Actualizado el 27 de diciembre de 2010

Una sed también nuestra

Por: . 8|12|2010

I

Con su libro La sed equivocada, puesto a circular este año por la Editorial Extramuros de Ciudad de La Habana, Víctor Manuel Marrero obtuvo Mención en el Concurso de poesía Luis Rogelio Nogueras en su edición de 2008.
Se trata del primer libro publicado por este joven poeta nacido en La Habana en 1986. Con este poemario, Víctor se integra al nutrido grupo de autores de su generación que han dado a conocer sus primeros cuadernos a través del sistema de ediciones territoriales (sistema que este año celebra su décimo aniversario) mediante el cual han visto la luz miles de títulos firmados por autores de todas las provincias del país en los diferentes géneros. En el caso de la poesía, se trata de autores de por lo menos siete generaciones que actúan hoy en nuestra escena literaria.

Más de un crítico se ha referido a la diversidad como signo de la poesía que se escribe actualmente en Cuba, condicionada, entre otras razones, por la amplitud del espectro de autores que concurren en nuestro espacio literario. Ateniéndonos a esa lógica, en ocasión de comentar un libro como el que nos ocupa, conviene probablemente ensayar una lectura a la luz del contexto expresado por la poesía que escriben actualmente los autores más jóvenes en nuestro país (esto es, aquellos que han vivido su infancia, adolescencia y primera juventud en la Cuba de lo que hemos llamado Período Especial). Y nótese que me refiero al contexto expresado, pues pienso que solo un ejercicio de esa naturaleza nos dejará acercarnos con lucidez a esta nueva escritura, tan diferente de la propuesta por generaciones precedentes; escritura que, por obvias razones biológicas y sociohistóricas, percibimos tan distante del júbilo manifestado por los poetas de generaciones anteriores, especialmente por los integrantes de la que inauguró el discurso lírico dentro de la Revolución en el momento en que contaban con la misma edad de estos nuevos autores.

Para quien haya estado al tanto del quehacer literario y artístico en general de las últimas promociones de creadores cubanos, esa diferencia no resultará una novedad. Tal contraste, visible tanto en el enfoque de los temas como en la forma misma de expresarlos, es la primera marca de realismo y autenticidad que reclaman para sí estos poemas escritos por jóvenes cuyo aprendizaje se ha hecho dentro de la etapa de crisis vivida por el mundo en los últimos años (y en particular por nuestro país), sobre todo a partir de la caída del campo socialista a inicios de la última década del pasado siglo. Debemos considerar, al propio tiempo, que la raíz ética de las interrogantes y perplejidades expresadas por esta poesía, también habrá que buscarla en la formación y textura espiritual alcanzados por estos jóvenes dentro del propio contexto en esos años cruciales de cualquier ser humano. Hablo de valores que entraron en crisis a la par de un mundo repentinamente desarticulado y que, en nuestro caso, “desde la roca ganada”, para usar palabras de Cintio (yo añadiría: preservada por la Revolución) son juzgados con naturalidad por un sujeto emancipado y, por ello mismo, imperiosamente crítico, casi se diría que genéticamente inconforme, dueño de una mirada propia y de un discurso cuestionador ajeno al más mínimo vestigio de complacencia.

II

Regreso a Cintio. Hace poco leí opiniones suyas respecto a la relación de la poesía de César Vallejo con la obra de los poetas de Orígenes. De allí es esta afirmación: “Nosotros fuimos y somos vallejianos”. En otra parte recuerda: “nunca supe qué pensaba Lezama acerca de Vallejo. Le pregunté una vez y me dijo, simplemente, que le parecía un poeta ‘rechupado’, lo que puede ser un denuesto o un elogio, todo está en dependencia de la intención con que se usó el adjetivo. Si lo empleó como sinónimo de enjuto, entonces está bien. Vallejo es un poeta enjuto, dice mucho con poco”.

Traigo este comentario de Cintio por dos razones: la primera para subrayar la persistencia de Vallejo como referente en el hacer poético contemporáneo cubano. Más que en los modos de construcción de la escritura típicamente vallejianos visibles en generaciones anteriores, hoy su presencia se hace notar en una suerte de fatalidad ontológica que define la postura de los poetas más jóvenes, quienes, además, han dado entrada en su artesanía escritural a poéticas provenientes de otras latitudes, entre las que señalo como fundamentales a las de algunas de las voces que integran la vanguardia de la poesía norteamericana de las últimas seis décadas. Los vasos comunicantes con esta poesía aportan elementos sustanciales para evaluar la actitud de las más recientes promociones de poetas de la Isla con relación a la inmediatamente precedente, parte de la cual reivindicó un vínculo muy estrecho con la poesía de José Lezama Lima y algunos otros poetas del grupo Orígenes y con el simbolismo y las poéticas que partieron o se derivaron de las llamadas vanguardias en la Francia de la primera mitad del XX.

Enjuta y áspera (en el sentido vallejiano y al estilo de los poetas norteamericanos) suele ser también la poesía de estos jóvenes. Estos rasgos ratifican, a mi juicio, una voluntad de estilo muy particular, digna de ser señalada. Es así y no de otra manera como desean escribir, y así lo hacen; era la otra razón que quería apuntar. Alejada de cualquier posición hedonista o retórica, y portadora de un discurso que a propósito busca desentenderse de cualquier vínculo con nuestra tradición, también en esta forma escueta, reseca de presentar el verso, alejada del más leve tono romántico, hay un signo caracterizador de este nuevo momento en nuestra poesía.

De esa concisión participan los versos de Víctor Manuel Marrero en este libro, en el que se rehúsa condescender a cualquier impulso sentimental que pueda desembocar en un desbordamiento lírico del discurso. A conciencia, el poeta limita los excesos y se aleja de toda pretensión de encantamiento al lector que, gústele o no, preparado o no para asimilarlo, recibe con ello una prueba suprema de la sinceridad de su testimonio.

III

En sus apuntes sobre poesía Paul Valery fue tajante al referirse a la labor del escritor. “Un verdadero escritor —dijo— es aquel que no encuentra las palabras. Entonces las busca. Pero al buscarlas encuentra las mejores (…) La más bella y fuerte conmoción interior no tiene ninguna relación necesaria con el lenguaje. El arte comienza sacrificando la fidelidad a la eficacia”.

También a ese mandato de la razón parecen obedecer los textos de La sed equivocada. Poemas breves concebidos con un lenguaje muy trabajado desde el punto de vista estilístico que consiguen una elevada connotación simbólica y que pese a su brevedad logran un notable nivel de intensidad poética. La eficacia de las imágenes y la densidad y pulcritud del lenguaje con que han sido concebidos estos poemas hablan de la labor de un poeta que explora un mundo imaginativo fertilizado por múltiples lecturas y que se ha aplicado conscientemente a la depuración de sus recursos expresivos.

Aun cuando en el primer libro de un autor resulte en extremo difícil poder señalar elementos que permitan definir un perfil propio a su personalidad artística, acaso esa preocupación por la forma, esa inusual nota de rigor en un autor de su edad implícita en su voluntad de domeñar al verbo e intentar encontrar la expresión exacta, nos esté anticipando una señal de profundidad y profesionalidad en la dirección en que habrán de irse conformando su pensamiento y estilo poéticos.

IV

Nadie piensa en mí, se dice explícitamente en uno de los poemas (pág. 42). He recorrido calles que parecen siglos,/ pastos cegados por la maldad (pág. 43). Son muy escasas (prácticamente inexistentes) las referencias de esta poesía al paisaje natural, a los espacios abiertos. Como en los versos citados, las pocas veces que se da, el paisaje aparece astillado, deformado, deshecho, es siempre parte, o se muestra como fondo, de una experiencia dolorosa. Más que un espacio físico posible de delimitar, puede decirse que predominan las alusiones de atmósfera, casi siempre urbanas, donde el entorno no es menos desolador, habitado de escombros y apuntalamientos. Una especie de vacío parece ser la estancia del sujeto de estos versos, desoladoramente recluido en la nada y cuyas palabras se mantienen atentas a situaciones y zonas que diríamos poco edificantes de la realidad. Más no se trata de un elemental comercio con la tristeza. Uno siente una genuina necesidad de compañía en este inquilino de la nada que nos llega tan parco en atisbos esperanzadores.

Aunque por lo general sus laceraciones se dan implícitamente como testimonio de una carencia, hay momentos en que el inadaptado que forcejea en estos versos llega a expresar una inconformidad de dimensiones cósmicas: El tamaño de mis sueños se parece al mundo./ Los animales corren tras una niebla culpable (pág. 11). El cosmos es una ingrata choza donde me revuelco (pág. 24).

Los escasos elementos narrativos que aparecen en los poemas están más en función de la reflexión que de la anécdota y, por lo general, los ambientes no abundan en localizaciones y coordenadas; sin embargo, más de una señal en el itinerario del sujeto permite ubicarlo en el entorno habanero.

V

Me pregunto si una poética de la amoralidad podría derivar en estos retazos transidos de auténtica angustia. ¿Puede ser un amoral el anhelante que reclama para sí un mohín de vida,/ cualquier escaramuza que dilate el contrapeso/ en el instante de desaparecer entre latidos de isla?

Por debajo de ese desgarrador desamparo hay una polémica moral profunda con un mundo que se quisiera otro, definitivamente reparado para el soñador de palabra herida que no logra reconciliarse con sus ausencias.
Su drama es también un poco el nuestro, el de todos, en él podemos reconocernos quienes también hemos sentido la fugacidad del paraíso y padecido la imprecisa idea de la salvación en medio del hedor de las calles mojadas.

Por eso pienso que estas visiones se integran con legitimidad al polifónico discurso de la poesía cubana de estos tiempos. Su paso por las incurables intemperies del ser humano es también un viaje al presente, a la urgencia de abrazos que vamos padeciendo, al sinsentido en que algunos quieren convertir nuestros días. Ellas aportan una calidad necesaria a nuestra sabiduría sobre los otros y sobre nosotros mismos.

De ahí que no haya equivocación en esta sed, que no es la mítica del suplicio de Tántalo, sino una sed humana, compleja, cierta, reveladora tanto de nuestra frágil condición y nuestra inconformidad como de nuestros inabarcables afanes compartidos.

Categoría: Literatura | Tags: | |

El Caimán Barbudo © Todos los derechos reservados