Actualizado el 25 de octubre de 2013

Ni rebeldes ni nostálgicos… ¿Rastreadores de su propia voz?

Por: . 22|10|2013

Jóvenes escritores cubanos“Es posible que el término generación sea un crédito al que todo autor se resiste como a una marca impuesta con hierro candente, pero no es menos cierto que existen disposiciones históricas que, si no dejan huellas idénticas, promueven reacciones desiguales de similar origen, como en una colonia de animales de laboratorio. Prefiero retener en ese cerco al conjunto de obras escritas por cubanos nacidos en la segunda mitad de los años 70 y durante los 80, quienes vivieron la crisis del Período Especial en Cuba, desde un estado de relativa inconsciencia. Fueron testigos de las desgracias y carencias, pero asumidas como algo natural: una suerte de entrenamiento por el que se conducían a la par de su desarrollo. No se cuestionaban si escribir era un buen futuro, ni vivieron la orfandad editorial, ni sufrieron la falta de papel, porque no escribían. Desconocieron algunos paraísos, y si los visitaron asumieron su final sin dramatismo. En la medida en que las grandes celebraciones iban languideciendo, respondían voluntariamente a tal olvido pues las consideraban pertenecientes a una etapa de la vida que querían dejar atrás y ser mayores. No pertenecen —no pertenecemos [dice este Autor]— a una generación desencantada. Y no pueden ser rebeldes ni nostálgicos.” 1 Si otorgamos crédito a esta línea de pensamiento, según la cual una suerte de imperativo histórico o espíritu de época impide a estos autores ser, en tanto escritores, rebeldes o nostálgicos ( “no pueden ser rebeldes ni nostálgicos”, nos dice el Autor, y subrayo la categórica locución empleada no pueden ser, la amplitud de matices identificables dentro del campo de las actitudes que se niegan —ni rebeldes ni nostálgicos—, y el peso de tales posicionamientos en la cultura literaria occidental moderna desde el Romanticismo, más allá de sus manifestaciones recurrentes en toda la historia humana de la creación artística), estaremos entrando a una zona de enunciaciones que, en mucho, consigue desbrozar algunos tramos en la maleza de un sendero que conduciría, quizá, en alguna bifurcación, a una lectura cómplice, desprejuiciada y posible, de la actitud o mirada ante la escritura y la vida literaria que ya adentrados en la segunda década del siglo XXI, revuelve la mano, el cuerpo y la mente de ese segmento siempre cambiante en el tiempo que ahora llamamos aquí nuevos autores cubanos y que, en tanto corpus literario, acotaremos —como hace en su texto el Autor al que venimos siguiendo— en el “conjunto de obras escritas por cubanos nacidos en la segunda mitad de los años 70 y durante los 80” del siglo XX, autores que, contradictoriamente, como tendencia, no suelen imaginarse a sí mismos formando parte de algún colectivo que limite o defina su posición como individuos y su obra personal en tanto escritores, que cuando se reúnen lo hacen menos para hablar de literatura que para desbarrar de algo o disfrutar algún asunto de la vida, y a los cuales no parece que les interese demasiado explicarse en manifiestos o textos críticos. Durante ya más de una década he escuchado afirmar lo que acabo de escribir a muchos de estos jóvenes poetas, narradores y dramaturgos, en formas y escenarios diversos. Varios colegas y amigos de mi propia promoción y de promociones anteriores también me han expresado o han revelado en espacios públicos su interés, extrañeza o decepción ante semejante planteo, y frente a lo que leen y escuchan en los textos y las voces de estos nuevos autores. Creo que va siendo hora entonces de que intentemos avanzar en aproximaciones mejor fundamentadas a lo que nos proponen con su literatura y a sus modos de participar de la vida literaria, para tratar de comprenderlos desde sus propias obras y acciones que, necesariamente, expresan una experiencia y un tipo de mirada diferentes a las de autores de generaciones anteriores -también diversas entre sí, no lo olvidemos-, experiencias y miradas que los aglutinan y acercan de una cierta manera como grupo, aunque a ellos no les apetezca reconocerse en ningún conglomerado. Osdany MoralesQuiero abundar en un elemento que se me antoja significativo para formular algunas preguntas con ese propósito. Lo haré insistiendo en el fragmento citado del capítulo “El libro de los contemporáneos. El Club de la Pelea” del libro Papyrus, de Osdany Morales. Considero útil para el análisis recalcar el hecho de que se trata de un texto de ficción, el único campo de acción genuino que por el momento parece interesar a la mayoría de estos autores si de legitimar su literatura se trata. Y, en consecuencia, el texto a que me refiero emplea con envidiable funcionalidad las armas filosas de la propia ficción, acarrea cualquier otra que pueda asir en su perímetro, las empuña con la ambición literaria que este Autor ha mostrado poseer desde las primeras páginas de su libro de ¿cuentos?, y se permite diseccionar las actitudes ante la escritura y la vida literaria pero también ante la lectura, el consumo cultural y el contexto social cambiante —en ocasiones ultralocalizado y en ocasiones desterritorializado, pues el siglo XXI es otra época— que distingue a esos autores afines a quienes considera la extrema vanguardia o los adelantados del grupo en cuestión en el campo narrativo, “El Club de la Pelea”, y a los cuales examina como se haría con “una colonia de animales de laboratorio”, jugando con sus obras y sus vidas reales, o levemente mistificadas, asunto sobre el cual tal vez volveré más adelante. En un libro de ensayos bastante difundido entre nosotros, Los nuevos paradigmas2, Jorge Fornet ha fijado “el desencanto” como el tipo de mirada característica de una promoción de narradores cubanos y latinoamericanos que vivieron (vivimos) conscientemente —distinto a quienes entonces eran adolescentes o niños— los cambios locales y globales de finales del siglo XX referidos por nuestro Autor en la cita del inicio. Según la lectura que creo hace en su texto Osdany Morales de la idea de Fornet (y de otros ensayistas, críticos y académicos cubanos y extranjeros que previa, simultanea o posteriormente han abundado en dicha tesis), para los autores de esa “generación desencantada” la rebeldía y/o la nostalgia fueron reacciones sociales, culturales y literarias típicas en nuestros territorios inmediatos, que se fueron agotando a sí mismas con la radicalidad de los cambios, y que poco o nada tienen que ver con las experiencias de vida y los imaginarios de quienes ahora son los nuevos autores —si esquematizamos para explicarnos, claro. Reacciones “desiguales de similar origen” se produjeron en distintos ámbitos de la lengua común ante esos cambios y aún otros de peso menor, similar o superior que matizaban su propio entorno. Un escritor chileno de esas generaciones anteriores, por ejemplo, narra el tipo de reacción de unos contertulios ante el cambio del siguiente modo: “Decidieron continuar la fiesta y demorar el aviso a Carabineros. Falsearían el horario de encuentro del cadáver (…) No hicieron interpretaciones sobre el crimen. Dejaron todo para más tarde. Esta decisión, aparentemente deshumanizada, respondía a un registro moral muy en boga a principios del siglo XXI, consistente en desdramatizar la muerte y la criminalidad, como reacción [es esto lo que interesa] a la histeria compulsiva de la estética de DD. HH. de finales del siglo XX.”3. Reitero, en cualquier caso lo que importa precisar aquí y ahora es la aparición, en todas partes y a nuestro alrededor, de un nuevo tipo de mirada(s) y, en consecuencia, de una(s) posible(s) nueva(s) estética(s) conectada(s) íntimamente a las maneras de manifestarse de una época nueva y, también a veces —pero solo a veces, tengamos conciencia de ello, pues que miramos desde la óptica de las generaciones formadas en la evaluación consciente de los procesos históricos y culturales— peligrosamente privadas de las sustancias nutricias provenientes de otras épocas y contextos. “¿Dónde están los libros de tus contemporáneos, todo lo que se está escribiendo ahora mismo fuera de aquí?”, es la singular pregunta que se hace Jorge Enrique Lage. Esa angustia por la distancia a la que se le sitúan las otras literaturas, tan bien expresada en el cuento 15 000 latas de atún y no tenemos como abrirlas, es uno de los trances de mayor preocupación que a su arribo al campo cultural cubano han encontrado estos nuevos autores. La dificultad para hacerse en las librerías con libros útiles para su formación como escritores —sean clásicos ancestrales o contemporáneos actuales, sean cubanos raigales o foráneos globales—, late con insistencia en muchas de estas posturas. No es materia de este espacio adentrarnos en profundidad en las causas de tal situación, pero todo el empeño cultural y financiero de las políticas dirigidas durante una década a rellenar de libros los estantes semivacíos de la isla no han conseguido eliminar el problema que estalló, como una bomba de racimo repotenciada en el tiempo, con la crisis cubana de los noventa y la entrada en nuestro ambiente editorial de los acuerdos internacionales de protección material del derecho de autor. Lo que importa señalar para el diálogo que se propone, es que ese trance difícil también está en el origen de una de las principales carencias que a veces se le señalan, con razón o sin ella, a los jóvenes autores: “No han leído suficientes libros, no conocen a fondo lo que les antecede, de ahí el movimiento en superficie, los peligrosos vacíos en que caen, esos ‘descubrimientos’ de caminos ya recorridos”, he escuchado decir más de una vez a algunos autores de otras generaciones que conversan sobre el tema. Naturalmente, es posible que no les falte algo de razón a esos otros autores al revelar su inquietud acerca del nivel de lecturas útiles de algunos de los nuevos autores y la manera en que esas carencias se expresan en su proyección pública y en su discurso literario. Pero no siempre es así, y ocurre también que en varios casos que conocemos sus lecturas útiles superan las que a su edad podíamos mostrar otros de los que ya no somos tan jóvenes. Aunque es muy probable que no tengan razón del todo pues de alguna manera muchos de estos nuevos autores se han ido formando un sustrato cultural propio y suficiente para alimentar el tipo de literatura que se proponen escribir. Portada del libroAntes de trasvasar al territorio de los versos mi acercamiento a este tema, retornaré, como había prometido, puesto que viene a cuento, a Papyrus, El Club de la Pelea y los “animales de laboratorio”. Inmediatamente después de la cita que coloqué al comienzo de mi exposición, OM nos dice: “Me gustaría disponer de una triada de relatos de este club de nuevos autores (…) para develar cierta intencionalidad o un catálogo de inconformidades traspapeladas en literatura.” Inmediatamente nos presenta a Enrique Leich, o sea, al amigo Jorge Enrique Lage, y antes de enfocar el microscopio sobre El color de la sangre diluida, relata en una nota al pie cómo se conocieron, cómo lo percibe y cómo se relacionan. Acerca del controvertido punto de los niveles de lectura nos ilustra con la siguiente afirmación, y cito: “Como lo hace no sé, pero su opinión parece ser el resultado del consenso de mucha gente ilustrada. No hay un libro que ya no haya leído o del que no tenga sus razones de por qué no le interesa (…) detrás de su risa hay una visión muy arriesgada de la literatura. Creo que la mejor manera de enrumbar la literatura cubana es escribir para complacer a Enrique Leich. Si no le gusta a él, estamos perdidos.” Una percepción posible: la literatura cubana necesita ser enrumbada, y la misión corresponde a los nuevos autores, que se perciben como los únicos con agallas y posibilidades de hacerlo, y si no lo consiguen, todos “estamos perdidos”. Suena pretencioso, irritante, retador y sabroso, según se mire. ¿Pero alguna vez no fue así? Preguntemos quién no se cuestionó en profundidad el agotamiento de la norma, la abulia de lo mismo, la unicidad del discurso de sus mayores. Con razón o sin ella, mal haríamos en arrellanarnos en las proverbiales butacas de la suficiencia probada y negar la legitimidad de esa arriesgada actitud de búsqueda, renovación y cambio entre los más nuevos autores. Someternos al dominio del miedo y la costumbre sería, cuando menos, un triste modo de negarnos a nosotros mismos y de negar en el fondo las contradicciones y acumulaciones propias de una tradición literaria que se ha hecho viable en la renovación de sus discursos. Leerlos, dialogar, confrontarlos, ripostar con la actualidad de la obra propia, criticar inevitables desvaríos, aprender de ellos si es el caso, respetarlos en primer lugar, y escucharlos, intentando advertir sus cercanías y distancias aunque no siempre las compartamos, es lo que creo corresponde realizar si nos importa sostener la coherencia de nuestras propias políticas personales, de grupo o institucionales en lo mejor que en su momento ellas tuvieron. Pues el hecho es que estos nuevos autores tienen una mirada propia y con ella llegarán a alguna parte si caminan lo suficiente, y es muy probable que esas lecturas suyas o las que hagan en las próximas décadas sean las lecturas del “canon” de la literatura cubana que prevalezcan en el futuro mediato, como comienzan a prevalecer poco a poco pero en forma sostenida sus obras literarias en los premios, concursos y eventos donde ahora mismo se “legitima” la literatura en proceso de creación en la Cuba del siglo XXI. Es mi criterio que hay por lo bajo una decena de nuevos prosistas jóvenes en el campo de la ficción literaria de la isla, nacidos a partir de 1975 —el año de la institucionalización, dato tal vez no casual pero también arbitrario si de literatura se trata, que Osdany Morales nos sitúa como punto de partida en el estudio que propone de sus coetáneos, esos “animales de laboratorio”— a los que uno debe leer con cierta atención si no quiere desconectarse. Acuden enseguida a la memoria los nombres de autores cuyos textos en algún momento hemos compartido en forma de libros, en publicaciones periódicas, en espacios públicos o en soportes digitales, como Jorge Enrique Lage y Osdany Morales —ya mencionados—Raúl Flores -también escrutado por OM en su prospección de El Club de la Pelea-, Abel Fernández-Larrea, Yunier Riquenes, Evelio Traba, Abel González Melo, Yerandy Fleites, Juniot García, Dazra Novak, Polina Martínez, Adriana Zamora, Anisley Negrín, Agnieska Hernández, Grethel Delgado, Elaine Vilar, Susana Haug y Legna Rodríguez, por ejemplo, más otros que de seguro olvido o no conozco. De ningún modo significa que sean autores de obras maestras, probablemente ninguno haya escrito una verdadera obra de culto, aún, pero aunque no se debería posponer el análisis y valoración del aporte de sus libros en tanto literatura, no es, en mi opinión, a la (im)perfección de su obra publicada a lo que más debemos atender ahora, sino al (los) lugar(es) hacia el que sus textos señalan con insistencia, el (los) sitio(s) hacia donde se encaminan, los senderos cuya exploración emprenden, desbrozando la maleza cada uno a su manera, con las herramientas que tienen a mano, sin perder de vista del todo el movimiento de quienes avanzan en espacios colindantes, buscando el sonido peculiar de su voz en el concierto, pues, hasta donde lo entiendo, es más o menos así -siguiendo la dirección que nos indica y no sopesándolo fatalmente como una cosa con un valor determinado- como el mundo cambiante del arte se puede revelar en plenitud, más allá de cualquier otro ejercicio crítico, pues que en última instancia es la creación artística la que define el sentido del movimiento. En una visión necesariamente panorámica, como la que aquí estamos obligados a presentar, y ajustándonos de nuevo como punto de partida a ese año 1975 que OM nos propone y hemos adoptado aquí como una convención aceptable, en el campo de la poesía, siempre rico en aportaciones en esta isla infinita y disgregada, puede ser más dilatada la lista inmediata de voces atendibles entre los nuevos autores, desde las ya nombradas Legna Rodríguez, Elaine Vilar y Susana Haug, también tres reconocibles escritoras para niños, hasta otros nombres de progresiva resonancia en los últimos años como los de Isaily Pérez, Liudmila Quincoses, Jamila Medina, Yanelys Encinosa, Mariene Lufriú, Frank Castell, Lionel Valdivia, Leymen Pérez, Luis Yuseff, Sergio Zamora, Yansert Fraga, Yansy Sánchez y Oscar Cruz, entre otros. Pero por ahora me detendré solo en esos. ¿Por qué? Quiero recuperar a través de una experiencia personal el tópico de la mirada como generación que tanto va dando que hablar y la posición de estos nuevos autores ante su circunstancia, los grupos literarios y las relaciones de amistad, y hacerlo de la mano de tres poetas —tampoco ajenos a la prosa— comprendidos en el ciclo temporal que nos propone OM en “El libro de los contemporáneos…”, poetas a los cuales considero con una obra de calidad resistente en el tiempo y representativos de esa mirada nueva, cambiante, que poco a poco va fundando un espacio distinto en la literatura cubana. Me refiero, por orden cronológico, a Javier Marimón, Aymara Aymerich y Marcelo Morales. Los dos primeros viven ahora fuera de la isla y al tercero pocas veces se le encuentra en los espacios literarios de este archipiélago tropical que nos sofoca y exalta los ánimos, pero hasta donde lo he constatado los tres siguen siendo referencia necesaria en la zona poética mejor informada de estos nuevos autores y una piedra angular en la lectura del inicio del cambio. Apenas cumplían 20 años y en La Habana precaria de las bicicletas y los alumbrones no los conocía casi nadie cuando a finales de los años noventa los reuní para que hicieran juntos una lectura en cierta galería lateral del Palacio del Segundo Cabo que hace tiempo no existe como espacio literario. Pero tenían en la mano unos textos que ya apuntaban a ese modo distinto de mirar y hacer la poesía que con el paso del tiempo cristalizaría en libros como Formas de llamar desde Los Pinos, El Cabaret de La Existencia y El Mundo como Objeto. Siempre fueron amigos y se prestaban entre ellos los libros que tenían a mano y consideraban de interés para los otros, pero cada uno mantuvo siempre su propia forma de ser y escribir, jamás se sintieron parte de un grupo poético y, que yo recuerde, si se encontraban hablaban menos de su literatura que de otros asuntos. Cuando en el muy llevado y traído año 2000 la Editorial Letras Cubanas presentó un exitoso muestrario de jóvenes poetas de todo el país llamado Cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo4, que abría el guantanamero José Ramón Sánchez (1972) y cerraba el habanero Abel González Melo (1984), la mayoría por entonces inéditos, cada uno siguió manteniendo su propias maneras de sobrevivir, estremecerse y desbrozar los senderos por los que andarían, sin adscribirse colectivamente a grupo literario o estética alguna. Ni les afectaba entonces ni parece que les afecte ahora saberse un tanto descentrados y nunca les interesó demasiado construir una tendencia hegemónica. A mi modo de ver, fue, y es, su forma personal de respetar y apreciar la diferencia, primero entre ellos mismos, luego hacia los demás, pero si se quiere también puede leerse esa actitud como una especie de táctica disuasoria para proteger su individualidad en tanto escritores. Tampoco cambió ese posicionamiento con las posibilidades editoriales que se abrieron masivamente a partir del 2001, una amplitud de opciones de publicación que no disfrutó antes ninguna promoción de escritores cubanos en ningún momento de nuestra historia literaria. En el 2006, AA lo resumiría así: “(…) solo rastreamos la voz propia y por asirla seríamos capaces de ignorar cualquier conglomerado.”5. En ese mismo texto suyo, “Digo lo que digo” —tan sustancioso para entender ciertos puntos de vista de los nuevos autores y redactado en su peculiar estilo, identificable también en su narrativa y en su poesía—, AA lanzó una polémica afirmación que conecta con la postura de diferenciación y cambio que nos está revelando OM en su abierta mirada generacional hacia el comportamiento del Club de la Pelea: “Jamás nos deslumbró ingresar en los gimnasios literarios precedentes”, dice allí, categórica, tomando distancia, tal vez irreverente, pero no ignorando lo realizado o en proceso de realización por autores de las generaciones anteriores —llamo la atención acerca del hecho de que es la misma autora dispuesta y capaz de escribir un apéndice sobre Los muertos, de James Joyce, para la exigente Colección Ala de Colibrí que por aquellos años preparaba Jorge Ángel Pérez con la asesoría de Antón Arrufat y Ambrosio Fornet en la editorial Arte y Literatura. Corresponde entonces ser un poco más cautelosos y preguntarse si no erraríamos al leer estas exploraciones y afirmaciones de OM y AA —o de cualquier otro de estos nuevos autores— como desplantes de recién llegados que no saben qué es y qué no es literatura pues carecen de suficientes lecturas útiles o como malcriadeces de chiquillos que no son capaces de convivir civilizadamente con los demás. Probablemente sería esa una manera de prejuzgarlos y alejarnos de la necesaria claridad en la descripción e interpretación de los hechos y posicionamientos de nuestra vida literaria reciente que, al fin y al cabo, no hacen sino revelar ciertos puntos de vista -a mi modo de ver previamente meditados aunque pocas veces se argumenten fuera del terreno de la ficción- que sustentan sus propias políticas, desde unas prácticas de lectura y de escritura algo diferentes a las nuestras y que subyacen y se manifiestan en la literatura que escriben y proponen a los lectores de hoy estos nuevos autores. Se trata de unas actitudes y unas miradas otras hacia lo que se siente y se piensa que es y/o debería ser la literatura en el siglo XXI, tal vez también zonas más amplias de la cultura y en cierto sentido la sociedad toda, inmersas en un mundo global sobrevenido que se aligera, se interconecta, y cambia a una velocidad de vértigo; actitudes y miradas con las cuales podemos y quizá debamos discrepar con elocuencia y rigor, pero respetándolas en lo que valen y esforzándonos en comprender sus esencias y dinámicas, incluso aunque no lleguemos a compartirlas nunca. En mi lectura personal resultan miradas literarias suficientemente legítimas y pertinentes por lo ya logrado en obras concretas y por lo que anuncian como posibilidad, y pueden resultar disfrutables y aportadoras no solo para sus emisores y destinatarios inmediatos, sino también para todo el que se sitúe en su punto de enunciación: unas experiencias de vida, unos referentes culturales y unos imaginarios básicamente distintos a aquellos en los cuales crecimos y nos formamos los autores de las generaciones previas que hoy confluimos con ellos en la literatura y en la vida literaria cubana de la segunda década del siglo XXI, un tiempo, reitero, en transformación precipitada, incierta y caótica, donde la escritura, su recepción, y hasta la misma vida humana pueden muy bien ser otra cosa, o simplemente no ser ya más. Algo que resulta obvio, pero creo no deberíamos olvidar, es que estos nuevos autores parecen haber desterrado definitivamente la noción de la literatura cubana como la constituida por obras que se escriben y publican en la capital de todos los cubanos, propósito que quizá nuestra anterior generación intentó sin conseguirlo de un modo convincente. Y no sería ocioso que nos preguntemos también, en algún momento no demasiado lejano, por lo que existe al otro lado del mar. El modo en que escriben los nuevos autores cubanos radicados fuera de la patria, cómo influye en la literatura que se hace en Cuba el creciente y particular intercambio de los jóvenes escritores con sus colegas latinoamericanos, las maneras en que las nuevas literaturas se cuecen en algún lugar de Norteamérica o Europa, en ciertas zonas de Asia o de África, y qué deberíamos tomar más en cuenta de todo eso si puede vivificar el tronco de una literatura abierta al comercio con otras literaturas y que ya le llega, más para bien que para mal, a los nuevos autores través de las redes de Internet, una zona pendiente para muchos pero donde otros se mueven con la misma naturalidad que entre las pasarelas del Pabellón Cuba. Centro Cultural Dulce María LoynazFinalmente, para cerrar por ahora mi propio cuestionario de preguntas en proceso, me gustaría que examinemos con los ojos puestos sobre la página escrita cuanta ambición, cuanto pensamiento, cuanta emoción pueden trasmitir en sus obras estos nuevos autores -que comenzarán a cumplir cuarenta años demasiado pronto- que leamos las historias que nos cuentan, el vocabulario que mueven, los tonos que emplean, sus juegos de lenguaje, interrogándonos acerca del lugar hacia donde apuntan esas nuevas escrituras, y tratemos de averiguar qué le están diciendo a su Lector cómplice, ese con el cual deben dialogar eficazmente para constituirse en Literatura.

 

NOTAS 1. Morales, Osdany: Papyrus, Letras cubanas, La Habana, 2012. Colección Premio Alejo Carpentier. El fragmento que cito -igual que otros entrecomillados que se refieren a este texto- corresponde a la apertura del Libro V: El libro de los contemporáneos. El Club de la pelea, en las páginas 131-132, y a mi entender ilustra bien la posición frente al contexto de época de los nuevos autores a que alude esta propuesta de diálogo. 2. Fornet, Jorge: Los nuevos paradigmas. Prólogo narrativo al siglo XXI, Letras cubanas, La Habana, 2005. Colección Premio Alejo Carpentier. 3. Mellado, Marcelo: Informe Tapia. Políticas de la sobrevivencia cultural. Novela. Ediciones Calabaza del Diablo, Chile, 2004. Las cursivas son mías. 4. Aymerich, Aymara; Morales, Edel: Cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo. Muestrario de nuevos poetas cubanos, Letras Cubanas, La Habana, 2000. 5. Aymerich, Aymara: “Digo lo que digo”. En: Revista Archipiélago. No. 55. México DF, 2006.

Categoría: Literatura | Tags: | | | | |

Director: Fidel Díaz Castro

Diseño web: Héctor Otero

Relaciones públicas: Racso Morejón

Redacción digital: Editor: Racso Morejón y Darío Alejandro Escobar

webmaster: Racso Morejón

Desarrollador web: Escael Marrero

El Caimán Barbudo © Todos los derechos reservados