Actualizado el 27 de julio de 2011

La literatura en los tiempos del cólera

Por: . 4|7|2011

“(…) Estoy contento porque hace un rato sentí la desgracia, y era como si fuese mía, como si sólo a mí me hubiera tocado y como si la llevara adentro y quién sabe hasta cuándo. Ahora la veo afuera, ocupando a otros; entonces todo se hace más fácil. Una cosa es la enfermedad y otra la peste.”
Juan Carlos Onetti en El Astillero.

Una mujer canta frente a un público modesto en un bar; un pintor exhibe en una galería de renombre; una bailarina sacude sus piernas y sus brazos sobre un piso frío, seguida del aplauso de miles; un escritor es silenciosamente leído o releído en distintos rincones del mundo. La cultura se esparece y vive de diversas formas. Hay en ella un sentido comunal, una especie de cultivo que nace y vive para una comunión de personas. Así, su existencia se hace epidémica: un amigo de un amigo comenta algo de un libro, el jefe de mi prima habla de la bailarina, el padre de un colega recomienda ir a ver a la cantante del bar, mi mamá opina sobre la obra de aquel pintor de la galería, y la cultura circula, se expande, se hace comunicación. Hoy en día, que todo transita por una expansión de medios que facilitan accesos y estiran la existencia de la cultura como un chicle para que llegue a todos los rincones, la epidemia cultural se convierte en algo indiscutiblemente real, pero ¿cuán real puede ser cuando en ese traspaso de cultivo se pierde una real comunión entre las personas?

En una entrevista a Mario Vargas Llosa, luego de que ganara el premio Nobel, le preguntaron cuál era su opinión acerca de la cultura y él dijo que la cultura es, día a día y cada vez más, una forma de entretenimiento. Y en esa palabra sencilla —hasta simpática— el escritor pintó un mundo más que tenebroso. Si se consulta la Real Academia Española, la primera acepción que allí aparece de la palabra “entretener” es: distraer a alguien impidiéndole hacer algo y es con esta acepción que nos quedaremos para el desarrollo de este artículo, ya que no puede encajar mejor esta definición para el mundo globalizado, perdido en la técnica, en el acelere, en la falta de real cultivo personal y en la constante búsqueda de confort y bienestar material. Aquí y ahora entretener es sinónimo de distraer. El entretenimiento, así, lo que hace es alejar al individuo de otra cosa, impedirle perderse en esa otra cosa, distraerlo, para quedar enganchado, amarrado a él.

Ahora bien, el entretenimiento como distracción no tiene nada de malo, no hay nada ni terrible ni dañino en tratar de que la vida pase de una manera más amena, llenándonos de distracciones que nos generen placer o buscando la diversión, pero de eso es muy capaz la cultura a secas, sin necesidad de que ésta se convierta, de buenas a primeras, en mercenaria de la —cada vez más en aumento— búsqueda enfermiza y frenética de paliativos que nos alejen de un mundo en decadencia, distrayéndonos de la verdadera esencia de las cosas, y también, de la posibilidad lúcida de poder luchar por ese mundo enclenque. El entretenimiento al distraer, impide. Le impide al individuo ir más allá y trascender esa oferta inmediata. A lo que se apunta es a pasarla bien sin real profundidad, a abandonarse a la inmediatez de las sensaciones. Cuanto más nos hacemos servidores de la técnica y el confort, más condenamos a la cultura a olvidarse de su real significado y a conformarse con la distracción, no haciéndola proliferar en una verdadera comunión entre individuos. Esta es una rápida síntesis sintomatológica de cómo el virus del entretenimiento asciende hacia las células de la cultura con su ácido nucleico de estupidez y superficialidad.

Dentro de esa cultura se halla, desde ya, la pobre literatura. Y digo pobre porque de todas las artes es la más silenciosa, la más solitaria y la que menos aplausos recibe. Nadie aplaude cuando termina de leer un libro. Definitivamente nadie les festeja las hazañas a Don Quijote y a Sancho tirándole rosas u ositos de peluche (mucho menos bombachas como las enloquecidas fanáticas de Sandro). Escribir, tanto como componer música o pintar o bailar o actuar o hacer cualquier otro tipo de arte, es sobre la fuerza y la existencia que ese individuo irradia y que contagia a los demás, dándoles algo de sí; por eso se quiere publicar, porque el que escribe no puede evadirse de lo más elemental: sacar de su fuerza existencial un cachito para el resto. Publicar no es (o al menos no debería ser) sinónimo de “hacerse famoso” o perseguir la fama o el “nombre” sino más bien, ofrecerse. ¿Qué punto tendría escribir para uno mismo nomás? ¿Qué punto tendría una Julieta enamorada de un Romeo recitando frente a un espejo eternamente? Quizá sólo para una necesaria catarsis (como dice Santiago Kovadloff: “escribir es corregir, todo lo demás es catarsis”); pero tampoco, porque la catarsis necesita siempre un público, infinitas voces del otro lado.

La escritura, si bien más silente y solitaria, es como todas las demás artes: necesita de su público, y porque necesita de su público (de ese que jamás podrá regalarle un aplauso) se hace inquieta, comunal. Busca la comunión con los demás desde la oscuridad de una birome y un papel y da siempre sin recibir. En la escritura escribimos todos. Y allí es donde se hace comunal y conjunta. Porque si hay algo que se dice de los escritores es que “roban”, y es verdad, robamos a lo Robin Hood: con una postura orgullosa y convencida, afincada en la idea del Bien. Tomamos cosas de afuera y cosas que vienen solas, de algún lado que no se comprende (de nuestro dios, es decir, de ese dios que todos los humanos llevamos encima todo el tiempo, traducido como fuerza, esencia, luz, o simplemente como dios). Y por eso, cuando uno roba (porque se roba descaradamente) de los demás y de los letreros de la calle, o del piso, o de las plantas o del olor, se puede decir que se escribe comunalmente.

La literatura es un animal silencioso y apabullante, que se mueve entre la maleza sin que se lo adivine, y que cuando menos uno lo espera, salta por su presa. Sin embargo, de a poco, con el transcurrir del tiempo y con el virus del entretenimiento ya implantado en la cultura, la literatura pasó de ser animal silencioso y apabullante a ser meramente un animal silencioso. Se convirtió en una joven inofensiva, acostada sobre un diván lindo y confortable, preciosa, eso sí, realmente hermosa, ataviada con las joyas más caras, pero siempre desarmada, inocua. La literatura es, hoy por hoy, una cuestión de imagen y mercado. Ya los escritores no escriben para comunicar, ni siquiera para sacarse algo de encima, parecen hacerlo porque lo pueden hacer bien, es decir, “soy realmente bueno (preciosista) en esto, lo hago”.

Hablo de los que pretenden hacer algo para una cultura supuestamente incontaminada. Ellos venden cientos, miles, millones de libros o venden muy pocos, hablan de cosas que la mayoría de sus lectores no entienden porque son escritores anacrónicos, que se quedaron con la bohemia y la idea del siglo XIX o principios del XX y no se dan cuenta de que, si quisieran hacer de la literatura algo verdaderamente no-inofensivo, empezarían por aprender el lenguaje vano y estupidizante de la actualidad, y desde ahí arponear, es decir, ir desde el barro hacia la perla (y no desde la perla hacia el barro). Hoy los que escriben no piensan más que en ellos, lo ofensivo o no de la literatura ni se lo plantean.

El cólera de nuestro tiempo en la literatura es esta cosa domesticada y poco profunda de la búsqueda absurda de yoísmo y de —en palabras de Mujica Láinez— autodifusión perpetuadora. Y en este estado de cosas, en estos tiempos de cólera morbo, la literatura (como parte de la cultura) acata las reglas de la epidemia, ya no cultural, sino perversamente entretenida: se muestra dócil, acotada, fácil, tilingona, y cada vez más inofensiva. El entretenimiento se encarga de enfermar todas sus células, de adueñarse de sus partes con una rapidez y una naturalidad increíbles, sin que surjan preguntas o malentendidos.

Entonces la literatura está complacida, cómoda, se siente bien, no batalla contra nada y, sobre todo, es muy bella, porque no está sola en la enfermedad. De alguna manera, está hermanada con todos los demás órganos de la cultura que también sufren del virus. Tal como nosotros, que nos hallamos holgados en la enfermedad del entretenimiento —porque sabemos que estamos todos— de una u otra manera, juntos en la misma peste.

Sobre la autora: Marina Burana (Ciudad de La Plata, 1986) es una escritora argentina en lengua inglesa, francesa y española. Ha publicado, en este último idioma los libros de cuentos A Merlina y De escritores y miserias, así como numerosos artículos en diarios y revistas. Actualmente vive en China.

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