Actualizado el 6 de enero de 2012

Cuentos para La Habana del nuevo milenio

Por: . 27|12|2011

Las singulares coordenadas históricas que condicionaron la apertura del llamado Período Especial en Tiempo de Paz, connotan una compleja repercusión en las proyecciones futuras del socialismo cubano. Desde principios de los 90 también se suscitan notorios puntos de giro en la creación literaria, en correspondencia con la realidad nacional y la emergencia de presupuestos inscritos por el advenimiento de la postmodernidad.1

Líneas temáticas que se diversifican, igual que los procedimientos con que se acometen, y que auspician un proceso creativo al que Francisco López Sacha no dudó en llamar Tercera Revolución del Cuento Cubano.2 La capital es, sin duda, el espacio territorial más retratado por esta literatura finisecular y otras manifestaciones artísticas.

Generalmente los cuentos de la etapa iniciadora de este período se trazan objetivos testimoniales, no obstante aparece La Habana bajo un toque de realismo mágico en las páginas de Pesquisas en Castalia de Alberto Ajón León (Jobabo, 1948), tal vez como rara excepción, incluso estilística. Mientras, Arturo Arango (Manzanillo, 1954) con La Habana Elegante, apelando a un derroche de fantasía, renueva la habanidad plasmada en la revista homónima —1883-1896—, la cual figura entre las más representativas de un modo de ser ya nítido en sus esencias locales.

Para la construcción del cuento que da título al libro, Arango ha sabido pulsar todas las cuerdas —que yo recuerde— del pastiche: épocas, idiosincrasia, estéticas… Se privilegia el kitsch, para hacer entender lo alucinante: “Este país es mágico” —asevera Pablo Armando Fernández mientras Rodríguez Feo, Enrique Hernández Miyares (1859-1914) y Antón Arrufat aparecen inmersos en una acalorada discusión beisbolera, sin importar que uno de ellos hubiera fallecido un siglo antes. Julián del Casal, redivivo como personaje principal del texto, al intentar entender la relación entre lo local y lo cosmopolita se da cuenta de que:

“El Vedado era la verdadera máscara de la ciudad, el centro de sus simulaciones: escaleras y parqueos, monumentos y edificios, jardines y automóviles que siempre aspiraban a esconder su verdadera naturaleza y parecerse a alguien, a otros”.3

Otra de la presencias en la cuentística nacional que va ganando estatura en los noventa, hasta hacerse imprescindible, es la de Alberto Guerra Naranjo (La Habana, 1961). El libro Blasfemia del escriba (2000) cristaliza este esfuerzo, en el que La Habana asoma por doquier. La mirada del narrador a su ciudad natal resulta polifacética en cuanto a sitios y épocas; además proyecta trazos psicológicos de personajes que avanzan por barrios populares (Luyanó) o encopetados (Miramar), y visitan pintorescos lugares (La Quinta de los Molinos, el Museo Hemingway), vinculando curiosamente su individualidad con el entorno donde desarrollan determinadas acciones. Así la realidad habanera se salva en estos textos de perecer por la anécdota, sin renunciar a los pelos y señales de la capital.

Aunque más reconocido como poeta y crítico, Frank Padrón (Pinar del Río, 1958) aporta en su primera entrega como narrador (Eros-iones, 2001), elementos socioculturales de La Habana a finales del milenio, más allá de lo anecdótico. En “¿Qué cuento es ese?”, un curso para trabajadores en la Universidad de La Habana se presta para el debate ideológico sobre los dogmas. Ello permite la caracterización de un concurrido espacio religioso cristiano, la filiación bautista, en la Cuba de hoy.

Vuelve Padrón al dueto religión-ateísmo en su segundo libro de cuentos: Las celadas de Narciso (2006). Negar la fe bautista parece ser la única alternativa para ingresar al Instituto Superior de Arte y hacerlo somete a una crisis de conciencia enrumbada en “La negación de la negación”. Las tensiones y los concilios ideológicos en su sentido ético, aparecen sostenidos por fuertes prejuicios contra las prácticas religiosas en la década de los setenta: “Su amiga Lídice era espiritista y José Carlos, un novio que tuvo, santero. (…) sus filiaciones al parecer no les exigían la confesión abierta, de modo que se habían cuidado mucho de plasmarlo en las solicitudes y después al matricularse en la Universidad”.4

La andanada autoral femenina de los 90 había comenzado a aportar datos de autoevaluación complejizadora. Se trata, como explica Luisa Campusano, de “un fenómeno social de relevancia, (pues) en medio del período especial, en pleno centro de los noventa, mientras el país experimentaba una drástica contracción económica que repercutía en todas las esferas de la vida, se ha producido esta eclosión de libros de cuentos y novelas de mujeres, que a finales de esa década ya se había convertido en una de las marcas de la literatura cubana de hoy”.5

Protagonistas de este proceso creativo, en la cuentística, son Anna Lidia Vega Serova, Mylene Fernández Pintado, Adelaida (Laidi) Fernández de Juan y otras muchas escritoras debutantes, junto a figuras que dan continuidad a su trayectoria: Mercedes Santos Moray (1944-2010), Mirta Yáñez y María Elena Llana. Sus obras arrojan la multidimensionalidad del “objeto-sujeto” mujer. Las conductas represoras son escrutadas en los libros de estas autoras desde una posición ética distante de la bipolaridad honradas-impuras, impresa a principios del pasado siglo por Miguel de Carrión. Curiosamente, el naturalismo del novelista encuentra un eco en el llamado realismo sucio de hoy,6 procedimiento que prima entre las nuevas narradoras, al igual que en sus colegas varones.

La casa constituye el ámbito esencial de los cuentos y novelas de Anna Lidia Vega Serova (San Petersburgo, 1968), escenario con todas las oportunidades para ventilar conflictos compartidos y más aún los provocados por una incisiva soledad. El espacio hogareño, poblado de memoria afectiva, puede alzarlo la narradora incluso como universo simbólico, explícito en “La guardiana”, donde alguien acumula “piezas de museos personales” que le van confiando amigos antes de marcharse del país.7

A no ser para imprescindibles acotaciones (“quedamos en vernos por El Prado” / “la encontré en pleno Vedado”, o algunos cuentos acerca de alguien que vivía en Santos Suárez y por tanto iba por las mañanas a la famosa panadería de Toyo), La Habana casi no asoma en esta narrativa que transcurre de puertas adentro. Por excepción, el cuaderno Legión de sombras miserables (2004) sí se detiene en la caracterización de una ciudad que “es poema: Siéntela, huélela, saborea sus curvas, sus voluptuosos contornos, sus estrechas callejas, su ritmo cadencioso, su olor a sexo y sudor. La Habana es una puta exhibicionista, una enferma, una loca”.8

A la altura del Morro, el más espléndido mirador de la ciudad, otro personaje declara: “se veía, desplegada y sensual, toda mi Habana”. Y un tercero, de visita en Roma, llega a la conclusión: “Miré su casa y pensé que parecía un cuartucho cualquiera de un solar en Centro Habana. Como en el que vivía yo”.9

Desde una marcada perspectiva de género, que no entorpece la factura y proyección estética de sus textos, Adelaida (Laidi) Fernández de Juan (La Habana, 1961) reporta abundantes muestras de fidelidad a su patria chica. Reconoce, como otros muchos narradores, ciertos hitos de identidad: el mayor deseo antes de morir, en vez de un paseo por el Sena o un viaje en góndola por Venecia, puede ser el sencillo acto de “bañarse desnuda en las oscuras aguas del Malecón habanero”.10

Pero también la escritora es capaz de ensalzar hasta el deterioro que igualmente nos identifica: “Me gusta el abandono de las calles, te dije. Los árboles de esta cuadra son tan antiguos que sería un crimen podarlos. Es muy hermoso verlos así; frondosos, atrevidos, con las raíces crecidas levantando a cuanto se interpone en su camino”.11 El cuento del que proviene la cita anterior, también muestra intenso recetario de la repostería nacional, instaurado desde las raíces europeas y árabes, que me complace citar a pesar de lo extenso: flan de leche con sabor a vainilla o de calabazas con vino seco; natilla de chocolate; pudín con maní; arroz con leche y canela; buñuelos de yuca en almíbar; panetela borracha de coco; atol12 de maíz dulce. Y una comparación exhibe su pizca de orgullo: “Buenos Aires tiene entre sus delicias a los alfajores más inolvidables de todas las latitudes, y que no por gusto se llaman Havanna”.13

Los autores y textos hasta aquí presentados ponen de manifiesto la riqueza global de un tópico que encuentra puentes para la unificación con los narradores que publican sus primeros libros —fundamentalmente de cuentos—, a partir del segundo lustro de los noventa. Ese empeño de testificación, que suple no pocas ausencias periodísticas, da de sí un corpus ficcional osado y reconocible dentro de la vanguardia artística. Sus páginas caracterizan duras aristas del devenir habanero —y, por supuesto, en general cubano—, hasta el arribo del nuevo milenio.

Descuella al respecto Ángel Santiesteban (La Habana, 1966), porque entroniza el testimonio en una factura cuentística más perdurable, sobre todo en su visión de los centros penitenciarios, con el libro Dichosos los que lloran, Premio Casa de las Américas 2006.

En general, los narradores debutantes a partir de la segunda mitad de los noventa comparten algunos procedimientos, como el realismo sucio en la variante de obscenidades y escatologías ya mencionada, la llamada mala escritura,14 y un narratario explícito al estilo del novelista checo Milán Kundera, que reconstruye la ficción a favor de un alter ego narrador, como si estos escritores contaran vivencias propias, convertidos en protagonistas de sus relatos y voceando constantemente que otros personajes son producto de su fantasía.

Volúmenes abalados por premiaciones destinadas a inéditos (David, Calendario, Colección Pinos Nuevos) recorren los predios capitalinos con ojos abiertos ante cada suceso, o la iniciación en comportamientos antes considerados impropios o cuando menos extraños. Sin ánimos de una exhaustiva ejemplificación, propongo resultados prominentes de esa cosecha, cuya incidencia en lo habanero resulta notoria:

Procesión lejos de Bretaña (2000) de María Cristina Fernández, por insertar en la gran ciudad aproximaciones, todavía vigentes, a creencias religiosas orientales, como otra opción contra la desesperanza que marca este convulso lapso.

Últimas fotos de mamá desnuda (2000) de Ernesto Pérez Chang, por una formidable alianza entre el sarcasmo y la parodia, que consigue caricaturizar la convulsa realidad habanera a finales del milenio, de modo que la fuerza satírica constituya un espléndido fijador de cuanto el autor se burla.

A los amargos —y todavía muy impregnados de suciedad escatológica— cuentos de Jorge Alberto Aguiar Díaz (JAAD) en Adiós a las almas (2002), puede que siga la reticente mirada de Jorge Enrique Lage en Yo fui un adolescente profanador de tumbas (2004), pero bajo el prisma de lo absurdo, que va sustituyendo la intención realista típica de los “testimoniantes”. Ello desemboca en más recientes entregas de Pinos Nuevos, con el desborde fantástico de “Efluvios”, primer cuento de ¿Cómo le crecen los senos a las niñas?, también de 2004, de Demis Menéndez Sánchez.

Dos cuadernos de cuentos de Abel González Melo (La Habana, 1980), sumergen sus personajes en espacios —rurales o urbanos— suficientes en sí mismo para devenir universos propios de cada trama, cuyas coordenadas no perfilan materialidad física sino irradiación alegórica. Sin embargo, “¿Qué haré después de ti?” no parece que pueda emitir ese plano simbólico, que tanto interesa al autor, sin involucrarse en esencias muy habaneras. Tomando como contexto la entrada a El Emperador, se presenta al personaje que narra, para arrojar un primer estrechamiento entre personajes y lecho capitalino, al evocar la pasión gastronómica lezamiana calzada con la celebridad del restaurante. Al cabo, la decisión de aceptar la otra gran opción culinaria del edificio Focsa, permite un especial reconocimiento del lecho capitalino:

“Supe aquella noche mientras descubría la ciudad desde lo alto de La Torre, la ciudad que atravesaba yo cada día de lado a lado, desde El Vedado hasta La Habana Vieja, que se me repetía en calles similares, larga e interminable: allí estaba, a través de la transparencia de las paredes, reunida la ciudad intacta, pequeña y apresurada, invitándome a caminarla una vez más”.15

“Sin caer en el pintoresquismo regionalista”, como señala una nota de contracubierta en Los funerales de Mauro Lechuza, Arnaldo Muñoz Viquillón (La Habana, 1972) caracteriza en esta noveleta “toda la población que lo rodeaba en la barriada del Cerro (que) se quejaba con acritud y sin resignación, (cuando Mauro) decía que la única forma de lucha posible que tenemos es la espera”.16 Al concebir y llamar María Marylin de Miramar a otro personaje protagónico, el narrador consigue precipitar mejor las contrastantes conductas en el reservorio de la cultura popular.

El cuento “Composición con introducción, nudo y desenlace” de Ernesto Pérez Castillo, premiado por La Gaceta de Cuba en 2003, retoma una problemática muy prolífera en el cuento de las primeras décadas posteriores al triunfo de 1959; la de los jóvenes provenientes de provincias que quieren instalarse en La Habana. El texto además incursiona, con acierto, en los rasgos del habla popular habanera de hoy.

Después de haber atravesado “un mar de pueblitos atormentados por sus límites”, Lucía llega desde Mantua a la capital, en el cuento “La Habana no es París”,17 dispuesta a comérsela como becaria y luego a permanecer en ella a toda costa. Evelyn Pérez González (La Habana, 1972) busca para su personaje la compañía de Julio Cortázar, pero no por esa singularidad de lujos expresivos y simbólicos, la barbacoa de Lucia se convierte en buhardilla parisina, sigue siendo “eso: una vil y vulgar barbacoa en un barrio churrioso y marginal. No se puede ser La Maga en el trópico”. Los estragos del Período Especial parecen ya crónicos, aceptados de antemano, en este texto.

La obra de Nancy Alonso (La Habana, 1949), enuncia en sí misma la evolución del cuento desde las más altas cotas testimoniales del Período Especial hasta una plasmación de esos hechos más despegada de la tierra, hoy observable en escritores que van sentando nuevas pautas en la narración breve. Cuando en 1997 se publica Tirar la primera piedra, el interés por testimoniar el devenir sociopolítico del país ya había ganado un amplio terreno, pero no con los rasgos tan convencionales de este cuaderno. Con Cerrado por reparación (2002), Alonso consigue que la realidad ya no dependa tanto de la anécdota inmediata. Y para ello llega a valerse hasta de lo absurdo, con propuestas como “Historia de un bache”. El humor se convierte en aliado fundamental para el despliegue de situaciones tremendistas, en vertientes aptas para arrancar una sonrisa agridulce, contrapeso inteligente en el discurso lineal y directo que venia prodigando la autora desde su libro anterior.

Aunque Desencuentro (2008), también de Alonso, se interesa por otro eje temático, que imbrica al amor y sus consecuencias no gratificantes, también exhibe elementos sustanciales de la identidad habanera de hoy. “Domicilio vacío” y “Huellas” dan buena cuenta de ese saldo, también presente en uno de los cuentos más originales del volumen: “Aniversario”, donde la nostalgia deviene sinsabor compartido entre quienes se marcharon y los que permanecen en el país.

Sincrónicamente, los últimos años siguen instalando en los predios narrativos el fácil acceso testimonial a la lectura, como respuesta a la fuerza alcanzada por potentes medios de difusión masiva, con notable influencia publicitaria y propagandística. Este corte, por momentos deudor de la crónica periodística, le sirve a Achy Obejas (La Habana, 1956) para plasmar impresiones en torno a una ciudad recién descubierta por una muchacha procedente de New York, en el cuento “Aguas”. La forma en que se refrenda un nutrido paquete odorífico, dada la aglomeración en una fiesta, da a entender un gusto especial por la limpieza, reconocido por el personaje en estos ciudadanos que la rodean, a pesar del intenso calor “en una mansión antigua, majestuosa pero destartalada en la barriada de El Vedado”.18 Ello arroja un rasgo de indiscutible cubanía, resaltado por la escritora desde la capital del país.

Otro ejemplo eficaz de estos nuevos rumbos del cuento por La Habana, lo ofrece el texto homónimo del cuaderno La gente sí se da cuenta (2007) de Aram Vidal Alejandro, con una simpática manera de compilar la diversidad de rasgos psicosociales del habanero:

“(…) son azules, negros, verdes y amarillos, hablan muy alto y gesticulan con sus manos como si así se respirara mejor (…) Además de mar, colas y pelota, en La Habana hay música, y habaneros que bailan entre ellos y con extrahabaneros. (…) se ríen de todo, la risa es muy importante en el verano de La Habana.19

La esencia habanera más sustantiva también se palpa en Cuentos para huir de La Habana, Premio Calendario 2010, de Zulema de la Rúa Fernández (La Habana, 1979). El desprejuicio ante lo erótico y escatológico, se adscribe acá francamente a la más rotunda fantasía, propalada por una humorada negra y cáustica: “Es difícil ver una bomba sexual en Miramar, en El Vedado, o en cualquier otro sitio de La Habana donde no abunden los solares, los edificios al borde del derrumbe, donde no falte el agua” / “La falacia para atrapar yumas, no varía de chica en chica, sino de barrio en barrio.”,20 en asimetrías que contraponen los territorios de más alto nivel de vida, localizables en el norte costero, con los del centro-sur periférico.

En resumen, y al margen de modas y tendencias, para fortalecer valores identitarios debe aspirarse a una creación desprejuiciada, dispuesta a ocupar y compartir espacios permanentes de pluralidad. La Habana ha de continuar exhibiendo su impronta en tan arrollador empuje creativo, siempre abierta a la variopinta devoción de sus narradores.

NOTAS

[1]. También considerada por algunos teóricos, como el alemán Jürgen Habermas y el marxista norteamericano Fredric Jameson, una modernidad tardía.

2. Bajo la consideración de que el género tuvo dos excelentes momentos anteriores; el primero entre los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo, y el otro a principios de los sesenta. Véase: “Para tiempos de mayor entusiasmo” en La Gaceta de Cuba, n.2, La Habana, 2000.

3. Ibídem, p. 48.

4. Frank Padrón Nodarse (2006): Las celadas de Narciso, p. 66.

5. Luisa Campusano (2004): Las muchachas de La Habana no tienen perdón de Dios…, p. 146. El paréntesis es del autor del presente texto.

6. En 1983 el crítico Bill Bufford lanza en la revista literaria inglesa Granta los presupuestos de lo que denomina realismo sucio, entre los que sobresale la contaminación de géneros literarios y periodísticos en un mismo texto. Esta corriente en los escritores cubanos y de otros países de lengua española toma derroteros, bajo el mismo nombre, en los que prevalecen el gusto por lo escatológico y la obscenidad.

7. Véase en Legión de sombras miserables.

8.Anna Lidia Vega Serova (2004): Legión de sombras miserables, p. 12.

9. Ibídem, pp. 20 y 22. También un personaje de Marcel Gala, en la novela Sentada en su verde limón (2004), encuentra similitudes entre las cuarterías habaneras y algunos espacios habitacionales italianos. P. 11.

10. Adelaida Fernández de Juan (1998) ¡Oh, vida!, p. 29.

1[1]. Laidi Fernández de Juan (2009): “Ciudad inmunda”, en La Siempreviva, n. 6, La Habana, p. 43.

[1]2. Esta voz es de la norma oriental, en La Habana y el resto de occidente se prefiere decir harina.

[1]3. Ídem.

[1]4. A partir de la corriente pictórica bad painting.

[1]5. Ibídem, p. 59.

[1]6. Arnaldo Muñoz Viquillón (2003): Los funerales de Mauro Lechuza, p. 64. Los paréntesis son del autor del presente ensayo.

[1]7. Evelyn Pérez González (2008): Supuestas vidas, (en orden de aparición) pp. 37, 45 y 38.

[1]8. Achy Obejas (2008): “Aguas”, p. 38.

[1]9. Aram Vidal Alejandro (2007): La gente sí se da cuenta, pp. 20-21.

20. Zulema de la Rúa Fernández (2011): Cuentos para huir de La Habana, pp. 8 y 53.

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