Actualizado el 18 de octubre de 2010

Carlos Monsiváis

En la esquina del más allá y la lujuria pendiente

Por: . 29|8|2010

Carlos MonsiváisNo digo nada nuevo al afirmar que Carlos Monsiváis (Ciudad de México, 1938-2010) ha sido uno de los intelectuales latinoamericanos de mayor prestigio, uno de los investigadores que conocía más a fondo las manifestaciones de la cultura popular y un punto de referencia ineludible en su país. Entre lo mucho y bueno que nos entregó en su fecundo quehacer literario, se incluyen las magistrales crónicas Días de guardar, Amor perdido, Escenas de pudor y liviandad, Los rituales del caos, Las fábulas de Nuevo catecismo para indios remisos y dos antologías imprescindibles: La poesía mexicana del siglo XX y A ustedes les consta. Antología de la crónica en México.

El lunes siguiente a la muerte de Carlos Monsiváis el sábado 19 de junio pasado, nos reuníamos en el encuentro semanal que realizamos en la redacción de El Caimán Barbudo y, como solemos hacer, dialogamos de lo humano y lo divino. En medio de la conversación, Rafael Grillo y yo hicimos un aparte para referirnos al “Monsi” pues ambos somos admiradores de este mexicano ilustre, entre otras razones porque fue un tipo de una línea muy crítica pero a la vez de altísima lucidez en lo político. Grillo, que es todo un estudioso del buen periodismo latinoamericano y universal, me comentaba que como periodista, Monsiváis resultó un cronista excepcional y que le prestó atención a los procesos de la cultura de masas, a contrapelo de tanto elitista que hay por ahí. De pronto recordé algo de Carlos que lo acerca a mi buen amigo Rafael: ¡le encantaban los gatos!!! Vivía con 13 de ellos. En fin, que son demasiadas razones como para que en nuestra revista no le dedicásemos unas líneas como tributo a alguien que con su proceder se ganó el boleto hacia la eternidad.

Cierto que Monsiváis falleció después de haber gozado a plenitud de una vida larga y plena, pero su desaparición entristece a todo aquel que le admiraba por ser un escritor del pueblo y así éste lo supo reconocer. Su entierro fue un acto multitudinario en el que acompañaron al intelectual no sólo amigos y familiares, sino también gentes que en vida se manifestaron como sus enemigos, en particular políticos que habían sido objeto de sus críticas en numerosas ocasiones. Su féretro se cubrió con dos banderas: la bandera nacional de su amado México y la bandera arco iris de la comunidad gay, grupo de personas al que se sentía orgulloso de pertenecer y del cual fue un ferviente activista.

Como es el caso de los grandes autores, Carlos Monsiváis dejó al morir un impresionante legado: su obra. Un breve repaso por su biografía permite conocer que entre otros muchos galardones recibidos por él, fue distinguido como Doctor Honoris Causa en varias universidades, incluida la Universidad Nacional Autónoma de México, que le concedió dicha condición este propio año 2010. Igualmente, se le entregó el Premio Nacional de Periodismo 1978, así como los prestigiosos Premios Mazatlán y Xavier Villaurrutia. En la lista de los reconocimientos que acumuló, figuran además el Premio Anagrama de Ensayo en el año 2000, concedido por su trabajo Aires de familia: cultura y sociedad en América Latina, y el prestigioso Premio FIL de Literatura de Guadalajara (antes Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo), que se le otorgase en 2006. En la copiosa lista de distinciones a Monsiváis por su quehacer, hay que incluir también que en 2009 fue reconocido con el Premio Nacional de Periodismo de México.

Entre las cosas que en lo personal le admiré a este genuino pensador, destácase que desde su condición de representante de una izquierda laica, defensora de los derechos civiles y políticos, sociales y culturales de todas las comunidades posibles, Monsiváis era capaz de criticar por igual tanto el nacionalismo autoritario y el conservadurismo católico, como la homofobia, el ostracismo de escritores disonantes, la censura, la homogeneización de la sociedad civil y el culto a la personalidad.

Como ha expresado Hermann Bellinghausen: “El problema con Monsi es que fue tantas cosas (cronista, editor, ensayista, traductor, satírico, figura pública, compañero de todas las luchas del pueblo mexicano, historiador, divulgador, declarante perenne al pie el cañón, antologador, memoria de elefante para la trivia, la erudición y la fulminación del enemigo con el vigor de la lengua). Pero también fue muchas otras que se supone no fue (narrador extraordinario, poeta secreto, maestro sin aulas ni muros) y otras que se supone que no debía ser (proclive a las minorías, eterno naco en el Olimpo de las letras, el único intelectual mexicano capaz de ir a la televisión comercial, echarse un tiro con cualquier idiota ventajoso y salir no sólo vivo del intento, sino vencedor).”

Y es que Carlos Monsiváis venía del pueblo y nunca salió de él. Por eso, estuvo con los obreros en huelga, los estudiantes masacrados en 1968, los indígenas en rebelión, los damnificados de los terremotos de 1985, con Marcos y los zapatistas en la Selva Lacandona, con los muchachos de la calle, las hermanas prostibularias, las locas de carroza y todo ello le posibilitó comprender que la novela policíaca también podía ser literatura de la buena y que detrás del kitsch (tan vilipendiado por la zona de la intelectualidad de pensamiento talibanesco) a veces hay una verdad soberbia.

Mucho se ha manifestado acerca de la ubicuidad intelectual de Monsiváis y de su singular capacidad para registrar cualquier ademán de la ciudad: cine, televisión, radio, nota roja, declaraciones de políticos a la prensa, travestis, movimiento gay, danzones, boleros, pintura, fotografía, nueva poesía. No sin razón, tras la muerte de Carlos, la narradora Elena Poniatowska escribía en el periódico mexicano La Jornada:

“¿Qué vamos a hacer sin ti, Monsi? Tú eres el enfrentamiento más lúcido al autoritarismo presidencial, el enfrentamiento más lúcido a las actitudes absurdas cuando no corruptas de las dos cámaras, el enfrentamiento más lúcido a los abusos del poder, la denuncia más ingeniosa y persuasiva de las actitudes y del lenguaje de los políticos, tú nos has hecho brindar contigo y sonreír con tu ‘Por mi madre bohemios’, que tiene tantos años de vida. (…) ¿Qué vamos a hacer sin ti, Monsi? Tus causas serán nuestras causas, tu defensa de las minorías, nuestra defensa, no seremos estatuas de sal, somos, eso sí, tus amores perdidos, pero tú siempre serás el gran amor que enaltece y que todos buscamos en la vida.”

Carlos MonsiváisEn diversos puntos de la geografía internacional, no pocos tienen en la figura de Carlos Monsiváis la principal guía para comprender México. En sus giras por universidades, centros de estudios y foros de todo tipo, él abría ventanas y puertas sobre su país, echando abajo estereotipos y sustituyéndolos, a través de su endemoniado sentido crítico siempre salpicado de humor, con su óptica sobre la expresión cultural cotidiana y la historia popular, la sabiduría de las calles, los antros, el cine y las verdades políticas, mediante su manera elegante y sin piedad de desnudar las mentiras de la historia oficial. Es por dicha razón que, desde hace años, su obra resulta objeto de estudio en cursos sobre cultura y América Latina en múltiples universidades del orbe.

En lo particular, una de las cosas que más le agradezco al trabajo intelectual de Carlos Monsiváis es su reflexión teórica sobre la relación entre las formas del imaginario social y la producción, la recepción y la estructura de la música popular. Se sabe que entre nosotros los cubanos, salvo en contadas excepciones, no ha existido la voluntad ni la capacidad de abordar las estructuras musicales más allá de ellas mismas; y tengo que decir que uno de mis principales estímulos para dedicarme al estudio del hecho musical a partir de la aludida perspectiva, fueron las lecturas que en su momento hice de escritos de Monsiváis acerca de figuras como Agustín Lara, José Alfredo Jiménez, Luis Miguel o Juan Gabriel, para sólo mencionar algunos ejemplos, y que me enseñaron que para comprender la esencia de la música popular, la misma tiene que ser considerada tanto a nivel simbólico como social, pues se requieren modelos que no sólo puedan describir esquemas estructurales internos de la música, sino que a su vez estén en capacidad de explicar el sentido y el significado de los fenómenos pertenecientes al más amplio conjunto de la realidad cultural o de sus interpretaciones. Confieso que en tales lecturas de ensayos de Monsiváis, en más de una ocasión he discrepado de las conclusiones emanadas de sus textos; pero admito que si me hubiese tenido que manifestar públicamente en tal sentido, me las hubiese visto apretadas, porque para poner en solfa una de esas opiniones del mexicano, había que hacerlo a un muy alto nivel dado el rigor con el que siempre abordó sus investigaciones en torno a la cultura popular, en este caso la música, analizada desde una aguda mirada a la vida cotidiana del ciudadano de a pie.

Ahora recuerdo cuando hace unos años, mi buena amiga chicana María Fernanda Huffington, conocedora de mi admiración por los trabajos investigativos de Carlos Monsiváis en materia de música, me hizo llegar un video contentivo de una charla del escritor en el Instituto de Paz y Justicia, Joan B. Corp., en la Universidad de San Diego, Estados Unidos. En la cinta, Monsiváis se hacía acompañar de un trío para ofrecer una disertación titulada “Esa no porque nos duele” y que versaba acerca del bolero, catalogado por él como resquicio del temperamento romántico de varias generaciones. Si la memoria no me traiciona, tras dejarse escuchar piezas como “Rayito de sol”, en el video podía verse a Carlos Monsiváis referirse a los orígenes del bolero. Con su habitual maestría, brindaba una pormenorizada descripción del México, DF, de la década de los cuarenta, llamándole “el gran laboratorio de la vida moderna”, desde donde surgieron tríos históricos como Los Panchos.

Me parece estar escuchando a Monsiváis, cuando alaba la que él considera la cuarta voz de un trío: el público, que con su sentimiento es quien da razón de existir al bolero, género musical que ha perdurado y trascendido hasta llegar a ser parte de la gran industria de Hollywood. Por ese camino, recuerdo que en el video de la charla-descarga, el ahora recientemente desaparecido escritor aseguraba que los boleros son poesía para generaciones que no la leen, y que las frases de estos boleros de siempre se han filtrado constantes en el habla popular para describir situaciones amorosas, y mayormente las de ruptura, que siguen sucediendo y duelen, todas. En esos decires y en las melodías que entona el trío de apoyo a la disertación, uno percibe el México que no tiene años pisándose los talones, sino que se queda estático en los recuerdos de su gente.

Irónico, mordaz, antisolemne. Una colección de las citas y los comentarios de Carlos Monsiváis, desperdigados en centenares de columnas, artículos, conferencias y libros, competiría con los (en general) ácidos comentarios de alguien como Oscar Wilde. Véase los siguientes e ilustrativos ejemplos:

“Hoy, para sectores muy vastos, y esta es una novedad internacional, es más anormal la homofobia que la homosexualidad.”

“¿Cómo entender el PRI sin la parodia?, si el PRI es sólo parodia.”

“El miedo al ridículo es un poderosísimo instrumento de dominio, porque acorta la libertad, la experimentación y las ganas de sentirse a gusto.”

“Para la derecha, lo indecente no es la práctica de un acto sino su exhibición o sus indicios.”

“La culpa sexual es una contribución poderosa a la estabilidad política.”

“No entiendo lo que está pasando, o ya pasó lo que estaba entendiendo.”

“El futuro de la juventud mexicana… es la vejez mexicana.”

“Yo practico el sexo más seguro de todos: la nostalgia.”

“De algún modo, los lupanares suelen ser una versión amarga y rencorosa del hogar.”

“La sordidez es el más vindicativo de los closets.”

“El único voto útil es el voto de castidad.”

“Lo vivido con pasión que a nadie daña, se justifica por sí mismo.”

“Si son millones los gays y lesbianas en México, decirles ‘anormales’ es regañar a la naturaleza por sus despilfarros.”

Persona curiosa, hasta el morbo, sus colecciones de dibujos, arte popular, chunches y caricaturas constituyen el patrimonio del Museo del Estanquillo que él fundó en Ciudad de México. Por su trayectoria en conjunto, a Carlos Monsiváis se le aplica a la perfección la siguiente frase de André Gide: “Basta con un buen observador para hacer un gran sabio”. Monsiváis fue un observador muy agudo de los procesos sociales y del cambio de las mentalidades; sin discusión alguna, él ha sido el crítico cultural más relevante de la realidad mexicana y, contrario a lo que su razón le dictaba (le encantaba jactarse de contar con el récord de que ninguna de las innumerables causas que apoyó, triunfó), fue un optimista irredento. Para decirlo en sus propias palabras, su ánimo vivió “el pesimismo de la mente y el optimismo de la voluntad” y fue un humanista radical que confió plenamente en la acción comunitaria.

Carlos MonsiváisCon frecuencia, Carlos Monsiváis defendía la tesis de que si perdemos la capacidad de indignación, perdemos todo vestigio humano. A tono con semejante credo, convertía su enojo en argumentos, en frases mordaces y pensamientos agudos. En su trabajo como escritor y periodista dio voz a quienes no eran escuchados, hizo eco de sus denuncias frente a las injusticias. Por lo anterior, Jesús Ramírez Cuevas ha escrito:

“Siempre que asistía a una manifestación, a un mitin, a un plantón o a cualquier protesta ciudadana por pequeña que fuere, la gente lo rodeaba y le decía: ‘Usted que tiene el don de la pluma; a usted a quien sí lo escuchan, diga lo que está pasando, denuncie este atropello. Usted que puede escribir y tiene voz, dígalo, porque la prensa está vendida y casi todos los periodistas dicen lo que el poder les dicta y quiere escuchar’. Diligente y sencillo, Monsiváis escuchaba y tomaba notas en su libreta de reportero que siempre cargaba. Después recuperaba, en magníficas crónicas, ese rosario colectivo de las multitudes.”

De ahí que su No al poder, a las injusticias, a la hipocresía y a la simulación, lo enalteció, tanto en su condición de individuo como en la de intelectual público. Su actitud crítica destacó en un contexto en el que se está acostumbrado a la mentira, a la demagogia y al cretinismo de políticos, empresarios y de sus voceros. Contrario a lo que se podría suponer, ese No elevó a Monsiváis a ser un ejemplo moral, en una época en la que ser digno, congruente y tener convicciones firmes, ha sido sinónimo de fracaso personal, de pérdida de derechos y de destierro social.

Algo digno de resaltar es que Monsiváis nunca estuvo al margen o desentendido de la evolución de la política cultural de nuestro país y se mantuvo atento a la producción artístico literaria de creadores cubanos, tanto residentes en la isla como integrantes de la diáspora. Así, conocía y admiraba la obra de autores pertenecientes a diferentes generaciones, entre los que cabría mencionar los nombres de José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Reinaldo Arenas, Reynaldo González, Guillermo Cabrera Infante, Jesús Díaz, Abilio Estévez, Eliseo Alberto, Víctor Fowler, José Manuel Prieto, Antonio José Ponte…, en quienes reconocía la articulación de una voz autónoma. De hecho, no sería descabellado pensar en la posibilidad de que algún día se compilen en un volumen sus numerosos textos sobre literatura cubana, para de ese modo tener un acercamiento más integral y fidedigno a los desprejuiciados criterios que este intelectual de la izquierda democrática latinoamericana dejó plasmados a propósito de nuestra cultura y, en especial, literatura.

Como que el legado de Carlos Monsiváis se recoge en las cientos de páginas que escribió, disponibles para aquellos interesados en leerlas, puede asegurarse que más allá de su desaparición física, su trabajo continuará educando no sólo a los mexicanos sino a todos los latinoamericanos acerca del mejor modo para entender tanto a México, como a cualquier país de la región al sur del río Bravo. Tal conglomerado de naciones y pueblos, sin vacilación alguna, puede sentirse a su vez orgulloso de haber tenido en Carlos Monsiváis no únicamente uno de sus defensores más comprometidos, sino también a un compañero de ruta. Como él mismo lo expresara en un poético texto:

“Los amigos muertos son el diálogo incesante y la melancolía de las conversaciones pendientes. Y son la certeza de que, si es verdad la metafísica, se encuentran ahora, con su mirada entrenadísima y la experiencia cinegética, en la esquina del Más Allá y la Lujuria Pendiente.”

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