Actualizado el 7 de mayo de 2011

Los terneros sagrados reclaman el césped

Por: . 27|4|2011

El término lo escuché por primera vez mucho antes de haber leído Manual de literatura para caníbales, del español Rafael Reig. Una de las soleadas tardes de febrero del año 2008, estaba conversando con un poeta de Isla de Pinos, bajo la sombra de las inmensas estructuras de La Cabaña. La Feria Internacional del Libro de La Habana era el escenario propicio para advertir el andar despacioso de esas criaturas endémicas. Naturalmente, fue mi contertulio occidental quien me señaló el grupo que se desplazaba rodeado por las maripositas amarillas de Mauricio Babilonia.

Pienso que el calificativo se desprendió del ya patentado “vacas sagradas”, que según estudios anteriores pudo importarse (luego de azarosas travesías) desde las tierras egipcias, donde eran veneradas las vacas de la diosa Isis, o quizás, de esa estirpe de “becerras intocables” que pasta en calles, mercados y plazas de la India. Lo cierto es que, como el marabú, el término “vacas sagradas” había colonizado las más selectas praderas de la fauna intelectual de la Isla. Ahora, lo que en verdad alarma, no es la existencia de estas reses divinas, que en su gran mayoría están respaldadas por una obra (nótese que no me refiero a premios, reconocimientos, ni distinciones, sino a la obra) que como un respaldo en oro avala cualquier extravagancia personal.

Lo que alarma no son las vacas sagradas, porque cada región y movimiento artístico ha tenido desde la antigüedad sus animales venerables; así que imagino a Tagore como uno de los poderosos búfalos acuáticos de la India, que emerge de vez en vez de sus charcas mágicas. A Edgar Allan Poe, como el bisonte que atraviesa raudo las vastas llanuras norteamericanas, y a Rimbaud, como el uro mítico que mugía en los bosques europeos en tiempos de Carlomagno. Lo que provoca los máximos niveles de alarma, no son precisamente las vacas, sino el grupo que señalaba mi amigo aquella tarde: los “terneros sagrados”. En esta especie es donde precisamente se ubica El núcleo del disturbio, como el conocido libro de la narradora argentina Samanta Schweblin. Los terneros sagrados corren en desbandada por potreros y valles insulares, amenazando con devorar a las reses mayores, como en el sueño bíblico de Faraón, donde siete vacas flacas degluten vorazmente a siete vacas gruesas.

Si la autoestima baja y el complejo de inferioridad atentan contra la salud mental de una persona, la autosuficiencia literaria, en buen cubano, “el creerse cosas” de muchos jóvenes escritores, atenta contra la salud de la comunidad intelectual. Los diez años de la introducción de la Riso han venido a abrir un espacio para la política editorial cubana, ante la realidad de prestigiosas editoriales, editoriales independientes y pequeñas editoriales, que contribuyen a la publicación de un libro cada poco menos de treinta segundos. Los jóvenes gozan, sin temor a dudas, de protagonismo dentro del panorama literario del presente, y eso es bueno en gran manera, lo terrible es que la relativa facilidad de publicaciones, y el muestrario de premios que arrastran no pocos de estos escritores, los lleve a desarrollar conductas ególatras y que, como Whitman, terminen por celebrarse y cantarse a sí mismos. Recientemente leí un artículo del escritor Geovannys Manso, publicado en el número 07 de la revista El Cuentero, donde planteaba con acierto: “¿Qué premio, qué reconocimiento mostraba Cervantes; qué premio, qué reconocimiento mostraba Kafka, James Joyce, Marcel Proust; qué premio, qué reconocimiento ha de mostrar J. D. Salinger?”

Bueno, los terneros sagrados están ahí, ante nuestros ojos, rumiando impasibles la obra no leída de sus contemporáneos, y como la llama del Perú, proyectándolas en malolientes escupitajos en sus círculos de acción. Es el aldeano vanidoso del ensayo de Martí, que cree sosamente que el mundo entero es su aldea; y añado, se imagina, además, como cacique de esa aldea. El término “escritor” imprime en estas mentes un estigma de genialidad, de encumbramiento, de falsa hidalguía artística. Ser escritor no es obligatoriamente estar loco, ni asumir una apariencia extravagante y huraña, ni hablar en coplas melodiosas, ni como decía Rafael Reig: haberse leído a cien poetas austrohúngaros, checos o serbios, que casi nadie conoce. O como apuntaba Cheslaw Milocs, versificar sobre los crisantemos y la luna llena. No. Y vuelvo a citar el trabajo de Geovannys Manso, que a su vez cita a Jaime Sabines, y esos versos geniales de “los poetas no tienen una estrella en la frente, o un resplandor visible, o un rayo que les salga de las orejas”.

Pero hay quien se cree portador de un aura luminosa y reclama el césped, que no regó. Hay quien va al mercado en busca de las poéticas viandas y las metafóricas carnes, los hay que frente a la enfermera que decide tomarles una muestra de sangre, dicen parodiando a Nerón: ¡Qué lástima que un artista como yo tenga que perder unos cuantos mililitros de su preciada sangre! Eso está probado. Evoco otra jornada de Feria del Libro, esta en el marco cerrado de la provincia, cuando una tallerista molesta por la conversación en las sillas delanteras durante un recital, susurró en el oído de su amigo: “Estos viejos inéditos, siempre con su cháchara”. Quienes calificaban dentro del despectivo “viejos inéditos” no eran sino dos personalidades distinguidas con el Premio Nacional de Literatura, a uno de los cuales estaba dedicada la Feria. Una vez más la cabeza rala de los terneros sagrados pujaba por abrirse un espacio en el mapa literario de la Isla. Ellos, con su andar despacioso y las indumentarias exóticas, aparecen en los certámenes más ocultos, en los concursos de nombres más divertidos, en las más distantes geografías nacionales, porque viajan en grupos, como suelen transportarse los terneros.

Lo triste es que el síndrome que ataca a esta ínsula de marqueses, virreyes, condesas, y vampiritos medievales, amenaza con convertirse en pandemia, en esta era proclive a las pandemias. En detrimento de tales actitudes, la humildad continúa siendo de las más admiradas conquistas que puede ostentar el espíritu humano. Y no seremos nosotros los encargados de cincelar nuestra obra en la piedra clásica de la historia, sino las generaciones que vendrán, a las cuales quizás hasta le parezcan cosas risibles, las huellas desesperadas que en el barro del olvido habrán impreso los terneros sagrados.

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