Actualizado el 8 de julio de 2011

Uno más entre los remeros que hacen avanzar la nave

Por: . 29|4|2010

Escribir es siempre una aventura peligrosa. El riesgo se multiplica si lo que se escribe es un texto de ficción, aunque de tema histórico. No faltarán detractores entre los partidarios de la más estricta ortodoxia historiográfica. De otro lado, estallarán en aplausos los defensores de la creación libertaria; porque al final la Historia, en tanto escrita, ¿no es también Literatura?

Un escritor es —en el mejor sentido— un aventurero de la palabra. No habrá por eso territorio vedado a su arte, ni fronteras que no pueda conquistar. Muy al contrario: es su faena. Los frutos de la investigación histórica maduran en la elucubración literaria. ¿Fraude? El que pudo cometer Da Vinci al retratar a Jesús y los Apóstoles. Nuestra representación de La última cena es la que nos legó el gran pintor renacentista. ¿No es en definitiva la visión de un genio?

Pero en realidad, ¿cuánto influye un escritor en el aprendizaje de la Historia? ¿Subvertir es mistificar? Ficcionar, ¿dónde comienza?; historiar, ¿en dónde acaba? En la certidumbre de lo ocurrido, ¿no sobrevive acaso el germen de lo que pudo ser?

Descubrimos Troya gracias al talento de un poeta. Muchos siglos antes de que la ciencia rescatara sus ruinas de las entrañas de la tierra, se escribieron los hexámetros de Homero. Si fabulan los versos, ¿menoscaban la autenticidad del hecho que se narra? Imaginar el pasado, ¿altera el presente? ¿Y cuál de los presentes trastocará el futuro? Si nada surge de la nada; si ninguna historia es virgen, ¿quién habrá de atribuirse la cognición primera? ¿El investigador o el artista? El devenir de la sociedad humana transcurre en medio de alternativas. Ni la Literatura ni la Historia permanecen inamovibles.

Es que el arte y la academia no se contraponen nunca; discurren como rectas paralelas en el espacio infinito de la espiritualidad del hombre. Novela o tesis doctoral, terminan ambas bebiendo en las aguas de un conocimiento secular, sedimentado en las generaciones. Y del conocimiento, todos somos deudores.

¿Será Una biblia perdida una novela histórica o un relato histórico alterno? ¿O tendrá que ver con la llamada “historia trocada”, utilizando el término acuñado por el escritor puertorriqueño Luis López Nieves?

—No soy muy dado a los conceptos —explica su autor, Ernesto Peña—. La novela trata un tema y describe una época muy poco conocidos en la Historia de Cuba, al menos fuera del ámbito académico. La llamada Conspiración de Aponte y el período entre 1763 y 1812. En la obra La conspiración de Aponte,del maestro José Luciano Franco, aparece una trascripción del Libro de Pinturas de José Antonio Aponte y de los interrogatorios oficiales, tras su detención. Pero en mi novela predomina la ficción. De Aponte, el hombre, se conoce poco. Me lo inventé casi todo: su infancia, adolescencia, hábitos, sueños, amigos, mujeres, la psicología de los compañeros de conspiración… Los diálogos, las escenas, la mayor parte de los interrogatorios que aparecen en la novela son también ficticios. Existió el licenciado Nerey, pero de él solo encontré el nombre. Hoy día es un viejo conocido.

Llama la atención que en sus libros anteriores —La hierba frondosa, Interior de una casa inexistente y Museo de ángeles caídos— las tramas se desenvuelven en escenarios mucho más cercanos a la realidad cubana contemporánea. ¿Qué motivaciones encontrará en la Historia un escritor de estos tiempos?

—Cuando he leído los llamados cuentos y novelas históricos, me ha fascinado la recreación de ambientes ya perdidos, la reaparición de modos de pensar “extraños” a nuestro presente. Más que los hechos en sí, me seduce la antropología, las motivaciones del hombre. Es grato aprehender la Historia a través de las cartas, diarios, crónicas de época y biografías. Ese encanto me invadió cuando descubrí el Libro de Pinturas de José Antonio Aponte, descrito por su autor durante los interrogatorios practicados en la fortaleza de La Cabaña. Me pareció que Aponte había dedicado mucho tiempo y amor a esa suerte de Biblia (Kebra Nagast o Libro de la Gloria de los Reyes) y que estaba resuelto a sacrificarse, como un Jesús moderno, para que su obra le sobreviviera.

Casi todo el mundo recuerda lo que hacía al momento de recibir una noticia sorprendente. Yo había estado intentando conectarme sin éxito y revisar el correo. Cuando parece que voy a lograrlo suena el teléfono y ocupan la línea. Sucede siempre. Hay que empezar de cero. Por esta vez agradecí al amigo. Una biblia perdida acababa de ganar el Premio Alejo Carpentier de Novela 2010, quizá el más importante galardón que pueda obtener, por una obra, un narrador cubano en Cuba. Siempre me ha parecido que la participación en concursos, como estrategia de publicación, resulta más perniciosa que útil a la literatura de un país. Varios son los escritores que han expresado alguna vez lo mismo. Para la mayoría, continúa siendo una opción casi única. ¿Qué circunstancias animaron a Ernesto?

—Una biblia perdida es una novela histórica, pero también de suspenso. Me pareció que podía competir… En los concursos se gana un poco en prestigio y economía. Y casi siempre se publica la obra.

—Eso sí —aclara—, preferiría que no fueran los concursos los que avalen a un escritor, sino los críticos cultivados (los efectivos, no los complacientes); así como las estadísticas de venta que señalen la presencia de un público lector. Mientras un escritor sea ignorado por la crítica y el público (y en consecuencia él mismo, a su vez, ignore a estos dos entes), solo quedarán los premios como mecanismos de defensa. Pero no me corresponde a mí contestar por qué la crítica y la promoción son pobres; por qué no se tiene acceso a las estadísticas de venta; y por qué, en definitiva, no se reeditan los libros mejor vendidos.

Ah, pero Ernesto Peña es además el escritor más joven entre los que han merecido el premio, y no voy a pasarlo por alto. ¿Se está produciendo el arribo de una nueva generación a la escena literaria cubana? Pregunta manida. ¿Cuántas “generaciones nuevas” llegaron a lo largo de los siglos? ¿Cuántas se fueron? ¿Qué nombres serán mencionados con respeto dentro de cincuenta años? ¿Cuáles serán olvidados? No voy a resistir el impulso de invitarlo a teorizar, aunque por dentro sonría…

—Suena como si yo fuera el heraldo de alguna invasión interplanetaria —ríe también por fuera—. En serio, sí creo que están apareciendo obras interesantes de nuevos escritores. Tal vez haya otras sorpresas. En una entrevista para La Jiribilla mencioné a algunos autores de mi generación (nacidos después de 1970 y hasta 1983 más o menos), a quienes he leído: Michel Encinosa, Serguéi Martínez, Yosvani Sáez Frontela, Herbert Toranzo, Geovannys Manso, Jorge Enrique Lage, Déborah García, Isaily Pérez, Maylén Domínguez, José Miguel Gómez, Irina Ojeda, Anisley Negrín… Por descuido no nombré a dos queridos e intensos poetas: Cindy e Isván Álvarez.

—Pero esa es una cuestión para los estudiosos de la literatura —prosigue—. No conozco la totalidad de las obras de mis contemporáneos, por lo que no tengo elementos suficientes para juzgar. Me siento uno más entre los remeros que hacen avanzar la nave. Alguien que tuvo la suerte de que le concedieran un descanso.

—También creo útil esperar un par de décadas, para sopesar luego cómo evoluciona lo que escribe cada uno de nosotros. A los escritores les ajusta la famosa imagen de los vinos. Con el tiempo, los malos se avinagran y los buenos se subliman. Pero es necesario que a la literatura cubana contemporánea le nazca un Enrique Anderson Imbert, sensible, erudito y sin pelos en la lengua. Y que me perdonen si ya existe y no le conozco.

Es también una de las pocas ocasiones en que el premio lo obtiene un narrador no residente en La Habana. ¿Habrá una dosis de fatalismo geográfico en ello? Muchos escritores habaneros han publicado parte de su obra bajo el sello de las editoriales provinciales. Tengo la impresión de que el fenómeno no se produce de manera proporcional en el sentido inverso. ¿Es qué resulta difícil escribir y publicar en una provincia, lejos de la capital? Ernesto reflexiona.

—Todas las capitales del mundo son tribunas de poder político, económico, cultural. Pero el arte literario tiene a su favor el hecho de que puede realizarse en cualquier sitio. Y mientras más apartado del desasosiego, tanto mejor. Hoy existe Internet, las ediciones territoriales. Lo importante es escribir, mantenerse escribiendo. Que la literatura sobreviva.

La tarde que vino a recibir su premio le perdí la pista. Había fotógrafos, periodistas en la sala Nicolás Guillén de La Cabaña, en medio de la XIX Feria Internacional del Libro. Recién llegaba de Santa Clara. Le di un abrazo y no volví encontrarlo hasta después de un día, cerca del Barrio Chino. Constaté que no había dormido demasiado desde su arribo a La Habana. Le aconsejé prudencia, refiriéndome al presupuesto de celebraciones. “Cuando gane un premio voy a comprarme un tubo de cerveza negra en la Plaza Vieja”, es mi broma favorita. Aunque cada vez los siento más lejanos. A ambos, el premio y la cerveza. La siguiente noche, con un frío horroroso, compartimos la enorme vasija frente a la plaza iluminada. La cerveza espumosa y oscura que tanto me entusiasma. Repasé con la mente el contenido exiguo de mi billetera. Sentí una ligera angustia. La pregunta me rondaba desde hace mucho: ¿Se puede ser un “escritor profesional” en Cuba? Ernesto Peña estudió filología en la Universidad Central de Las Villas. Ha sido editor. Si escribir es tarea ardua, publicar es más difícil. En Cuba y en cualquier parte del mundo. Entonces, ¿qué alternativas tiene un joven que decide escribir y al mismo tiempo siente el imperativo de sostenerse económicamente?

—Y bueno, Caimán, ¿eres mi amigo o mi enemigo? Freud se consideraba un hombre afortunado porque nada en la vida le había resultado fácil… La literatura es un pasatiempo para algunos, y para otros un vicio —opina Ernesto—. Uno se dedica a ella “sin esperanza de gloria ni recompensa”. Pero a medida que pasa el tiempo (y se empieza a envidiar y a querer emular a los maestros), el arte literario exige más constancia, más cuidados, más renuncias. Y si un escritor va en serio, necesita una retribución o un mecenas.
—Es casi un tópico biográfico que la estrechez económica envenena (y a veces incentiva) a los escritores no consagrados. Tengo entendido que una vez Cervantes compitió en un concurso cuyo premio era un par de medias largas; que García Márquez se las vio negras mientras escribía Cien años de soledad. Sobran los ejemplos: Balzac, Bukowsky, Kafka, Novás… En Cuba, para colmo, se vive desde los 90 una crisis económica que, como es lógico, resta alternativas a los escritores jóvenes. La necesidad de hacer dinero se come el tiempo de muchos (incluso de escritores éditos). Otros claudican, en detrimento de la cultura cubana.

—Sin embargo —concluye—, hay un universal que ningún escritor de los arriba mencionados desobedeció, a pesar de la pobreza: la pasión por las emociones e ideas de sus personajes. Pasión por reflejar la psicología humana en todas sus apariencias. Si se pierde esa pasión, da lo mismo que te paguen bien o no. Quizás en enamorarse de los personajes consiste el ser “profesional” en el mundo literario.

El tema de Cuba en la literatura cubana me apasiona, no voy a negarlo. Vuelvo sobre él en cuanto tengo oportunidad. En las conversaciones con escritores, con amantes de la lectura. Me mantengo al tanto de lo que se publica. Tal vez hay una suerte de misticismo en ello. En Los nuevos paradigmas. Prólogo narrativo al siglo XXI —Premio de Ensayo Alejo Carpentier 2006— Jorge Fornet señala un momento “cuándo la preocupación por Cuba como totalidad empezó a ceder en la narrativa de los 90”, revelando una tendencia “protagonizada en lo fundamental por los nacidos después de 1959”, que apuntaron “hacia una visión distinta: un puro presente, sin causas ni consecuencias”. Suscribo a cabalidad la idea. ¿Representa Una biblia perdida un caso aislado o está comenzando a renacer el interés por el pasado y el futuro de la nación entre los jóvenes narradores cubanos?

—No podría afirmarlo. Para saberlo con certeza se precisa de todo un estudio sociocultural —asegura Ernesto—. En Villa Clara, por ejemplo, solo conozco los títulos En busca de piernas blancas, de Jorge Luis Rodríguez, y Un violín por las noches de luna nueva, de Jesús Díaz Rojas, que reúnen varios cuentos cuyas tramas se desarrollan en distintos períodos de la Historia de Cuba. Creo que Rebeca Murga y Jorge Ángel Hernández “esconden” sendas novelas históricas donde aparecen personalidades cubanas del siglo XIX. Tal vez lo mejor es esperar.

Y en el caso de Ernesto Peña, ¿qué proyectos maduran ahora mismo sobre su escritorio? ¿Habrá nuevas novelas que aborden la temática histórica?

Sí —responde sin rodeos—. Estoy leyendo sobre varias épocas de Europa, el Cercano Oriente y América. Mis protagonistas son inmortales; pero nada de vampiros, eh. Ya hay demasiados colmillos sangrientos…

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