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Relámpago en las sombras

Por Herbert Toranzo

Siempre agrada ver cómo nace un escritor; mucho más si se trata de un poeta. La evolución es brusca, sorpresiva, cuando una luz natural —¿intuición?, ¿deus ex machina?, ¿talento?— la impulsa desde el interior del ser. La palabra emerge de lo oscuro y se abre paso siguiendo un misterioso derrotero que nadie, ni el poeta mismo, conoce. Se adueña del espíritu y este se deja conquistar; cede terreno al poderoso íncubo; aprende milagrosamente a hablar su lenguaje de otro mundo.
Con las oportunidades que brindan las editoras provinciales en la actualidad, ya es posible ser testigo de ese fenómeno desde sus estadios iniciales. El joven escritor ya no se ve obligado a esperar largos años hasta que salgan a la luz sus libros, para entonces ya viejos, desactualizados; ahora ejerce su derecho al error o muestra sus primeros aciertos.
Escultor de sombras (Ediciones Ávila, 2008) es el debut de Miguel Ángel Ochoa Cruz en la poesía (o más bien en el mundo editorial, porque nunca hay un momento exacto que marque el nacimiento de un poeta); sus primeros tanteos en la oscuridad de la vida, la oscuridad que precede a la vida. Desde su natal Palma Soriano vino a echar raíces en el territorio de Baraguá, pequeño batey de un central azucarero en la provincia avileña. Lo anecdótico y lo afectivo son caros a este poemario suyo en el que asienta bosquejos, vivencias, recuerdos, sueños o premoniciones; cita fragmentos de cartas, expresiones, historias que lo han ido moldeando, que han sido una importante guía en el devenir de su existencia: “Pero mi tía, tan delgada, nunca probaba el almuerzo, y sus pasos ágiles me tomaban de la mano por lugares que ella creaba”.
La primera sección, “Libro de las estaciones”, intercala estas viñetas en prosas poéticas con la austera síntesis del haiku, utilizado además como una especie de intermezzo lírico que aligera el paso de un poema a otro; un eslabón filosófico, no por breve menos relevante: “en el rosal/ cada espina tiene un porqué/ de mi desgracia”.
La vida en el batey, su vínculo paradigmático con el resto del universo, están contemplados en la segunda sección, “Islas”. En ella el haiku reaparece alternando con otra composición japonesa, el tanka. La idea del aislamiento propio, el de cada persona, el del poblado remoto, se reitera aquí y en la siguiente sección —“Lenguaje del viento”—; da fe de la angustia del poeta, su desamparo ante la adversidad, su esencia enajenada y susceptible, como en estos versos:

Desde un muro el mar,
los astros que navegan,
púrpura luna.

Transfigurados ellos;
 yo, antes del suicidio.
O cuando afirma, en el poema “Al sur con una isla”: “Fuimos una isla que es un hombre, una casa, el silencio donde están mis hierbazales oscuros para que los despojes”.
En esta última sección cabe señalar también el uso de algunas intertextualidades (en “Islas” ya se había hecho referencia ocasional a determinadas lecturas). Se cita a poetas cubanos o extranjeros, como Pedro Alberto Assef (en “Primera carta a Jonathan”) o César Vallejo (“Idilio muerto II” y “Espergesia II”); se recontextualizan sus versos en la prosa poética dotándolos de un nuevo sentido y diversas interpretaciones.
Miguel Ángel, el escultor de sombras (manipulando el claroscuro obtendremos volumen, textura y valor, aun en las figuras bidimensionales), concluye su libro con algunas definiciones que son como el acabado a su escultura de la vida:

La historia es un relámpago.
La poesía, ilógica,
como es ilógico que el humano no pueda
jamás…
 llegar a su planeta.
 Este es el punto
 si tuviera eco.

Sigamos, pues, esta lógica de lo ilógico. Busquemos el sentido de lo humano. Aprovechemos el relámpago.

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