Actualizado el 3 de octubre de 2011

Literatura cubana: Un canon vivo

Por: . 28|9|2011

¿No te da la impresión de que hace 40 años
no surge un buen escritor en Cuba?
Leonardo Padura a Daniel Díaz Mantilla
en “Una sociedad que está cambiando exige pensarse a sí misma”.

SISTEMA EDITORIAL, MERCADO Y LEJANÍAS

Un escritor (presumiblemente joven) termina su “primera novela” y la presenta a Letras Cubanas, donde le informan que “ya no estaban publicando libros”. El periplo continúa por varias de las editoriales más representativas del país y la respuesta en todas partes es la misma: “¿Libros? No, ya no tenemos nada que ver con eso”. El escritor acude —como “última esperanza”— a una casa editora “alternativa”, donde sostiene un diálogo alucinante con la recepcionista: “De todas formas, aquí no se publicaba lo que yo quería leer” (…) “¿Cuándo hubiéramos tocado esos libros de los que todos hablan y que hace cinco, diez, veinte años, pasaron por las manos del resto del mundo? ¿Dónde están los libros de tus contemporáneos, todos los que se están escribiendo ahora mismo fuera de aquí? El verdadero sistema editorial nos queda lejos, y nos queda grande”. —Ese sistema editorial es un negocio —atacó ella. —De acuerdo. Pero en ese negocio está el papel, y por ahora la literatura se va a seguir imprimiendo. Ella responde: —El 90% de lo que se imprime hoy en el mundo, es mierda. Y el escritor riposta: —Claro. También el 90% de lo que se imprimía aquí. Acto seguido agrega que “el 90% de cualquier cosa, es mierda”.

El anterior fragmento corresponde a un cuento de Jorge Enrique Lage titulado “15 000 latas de atún y no tenemos como abrirlas”. No voy a adelantarles el resto. Puede leerse —hasta donde sé— en Los que cuentan, una antología de narradores egresados del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, publicada por su Editorial Cajachina en el año 2007. Lo asombroso es que el relato alude a algunas de las inquietudes que con mayor insistencia asaltan a los cubanos que nos interesamos por la literatura escrita y publicada en la Isla —y fuera de ella— durante los últimos dos o tres decenios; a saber: el mercado editorial y la pregonada “crisis” de la letra impresa, la improbabilidad de que el lector isleño tenga contacto con lo que se edita actualmente en Iberoamérica (consideremos que a Roberto Bolaño, tal vez el novelista hispanohablante más significativo del periodo inter-milenios, apenas se le conoce en Cuba), y, en fin, la casi nula divulgación y promoción de nuestros autores (especialmente los más jóvenes), cuyos libros —algunos de ellos premiados en concursos de nivel— se asfixian bajo el polvo de las librerías en estantes apartados (con ejemplos en que ni siquiera es posible hallarles).

Los periodistas culturales por su lado, los editores, los académicos y ¡hasta los propios escritores!, deploran las carencias de una crítica que en el mejor de los casos brilla por su ausencia (cuando no se concentra en la exaltación a todo trance de un pasado literario cuyo fulgor terminará por empañarse si no se le deja reposar, como merece, en el panteón de nuestros dioses nacionales). El deterioro de esa “crítica”, por otra parte, constituye en sí mismo un tema que en su momento alguien tendrá que abordar con la honestidad debida, poniendo a un lado el pretexto de la falta de espacios donde publicar y apuntando a los parcos beneficios —tanto de orden material como espiritual— que un ejercicio tan poco gratificante como agotador reporta a sus practicantes. (Sobre este punto no huelga recordar el monográfico que hace unos años pasó la televisión cubana sobre Mario Puzo, en el que se mostraba al creador de El Padrino sobreviviendo a duras penas, mientras se gestaba el futuro bestseller, gracias a las reseñas que escribía para The New Yorker).

Me atrevería a afirmar que la cuestión del “mercado” atrae las mayores y más enconadas controversias entre los sujetos que intervienen en la conformación de la literatura nacional (incluyo —se entiende— a especialistas y a creadores). Desde que Billboard publicó su primer Music Popularity Chart en 1940, la sociedad humana se ha ido atemperando progresivamente a la noción del ranking: las ciudades más visitadas, los restaurantes más finos, los máximos goleadores, los hombres más ricos, las mejores canciones… nada escapa a esa tendencia “consumista” de clasificarlo todo. ¿Tampoco la literatura? Pues parece que no, a juzgar por los constantes listados de libros (y hasta de autores) que los principales medios de prensa del mundo suelen presentar a sus lectores, ¿cómo estrategia publicitaria?

Lo cierto es que ninguna de las citadas listas —salvo la de Bogotá 391, hasta donde puedo afirmar— incluye a autores nuestros; y en este único caso, los privilegiados residen fuera de la Isla de manera temporal o permanente: Wendy Guerra, Ronaldo Menéndez, Karla Suárez y Ena Lucía Portela (circunstancia que de ninguna manera les invalida, por supuesto, pero que no deja de resultar sintomática).

Por su parte, la llamada Generación Granta (como la bautiza Winston Manrique desde su blog en El País) o Revolución de la Ñ (según nomenclatura de Cecilia Barría en BBC Mundo), propone a los “veintidós mejores escritores en lengua española menores de treinta y cinco años”, entre ellos ocho argentinos, siete españoles y ningún cubano. (A cambio, por no olvidar aquello de que toda regla tiene su excepción, no falta quien ubique a Pedro Juan Gutiérrez —uno de los poquísimos escritores cubanos con algún éxito internacional— junto a Santiago Gamboa y Rodrigo Fresán en la nómina informal de McOndo).

Volviendo al cuento de Lage: cuando su personaje afirma que “el verdadero sistema editorial nos queda lejos”, ¿a qué lejanía se refiere? ¿No existe, de hecho, un “sistema editorial” cubano conformado por una densa madeja de instituciones de alcance nacional y provincial, que garantiza la publicación y distribución de libros hasta en los puntos más recónditos del archipiélago? ¿Puede desconocerse de un plumazo el papel jugado por Letras Cubanas, UNIÓN, Oriente o cualquiera de las restantes casas editoriales —incluyendo las RISO— en el conocimiento de buena parte de la literatura producida en Cuba durante el último medio siglo?

Sin embargo, no basta responder con un monosílabo. En entrevista concedida a la profesora norteamericana Lisa Nalbone2, el investigador y escritor cubano Ricardo Viñalet se plantea: “¿Hasta dónde se corresponden los intereses en lectura con los libros editados?”. Sus puntos de contacto con el protagonista de “15 000 latas de atún…” son más que sorprendentes, y no solo porque nuestras editoriales permanezcan de espaldas a cuanto de novedoso pueda estar ocurriendo en el ámbito de las letras hispánicas más recientes, sino porque un abrumador porcentaje de los autores cubanos que se editan, asisten a la presentación de su obra durante la Feria Internacional del Libro de La Habana y asumen luego su tránsito al olvido como un hecho natural e inevitable.

Cualquier intento de aproximación al primero de estos fenómenos tendría que pasar necesariamente por un tamiz de tipo financiero: la imposibilidad casi absoluta de satisfacer los correspondientes derechos de autor en moneda convertible, pues la inexistencia de un mercado del libro dentro de la Isla es una verdad de Perogrullo que las editoriales extranjeras no ignoran; establecido lo cual podrían sopesarse una multiplicidad de aristas que confluyen en el hecho, desde las que implican un matiz esencialmente político e ideológico, hasta las puramente subjetivas, precedidas por los cuestionables juicios de valor emitidos por funcionarios, no siempre capacitados, pero involucrados en la eventual toma de decisiones.

En cuanto al segundo aspecto, la explicación pudiera estar al alcance de la mano. Puede que baste, incluso, con que intentásemos responder un par de interrogantes; la una: ¿Cómo influye sobre la salud de la literatura cubana la deficiente gestión comercializadora de las instituciones vinculadas con la circulación del libro? No puede ser bueno para nadie que montones de ejemplares caduquen, ya no en los anaqueles de las librerías, sino en precarios almacenes de los que no parecen tener probabilidades de salir alguna vez. La otra: ¿Qué correspondencia existe entre la literatura —propiamente cubana— que se publica en Cuba, y las expectativas del lector promedio? Un análisis en profundidad del tema se me antoja indispensable, de la misma manera en que el Centro de Investigaciones del ICRT establece los niveles de audiencia para la telenovela de turno. Los libros y discos; las obras plásticas y audiovisuales, más allá de sus valores estéticos, son bienes consumibles. ¿Entraña mayores riesgos la “mercantilización” del producto artístico que el desconocimiento de los “mercados” del arte?

El tópico del “mercado”, por cierto, ha merecido en más de una oportunidad inteligentes reflexiones provenientes de algunos de los escritores cubanos (publicados en el exterior) cuyas respectivas experiencias y argumentos no me parecen en modo alguno triviales: “Tener una editorial que espera tus trabajos y que, siempre que su calidad lo amerite, los publique y los promueva, te da una gran seguridad a la hora de escribir. Y la parte económica, tan vilipendiada a veces, es tan o más esencial, pues no es lo mismo escribir sintiendo el peso de las necesidades económicas (…) que poder escribir sabiendo que tus propios libros te garantizan un plazo más o menos largo de seguridad para que te dediques a trabajar en otro”. (Leonardo Padura a Daniel Díaz Mantilla)3.

“En este oficio de escribir, como en cualquier oficio, se hace indispensable buscar un patrón que indique qué valor tiene lo que hacemos. Así algunos podemos pensar; ‘me leen, luego existo’ (…) Que un premio sirva para darnos los ánimos, y la solvencia económica, para seguir escribiendo”. (Lorenzo Lunar)4.

“Yo sé que mis libros son entretenidos, pero ese no es mi objetivo esencial. Solo quiero coger al lector por el pescuezo y sumergirlo en la mierda social, en los basureros de la ciudad (…) Mientras escribo no pienso ni en mi agente ni en los lectores”. (Pedro Juan Gutiérrez a Jorge Fornet)5.

Tales afirmaciones nos regresan al punto de partida: si el “verdadero sistema editorial” es un “negocio”, ¿está reñida la solidez estética de la obra literaria con el éxito comercial del libro? ¿Estamos frente a la paradoja insalvable?

EL BENEFICIO DE LA DUDA

A pesar de los pesares —como reza aquella vieja canción del GESI— se sigue escribiendo literatura en la Isla y se sigue publicando. Quedaría por establecer la presunta dicotomía entre cantidad y calidad del volumen publicado, cuestión sobre la cual no voy a permitirme el lujo de una especulación improvisada. Lo que a todas luces me parece injusto es la descalificación a priori, sin el sustento de un aprendizaje que debe, por fuerza, ser acumulativo. Hasta hoy, todas las corrientes literarias, todas las periodizaciones que para su enseñanza haya sido menester introducir en la Literatura, se han estudiado en pasado. El debate en torno a la discutible calidad de la literatura cubana contemporánea parece haber cobrado un auge reciente. Con uno y otro enfoque, diferentes medios —dentro y fuera de Cuba— se han ocupado del asunto. Cualquier criterio que se vierta sobre el tema merece respeto (sin discriminar siquiera a quienes ponen en tela de juicio la existencia misma de una literatura cubana actual).

Cohabitan —es un hecho— diferentes tendencias dentro del paisaje literario nacional; intereses temáticos diversos, maneras de narrar, estilos. Entre los “Novísimos” y la generación subsiguiente (la del “Año Cero”), el abismo es hondo y, contrario a lo que sucede con los libros polvorientos, eso no puede ser malo para nadie. Hay una Literatura en construcción —nadie se asombre—, que nuestros herederos sistematizarán dentro veinte o treinta años. (No vayan a acusarnos de miopía intelectual quienes emprendan su estudio).

Este no es un mero discurso apologético. A la narrativa cubana de hoy le falta y le faltan muchas cosas: Madurez, porque el oficio de escritor y la experiencia de vida se toman de la mano. Cosmovisión, porque el confinamiento entre las franjas costeras de una isla no alarga las miras del ser humano (que es en definitiva todo artista). Opciones de publicación, porque la escritura engavetada languidece y muere (tal como la novela cubana se marchita en tanto florecen los concursos con tope en las ochenta cuartillas). Promoción, porque lo que no se publicita no alcanza con efectividad a su destinatario (algo que el “lejano” sistema editorial de “15 000 latas de atún…” ha comprendido hace tiempo). Crítica especializada, porque el arte sin respaldo teórico no trasciende. Y voluntad (argumental y estética), porque la creación entraña riesgos que un escritor honesto no puede dejar de correr, cualquiera sea la circunstancia.

Mi propuesta —en definitiva— es bien pragmática: concedámosle a la literatura cubana de hoy el beneficio de la duda; leamos y, libres de prejuicios, dejemos que el tiempo introduzca las inevitables escisiones entre “buena” y “mala” escritura. Quiérase o no, el canon de nuestras letras terminará rejuveneciendo más temprano que tarde, y nuevas obras y autores se adueñarán del siempre frágil inventario de los imprescindibles.

Y para que el acercamiento a esa literatura no descanse en la sola intuición, me adelanto a recomendar a los lectores de El Caimán Barbudo —a la usanza de la “gran prensa”—una lista de diez títulos editados en Cuba durante los primeros diez años del presente siglo; una suerte de “decálogo de la década”, apócrifo, inconsulto, y compuesto estrictamente sobre la base de mis gustos personales; que no ser académico ni profesor me granjea ese privilegio. Doy por descontado que la selección dará lugar al asenso de unos y a la repulsa de otros —ojalá ocurriera siempre—, así como que una cantidad igual (o superior) de obras, aparecidas en la misma etapa, tienen quizá valor suficiente para desbancar a cada una de las que propongo.

“La decisión queda al historiador de la literatura —ha escrito Virginia Woolf6—; a él corresponde informar si nos encontramos al principio, al final o en medio de un gran período de narrativa en prosa, porque desde la llanura poco es visible. Tan sólo sabemos que nos inspiran ciertas gratitudes y hostilidades; que algunas sendas parecen conducir a tierra fértil y otras al polvo y al desierto”. En última instancia, si extraviado en terreno yermo, reclamaré como Lichi7 “el derecho a estar equivocado”.

LOS DIEZ DE LA DÉCADA

Sin otra jerarquía que no sea la fecha de su publicación, aquí les van los libros:

Al cielo sometidos (Ediciones UNIÓN, 2001), de Reynaldo González, obra que ganó el Premio Ítalo Calvino un año antes y que constituye un raro experimento dentro de la novelística cubana contemporánea, al proponer una historia que transcurre en las postrimerías del siglo XV —durante los preparativos del viaje hacia el Nuevo Mundo capitaneado por Colón— y asumir, además, el reto de contarla en español de época, consiguiendo una actualización espléndida de los códigos que identifican la picaresca del llamado Siglo de Oro.

La novela de mi vida (Ediciones UNIÓN, 2002), de Leonardo Padura, que le valió a su autor el Premio Internacional de Novela Casa de Teatro 2001 en República Dominicana, publicada simultáneamente en Cuba y por Tusquets Editores en España. Fue catalogada por Jorge Luis Arcos como “la novela más ambiciosa escrita por Padura, y una de las más ambiciosas y complejas que ha intentado escribir un autor cubano”, condición que desde mi modesto punto de vista no ha perdido. Fabulación riquísima que supone rumbos en la biografía del poeta Heredia, fruto de la paciente indagación histórica cumplida por el novelista. En paralelo —y con prosa impecable— avanzan las segundas y terceras historias que conforman una trama convincente y de muy sensible peso en el constructo afectivo de la nación cubana.

Cien botellas en una pared (Ediciones UNIÓN, 2003), de Ena Lucía Portela, que resultó ganadora del Premio Jaén de Novela 2002 otorgado por la Fundación Caja de Granada en España, y casi inmediatamente fue publicada en Cuba. Un libro de mirada oblicua sobre la realidad cubana de los 90, descrita en tono de tragicomedia (tal y como la percibe su joven protagonista). Cien botellas en una pared intenta pasar por una novela ingenua (por momentos lo logra), pero el intrincado universo de relaciones interpersonales que constituye su eje, acaba por inducir en los lectores el efecto contrario. Contada con sutileza y excelente sentido del humor: tal vez en ello radique su verdadero encanto.

Dichosos los que lloran (Fondo Editorial Casa de las Américas, 2006), de Ángel Santiesteban. Libro de cuentos que conquistó el Premio Casa de las Américas del mismo año y que emprende una aproximación única en la Cuba de hoy al tema carcelario. Escritos con la lucidez y el rigor que marcan el estilo de su autor, acerca de los veinticinco relatos que integran el tomo escribí una vez que “exploran una zona casi virgen de la literatura cubana contemporánea. Un libro duro, sin dudas. También un libro excelente”. Huelgan las reiteraciones.

La vida es un tango (Ediciones UNIÓN, 2008), de Lorenzo Lunar. Pese a que su autor obtuvo con Que en vez de infierno encuentres gloria (también publicada por UNIÓN) el Premio Brigada 21 en 2003, es esta otra integrante de la notable trilogía —incluyo a Usted es la culpable— la que captó con mayor intensidad mi atención de lector. Verdadera joya del neopolicial iberoamericano, novela con idénticas dosis de ternura y suspense, de intriga y humor, que con eficaces recursos se adentra en la marginalidad desde la literatura (y no al contrario). Mi favorita, sin embargo, entre cuantas leí del narrador villaclareño: Polvo en el viento (Premio Plaza Mayor de Novela 2005), permanece inédita en Cuba.

La soledad del tiempo (Ediciones UNIÓN, 2009), de Alberto Guerra, que el jurado del Premio Alejo Carpentier 2008 desestimó en su momento. Una novela incómoda —se me ocurre— por su manera inmisericorde de hincar el bisturí y revolver las entrañas de un “mundillo literario” (¿de ficción?) en que las bajas pasiones y las deslealtades figuran a la orden del día. Una historia que no por su amargura nos priva de una lección ejemplar, ética y literaria, con un final inesperado que constituye “la verdadera novela” —al decir de un colega—, pero que tiene la virtud de potenciar la avidez por su lectura, justo cuando se avizora el desenlace.

En La Habana no son tan elegantes (Editorial Letras Cubanas, 2009), de Jorge Ángel Pérez. Se trata del libro de relatos que mereció el Alejo Carpentier el propio año, compuesto por ocho narraciones “con vida independiente que funcionan con unicidad orgánica”, como lo describí tras su presentación oficial. “Escritura fértil que denota el oficio legítimo de Jorge Ángel Pérez; su habilidad para domeñar el idioma, para ensayar construcciones semánticas de riqueza insoslayable”. Lectura productiva para quienes pretenden develar los secretos de la narrativa que va abriéndose paso en la Cuba del siglo XXI.

El puente y el templo (Editorial Oriente, 2009), de Emerio Medina, que no fue un libro premiado, pero que habiendo obtenido una mención en el Concurso Oriente, terminó en imprenta para suerte de nuestras letras. Una colección de cuentos en la que su autor revela dotes de fabulador auténtico, poniendo mira en temáticas y ambientes de probada eficacia, por los que transita con prosa transparente y firme. “El puente y el templo”, que da título al libro, es uno de los relatos más estremecedores que he tenido oportunidad de leer en años, y, junto con “La ciudad vacía” y “Los encuentros cercanos”, se sitúa entre los más notables exponentes de la narrativa cubana de estos tiempos.

El Rey de La Habana (Ediciones UNIÓN, 2009), de Pedro Juan Gutiérrez. Anagrama lo publicó en España en 1999 y diez años tardó en llegar al público de la Isla. El autor de Trilogía sucia de La Habana no pone límites al paroxismo en esta novela rotunda donde la ciudad y sus miserias se tragan literalmente a (Rey)naldo, el adolescente poblado de carencias. Una de las historias más delirantes y mejor contadas que pueda presentarse a los lectores de cualquier latitud. Libro maldito, irreverente, que no es posible dejar de incluir entre los aciertos editoriales del periodo.

El hombre que amaba a los perros (Ediciones UNIÓN, 2010), de Leonardo Padura, que acomete el desmontaje de dos historias igual de apasionantes y terribles: la del destierro y asesinato del líder bolchevique León Trotsky y la del proceso de radicalización de su asesino, su preparación meticulosa del crimen y la etapa final de su existencia en Cuba, donde efectúa a un escritor anónimo ciertas revelaciones sorprendentes. Una novela “excelentemente armada” —tal como la describió un amigo— y “excelentemente escrita”, añado; que tiene la extraña virtud de moverse con absoluta credibilidad entre la historiografía y la ficción. Concebida para el lector cubano, según afirmó el propio Padura durante su presentación en la XX Feria Internacional del Libro, se trata de una lectura que los cubanos, efectivamente, merecemos. Con ella se cierra un ciclo.

NOTAS

1. Se trata de un proyecto que data del año 2007, enmarcado dentro de Bogotá Capital Mundial del Libro, en el que luego de una votación abierta al público fueron elegidos los treinta y nueve escritores menores de treinta y nueve años “más representativos de la literatura actual en el continente y en el Caribe”. Capital Mundial del Libro es un título anual que concede la UNESCO a una ciudad, como reconocimiento a la calidad de sus programas para promover el libro, la lectura y la industria editorial.

2. La letra del escriba No. 95, abril de 2011.

3. En “Una sociedad que está cambiando exige pensarse a sí misma (Conversación con Leonardo Padura)”, entrevista realizada por Daniel Díaz Mantilla y publicada en La letra del escriba No. 81, septiembre de 2009.

4. En “El sencillo arte de hacerse el escritor”, Hacerse el cuerdo (publicación digital del Comité Provincial de la UNEAC en Villa Clara).

5. En el espacio Páginas salvadas, encuentro con Pedro Juan Gutiérrez en Casa de las Américas, conducido por Jorge Fornet, el 28 de octubre de 2010.

6. Virginia Woolf: “La narrativa moderna”, El viejo Bloomsbury y otros ensayos (Selección, traducción y prólogo de Federico Patán), Universidad Nacional Autónoma de México, México DF, 1999.

7. Eliseo Alberto de Diego y García Marruz (La Habana, 1951–Ciudad México, 2011).

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