego, César Vallejo, Dulce María Loynaz o León Felipe, por mencionar algunos.
En la serie de discos del Centro Pablo hay otra arista de trabajo que es la de los poetas, gracias a grabaciones realizadas algunas por Orlando Castellanos, con la que se rescatan en CD entrevistas y lecturas de poesía, de las que cabe resaltar la de Luis Rogelio Nogueras. En cuanto a homenajes, el Centro ha puesto en su mira a personas entrañables, con una labor de mucha importancia para nuestra cultura. Pensemos en ese personaje inolvidable del lente, cazador de trovadores, “El Plátano”; o aquella exposición con obras del gallego Posada; el reconocimiento a esa gran voz de Cuba que es Adriano Rodríguez; y que, ahora mismo, se le acaba de entregar el premio Pablo a una de las grandes de la música cubana: Marta Valdés.
Muchos han sido los concursos en carteles, fotografías, afiches, que han culminado con exposiciones en su galería; igualmente hay que distinguir el impulso que ha dado el Centro al Arte Digital, con su Salón anual dedicado a esa manifestación. Los medios audiovisuales también han estado en la mira de la institución; realizando varios documentales, como el que en este instante se coproduce con el ICAIC, de Lourdes Prieto sobre el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC.
Yamira Díaz y su grupo. Foto de Alain GutiérrezSi todo esto fuera poco, el Centro edita su boletín Memoria y su sello editorial publica anualmente varios títulos, con énfasis en la obra de Pablo de la Torriente Brau. Y en este renglón, por sus 11 años, acaban de ser publicados dos importantes títulos que resultaran finalistas del premio de ensayo Noel Nicola: La primera piedra de Ariel Díaz, y La luz, bróder, la luz. Canción cubana contemporánea de Joaquín Borges-Triana. Con ellos se rescata la memoria de lo acontecido en el panorama de la canción cubana y se polemiza sobre la Nueva Trova y su paso durante los últimos años. En el libro de Ariel, trovador, también dibujante y ahora escritor, se recopilan algunos de los artículos que ha publicado en la prensa —incluyendo a nuestro Caimán—, con opiniones audaces, desde la mirada de una generación, auscultando a fondo a sus compañeros de trovadas, al entorno, a los encontronazos en busca de abrir los caminos del canto. Y precisamente, la luz que aporta y busca Joaquín en su libro es la de los últimos veinte años en la canción cubana, sin que nadie se le escapara, creo, de esas páginas. Con manos de cirujano, el Joaco ha trazado un gran lienzo donde está expuesto cada tejedor de versos a guitarra, desde Silvio, Vicente, Noel y Pablo hasta los jóvenes de ahora mismo, esos que andan cercanos a los 20 años de edad, y hasta aquellos que están en otros rincones del planeta. De igual modo rastrea los espacios que han tenido esos creadores para interactuar con su público, desde que la trova es trova; dígase parques, peñas, instituciones, programas de radio o TV, bares, publicaciones; así como la relación, regularmente muy poca, entre esos cantautores y las discográficas. Es un libro de reflexión, con el que ya sé que tendremos múltiples debates en nuestra publicación (en off y en on) y, sin dudas, de consulta obligada cuando se quiera abordar la cancionística cubana.
Y cogiéndole al Joaco el título, que a su vez parte de un verso de Sigfredo Ariel, creo que precisamente es luz lo que ha vertido el Centro Pablo con su entrega en estos años.
No solo —ni mucho menos, como he tratado de ejemplificar en estas líneas—, pero si fuese únicamente por la labor que ha desplegado de rescate y reconocimiento de la trova en años tan difíciles, ya es para quitarse el sombrero. Creo que, apropiándome también del título de Arielito, Víctor, María y su piquete pueden, en materia de trabajo útil para la cultura cubana, tirar la primera piedra (que ya sabemos será piedra enamorada).

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