Actualizado el 29 de agosto de 2010

Notas perdidas entre las luces del mundo

La consagración del reino

Por: . 23|4|2010

Alejo CarpentierParecería una herejía; de esas que asoman de pronto, amenazando con arrasarlo todo, de la mano de un espíritu tendencioso, disidente. Surgieron así; como quien quiere descubrir sin temores el verdadero rostro de las cosas. Se deslizaron entre los legajos polvorientos, atornasolados por el reflejo de los ventanales tiznados. Cayeron al unísono, para no suscitar miradas confusas y orientar la búsqueda hacia un mismo lugar. Podríase ver un dejo de picardía en las provocadoras cursivas, un grito de victoria que no se apaga ni con el paso del olvido. Los recogí sintiendo una mezcla de miedo y rabia. Después me cercioré que la sorpresa no es más que un reflejo condicionado por el privilegio de alistarse a vivir una existencia que nunca termina de mostrar sus maravillas. No me resistí. Aparté todo lo demás y me fundí entre sus renglones.

La maldición de todos los grandes escritores es que siempre tienen algo que decir. Eso lo comprendí mientras me preguntaba si podría llegar a serlo, aunque me resistiera a convencerme que todavía era muy predecible. Los papeles no estaban todo lo amarillentos que pudiera esperarse de una habitación sellada a la verdadera curiosidad investigativa. Destellaban, henchidos de ser descubiertos —aunque fuera por casualidad—, y de que se les diera la atención que merecían. Un poco más que a esos que ya no se sabe cómo seguirlos publicando. La lozanía de su sintaxis contrastaba con la vetustez de las cuerdas que mal sostenían la uniformidad redonda del doblez. La sibilancia reveladora abrió el tierno botón de lo desconocido.

ENTRE LAS RUINAS

De todos los acontecimientos, me pareció muy interesante la visita que hiciera Carpentier a las ruinas del palacio de Sans Souci. (Es posible que el lector se pregunte por qué me vuelvo tan manipulador y escribo sólo de lo que me interesa… esa es la suerte del que escribe y la opción del que lee). Se percibe un Carpentier sudoroso, enfundado en un traje cuya claridad no destila el calor que guarda su camisa encorbatada. Con un pañuelo en una mano y la mirada en el sol implacable, llegó a un paraje atiborrado y disperso. Las columnas, fundidas con la maleza, anunciaban cascadas de historias y un cántico vudú se contoneaba en el aire:

Su magnificencia me apabulló y me hizo olvidar la pesadez del almuerzo. El calor, sofocante, sólo se comparaba con la catedralicia majestuosidad de aquella maravilla. Eran ruinas, pero mantenían el garbo cortesano de antaño. Resuena un murmullo vudú; no sé si en las cercanías o en mi cabeza. Sus mediopuntos afrancesados me recordaban las volutas de Versalles, la luminosidad fidalga de la vieja metrópoli, mezclada con mandioca y bija, refulgente de trinos y colores sombreados y acuíferamente trastocados en sospechosos reflejos que pregonan charcos bajos. Las enredaderas logran una penumbra que propone la convivencia de las almas de los antiguos criados, todavía con sus coloridas libreas, sus entalcadas pelucas y sus amanerados lunares postizos. Parecían sonar polcas y minuetes, enrolados en las emanaciones gaseosas de los vegetales. Intenté acercarme un poco y un lagarto gigantesco posó sobre mí sus licantrópicos ojos. Quedó inmóvil y desafiante, mientras un rumor de hojas apisonadas me hizo mirar en otra dirección. Respiraba el espíritu de las ruinas y me preguntaba cómo un rey negro pudo obligar a sus hermanos a erigirle un palacio como el de sus colonizadores. ¿Por qué la copia? ¿Por qué la zafra de almas en ese holocausto, sólo comparado con la muralla china? Tambores, tambores. Changó y Oggún bailan en mi cabeza y en mi pecho. Como vivimos en el Caribe, como pertenecemos al mundo del Caribe, tenemos la impresión así, a priori, de que conocemos bien el Caribe…y puedo decirles que algo absolutamente maravilloso es la diversidad, la singularidad, la originalidad del mundo del Caribe.

Un anciano tejedor entrelazaba fibras y tarareaba una antigua canción a los pies de lo que fue una ampulosa escalinata. Parecía una gárgola revitalizada, custodiando todavía la entrada al palacio. Casi tropiezo con él. Así debería ser el personaje de una novela: viejo y vital, como conexión de épocas, vínculo trascendente de la materia del recuerdo. Sus ojos agüijados se perdían entre el tejido y mi mal disimulada aprehensión. “Ese no es nuestro orgullo —me dijo—los turistas creen cualquier cosa, pero usted no es un turista. Ese no es nuestro mayor orgullo…No sé si Josefina Bonaparte nació en Guadalupe o Martinica; no me importa… total, de todos modos era francesa…Quién nació aquí fue Mackandal, el Eterno… Ahora mismo lo tenía sobre usted, posado en esa rama…lo estaba mirando, siempre se recela con los blancos…” Inicié una risita nerviosa, pero aquello realmente me asustó…mucho más que ver una ballena descomponiéndose en una tienda de discos en los bajos del teatro Tacón. El viejo hizo sonreír a sus ojos: “Todos sabían que la iguana verde, la mariposa nocturna, el perro desconocido, el alcatraz inverosímil no eran sino simples disfraces. Dotado del placer de transformarse en animal de pezuña, en ave, pez o insecto, Mackandal visitaba continuamente las haciendas de la Llanura para vigilar a sus fieles y saber si todavía confiaban en su regreso”.

¿Y confiaban?, me pregunté a mi mismo. El viejo dejó su labor y crispó el rostro hacia mí. Un largo entumecimiento me recorrió el cuerpo. “Claro… ¿por qué deberíamos hacerlo con la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y no con Mackandal, Boukman, Toussaint-Louverture, Dessalines?” Quedé asombrado, mirando hacia todas partes. Mackandal, el esclavo manco que lideró la sublevación del veneno, quien encendió la chispa… quien nos trajo aquí… Creí verlo comparando flores en la llanada, con su muñón invicto, recién salido de las muelas del trapiche. Su mirada ciclópea, su paso confiado y su risa macabra… Todo sería como una cohorte de langostas… estaría en cualquier parte… todo por la libertad… El negro de América Latina nunca se resignó a ser esclavo. Son incontables sus sublevaciones y cimarronadas… Jamás renunció el negro, en su larga historia americana, a la idea de Libertad, pero no libertad como concepto abstracto, no, libertad como realidad, la misma que reinaba en las grandes y amarillentas praderas en que los felinos olfateaban el aire; en esas praderas reinábamos a base de fuerza y valor, arrojo y virilidad, para someter a un búfalo y para hacer estallar de placer los pezones de una mujer. Los reyes africanos eran los que mejor cazaban, los que mejor llevaran a sus hombres al combate, los que mejor manejaban la maza y la lanza, los que miraban de frente al león y perseguían por horas una gacela. Nada que ver con los debiluchos, enfermizos y consentidos reyezuelos europeos, dirigidos por mujer y respaldados por advenedizos y asesinos. Tenemos derecho a ser libres…como nuestra sangre”.

El viejo ladeó la cabeza, respiró una exclamación y masticó un rezo. Bajo su pecho palpitaban épicas batallas y calladas protestas. El silencio es la mejor arma del reproche. Gruñía, sonreía y se le inflamaba la mirada con las visiones que recreaba su cabeza. La humedad brotaba de los ventanales embrezados, por los que atravesaban rápidas alimañas, como en los tupidos mausoleos de El Libro de la Selva, de Kipling. Me senté a su lado y gruñó de nuevo. Retomó el canto y aproveché para secarme el sudor que se me introducía en los ojos. Debería escribir sobre esta maravilla, sobre esta historia desconocida de héroes brunos que cometieron el sacrilegio de rebelarse contra sus colonizadores y fundar una república sobre los principios que les estaban vedados, gracias al maniqueísmo de la modernidad. Los primeros, no fueron criollos burgueses blancos, sino negros y mulatos… los que tomaron el cielo por asalto y dejaron caer sobre las cabezas enemigas la guillotina de siglos de opresión y vasallaje. Los mandobles también iban en nombre de aquellos que llegaron en las sentinas nauseabundas y luchan, cada vez más hoy, por su respeto. Unos pájaros levantaron el vuelo con algarabía y planearon a sus anchas por el cielo despejado. El canto del viejo se hizo más fuerte. Como aquella noche en que le hizo jimaguas a su negra bajo el cobertizo de la cocina. Para esta gente el concepto de independencia trasciende el valor filosófico; ellos no se limitaban a la independencia del hombre frente a Dios, la monarquía o el libre albedrío… lo que persiguen es la emancipación total y sus potencias religiosas los acompañan… es parte de esa libertad. Un hombre pasó vendiendo cocos, cantando un pregón. Los pies descalzos del hombre ensayaron una melodía. Sonreí en silencio. Convencido de que todo suena en las Antillas, todo es sonido.

LA LEGÍTIMA MARAVILLA

La noche comenzó a caer y las bandadas atravesaron el ocaso policromado graqueteando. Me sentí como si hubiera conversado todo el día y me descubrí mirando a mi callado interlocutor como a un viejo amigo. Su creole sonaba dentro de mi cabeza y las alucinaciones volvieron a confinarse en los enmalezados salones de Sans Souci. Hice por levantarme, pero quería quedarme. Aquellas historias se me presentaban cronológicas frente a los ojos. El día se apagaba, pero se encendía el entusiasmo de encontrar lo que tanto había buscado. Aquello perduraría, aunque se abriera la tierra bajo nuestros pies. Habrá días de alegrías, de holgorios, pero días que serán algo más, porque en ellos podremos confrontar lo que nos une y lo que nos distingue, lo que no hace semejantes y, a la vez que nos singulariza, lo particular y lo general, lo que es genuinamente de unos y lo que es patrimonio de todos… en el reino de este mundo.

Todo se lo debía a aquel anciano venerable con rostro de diablo afable. Jamás olvidaré su sonrisa enigmática, ni las miradas enigmáticas que lanzaba hacia los parajes que le traían sonidos y miasmas. Dejó el tejido momentos antes de que me levantara de su lado. Cerró los ojos y sonriendo llenó sus pulmones. Así quedó, inmóvil, consagrado al arpa primaveral de su sombra, al concierto secular de sus pasos, al barroquismo del método perdido. Nunca olvidaré su despedida, trascendente como una novela ineludible.

—Merci, mon ami… Au revoir…Comment vous appelez vous?1
Y sin inmutarse, como si leyera un manifiesto o revelara un secreto, pronunció:
—Je me appele Ti Noel.2
—Ti Noel —dije yo como embriagado, como asaltado por el raro delirio de los arqueólogos— Bon, Ti Noel… Enchanté de vous connaître…3

* Esta libreta de notas de Alejo Carpentier no existió realmente. Se trata de una mera licencia creativa del autor del texto, quien evoca además personajes y situaciones de El reino de este mundo e intenta reproducir el barroquismo estilístico carpenteriano.

NOTAS

1. En francés: Gracias, amigo mío. Adiós… ¿Cómo se llama usted?
2. En francés: Yo me llamo Ti Noel.
3. En francés: Sí, Ti Noel, contento de conocerlo…

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