Actualizado el 23 de junio de 2011

Baltasar Gracián

Por: . 2|4|2010

Aunque como padre ordenado de la Compañía de Jesús, Baltasar Gracián (1601-1658) gozó de aceptación popular y se dice que cuando predicó en Madrid mucho público quedaba fuera sin encontrar espacio, es como hombre de letras que pasaría a la posteridad. Calificado como el último de los grandes moralistas del Siglo de Oro español y el primero de los grandes pesimistas modernos, ejerció influencia sobre todo fuera de la península ibérica, a través de la Rochefoucauld, la Bruyere, Fénélon, Corneille y Voltaire. También despertó admiración entre los alemanes Goethe, Schopenhauer y Nietzsche.

Toda la vida de Baltasar Gracián estuvo marcada por la dualidad religioso-literaria. La mayoría de sus obras aparecieron bajo seudónimos varios, debido a discrepancias con la jerarquía de la Orden a la que pertenecía. Por estas desavenencias sufrió continuas amonestaciones y hasta castigos. Se le hizo ayunar a pan y agua, siendo rector del colegio de Zaragoza; y más tarde fue desterrado a Graus. En 1646 como castigo por sus ideas y escritos, lo enviaron a combatir contra los franceses en la guerra de Cataluña y mostró gran valor en los sitios de Lérida y Tarragona. Los soldados llegaron a llamarlo “Padre de la Victoria”. En 1658, el General de la Compañía de Jesús ordena su encierro y le prohíbe escribir. Muere ese propio año en Tarazona, el 6 de diciembre.

Baltasar Gracián, como modelo de prosa castellana, constituye uno de los clásicos más universales. Sus libros: El Héroe (1637), El político (1640), Oráculo manual y arte de prudencia (1647), Agudeza (1647), Agudeza y arte del ingenio (1648), El Criticón, publicado en tres partes durante 1651, 1653 y 1655, respectivamente; y El Comulgatorio (1655), único libro de tema religioso y que firmara con su nombre.

Los críticos se quejan de que Baltasar Gracián tenga menos lectores de los que debía, siendo un estilista inteligente y de gran potencia expresiva. Schopenhauer tradujo el Oráculo manual al alemán, recomendado por Goethe, y afirmó: “Mi escritor preferido es el filósofo Gracián. He leído todas sus obras. Su Criticón es para mí uno de los mejores libros del mundo”. Del propio Oráculo, Federico Nietzsche opinaba: “Europa no ha producido nada más fino ni complicado en materia de sutileza moral”.

ORÁCULO MANUAL Y ARTE DE PRUDENCIA (FRAGMENTOS)

El saber y el valor alternan grandeza; porque lo son, hacen inmortales: tanto es uno cuanto sabe, y el sabio todo lo puede. Hombre sin noticias, mundo a oscuras. Consejo y fuerzas, ojos y manos; sin valor es estéril la sabiduría.

Tener que desear. Para no ser felizmente desdichado, respira el cuerpo y anhela el espíritu. Si todo fuere posesión, todo será desengaño y descontento; aun en el entendimiento siempre ha de quedar qué saber en que se cebe la curiosidad. La esperanza alienta; los hartazgos de felicidad son mortales. En el premiar es destreza nunca satisfacer: si nada hay que desear, todo es de temer: dicha desdichada. Donde acaba el deseo comienza el temor.

No comenzar a vivir por donde se ha de acabar. Algunos toman el descanso al principio y dejan la fatiga para el fin: primero ha de ser lo esencial, y después, si quedare lugar, lo accesorio. Quieren otros triunfar antes de pelear. Algunos comienzan a saber por lo que menos importa, y los estudios de crédito y utilidad dejan para cuando se les acaba el vivir. No ha comenzado a hacer fortuna el otro, cuando ya se desvanece. Es esencial el método para saber y poder vivir.

Palabras de seda con suavidad de condición. Atraviesan el cuerpo las jaras, pero las malas palabras el alma. Una buena pasta hace que huela bien la boca. Gran sutileza del vivir saber vender el aire. Lo más se paga con palabras, y bastan ellas a desempeñar una imposibilidad; negóciase en el aire con el aire, y alienta mucho el aliento soberano. Siempre se ha de llevar la boca llena de azúcar para confitar las palabras, que saben bien a los mismos enemigos: es el único medio para ser amable el ser apacible.

No hazañero, sino hazañoso. Hacen muy de los hacendados los que menos tienen para qué. Todo lo hacen misterio, con mayor frialdad. Camaleones del aplauso, dando a todos hartazgos de risa. Siempre fue enfadosa la vanidad: aquí reída. Andan mendigando hazañas las hormiguillas del honor. Afecte menos sus mayores eminencias. Conténtese con hacer, y deje para otros el decir. Dé las hazañas, no las venda. Ni se han de alquilar plumas de oro para que escriban lodo, con asco de la cordura. Aspire antes a ser heroico que a sólo parecerlo.

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