Actualizado el 13 de mayo de 2011

Hechicerías y arcángeles de Oscuros Guerreros

Por: . 1|3|2011

Dice San Pablo, “Cuando me siento más débil; es que soy más fuerte”, y así percibo al poeta Pedro Llanes Delgado en la oración cantada de versos escritos por manos de orfebre, como en una monodia traducida en plegaria múltiple; dialogante de prelación entre el sentido de la palabra y la armonía que transmuta el discurso.

Todavía recuerdo, ocho años atrás, bajo el fugaz peso de los quebrantos espirituales, cómo leía los trazados de la conversación entre el Doctor Rostbach, el Rey de Roble y la Rata, en aquella angustia en la cual el primero se apresuraba en decantar la “letanía del gallo”, ocasión que el animal “trashuma en el pantano y se afila como una espuela en lo oscuro”; abreviado acontecimiento del puctum contra puctum; nota contra nota; melodía contra melodía; palabra contra palabra; símbolo contextualizado contra símbolo metafórico.

Esencia del contrapunto textual; tal vez del concepto que opera en un discurso poético dotado de un paisaje narrativo; de descripciones recargadas de particularidades polifónicas; de lecturas simultáneas que confinan o imposibilitan, a veces, el entendimiento del sentido de lo escrito en ese replanteo entre los claroscuros y las ondulaciones expresivas.

Lezama Lima, de quien Llanes Delgado (Placetas, Villa Clara, 1962), saborea su sistema poético, sustentó que “[…] lo contrario de lo oscuro no es lo cenital o estelar, sino lo nacido sin placenta envolvente”, premisa que al orquestar una idea, un segmento de un sueño, un derroche verbal alejado de lo espurio, preconiza un fundamento hermético; fuente de virtud inigualable, y de hidalguía barroca entre sus contemporáneos.

El genio poético del fraterno amigo, al decir de Martí, “es como las golondrinas: posa donde hay calor”, como un adelantado en Litera nascimur que defiende las purezas sustanciales del verso; sus riquezas tropológicas, de soberbia y de hallazgo espiritual prefigurado por el resguardo de las palabras contenidas en medio de cualquier letanía existencial.

Las entregas poéticas, como summa literaria, anticipan, como admite de continuo, una defensa a su coexistencia espiritual; de contar carencias y querencias; de embellecer la vida a partir de un alegato vigoroso y de costados sensibles; es ahí donde acuna su apreciación alucinante en torno a las cuestiones bellas, y también desgarradoras que, en un instante, tal vez otro, lo obligaron a meditaciones vivenciales, filosóficas, históricas, al margen de vacíos, sobre el inquietante ayer y la sucesión ética conformadora del presente dialogante.

Oscuros Guerreros (Editorial Oriente, 2011), texto azaroso que escapó de las manos de Capiro por “Obra y Gracia del Espíritu Santo”, como toda la obra literaria de Llanes Delgado, en el más minúsculo de los apuntes cabrilleados en letras de orfebre, tiene un asiento definitorio en la poesía; descubrimiento y núcleo de la noción de palabra escrita; de mensaje artístico; de diálogo abstracto; de vocación perpetua; de profusión estética.

Libro amargo; de tristeza, reencuentro y reflexión con ciertas pérdidas, y también de apetencias hacia zonas que escaparon, permite al poeta focalizar un movimiento, un tránsito discursivo; un período abigarrado dentro de la abrumada incomprensión; la fugaz y lacerante frustración amorosa; el acecho recurrente de la muerte; del tiempo que lo distingue y, también, lo confirma más que cualquier irreverente olvido.

Es ese un soplo, un fragmento espiritual, que atrás quedó en el diálogo con las sombras; con las cenizas; con la vida y la muerte; con lo oscuro y el silencio de un instante dramático de la existencia humana que deambuló entre los claroscuros y las sinuosidades de un vergel que, casi siempre, estuvo distendido de lo placentero.

Víctor Fowler, en “Una inmensa lección (de poesía)”, prólogo enjundioso que revisa las piezas literarias precedentes a Poemas nocturnos para L (Premio de la Ciudad de Santa Clara, 2009), hace advertencias sobre Oscuros Guerreros, un texto que hasta entonces permaneció engavetado, como en olvido editorial, hasta nuestros días.

Roberto Manzano y Rigoberto “Coco” Rodríguez Entenza, desde sus puntos de vista y con las cercanías acumuladas por el conocimiento del discurso de Pedro Llanes Delgado, ofrecen sus respectivos criterios en relación con un libro que deambula en el movimiento de las cosas afectivas; esas que hieren la sensibilidad del creador y se desatan arrebatadas por la focalidad barroca, por el espoleo polifónico y el entusiasta contrapunto sujeto al sentido de la palabra y la armonía de una frase próspera en lecturas simultáneas; contextualizadas; sangrantes.

Advierto aquí una aparente contradicción; solo eso, ilusoria, tangencial, equívoca. Los Oscuros Guerreros, según Manzano, conservan una “aguda insularidad alejada del periodismo”, en cambio, para Rodríguez Entenza, hay “urgencia por contar una historia de vida, una visión de lo humano que se acerca al receptor para compartir la maravilla de lo que sucede, lo que es, dicho por los caminos sagrados del lenguaje.” Eso es periodismo; una esencia de lo inmediato; de reconstruir una realidad; de retomar lo pasado, muy al tono especial de Llanes Delgado por ofrecer la herida que causa el tiempo, los hechos, y la historia, en los costados de su realización personal de recuento y visión íntima de sus sentidos.

Hay una herencia de negación discursiva, de ganancia, que va desde el imprescindible Diario del Ángel (1993), hasta la transmisión más inédita —la conservada en letra de orfebre; la que revolotea en la cabeza pensante—, que cimienta personajes, seducciones y situaciones únicas, dolorosas, cercanas a la insularidad familiar o existencial de todos los días; son tiempos dotados por una aparente posesión, ubicua, de imperecedero sobreviviente del pudor y la privacidad; ahí también cuenta, y lo hace con humildad, pulcritud y excelencia.

Dos secciones delimitan el discurso poético de Oscuros Guerreros; van a la derivación reflexiva que abunda en lo precario de vanas e impostergables ilusiones humanas; el desgarramiento existencial y los entuertos que trenza toda realidad como patrimonio individual, social en última instancia, al que se somete el hombre en su constante deambular por zonas grises o placenteras del entorno de un relámpago fugado o en espera dialogante.

Tanto, la primera parte, versos y más versos, dispuestos en “Andando en la oscuridad” —veintisiete poemas—; como también en la segunda, “Noche sin fin”, integrada por veintitrés breves prosas, hay un recreo del universo de constelaciones fantasmagóricas; de paisajes negros; de desolación y amargura habitada en un mundo real; transformada en preexistencia y en anhelo por dejar atrás los fragmentos desgarradores; como borrón y cuenta nueva; todo queda en recuerdos que el poeta deseoso reclama desterrar; en cambio, están ahí, y los enaltece en medio de aquel acongojado instante del paso breve por la vida. Es una anunciación; un pacto; una traslación hacia las excelencias que aún aguardan por resurgir; así parece decir.

Llanes en “Copa como un Aleph”, de la primera parte de Oscuros Guerreros, en retozo metafórico y contextualizado del imperio de las anáforas, sustenta que: “En tu copa veo los abismos que se abren./ En tu copa veo los árboles contra el vacío. / En tu copa veo venir el abanico del fuego, / profuso y silencioso como la muerte”. Persiste una búsqueda de respuesta que, en lo aparente de la realidad, el poeta no desea encontrar, y bien sabe que está allí, a su acecho, en ese diálogo ubicuo entre la sombra, lo oscuro, la luz, la muerte y el silencio.

El cabrilleo barroco tiene sus comodines discursivos en torno a palabras claves, y en el cual el silencio suma una carga dramática del que escruta a taciturnos y nigromantes “confabulados en la indiferencia y muertos para siempre”, dice el poeta, quien cree con firmeza que “Todo lo desgarra/ a su paso la hoguera”, tal vez descifrando el tránsito por las encrucijadas; tiempo de la palabra oscura y sus constelaciones sinuosas.

Justo aquí ese hermetismo que en lo inefable se aprecia cuando el verso del poeta no está descontextualizado dentro del itinerario existencial al que convoca su escritura; visible a veces en transfiguraciones espirituales, en realidades tangibles, en reconstrucción de lo histórico y lo épico, de rastreo del pasado y de añoranza por lo placentero.

No se entenderían los Poemas nocturnos para L sin el necesario repaso a los Oscuros Guerreros; en el primero hay otras válvulas de registros metafóricos, temáticos, alegóricos, que explayan el deleite comunicativo y lo precario tiende a las fosforescencias de las realidades familiares, más cercanas a nuestro tiempo; ya despojadas de la sordidez de los recuerdos de aquellas cosas y hechos que laceraron al escritor y que, solo ahora, lo convierten en menos vulnerable ante el tránsito de lo permanente y visivo de otro de sus eternos e insoslayables amoríos; la pequeña Lidamalia, reina de las travesuras de un tiempo en que los recuerdos solo perduran en eso; simples memorias de lo que fue un soplo de angustia.

Los Oscuros Guerreros tienen hechicerías y arcángeles en la ontología de las palabras; en el estilo entrecortado, de ráfagas; de remolino escabroso; de vigilia perfeccionista del orfebre que “pregona salvación”, como apunta Rodríguez Entenza, y de plenitud y creencia del hombre en reverdecer los lóbregos espacios que habitó en un pasado que ya es solo memoria inclaudicable.

Ya todo recuerdo triste está fugado del decurso de la historia individual; anda con solapa y anima a levantarse entre el misterio de la vida y la presunción de la futura muerte.

Puctum contra puctum barroquista; la polifonía recurrente del aletear de la poesía de Llanes Delgado, tiene un espacio de clasicismo entre los coetáneos cubanos.

Nadie lo negaría, y en ese vibrar insistente, como “Cosido a su silencio” —otra de sus magistrales prosas—, jamás imprecaría sobre un rostro que “da contra las aguas de la piedra y forma otros rostros, otras aguas” nutricias en el constante e inexplicable aire en que el gallo recreado en El Fundidor de Espada, “invade el vacío, se niega y escarba en el silencio torvo”, para convertir en belleza el susurro de una palabra escrita en medio de la agonía o de la fecundidad con que trenza las manos como un arcángel literario de nuestros tiempos.

Muchas Gracias Pedrito, tal como dijo Fowler, por regalar siempre a todos lecciones de magistral poesía.

* Luis Machado Ordetx, periodista, ensayista y escritor, labora en el periódico Vanguardia de Santa Clara. Es autor de los libros Coterráneos (1997); Kilates del testigo (2006) y Ballagas en sombra (2010) por el que obtuvo el Premio de la Ciudad de Santa Clara. Es editor, además, del blog Cubanos de Kilates, donde publica temas relacionados con la cultura cubana.

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