Actualizado el 29 de agosto de 2010

Bladimir Zamora Céspedes:

Informalmente y sin puntos cardinales

Por: . 21|4|2010

Con Los olores del cuerpo como cosecha, este acercamiento parte de una compilación de poemas que conforman una arquitectura de más de ciento cuarenta textos agrupados en cinco cuadernillos al arreglo editorial de Jacqueline Teillagorry Criado, básicamente textos que denotan ese puñado de sentimientos ancestrales que hacen del autor un ser que aniquila al tedio a golpe de metáforas en fuga.

EN EL PRINCIPIO FUE EL NOMBRE

Cuando se presentó por segunda ocasión El Caimán Barbudo en la Casa de la Poesía, ni Bladimir Zamora ni yo sospechábamos que estaríamos meses más tarde involucrados en un Informalmente formal de los que prepara La Casa… para los poetas.

Rafael Grillo, pendiente de la nómina que estaba integrando para el resto del año me propone —para asombro mío— a Zamora.

—¡¿Poeta, no jodas?! Fue lo primero que me vino a la mente como expresión de pasmo; la tarde era de encuentros, avanzaba y la conversación sobre el mantel tendido en la confianza para llegar al viejo caimán quedaba, pues, servida entre versos, sorbos de café y rones.

De su trabajo de redactor añejo —póngale usted la connotación etílica—, como musicógrafo o musicólogo tuve noticias en mi adolescencia cuando mensualmente cocinaba el Caimán. Leer sus trabajos en la sección de música era como tomarle la temperatura a la trova cubana que se desplazaba por la Isla entre versos, cuerdas y, desde siempre, el destilado cubano; era(es) también como beberse una limonada en pleno agosto aunque el número fuese de enero.
Así, mis lecturas se fueron acostumbrando a ese y otros nombres que, con el desquicie de tiempo, resultaban invariables: Alex Fleites, Víctor Rodríguez Núñez, Borges-Triana; en fin, tendría que juzgar a mi memoria por un tiempo y un espacio que no dispongo.

Aquella tarde, como casi siempre hago ante una “presa”, le fui pa’rriba a proponerle el espacio Informalmente formal. En realidad esperaba un no por respuesta. Me predispuse, tal vez porque la imagen que tenía del gordo Zamora no era precisamente la de un tipo leyendo poesía y esperando un zarpazo que cuestionara su devenir literario y zamorano. Sin embargo, tal parecía que nos conocíamos desde algún añejo anterior. Su voz peculiar y gruñida moduló un sí, animado por una palmada en mi hombro y ese gesto de afirmación del que sabe que tal vez mañana…

Como cómplice para que el intento no quedara en el flechazo o en las escaramuzas de la memoria, saltando sus obligaciones en la redacción del Saurio, contaba a esta altura del encuentro con el tiempo como brújula. La propuesta, en el tablado.

JUNIO 08, LUNES 16. 2:20 PM. OCIO NECESARIO

Atravieso las páginas de la revista Imagen, del Ministerio de Estado para la Cultura de Venezuela. Una factura que roba el aliento. Por ese sentido inefable de la asociación y en mitad del poema “La muerte se está fumando mis puros”, de Charles Bukowski, me acuerdo de Bladimir Zamora. Miro la fotografía del llamado padre del realismo sucio. Regreso al primer renglón del artículo “Bukowski, en defensa propia” y repaso el poema por segunda ocasión. A poesía cierta no sé de dónde les saqué el parangón. Decido tras los versos finales 5 minutos / y mucho / más llamar a Bladimir. Este comentario es cuenta habida del diálogo. El próximo encuentro sería entonces en la redacción de la revista El Caimán Barbudo para recoger ficha de autor, su poesía y algún verbo suelto que pudiera atrapar en la cinta para esta reseña.

Allí supe, por ejemplo, que este poeta no hace libros de poesía, porque en su opinión no se hacen libros de poesía; que su inspiración se encontraba casi en su totalidad inédita y que yo sería de los contables y potenciales lectores en leerle Sin puntos cardinales, La flor de papel , Debajo del agua, La gota alzada y Los olores del cuerpo de un solo trago —palabra esta tan cara a él.

Detrás de una primera ojeada a la obra de Zamora vislumbré que se trataba de alguien que vive lo que escribe, como calificara el escritor y librero Andrés Boersner a Bukowski. No sé por qué raro capricho me pareció que nuestro redactor era capaz también de haber escrito:

porque he sabido tirar los dados:
me he muerto de hambre por escribir,
me he muerto de hambre por
ganar 5 malditos minutos, 5 horas,
5 días:
Sólo quería poner las palabras por
escrito*

ARRÍMESE, QUE ES CON VOLUNTAD

Acercarse a las escrituras del poeta Bladimir Zamora Céspedes es notar que lo ha hecho desde ese compromiso personal que va sobrepuesto en la tabla de salvación por la mar de los que nunca preguntan, dudan, afirman o niegan para dar testimonio; esa tesitura del pensamiento que se apoya en las palabras. José Saramago lo deja acotado cuando asienta las palabras son dadas, cambiadas, ofrecidas, vendidas e inventadas, para que nos cubramos ese gélido desacierto de imprecaciones que atiza la desmemoria, el desamor, la indiferencia, la disonancia, lo escatológico y el conformismo escéptico que se nos viene encima con espíritu de abulia.

Todo y poco paréceme cuando me introduzco en la corteza de la poesía del Blado, como le dicen los caimaneros. Sus poemas traen ese vaho de credibilidad y franqueza humana empozada en la extrañeza con que el hombre común ve al mundo y se distancia del nihilismo jerárquico que destroza a aquel que le han aplastado la identidad, para saber que lleva agudas cicatrices por la cabeza adentro, vagando el borboteo de la certidumbre y la confianza de saberse identificado en el gobierno de la desnudez del lenguaje. Cofradía del rictus que no ha perdido la pista del asombro íntimo, reminiscente, de una realidad que va consumiendo sin prisa, catando en cada verso, en cada poema.

Diría que Bladimir Zamora es un poeta-ser que camina hacia adentro por su propia disquisición, que entra el cuerpo de una danza de búsqueda y siembra. Un poeta-árbol, un poeta que no escapa; pero que se pierde, confeso, en los meandros de las sombras y las luces cremosas de su contexto y en esta ciudad donde la tierra huele a nuevo mundo.
Un poeta que canta desde la inconformidad y la intrascendencia de poner la mirada donde amanece un paisaje, cuyos ingredientes encierran todas estas piedras de vivir; las de lanzar y las de edificar amalgamadas en existencia y creación.

Desde la oquedad de sus imágenes podemos tener una idea de la nostalgia que padece el poeta; nostalgia en plural —y no es plural / de tonterías—; nostalgia de sus amigos, de sus mayores, de su ardor de adolescente; nostalgia de sueños que pierde en la brumosa memoria del tiempo; nostalgia por la ciudad —en plural también—, la ciudad coro descuadernado al parecer / cartografía de las adivinanzas montón / de corazones a los que poner versos que mejoren su estado del tiempo.

AY DE LOS QUE DICEN AY

Puesto que sus imágenes y metáforas están, significativamente, al alcance de las primeras ramas; pero abroqueladas en la espesura y caen y se enredan y se avientan / al final se trocan en un montón de monedas duras que sufragan nuestra desesperanza y esa tensión por aquello que con suficiente autoridad, Juan Marinello nombró como nuestro sentido vital.

En sus textos se factura toda intención liberadora; incluso desde la imperfección de la escritura y las tribulaciones íntimas o más bien a propósito de ellas como cetro de la imaginación, donde lo inédito se hace cómplice del desbordamiento que pulsa y conturba lo inusitado de la realidad… que le sirve de referencia poemática.

Así, sale al paso este poeta que ha guardado con tamaña paciencia la saturación de sus versos como queriendo descubrirte a través de la ventana más pequeña.

Ímpetu y ámbito que con su voz de persona madura cuece atisbos de búsquedas de razón y equilibrio —bajo la malicia del sol que imaginemos— para dejar constancia de que el ser-poeta ha sucedido en el tiempo real en el que se están substanciando sus textos. La imágenes de su acontecer no son reflejo intelectivo dirigidos contra la página en blanco, sino el testimonio de su respuesta al silencio y al miedo, pero el miedo —nos advierte— es mi seguridad de que puedo jugármelo / todo; de modo que, en su poesía, va implícito realidad vivencial y realidad creacional porque su poesía es una carpa segura para el diálogo, es el camino que brota de un ovillo guardado / en las zanjones de la memoria.

USTEDES TIENEN LA PALABRA

Los amigos pueden cambiar el final de las cosas, nos dice desde un grito casi, dilacerado, en este poema tremendo que ha fechado en noviembre de 1989, un poema que infunde eficacia y aliento temperamental. Otros atinan, como “El rock de Gibara”, sentido y hondo, “Bailas para mí en 1916”, a simple lectura dedicado a Isadora Duncan, que lleva la hermosa maldición de su ritmo epicúreo atado a la espiral del tiempo, o un poema como “La flor de papel”, genésico y nutricio, de origen y partida, de salutación y alimento para el resto de la vida; pero estoy recluso de dejar la ojeada precisamente en La flor de papel como cuaderno que advierte una postura mesurada, grávida, que es ya atendible en pulso y en la ausencia de la insípida cordura de los mayores.

He releído otros tres cuadernos —¿cómo le llamaría el propio autor?—, y me aventuro a levantar andamios para moderar las prerrogativas de los cazadores furtivos de pocas fibras.

Por suerte no hay en poesía la hora intacta. Se avizora en él el país del siempre empezar desde la gota alzada, trigo para la tierra fértil de Abril, que va rajando la textura inexpugnable con esa manía de luz andante de luz y cuerpo que tienen los poetas que no llevan prisa.

Y ese es otro plano al que se suma las maderas atentas de escriba que tiene a la realidad como soporte de sus intensidades metafóricas. Allí, lo objetivo y lo subjetivo se toleran desde el ángulo influyente de la existencia propia; mitad y mitad, en alianza de lealtad sin horadar por ello rasgos de existencialismo donde asumamos pasar la página. En su poesía cada uno de estos entes respeta el espacio que en el poema redimensionan el sujeto y el ser-poeta, que en Zamora no es un tema de solo para mí, sino más bien ese soplo que cohabita con la segunda y la tercera persona. Asimismo, por un lado se vigoriza la vivencia, ese viaje a la ventana que nos compromete con la otredad, mientras la otra cara de la moneda, como yerba carnosa, cuece lo irracional que inviste el discurso de esa sustantividad que lo engendra.

Es la suya una poesía firme, de estilo de pueblo y dimensión plural; embotellada —valga la redundancia Blado— como habían estado, estas páginas revelan a su autor desde adentro, un poeta y una poesía de aromas y perfiles tejidos a sangre y sueños. Dialécticamente hablando, quise decir a sudor y pesadillas, regocijados en el devenir doliente que implica poetizar (con) la realidad, una circunstancia que demanda —aún a plato vacío y mantel de migajas— versos sucesivos que configuren los inextricables códigos de la creación sedimentada que penetra al flujo sanguíneo de la sensibilidad poética que le está aguijoneando las plantas de sus pesados pies molinos de viento.

NO HA PERDIDO LA PISTA DEL ASOMBRO

Y de tal manera que su sombra deja de ser ya silencio ocioso que le sirve para empezar a bordar o a zurcir / entre sus manos y el aire los desencajados azares de su escenario vital para enfatizarse en conjunción con lo cotidiano que hace tiempo duele como una carie y que Zamora lleva íntimamente como una percepción. Como nos dejó de luz Cintio Vitier: Cuando el poeta cumple y es fiel a las intuiciones de su alma, no deja nunca de ofrecer a la postre un rendimiento claro para todos, que a su vez entrará en la oscuridad intuitiva de los sucesores.

Al cabo se abren —como en toda poesía genuina— las interrogantes temáticas que acrisolan al poeta. Bien está que no sospeche que no dude del “Blue de Bukowski” que no recele de la página aunque hayas sido lo que hayas sido: / escritor, taxista, macarra, carnicero (Charles Bukowski) y el arco tendido no sea más que un juego que supone la fiesta diaria para lanzar los ojos al vacío a cuestionar la postura racional sobre ti mismo, de tal manera nos salva del riesgo y la sorpresa de no perdernos en vicisitudes de lecturas fatuas.

Eso es lo que aplaudo de la poesía de Bladimir: su incesante labor de inconforme como su corola intocable, como saldo de poeta que no teme ser devorado por la circunstancia y que aguza los sentidos, desde su propia obra. Sin puntos cardinales.

Con esa sencilla detentación, atiza sus imantados versos que (re)percuten tácitamente el cuerpo de la indiferencia. Diagnóstico del objetivo de su poética, un no acontecer debajo de las gradas para alcanzar la fijación del cauce, sino deambular el terreno desde donde atisbar un no llegado cambio de señales / para salir sin versos malos a los que apostar los (d)olores del cuerpo.

* Charles Bukowski.

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