Actualizado el 6 de noviembre de 2017

Celestino antes del alba

¡Felices 50!

Por: . 3|11|2017

La escritura de Arenas se apoya además en un maravilloso impulso idiomático, una poderosa frescura y un lenguaje onírico y desbordado. Su elaborado tratamiento del habla popular permite que este trascienda hacia una poesía permanente a través de enumeraciones, salmodias ininterrumpidas y fantasías«Pocos libros se han publicado en nuestro país, donde las viejas angustias del hombre de campo se nos acerquen tan conmovedoramente, haciendo casi de su simple exposición una denuncia mucho más terrible que cualquier protesta deliberada. Y junto con las angustias, el propio espacio en que se vive, la tierra, las plantas y sus nombres, el habla campesina, hasta las malas palabras, todo significado en el trajín de su agonía con la visión empeñada en transfigurarlo, y frente a la cual, para resistirle, debe todo apelar a su raíz, a su necesidad última».

Las anteriores son palabras del gran poeta Eliseo Diego, a propósito de la aparición en 1967 del libro Celestino antes del alba, debut en el mundo de las letras por parte de Reinaldo Arenas. En 2017 los amantes de la literatura cubana y de nuestra cultura en sentido general festejamos los cincuenta años de la publicación de esta novela, iniciadora de un ciclo que su autor denominó Pentagonía y única obra suya editada en Cuba.

Un jurado presidido por José Lezama Lima había galardonado la aludida narración en 1965, con una primera mención en un concurso convocado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Medio siglo después de que Celestino antes del alba saliese de imprenta y al pensar de conjunto en el legado de toda la producción literaria de Arenas, así como en lo ocurrido con él durante su azarosa existencia entre 1945 y 1990, me da por evocar un texto escrito por Manuel López Oliva titulado «Avatares de una cultura híbrida» y que a mi parecer establece una perspectiva válida para poder ubicar en su justa dimensión al imprescindible autor de títulos como El palacio de las blanquísimas mofetas y Otra vez el mar:

«Lo que denominamos Cultura Cubana, es decir, todo cuanto nos identifica, afirma y expresa como partícipes de la Nación, ha sido siempre una realidad mantenida y enriquecida dentro de numerosos conflictos y a veces duraderas confusiones. No existe para esta un desarrollo lineal y tranquilo, carente del enfrentamiento entre lo apolíneo y lo dionisiaco, desprovisto de ilusiones o falacias; porque en sus signos se han puesto de manifiesto, además de los caracteres geográficos y antropológicos, un sinfín de sueños y contradicciones, percepciones y puntos de vista propios del tejido social. La Cultura de Cuba es lo mejor y más desarrollado, en cada circunstancia, del complejo ser humano que somos».

Hoy, desde las páginas de El Caimán Barbudo, queremos recordar los cincuenta fecundos años de Celestino antes del alba y conocer qué opinión merece para algunos escritores cubanos contemporáneos, transcurrido el tiempo, esta novela, así como la obra de Reinaldo Arenas en sentido general. De inicio, reproducimos fragmentos de un reciente artículo del destacado crítico literario y profesor universitario Carlos Espinosa Domínguez, redactado a propósito de la celebración por el cumpleaños cincuenta de Celestino antes del alba. Estas son las opiniones del mencionado académico e investigador:

Como en el resto de su producción, en Celestino antes del alba su autor se desmarca de la tradición realista e historicista que entonces fue impuesta como norma estética, para apostar decisivamente por el despliegue imaginativo. En una conferencia que dio en la Biblioteca Nacional José Martí, se lamentaba de que a muchos autores cubanos solo les interesaba mostrarnos la realidad más elemental y simple, puesto que como transcurre frente a nuestra retina resulta mucho más fácil de manejar. Y defendió su postura de expresar las diferentes realidades que se esconden bajo una realidad aparente. Unas realidades que son infinitas y que varían de acuerdo con las interpretaciones que queramos darles. En su novela, el realismo, como apuntó Julio E. Miranda, deja paso a la realidad de lo irreal, como puerta inevitable para alcanzar la realidad total, múltiple y cambiante.

El protagonista de la novela es un niño campesino que, para sobrevivir a la ignorancia del medio, se inventa un primo imaginario, Celestino. Este viene a ser su alter ego, el otro, el cómplice, el poeta que escribe en las hojas de los árboles y una de las personas que forman su personalidad. Su ingenua fantasía infantil se opone a una realidad vulgar y lo rescata del entorno inmediato, llevándolo a otro ámbito, la gran realidad, la verdadera realidad. Se va formando así un mundo de filiación mágica, hecho a la medida de sus anhelos y necesidades, y en el cual las cosas suceden y no suceden, las personas mueren y no mueren, el mundo es objetivo y no lo es. Alguien sugirió el rótulo de surrealismo tropical para definir esta sucesión de anécdotas fantásticas que mantienen una atmósfera poética, y donde las fronteras entre realidad y ficción no se distinguen.

En Celestino antes del alba no hay la intención de desarrollar un argumento al modo convencional. Las preocupaciones de un escritor moderno, sostenía Arenas, deben ser otras. Y según él, el lector actual también debe exigir de una novela algo más que una trama interesante. Los elementos de la narrativa tradicional aparecen así trastocados y vueltos al revés en su novela. El relato es recurrente y en espiral, y avanza y se ramifica. En vez de progresar, se mueve simultáneamente en varias direcciones; en vez de una visión ordenadora, hay un grupo de voces; en vez de un discurso centralizado, hay uno proliferante y contradictorio. El texto adopta disposiciones que recuerdan la de la poesía concreta e incorpora formas teatrales, epígrafes, interrupciones, páginas en blanco y tres finales diferentes.

La escritura de Arenas se apoya además en un maravilloso impulso idiomático, una poderosa frescura y un lenguaje onírico y desbordado. Su elaborado tratamiento del habla popular permite que este trascienda hacia una poesía permanente a través de enumeraciones, salmodias ininterrumpidas y fantasías: «Esa es otra cosa que me gusta de este barrio: la neblina. Tan blanca… Estirar las manos y no vérselas casi… Y si me las veo, me las veo tan blancas que no parece que fuesen mis manos… El mismo abuelo, que está tan negro de tanto sol que aguanta, cuando es de mañana yo lo veo caminar por el potrero y parece un poco gigante, de lo blanco que se ve detrás de la neblina. Por eso yo todas las mañanas me levanto bien temprano y me vengo para acá y me subo hasta lo más alto del potrero, donde están las matas de mango, y me quedo horas y horas embelesado, mirando qué linda se ve la casa llena de neblinas, pues es casi como una casa de esas de cuentos. De esas que solamente salen en los libros como el que traía Celestino el día en que apareció por primera vez en la casa asustado, y del brazo de su madre muerta…”.

Con Celestino antes del alba, Arenas inauguró una galería de personajes (están, entre otros, el Fortunato de El palacio de las blanquísimas mofetas y el Héctor de Otra vez el mar) que encarnan al artista marginado y rechazado por la comunidad. En un medio rural como ese, la actividad literaria es considerada una labor estéril e improductiva: «”Eso es mariconería”, dijo mi madre cuando se enteró de la escribidera de Celestino. Y esa fue la primera vez que se tiró al pozo». Por eso Celestino es perseguido por la furia destructora del abuelo, que derriba los árboles en que él va dejando su huella. Celestino representa además el ardor universal de la creación, el creador en estado puro, que se enfrenta a una realidad de la que forma parte.

Primera obra de alguien nacido para escribir, al decir de Lezama Lima, Celestino antes del alba es una lectura sugestiva y al mismo tiempo inquietante. Cincuenta años después de su salida, se mantiene como uno de los grandes momentos de la narrativa cubana, y con el tiempo su valor emblemático no deja de aumentar.

Una obra transgresora y vital

En la indagación realizada por El Caimán Barbudo en relación con los cincuenta años de Celestino antes del alba, otro importante escritor de nuestros días que atentamente accedió a ofrecer su criterio es el narrador, periodista, editor y jurado en prestigiosos certámenes literarios, Hugo Luis Sánchez. Ganador del concurso de cuento «Juan Rulfo», convocado por Radio Francia en 1998, con su relato «Dulce hogar» y Gran Premio del I Concurso Internacional de Minicuentos El Dinosaurio 2006 por el relato «Nota de prensa», Hugo Luis Sánchez opina:

«Celestino antes del alba, ya desde su título, sacudió a mi generación, nací en 1948, como mismo ocurrió después con el resto de su obra, que para entonces ya había que leerla en libros forrados con portadas de la revista Bohemia a fin de no delatarnos ante los sarampionados y, por otra parte, no hacer interminable la lista de los que nos lo pedirían prestado, forro de portada incluido. Celestino no ha envejecido, sigue siendo ese nuevo aliento sobre la campiña cubana escrito de la manera en que hubiéramos querido escribir nosotros».

A la pregunta de ¿cómo valora, en sentido general, la obra de Reinaldo Arenas?, esta es la respuesta de quien resultó Premio de la Crítica en Cuba en 2008 por su novela El puente de coral:

«Irreverente, transgresora, vital, imprescindible».

Reinaldo Arenas, sus libros, su amistad

Un tercer escritor al que apelamos en el sondeo llevado a cabo por El Caimán Barbudo en relación con el autor de esa otra novela trascendente de las letras cubanas que resulta El mundo alucinante, es el Premio Nacional de Literatura y  Miembro de la Academia Cubana de la Lengua, Reynaldo González. Su respuesta a nuestras preguntas va mucho más allá de lo que aspirábamos y deviene todo un texto evocación de su amigo Reinaldo Arenas. Es esta la primera vez que el ilustre hijo de Ciego de Ávila y recordado en la familia caimanera por su histórica entrevista en nuestras páginas de los ochenta a Carlos Rafael Rodríguez (texto al que por la importancia y vigencia de sus ideas siempre se debería volver), admite pronunciarse de forma pública acerca de quien diese vida a Celestino antes del alba, distinción que eternamente le agradeceremos. He aquí lo que Reynaldo González nos dice:

Para quienes estábamos expectantes del quehacer literario y nos desatendíamos de la narrativa habitual, adormecida en las formas y los temas, la salida de la novela Celestino antes del alba fue un impacto silencioso pero definitivo. Por supuesto que pasó inadvertida para la intransigencia del contexto y de la predominante crítica ganapán. Continuarían alabando relatos inocuos, entre rurales y municipales aunque ocurrieran en la ciudad, inmersos en la costra del realismo y sus variantes, nimias conquistas congratuladas por el encomio oficial.  El asunto y las referencias de Celestino antes del alba llegaban como un andantino primaveral, una sentimentalidad diferente irrumpía desde el soliloquio de sus páginas. Esa atmósfera se esforzaría en reaparecer algunos años después, en la primera parte de Antes que anochezca, pero ya marcada por la fatiga y la sobredimensión del fracaso, hasta convertir la obsesión sexual en gigantismo recurrente. La excesiva sorpresa ya no despertaba la sorpresa, todo argumento perecía en un desfile de malabarismos. Un sentimiento trágico, sin otra apelación que la muerte, dicho en una prosa descuidada por la prisa tanto en sus descripciones como en sus denuestos, que abundaban. Aquel joven desenfadado, personaje y persona, quien desde la inocencia descubrió un mundo donde lo tenido por pecaminoso ganaba destellos de júbilo, cerraba su parábola en la más triste de las soledades. Ningún otro asumió con tanto énfasis la tragedia. Ninguno se le acercó en talento y desmande frente al riesgo. Ninguno apuró con tanto afán su destino. En el interregno dejó páginas imborrables, testimonios de su talento, inigualado en el entorno cubano y latinoamericano, también dominado por la ansiedad y el agotamiento, siempre como en acción desesperada. La pasión superlativa aturdía su mensaje.

De Reinaldo Arenas, «mi tocayo con el tropiezo de una “y” griega», guardo recuerdos de afectuosa intensidad, fragmentos de vida tocados por la más detonante picaresca y el desesperado trasfondo que delineó su existencia, raudo como de meteoro hacia su acabamiento. Colegas en la editorial Unión, donde vivimos tiempos de ensañamiento despectivo que nada borra, extendíamos la cercanía en paseos y aventuras habaneras, estancias en las vacaciones y en múltiples actos profesionales, y, además, vecinos en cuadras caminables junto a la línea del mar. Me visitaba con insistencia y compartíamos la escasez que signaba nuestras vidas. En ocasiones mi amigo y yo llegábamos tarde a nuestra casa en La Puntilla y lo sorprendíamos en el mínimo balcón, de acceso fácil escalando un cocotero: esperaba enredado con nuestro perro en una duermevela de ronroneos y suspiros. Luego de una cena improvisada y charlas de confesiones, dormía en un sofá y por la mañana íbamos a la playa –no a la costa inmediata, sino a un balneario–, con el sigilo de recoger toallas en la casa de la tía roñosa que tan mal lleva en sus relatos. Baños y chachareos ocurrían en un círculo social playero donde dominaba un ambiente entre delictivo y juguetón, amigos multicolores, de indescifrables edades y un mismo interés en las guardarropías y baños. Seguíamos sus breves recorridos, triunfante en su terreno, a intervalos regresaba para narrarnos proezas. Aquellos sucesos non sanctos trasladaría a páginas de sus libros posteriores, verdaderos recuentos. Los disfrutábamos con antelación perniciosa, junto a juegos de palabras que condenaban a colegas y personajes notables del cotarro. Trabajaba entonces su peculiar biografía del fraile mexicano Servando Teresa de Mier, que resultó una novela inigualable, nacida con el terrible estigma de las llamadas buenas conciencias. Para mi placer, en sus relatos implicaba la atención que Lezama daba a su nuevo libro, puntuando las lecturas con datos de sus intrincados conocimientos de católico un tanto herético, a quien ya le imaginaba el achinamiento de los ojos en carcajadas desmedidas. Yo envidiaba aquellas transgresiones porque conmigo Lezama tenía una relación menos atrevida, aunque tierna y preocupada, como se observa en sus cartas y dedicatorias de libros. Lezama cuidaba el diálogo con su editor de La cantidad hechizada.

La trayectoria de El mundo alucinante, como todo lo referente a  Reinaldo Arenas, padece versiones poco ajustadas a la realidad. La censura despertó un linotipista escandalizado con las situaciones descritas en la novela, enjuiciamiento que permitió la inercia de la Editorial Unión, que la tenía en segundas pruebas de planas. La dirigía entonces un poeta que admiré en su obra tanto como desprecié en su cobardía. Luego se ha dicho que desde el primer momento fue concebida para publicarla en el extranjero; no fue así. Ya estaba avanzada la edición cubana cuando armaron el embrollo y Reinaldo se decidió a buscarle nuevos caminos. Existe una foto de Chino López tomada en la acera de Trocadero 162, la tarde en que firmó el contrato de El mundo alucinante para Ediciones Diógenes, de México. A la firma siguió la constancia fotográfica: Reinaldo y yo junto a Lezama, y el editor Enmanuel Carballo. En los inicios lamentó tener que publicarla en el extranjero antes que en Cuba, pero la habían convertido en piedra de escándalo, para justificar la intolerancia y el desprecio que acompañó su trayectoria insular, y resultaba obvio que no tenía futuro en las prensas cubanas; luego se le calmó el temor, al desarrollar motivos y convicciones narradas por muchos y por él mismo, ya una confirmación contraria al gobierno cubano.

A la pregunta de ¿cómo valora, en sentido general, la obra de Reinaldo Arenas?, esta es la respuesta de Hugo Luis Sánchez, quien resultó Premio de la Crítica en Cuba en 2008 por su novela El puente de coral: «Irreverente, transgresora, vital, imprescindible».Tuve ocasión de hablar con Reinaldo cuando asistí a una feria de libros en New York University, en los primeros años ochenta, donde escogió mi libro Contradanzas y latigazos en su primera edición. Lo invité a acercarse, pero se negó con señas de «nos vemos luego». Él fue junto a un amigo, René Cifuentes, a provocar a quienes llegábamos de la Isla, pero fundamentalmente a Edmundo Desnoes, residente, quien andaba en trajines defensivos de su selección Los dispositivos en la flor, mal recibida por el exilio intelectual porque bajo una misma denominación sumaba textos literarios y políticos (al menos era el pretexto). Reinaldo y su amigo iban preparados para una acción entre la iracundia militante y un juego como de muchachos; más no podían hacer en el campus universitario. Nos vimos después, en una cafetería, como clandestinos, situación de inevitable humorismo: yo en un rincón de Nueva York, con un peligroso contrarrevolucionario cubano que huyó de las tremebundas cárceles castristas, parecía una secuencia de Woody Allen. ¿Y tú por qué bajas la voz? Allá, como aquí, la conversación se entrelazaba con pecados de la carne y atropellos del espíritu, pero con el añadido de su maltrecha salud: estaba enfermo y moralmente adolorido por la pésima recepción que le dio el exilio cubano en Miami, algo que subrayó en sus memorias. Había chocado con la intolerancia de la sacrosanta buena conducta de los hijos de vecinos y la pacatería parroquial, acentuada por intereses que poco y mal valoran la cultura y a sus protagonistas. Allá, como aquí, resultaba una rara avis, una compañía desaconsejable para el orden de la llamada normalidad. Lo más emotivo fue la desconsolada advertencia de la despedida: «Rey, tú no aguantarías esto.»

En el amanecer y el crepúsculo de los títulos de las dos novelas de Reinaldo a que me refiero en estas líneas, Celestino antes del alba y Antes que anochezca, se cuentan libros que llamaron más la atención por su temática opositora a la Revolución que por sus conquistas literarias, por su desoladora historia y la pérdida de su enorme talento. En mi recuerdo ocupa un espacio triste, la pérdida de un amigo con quien compartí vivencias de iniciación. Esta es la primera ocasión en que accedo a escribir sobre aquel querido «tocayo con el tropiezo de una “y” griega». Cada palabra ha requerido un esfuerzo tremendo. No se puede escribir desde el dolor.

Categoría: Literatura | Tags: | | | | |

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