Actualizado el 22 de mayo de 2014

La Noria sutilmente heterográfica de Ahmel Echevarria

Por: . 20|5|2014

PRIMA NOCTE

Ilustración de Servando Cabrera Moreno Ahmel Echevarría, o mejor, el narrador, quien quiera que este sea, comienza esta novela preguntándose si nunca se sabrá cómo escribir esta historia. Y es que, traguemos en seco y reconozcámoslo, esta historia, la historia en la que se adentra esta novela, en la que nos adentrará a  cada uno de nosotros, la historia que cuenta esta máquina hidráulica o este artefacto de feria, no ha sido, pese a las múltiples reincidencias, en la totalidad de sus facetas, contada. Y es que acá, ante todos nosotros, esperando por el lector que le confiera corpus y ánima, que le conmine como el hombre de Nazareth a resurgir y ambular, acá, decía, se nos abalanza la primera novela que alude a ese periodo al que Ambrosio Fornet bautizó (si los malos periodos requirieran bautizo) como Quinquenio Gris; Desiderio Navarro como Decenio Negro, sin que la mayoría de los mortales (los Dioses quizá puedan saberlo), la mayoría de los mortales, decía, puedan dilucidar, aquilatar, establecer la exacta parcelación temporal y la justa cromática tonalidad de ese período. La primera novela que acerca de ese tempo (y esas ánimas, de nada vale el tempo sin las ánimas) se publica. Mucho se ha escrito sobre ese tempo. Ensayo, Crónica. Testimonio. Mails, Estudios. Discursos. Memorias. Verdades a medias. Puede que mentiras a tres cuartos. Esta, sin embargo, es la primera novela. Aclaro: la primera novela en acicalarse con la pátina de la imprenta. Habrá otras, me temo, dormitando el polvo de las gavetas o el misterio de gigabytes de ciertos discos duros. Pueden esas otras haberse escrito muchos años antes, por ánimas que, incluso, habrán sufrido (en alma y cuerpo propios) aquel tempo. Esta, sin embargo, es la primera que logra sacudir el polvo de las gavetas y dejar atrás el misterio de gigabytes. Recordemos a Balzac: novelar es hacer la historia privada de las naciones.

HUMO EN EL CAMPANARIO

Esta historia de la nación en tanto historia, no es, digamos, tan privada. Estas páginas, en siete capítulos y dos apéndices que me animo a llamar codas, narran la historia de un escritor, un sesentón, un viejo, un viejo de mierda, nos dice el narrador, un ánima dolorida del Quinquenio, o el Decenio, ese tempo indefinible, negro o gris, un viejo de mierda que lleva 14 años sin escribir, por siete años laboró en un Cementerio, un viejo de mierda, un escritor, un hombre, que retoma su Remington y regresa a esa Neverland, esa zozobra, esa patria que es la literatura. Un hombre que ama a otro hombre al que ha recibido en su casa cada lunes de los últimos catorce años. Un viejo de mierda que lee a Cortázar y a Bolaño, escucha música, teclea su Remington, de pie la teclea, deambula por la ciudad en procura de alimento, bebe un tinto como papel de lija, duerme, ama con las persianas cerradas, se emborracha, sufre de acidez, teme lo que acecha más allá de esas ventanas, fisgonea (hipocondríaco o paranoide) a través de esas ventanas. Un tipo que catorce años antes escribió varios libros, afrentas para la cultura nacional. Ese viejo de mierda será El Maestro. Su amante, un mulato fornido y cincuentón, será David. Este hombre al que se le empañan los ojos a lomo de ternuras (o culpas), que ama, admira, respeta al Maestro, órdenes y deber mediante, lo espía. Lo acecha. ¿Apostasía o apostolado? Permítaseme no responder esa pregunta. En el relato que teclea El Maestro ese hombre será Daniel. Quién sabe si para alguien más lo sea. Los agentes suelen tener otros nombres. Cinco pisos por encima de la Calle Campanario vive El Maestro. Se acercará una chica y llevará por nombre Margarita. Y la novela será La Noria. El lector ha sido avisado: el artefacto está cargado de indelebles y sutiles simbolismos. Desde campanarios se llama a puro tañido a la ecclesia, la asamblea; para la Cábala el 5 es creación y genio; ecos de El Maestro llegan desde el agitado Moscú de Bulgakov; Margarita, no lo olvidemos, es chica Bulgakov y chica Goethe; David, en hebreo, se traduce como el elegido de Dios; Daniel como Dios es mi juez. David es amante, Daniel espía. Noria es un mecanismo hidráulico para extraer agua o un artilugio de feria. Artefacto que extrae agua o fango de ese río de pasado que a puras toneladas pesa sobre nuestras espaldas o, de facto, arte que intenta catarsizar ese río. Invocarlo para domeñarlo, como los antiguos solían hacer sobre las paredes de las cavernas. En su origen árabe la palabra Noria llega desde Na’ura, “la que gime”. Si Fausto, para Bulgakov, se transmuta en Margarita, al ser ella quien llevada a empujones por el amor pacta con el Mal, Ahmel Echevarria desacraliza a Margarita, no le vincula ni un gramo con el amor, los empujones llegarán desde otros sitios, en esta novela la paradigmática y faustiana Margarita es una oscura sirviente más. Esta es una historia de amor, de miedo, de locura, de tiempos y almas de los que no hemos logrado descifrar las cuitas, de traición, de deber, de absurdos, de literatura, de arte, de muerte, de imposturas. Y en el interregno, supuestas cartas de Cortázar a un hipotético ensayista del patio. Recordemos que en la novela de Bulgakov la historia otra llegaba desde la vida de Pilatos. Ambas, las cartas del argentino y la delineada vida del apócrifo ensayista, gozan de un matiz de autenticidad a prueba de lupas y detectives. Esta es una novela, advierto, que pretende hacernos naufragar en la impostura.

TOCCATA Y FUGA

Toda novela es un ejercicio de impostura. Esta se regodea en ello. Realidad contaminada de imposturas. O viceversa. Una realimpostura. O una imposturrealidad. Odre dentro de odres. Y entre ambos madeja. Rizomas. Cuerdas que atan y desatan. Varias historias bullen en este mecanismo. Autor y narrador (esa tercera persona que serena llega desde Dios, esa primera, temerosa, que fluye desde un viejo, un viejo de mierda) se confunden, se mixturan, de manera tal que, advierto, solemnemente les advierto, tratarán de confundirlos y mixturarlos a todos ustedes. Una es la historia contada por el narrador. Otra la historia contada por El Maestro. ¿O son unas las dos? Otra llega desde las dúplices codas postreras. Toccata y fuga: de lo lúdico a lo onírico a… ¿quién sabe? Y otra vez de vuelta. El autor ha evocado un personaje y el personaje ha expulsado del texto al autor. A eso me atrevo a llamar, tocado por Foucault, heterografía. En 1967 el francés introdujo un término inevitable para toda urbe contemporánea: heterotopía. Red de relaciones que delinean lugares irreducibles absolutamente imposibles de superponer, espacios fuera de todos los espacios, aunque no obstante sea posible su localización. No es Ahmel Echevarría quien debiera estar acá hoy sentado. Es El Maestro. Debiera estar ahí, irreductible, imposible de superponer, mirándonos con ojos de sibarita asustado, de amante traicionado, de viejo, de viejo de mierda. De acuerdo con Pitol escribir es hacerse pasar por otro. El autor lo ha logrado tanto que hoy queremos aquí al otro. Recordemos la frase latina: videant per speculum. Vemos a través de espejos. Lewis Carrol hizo pasar a sus personajes a través de los suyos. Ahmel Echevarría nos ha colocado ante esos espejos y al cerrar la última de las páginas de este mecanismo hidráulico o este artefacto de feria nos preguntaremos, una y otra vez: ¿qué hemos visto sobre el azogue? Puede que muchos no veamos lo mismo. Esta lectura, me permito decirlo, no tolerará lectores hembras, para decirlo con el lenguaje de Cortázar. ¿Cuál de las imágenes sobre el espejo es la real? ¿Cuál de los espejos? Noria: speculum ludi. Juego de espejos. Un espejo tridimensional porque las imágenes se moverán ante el espejo, sobre el espejo y detrás del espejo. Y las tres, en rara hipóstasis, serán una. Literatura dentro de la literatura dentro de… Espacios fuera de todos los espacios. Candil de heterónimos porque El Maestro, ese viejo de mierda, será todos los escritores. Algunos, me atrevo a decirlo, se reconocerán en él. Y La Habana será muchas Habanas, incluso alguna que no existe. La del pasado como sustancia narrada, la del presente en que fluye la historia. La del sueño. La del extravío. La de la locura. La del absurdo. Una Habana heterotópica quiebra el tiempo tradicional para hacer surgir el tiempo fuera del tiempo, la heterocronía. La Taberna Sanxenxo, capítulo III de esta obra, será Noche de Walpurgis. Este capítulo es el hueco negro de este hueco negro. El punto en el que huye y confluye el tiempo para trenzar y anular espacios. Michael Foucault expuso la obsesión del siglo XIX y gran parte del XX por el tiempo. A fines de la década del 60 del siglo XX adujo que la próxima era se levantaba como reino del espacio. En la sexta década del siglo XX el mundo comenzaba a transcurrir más como locus que comunica y yuxtapone que como tempus que parcela y aisla. Pero el espacio bulle de tragedias. De historias. Eso hace el autor con La Habana, en tanto espacio alterado, yuxtapuesto, negando y afirmando a Foucault (que, al cabo, es francés, nosotros, en cambio, súbditos alucinados de esta ínsula). Esta es una novela hueco negro donde no impera la física aristotélica o newtoniana. Digámoslo claramente: en esta novela la historia no ha sido contada. Ahmel Echevarría, discípulo de Piglia, nos ha contado muchas historias para no contar la que, en ejercicio aristotélico, pudiéramos llamar, en puridad, la historia. Teoría de las cuerdas: literatura intrafemora. Intra pectore. Intra anima.

LA SENSUALIDAD: HERIDA Y ARMA

 Desde la cotidiana aparente calma que rodea al Maestro el peligro, agazapado, se anuncia lenguaje mediante: la Remington tiene un cañón; se abren los ojos y la luz es un hachazo sobre el cráneo; los ojos son barrenas de duro tungsteno. Desde los sentidos anega el peligro. Desde ellos, no obstante, cunde el placer. El dúplice goce de lectura y escritura; el vino de dura lija en la garganta; los olores, after shave Nivea o agua de violetas; los sabores, ora los cotidianos y vulgares de la culinaria habanera, ora los refinados y elusivos de la lejana Pontevedra; la música, el bolero, el filing, Johan Sebastian, Mozart. La misa en Re Menor. La de difuntos. En el acechado se desbanda la multiplicidad exultante de los sentidos. De todos los sentidos. En los que acechan los ojos. Solo los ojos. El Maestro es acechado en un panóptico de múltiples voyeurs: transeúntes, chóferes, maîtres, mozas de restaurante, parejas que se arrullan, jóvenes mulatos, todos ojos sobre El Maestro. Todos lo acechan. Y el Maestro desde su panóptico, las persianas de su ventana, los ojos sobre su hombro de caminante, un sibarita vigilado que parafrasea a Martí: “Dos patrias tengo yo, el lenguaje y el cuerpo”. Todos acechados o acechantes. De un lado el placer de transcurrir. Del otro el deber de vigilar. El deber entendido como placer. El placer asumido como deber. Y en medio… el espacio del que hablara Foucault. Ese que pese a todo, al menos para los cubanos, no llega a anular al tiempo.

PRESENTACION DE UN TRIO: ESTILO, INTERTEXTUALIDAD Y CARNAVALIZACION

El estilo remeda la frialdad del crematorio. Hielo y grados kelvin. Frío aparente encima, lava hirviente debajo. Aliento contenido. Riendas al potro. Cortas las riendas. Corto el fraseo. El autor, admirador de Piglia, lo es también de Calvino y sus propuestas. Exactitud. Levedad. Retirar peso del lenguaje. Un proyecto bien definido; imágenes diáfanas, ásperas, expresiones exactas.

El mundo de hoy es más intertextual que nunca. Y en esta obra los intertextos hacen cabriolas. Notas al pie, fichas biobibliográficas (supuestas y reales) y en el interregno, las cartas de Cortázar. Para desambiguar, como demanda Eco, urge conocer el frame, la época y sus condicionantes, el hombre y sus circunstancias, aprehender qué hacen acá estas cartas, qué contrapunto arman, qué dialogo rizomático establecen con el visible iceberg de la historia, aun con el invisible. Para decirlo en palabras de Octavio Paz estas cartas son la plaza; el habitáculo del Maestro será la alcoba. Unas lo público, la otra lo privado. Y cada una largando tentáculos a la otra. Una dilatada madeja intertextual deja libre amarras en este mecanismo girante. Unos evidentes, ahí, sobre el papel. Otros velados, ocultos entre los atavismos que desde lo browniano anudan y desanudan los arcángeles y demonios del autor.

La épica es hoy tierra de arqueólogos. La tierra que hoy moramos está regida por los jolgorios de Bajtin, la subversión, el pastiche, el extravío: el carnaval. La épica, la tragedia, la muerte, la traición, el amor, el mero sufrimiento humano se carnavaliza. El propio Maestro, el personaje que ha birlado al autor su cetro, carnavaliza la historia que dentro de esta historia escribe. Carnavalización dentro de la carnavalización dentro de… Odres dentro del odre.

LA MARAVILLA DE LA CAJA

Esta es la primera de las historias publicadas acerca de cierto tiempo sufrido en este espacio. Se ha contado de manera antes no contada. Experimental, suele decirse. He de confesar que no soy fan del término. Toda literatura verdadera lo ha sido, lo es y lo será siempre. Digamos novela. Así, a secas. Dura. Pero la realidad lo fue, lo es, y seguramente lo será siempre. Inusual. Pero sobre el suelo de esta ínsula pocos hechos, reales o impostados, no lo han sido, no lo son o no lo serán siempre. Polémica. Mas esquivar lo polémico no lo anula. Ignorarlo no lo calma. A la polémica se le mira a los ojos. Sin esa mirada no hay catarsis. No hay garantía de no reincidencia. A la polémica no se le conmina al artefacto de Pandora. Tales artefactos se abren un día. Y aunque habitantes de esta ínsula moremos todavía en el reino del tiempo alguna vez seremos inquilinos del espacio. Si la novela deviene historia privada de naciones esta lo es. Historia privada que el mero espíritu gregario santifica historia de todos. Las polémicas, y las novelas, hacen bogar preguntas, muchas de ellas todavía hoy sin respuestas. Puede que sin respuestas definitivas mañana. Mas sin la eterna búsqueda de respuestas, de esas, de las definitivas, o incluso de aquellas otras, las provisionales, ¿de qué valdría el juego de realidades e imposturas de esa dama inefable y ubicua que se hace llamar… Literatura?

 Palabras pronunciadas en la UNEAC el 16 de febrero de 2014 durante la presentación de la novela La Noria, de Ahmel Echevarria, Premio Italo Calvino, 2012.

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