Actualizado el 2 de mayo de 2011

Afonso Castelao

Por: . 4|4|2010

Castelao fue siempre un “raro”. De esos hombres que defienden lo indefendible por otros, cuando de identidad y raíces se trata, contra la injusticia y la imposición. Cuando se hable de literatura gallega; o mejor, de lucha por lo autóctono, con lirismo y crudeza a la vez; de humor fino y depurado, de saber amplio y caracterización maestra de los tipos tradicionales de la cultura que lo ganó para su causa; de andar por cada rincón con un cuaderno y un creyón, legando disparates con trazos fuertes y tenebrosos, de una vida dura y desagarrada por la marginación y la desidia, se tendrá que hablar de Castelao.

Afonso Daniel Rodríguez Castelao nació en la ciudad gallega de Rianxo, en 1886, en una familia de marineros. Con nueve años acompañó a sus padres a la Argentina, adonde habían partido; algo que marcó su obra para siempre, pues uno de los rasgos principales de la literatura gallega de todos los tiempos fue describir la tragedia gallega inmemorial: la emigración.

En 1900 regresaron a Galicia y el joven Castelao cursó el Bachillerato en Santiago de Compostela, donde después cursó la carrera de Medicina. Instalado en Rianxo, comenzó a publicar sus primeros textos en periódicos locales, con tanto éxito que dejó la práctica médica para dedicarse solamente a la creación artística.

A partir de 1916 se instaló en Pontevedra, ingresó en las Hermandades de Habla y desde ese momento su compromiso con el nacionalismo gallego fue perenne. Al término de la dictadura de Primo de Rivera en 1929 y proclamada la República en 1931, fue elegido diputado  por el Partido Galleguista de Pontevedra. Después de una larga lucha, en junio de 1936 se aprobó en plebiscito el Estatuto de Autonomía de Galicia.

Cuando Castelao estaba en Madrid, presto a entregar el texto del estatuto al gobierno, estalló la Guerra Civil y nunca más pudo volver a Galicia. Marchó al exilio en Argentina, desde donde denunció los desmanes de la dictadura franquista contra la cultura y el pueblo gallegos, a pesar de la raigambre gallega del Caudillo Franco, quien había nacido en Ferrol. En la ciudad de Buenos Aires murió en 1950.

Dos características esenciales de la obra de Castelao son el humanismo y el nacionalismo gallego. El carácter humano de su obra se refleja, sobre todo, en el amor por los personajes, especialmente si pertenecen a clases sociales populares. Nunca idealizó a sus personajes porque, como le confesó a alguien, “no tenía vocación de estupefaciente”. Por el contrario, se fundía con ellos y ofrecía una visión realista, descarnada, de la vida popular, con sus defectos y virtudes; pero estos no eran vistos como algo individual, sino como algo provocado por el contexto, por el entorno. Aparte de su militancia política nacionalista, que no fue activa hasta la década del 30 por el desprestigio de los políticos, el galleguismo está presente en su espíritu de servicio y entrega a su cultura, en el enfoque de sus obras y en los análisis que realiza en sus ensayos.

Su obra completa, que ojalá alguna vez fuera editada en Cuba, se extiende por la narrativa (Un ollo de vidrio, 1922; Cousas, 1926; Retrincos y Os dous de sempre, 1934); el teatro (Os vellos non deben de namorarse, 1941); el ensayo (As cruces de pedra na Bretaña, 1930; Sempre en Galiza, 1944; As cruces de pedra na Galiza, 1950; Diario 1921,1977), además de su obra gráfica. En Sempre en Galiza, escribió lo que parecería un manifiesto de vergüenza y fidelidad hacia su lengua nativa:

A esta habla popular, viva y gloriosa, los imperialistas le llaman dialecto. Mas yo les preguntaría: ¿dialecto de qué idioma? ¿del que ustedes llaman español? De ninguna manera, porque el idioma que impusieron por la fuerza es un hermano menor del gallego. ¿Acaso quieren decir que es un dialecto del latín? Pues, entonces, llámenle dialecto al francés, al italiano, al rumano, porque también son hijos del latín y hermanos del gallego.

Y les diría más: prohibieron el gallego en las escuelas para producir en el espíritu de nuestros muchachos un complejo de inferioridad, haciéndoles creer que hablar gallego era hablar mal y que hablar castellano era hablar bien. Expulsaron el gallego de las iglesias, haciendo que los representantes de Cristo explicaran el Evangelio en el idioma oficial, que el pueblo no hablaba ni comprendía bien. Hicieron comparecer al gallego ante los tribunales de justicia y llegaron a castellanizar bárbaramente las toponimias gallegas. ¿Y de qué les valió? Porque después de más de cuatro siglos de política asimilista, ejercida con toda riqueza de astucias y violencias, nuestro idioma esta vivo. Son, pues, unos imperialistas fracasados.

Algunos gallegos de buena fe consideran que el cultivo de nuestro idioma es una impedimenta de trabajo en la emigración. Mas yo quiero invitarlos a meditar: ¿Piensan que nuestra tierra puede seguir siendo un criadero de carne humana, para enviar a las Américas en paquetes teutones? Porque nuestro deber está en asegurar el derecho al trabajo remunerado, para que ningún hermano nuestro emigre por necesidad. ¿Piensan que los gallegos pueden seguir andando por el mundo a ofrecer indignamente la mercancía de sus lomos y de sus brazos? Porque nuestro deber está en armar al pueblo de una instrucción primaria, profesional y técnica, que le permita ser dignos en todas partes y en todas partes encontrar las ventajas que se le ofrecen a un inglés, a un alemán… ¿O es que en la emigración resulta superior un castellano a un gallego por hablar una lengua más extensa? La superioridad no está en el idioma que se habla; está en lo que se sabe, en lo que se dice y en lo que se hace.

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