Actualizado el 3 de junio de 2011

(A propósito de La casa de tu vida)

El canibalismo de Lorenzo Lunar

Por: . 14|5|2011

Tal vez no resulte del todo casual, que el propio año del nacimiento de Lorenzo Lunar, 1958, Dulce María Loynaz publicara uno de sus libros más memorables: Últimos días de una casa. Allí, la Loynaz nos advierte: “Y es que el hombre, aunque no lo sepa,/ unido está a su casa poco menos/ que el molusco a su concha./ No se quiebra esta unión sin que algo muera/ en la casa, en el hombre… O en los dos”.

Lo cierto es que, parafraseando a Monterroso, cuando la tradición cubana despertó, la casa todavía estaba allí. La casa como espacio mitificado, como escenario y contribución poética, narrativa, como búsqueda, como desencanto, como unión, como puente, como bandera. De esa tradición, no solo cubana, Lorenzo Lunar ha bebido para construir, para modelar La casa de tu vida, una novela de escasas 124 páginas, que obtuvo el Premio Oriente José Soler Puig en el 2009.

¿Qué lugar ocupa La casa de tu vida, en la ya prolífera y exitosa carrera de escritor de Lorenzo Lunar?

Esta es, sencillamente, la novela más ejemplar de Lorenzo Lunar, la más madura, la más humana, la más poética, la más lacerante. Sobre todo eso: la más lacerante.

Lorenzo Lunar construye un texto que se funda en la agonía, en utopías postergadas, en sueños inconclusos, mutilados, que se transfieren de una generación a otra: semejante dolor, solo puede engendrar un texto canibalesco, un texto que se yergue sobre la narrativa cubana más reciente, sin lujurias preconcebidas.

“¿Tú crees que nos den la casa?”. “¿Tú crees que ahora que tienes este cargo tengamos más posibilidades de que nos den una casa nueva?”

Estas dos preguntas, que son, a fin de cuentas, la misma pregunta, constituyen el núcleo argumental de La casa de tu vida. Preguntas que nos sumergen en lo más álgido de esas vidas arrastradas a convivir forjándose una esperanza irremplazable. Una esperanza que solo es eso: esperanza, utopía, sueño que se diluye en el tiempo.

Con recursos muy plausibles, asistimos a un ejercicio de sosegada escritura. Lorenzo Lunar apela a breves, brevísimas oraciones, frases, palabras claves, preguntas, recuerdos y anhelos que reaparecen una y otra vez, otorgándole a estas páginas cierta categoría letánica, tornando con ello más verosímiles sus personajes. Asistimos a una aceleración temporal, para luego transitar una línea recta signada por el desasosiego, por la abulia, por los enfrentamientos que suscita el derrumbamiento de toda ilusión.

Quizás este sea el centro luminoso de La casa de tu vida: el derrumbe de la ilusión, el desmoronamiento de los espacios utópicos. Utopía y desencanto, dos categorías esenciales para comprender el devenir de múltiples tradiciones, según nos recuerda Claudio Magris: “La historia literaria occidental de los últimos dos siglos es una historia de utopía y desencanto, de su inseparable simbiosis”.

Y temo, que al contraponer estos dos extremos que constantemente pugnan por retomar el curso de la novela, Lorenzo alcanza un sobrio equilibrio que nos seduce por su sustrato poético, y allí también coincide con las tesis de Magris: “Tal vez no pueda existir un verdadero desencanto filosófico, sino sólo poético, porque solamente la poesía es capaz de representar las contradicciones sin resolverlas conceptualmente, sino componiéndolas en una unidad superior, elusiva y musical”.

Lorenzo, retomando tonos anteriores, adhiriéndose a fórmulas muy eficaces que le han bastado para crear otros textos no menos trascendentes en sus ámbitos, pudo acceder a narrar esta historia amparándose en la parodia, en el humor, en el sarcasmo; o bien, concebir personajes y espacios arquetípicos que dialoguen más directamente con un lector global; sin embargo, La casa de tu vida se torna un alarde de introspección, de entrampamiento de la conciencia, de personajes modelados con finos trazos que los convierten en seres irremplazables, en caracteres no absueltos por la historia. La historia no los absuelve: los ata, los reduce, los disloca, los desequilibra, pero no los vence. No puede vencerlos, porque obedecen a otros órdenes, a otros signos, a otras aguas, a otros amaneceres.

En uno de los momentos más amargos, más desolados de esta novela, Mariana, la esposa de nuestro “héroe”, le confiesa: “Yo sé que es un sueño, viejo (…) Lo que pasa es que no quiero perder la ilusión”.

Y esta inmensa verdad, dicha así, como si nada, nos penetra el alma como un rafagazo. Allí, en el parlamento de Mariana, Lorenzo concentra la más difícil y sincera de sus intuiciones: “Un escritor necesita edificar la mayor lealtad para sus personajes”.

Y Mariana, es leal a su utopía.

Y Leonardo, es leal, como solo pueden ser leales aquellos hombres que rescriben su historia desde la nada.

Y Lorenzo Lunar, es leal, como solo pueden ser leales aquellos escritores que persisten en la escritura, que se aferran a la escritura, hasta confundir la vida con ese secreto expectante que genera toda novela singularmente provocadora.

Con La casa de tu vida, Lorenzo Lunar sustenta que “la literatura moderna no es un viaje por mar, sino a través del polvo y la desolación…”

Ahora solo nos queda acompañarlo en este viaje árido, desolado, polvoriento, hasta lo más recóndito de una novela, que no desea ser leída sino como un bolero; uno de esos boleros que nos destrozan el alma…

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