Actualizado el 28 de mayo de 2013

La crítica literaria en los tiempos del cólera

Por: . 27|5|2013

The answer, my friend, is blowin’ in the wind.
The answer is blowin’ in the wind.
Bob Dylan

La crítica literaria en los tiempos del cóleraLeo: “la crítica literaria en Cuba resulta insuficiente”; o: “no se ejerce la crítica”; o mejor: “la poca crítica que existe siempre es complaciente”. Sigue un largo etcétera. Conviene recordar que —más de una vez se ha dicho— cuando se va a otorgar el llamado Premio de la Crítica con carácter anual, apenas se tiene a mano “crítica” relacionada con los libros nominados y, no en pocos casos, se acude a las “palabras de presentación” que algún amigo (con seguridad otro escritor) leyó durante el “lanzamiento oficial” en la Feria Internacional del Libro.

No hace mucho un prestigioso autor cubano declaraba en entrevista: “Es muy difícil criticar la obra que ha publicado un conocido, alguien con quien tienes una excelente relación. Señalar sus desaciertos, es muy duro eso”. No le falta razón. Puede que nuestra condición insular juegue un papel importante en la prefiguración del fenómeno: ese continuo navegar en aguas propias, sin arribar a costas ajenas; ese “comadreo literario” que rechazaba Hemingway, fruto del cual sobreviene el desahogo catártico a nivel de pasillo, protagonizado por quienes coinciden en tal o cual evento concerniente a las letras (la generalidad de las veces en territorio patrio).

Casi nunca los desahogos son llevados al papel o traducidos a códigos binarios para su difusión en la Red. Incluso, hay comentarios que llevan implícito un cariz de secretismo (aunque se trate de un secreto a voces) por la manera en que son formulados: un murmullo inaudible apenas calzado con la expresión del rostro que pareciera indicar que el libro de otro es, definitivamente, malo.

No todos guardan silencio, sobra añadir. Los hay —sobre todo jóvenes— que asumen con entusiasmo el rol arbitral y “dejan caer” de vez en cuando una reseña, más o menos enjundiosa, para remarcar la publicación de un cuaderno de poesía o de cuentos con que un ex camarada del Centro Onelio o del taller de una Casa de Cultura se llevó las palmas en aquel concurso… Se elogia mucho, es cierto. Como también es cierto que muchas publicaciones merecen elogio. Pero, cabría preguntar: ¿Por qué no se tacha en blanco y negro lo que, de manera verbal, discretamente se descalifica? ¿Tanto representa en verdad el “peso de la Isla”?

La falta de interés (sería demasiado pueril hablar de falta de solidaridad) de los críticos para con la literatura que escriben sus contemporáneos es un hecho. Si así no fuera, ¿cómo explicar la escasez abrumadora de público especializado en las presentaciones de muy buenos libros? ¿Debida tal vez a los problemas de transporte? Pues sí, también tiene que ver con el transporte… como con la dieta que mal cobran los periodistas acreditados para “cubrir” acontecimientos de la mayor envergadura (Feria del Libro incluida). Pasa por todo eso. Como pasa, ¿por qué no admitirlo?, por la deficiente (casi nula) estimulación que las arcaicas resoluciones del Ministerio de Cultura (y otros organismos) constituyen para los autores, cuya retribución —paupérrima, en cualquier caso— no está relacionada (como en cualquier parte del mundo) con el prestigio de la firma o con la calidad del texto.

En la Cuba de estos tiempos todo el mundo habla de “cambios”. Existe (nadie lo dude) un proyecto de transformación de la vida socioeconómica del país que pretende dar por concluida la era de los subsidios y enterrar en el pasado el dispendio de recursos en diseños estructurales que de sobra mostraron su esterilidad. A muchos cubanos les parece bien. Otros desconfían. Pero casi medio millón de nuestros compatriotas (la cifra exacta la dieron en el Noticiero de Televisión) se han adherido hasta el momento a alguna de las variantes de “cuentapropismo” autorizadas por la Ley. ¿No deberíamos empezar a llamarlos como lo que realmente son? Eufemismos a un lado, en esos “trabajadores por cuenta propia” subyace (cuando menos) el germen de un fenómeno universalmente conocido como “pequeña y mediana empresa”. Salvo que la “actualización del modelo económico nacional” sufra un inesperado cambio de rumbo, en los “timbiricheros” de hoy estamos viendo a los empresarios del mañana. Algunos —¿los menos favorecidos?, ¿los más ineficientes?— irán derecho a la quiebra. Otros tal vez no amasarán fortunas, pero escalarán paso a paso lugares de privilegio en el entramado social (en consonancia con el éxito alcanzado en su respectiva actividad económica). En ese previsible teatro, ¿qué papel interpretarán los intelectuales? En mi opinión —parodiando a Bob Dylan— “la respuesta, mi amigo, está flotando en el viento”.

¿Ha de prosperar la crítica en condiciones de evidente desventaja con respecto a ocupaciones más “productivas”? ¿Ha de prosperar la literatura misma? En la famosa entrevista concedida a George Plimpton, Ernest Hemingway no vacila en afirmar: “La seguridad económica (….) es una gran ayuda porque lo libera a uno de la preocupación. La preocupación destruye la capacidad de escribir. La mala salud es perjudicial en la medida en que produce preocupación que ataca el subconsciente y destruye las reservas de uno”. No cabe distinguir, en pleno auge legitimador de la poscrítica, entre literatura activa y pasiva. El fenómeno escritural es uno y para escribir primero es necesario comer. “No creo en el mito romántico de que el escritor debe pasar hambre, debe estar jodido, para producir. Se escribe mejor habiendo comido bien y con una máquina eléctrica”, ha dicho Gabriel García Márquez a Plinio Apuleyo (en El olor de la guayaba).

Por demás, en un escenario donde la crítica (salvo honrosas excepciones) está compuesta en lo esencial por los propios escritores, ¿bajo qué condiciones depreciar el saldo en el proceso creativo de un semejante? En similar sentido, no ha de perderse de vista que son también los escritores (de nuevo con honrosas excepciones) quienes asumen la función de jurados en nuestros principales concursos (fértil manantial del que brotan, año tras año, decenas de cuadernillos de narrativa y poesía, merced a los cuales irrumpen en nuestro panorama literario igual cantidad de creadores hasta ese momento anónimos). Entre los escritores del patio, ¿quién no aspira al premio? ¿Y quién denostaría de modo festinado al potencial decisor de un certamen venidero? Los premios, por demás, cada vez reportan menos si de metálico se trata, pero… siguen siendo los premios.

Probablemente este artículo encuentre detractores (ojalá ocurra). Sintiéndose aludido, no faltará quien reaccione anteponiendo el argumento de la honestidad intelectual, situándose a sí mismo por encima de todas las miserias. No ejercito el criterio desde la imprudencia y ni por azar señalaría con el dedo a un colega del gremio, a un escritor, a un periodista, fustigando su actuar indecoroso. No se trata de honestidad sino de independencia funcional (que en buena medida coincide con la independencia económica). Sentencia Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia”. La nuestra es de naturaleza orgánica. Dentro de la institución, todo; fuera de la institución, nada.

¿Qué caminos se abren para los escritores cubanos en la consecución de un ulterior ideal sistémico? ¿Qué opciones habrá para “la crítica” en medio de esa construcción quimérica que pasaría por desconectar el respirador mecánico que mantiene con vida artificial a entidades incapaces de autofinanciarse? ¿Será posible en la Cuba futura sopesar alternativas de publicación que llenen las expectativas de un número aceptable de autores? ¿La autoedición será una iniciativa viable? ¿Se autorizará la fundación de editoriales “por cuenta propia”? ¿Hallarán un espacio de supervivencia quienes ejercen con dignidad la crítica —desde la academia o desde el periodismo— cuando la sociedad cubana se haya articulado mejor en el esquema inaplazable de la autogestión?

Por lo pronto, las respuestas siguen flotando en el viento. A nuestra exigua y a todas luces maltrecha crítica literaria le aguarda un porvenir dudoso (aunque no mucho más que el presente). La incertidumbre acecha; el temor a lo ignorado. ¿Habrá que claudicar en cuanto a valores estéticos en aras de comercializar la obra? A falta del suero presupuestal inyectado durante décadas en generosas dosis, ¿se avalará la publicación de libros de alta calidad artística aunque, con toda seguridad, jamás puedan venderse? A propósito: ¿la subvención como garante de esa “calidad artística” funciona hoy con efectividad en el sistema editorial isleño? En ese razonable contexto, ¿cultivaremos una crítica neutral y saludable, a salvo de la apremiante influencia del “poderoso caballero”?

No lo sabremos mientras no se abran las puertas y nos contaminemos (como entes interactivos que en puridad somos) con el universo circundante: aptitud, racionalidad, competencia, rentabilidad, mercado… No lo sabremos mientras, como Florentino Ariza, decretemos cuarentena a bordo del Nueva Fidelidad e icemos la bandera amarilla en el asta mayor de la literatura cubana.

Categoría: Literatura | Tags: | | | | |

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