Actualizado el 17 de junio de 2011

Iván Gerardo Campanioni:

Los pronunciamientos de La Criatura

Por: . 13|5|2011

Pareciera uno de esos fulanos con aire anodino, que se place por las calles de esta Habana añosa, refugiando sus grandezas detrás de no sé cuántos escupitajos de historia adoquinada. De estatura corta y barriga de cervecero. Camina lento, sacudiendo su memoria en cada esquina; más bien sugiere un sujeto que está subrayado en una lista y que trasiega con el eco del silencio. En su rostro caben el desatino y el aserto del tiempo con todas sus conjeturas.

Un hombre que

además de ser un profesional
de la nostalgia
un angelote de la izquierda

es ese otro que esculpe el perfil de su reminiscencia, que cincela el poema hasta detenernos en el límite del aliento: la esperanza de un verso mejor cada vez.

Uno de esos Hijos Ilustres de la Ciudad que comparten su pecho con Martí, con Santa Bárbara, con Silvio en la distancia y con sus dados de la suerte, llevando límpida la andadura por la poesía.

No recuerdo la cantidad de veces que Félix Contreras me propuso ir alguna tarde a visitarlo, pero él mismo no tenía claro ni la calle ni el edificio. Eso sí: no había borrado de sus recuerdos las felices y turbulentas jornadas caimaneras, aquellos recitales genésicos con Silvio y Teresita, las sorprendentes bromas de Wichy, la taciturna nimiedad con la que Campanioni se mostraba, y el entresuelo lóbrego donde habitaba.

Félix conseguía nebulizar sus versos cada vez que transitábamos o cruzábamos la calle Egido hacia La Habana de extramuros, o desde ella recordaba los contornos oscuros y bulliciosos, copados de cuanta merca se moviera, a manera de ese murmullo de mercaderes que entra por la ventana, más adentro o más afuera del margen permisible; estrecho y amplio mundo donde latía, aún, la poesía de Campanioni. “Es un gran poeta, y mejor hombre, pero se nos ha perdido el contacto con él”, solía decirme siempre Contreras.

Félix parecía destinado a dejarme con el sinsabor que produce la imposibilidad de conocer a un poeta a quien se le admira a priori, de no ser por un golpe de dados, un lance al tablero que hizo la Editorial José Martí. Necesitaban presentar un poemario, un título sugerente, algo más bien ambiguo, asomo de prodigio e imperfección, o de ambas… La criatura. Y por si fuera poco, de un autor nada conocido, sesentón e inédito hasta entonces, pero con un antecedente “sospechoso”: había sido fundador de la revista El Caimán Barbudo. Bastó.

Un par de años después que el flaco Contreras me comentara sobre el poeta, casi por sortilegio, nos conoceríamos —La criatura por medio— Campanioni y yo, a la sombra de las yagrumas del patio de la Casa de la Poesía. Ese día llegó Campanioni de la mano de su compañero de barbas Guillermo Rodríguez Rivera y del mismísimo Félix, y se juntaron dos generaciones de caimaneros, los de entonces y los de ahora, en la presentación del poemario que acumula más de cuarenta años de atravesar en silencio la línea establecida para evitar trastornos del paisaje.

La interrogante sobre su destino traía como respuesta “la insoslayable condición de poeta” de Campanioni, como lo cualifica el emotivo prólogo escritor por el profesor Rodríguez Rivera.

Un poeta que se pronunció, literalmente, por la integración del habla cubana a la poesía. Un poeta a quien le interesaba más, tal vez, el efecto de la metáfora que la metáfora misma; el estremecimiento, lo telúrico de la imagen, que la imagen misma. Un poeta, pues, de resonancias sobre el tiempo —su tiempo— y esas angustias que acrisolan la consecuencia, porque era el tiempo en que contemplar desde un ángulo poético era un sacrilegio. Un poeta que se había pronunciado y que (a)firmara, además, como un epitafio para los apostatas:

La poesía es un testimonio terrible y alegre, y triste y esperanzado de nuestra permanencia en el mundo, con los hombres, entre los hombres, por los hombres, o no es nada.

En la trastienda de La criatura, (Editorial José Martí, 2008), su único libro de poemas publicados y donde no existen las partidas solo las bienvenidas sin regreso, se puede avizorar al poeta que rechaza la indiferencia, que ha sabido guardar la palabra, esgrimiendo un silencio que revalora con puntual ironía: Para que no te señalen con el dedo (…) Para levantar la mano sin decir nuestro criterio (…) Para alejarnos en puntillas de la verdad (…) Para apuntar a la cabeza del emperador (…) Para recordarte Wichy Nogueras.

Presumo que este y los engavetados libros de Campanioni se corresponden con verdaderos caleidoscopios de luz, polvo, sombra y las desazones que han atrapado sus iris; estratificando poemas, contornos dialógicos, articulados en cifrar un poco de las noches habaneras/ algo de la enorme soledad de la vida y sus andenes.

La criatura leída como un discurso sociológico, porque aquí el contexto y el lenguaje son los resortes protagónicos, los recursos textuales de una expresividad susceptible a la virtuosa ausencia, al silencio de la evocación. Un incontrolable existir, vital aprehensión, droga del observar hasta la adicción, configurando contenidos que desacralizan la metáfora, la formalidad del tropo y las imágenes.

Campanioni esgrime —beligerante y cotidiano— que la poesía es como una cueva diseñada para náufragos de distintas marcas humanas. Así consigue ir viviendo, inmiscuido en las latencias de un tiempo del que no se siente ajeno, del que se hace cómplice, lleno de dudas con el horizonte

Contemporánea y significante, la fecundidad que puedo avizorar en sus versos, me hace pensar en Campanioni como un poeta sin alabarderos epidérmicos. La criatura despierta el apetito por determinadas historias, personales y ajenas, íntimas y comunes, desgajadas de la realidad que otea desde su aspiración de sencillez escritural, y desde el aliento conductual que se respira en sus versos.

Este libro es un árbol de gajos, de biografía personal y de historia total, de luz hacia lo antropológico. Campanioni escribe encima de un cuerpo social, vivo y alucinante, donde la metáfora aparece en su organicidad con el individuo, como gesto poético que testifica de sabores y sinsabores, los que han ido tejiendo cuarenta años de imaginar al silencio, sus latencias y apetencias… Este fragmento con que les provoco, me deja una tajada de razón, nada menos que de un poema intitulado “Miserables”.

Ya sobrará el tiempo
hermano
para fragmentar nuestros
silencios
para oír a los impertinentes
cuestionar el futuro
ahora lo más importante
es empeñar el corazón
apretarnos el cinto
hasta el último agujero
y dormir con las botas puestas

El mundo engendra, en su espiral evolvente, la poesía y, en su relación dialógica con él, el hombre crea su monólogo. Ese innato pavor a despeñarse en la página es justamente, para el caso Campanioni, su cómplice sustento. Los ciento treinta y dos textos que aparecen foliados en este, su primer poemario, ocupan cuatro zonas o raciones —¿a ración por cada década inédita?— contentivas de confesiones forever, cascabeles y en caso de accidente, el ADN necesario para la cartografía del poeta y sus receptáculos —un grupo de poemas inéditos— que, remisos del andamiaje literario a la usanza de nuestros días, generan la cronología de este hombrecomún, poetainsólito sancristobaleño. Negado o remiso, Campanioni descree de los sujetos líricos y sus poemas trasuntan el timbre autobiográfico, por y para la cotidianidad, y otras cuestiones de la canasta familiar que nos proponen estas criaturas, libro y autor. Pronunciándose.

Poesía de Iván Gerardo Campanioni

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