Actualizado el 15 de noviembre de 2010

Carlos Bousoño

Por: . 11|11|2010

Alguien que considere que “el poeta lo que hace es, pues, devolver a los vocablos su saturación semántica primigenia, o lo que nos parece tal, con lo que se produce en nuestro ser ese sentimiento, tan verdaderamente raro, que llamamos felicidad: la felicidad artística”, trasciende la normalidad de una impronta mediocre. Así nomás, es culpa de Carlos Bousoño, el poeta, el crítico, el miembro de la Academia Española de la Lengua, por su sospechosa facilidad para repercutir, por su sospechosa suerte de hacerse inobjetablemente solicitable.

Nació en Boal, Asturias, en 1923, aunque fue en Oviedo donde estudió los dos primeros años de la carrera de Filosofía y Letras. Se licenció en la Universidad Central (hoy Complutense de Madrid) con Premio Extraordinario en 1946. Se doctoró en Filosofía y Letras en 1949 en esa misma universidad, con una tesis sobre la poesía de Vicente Aleixandre, la primera sobre un autor vivo, y todavía considerada como el mejor ensayo sobre la obra de ese autor. Su obra poética comenzó con el poemario Subida al Amor (1945), que buceaba reflexiva y existencialistamente en el desarraigo dramático que representó para muchos la Guerra Civil Española (1936-1939). El conflicto se centraba entre una visión existencialista de la vida y una profunda fe religiosa.

Por el mismo camino, pero acudiendo a cierto misticismo siguió Primavera de la muerte (1946). Le siguieron Oda en la ceniza (1967, premio de la Crítica), Las monedas contra la losa (1973, premio de la Crítica), Metáfora del desafuero (1988, premio Nacional de Poesía) y El ojo de la aguja (1993). Su obra crítica le valió a René Wellek la opinión de que Bousoño era el teórico que más le interesaba de Europa, porque su interés por la deslexicalización y el surgimiento del lenguaje poético le valieron parir el clásico Teoría de la expresión poética (1952). Le siguieron, afortunadamente, El irracionalismo poético. El símbolo (1979) y Superrealismo poético y simbolización.

A lo mejor recibió en 1995 el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, entre otras cosas, porque, como él mismo asume: “Escribir ‘bien’ es, por tanto, escribir ‘mal’, desdeñar el orden recibido, la ‘orden’ a que se nos conmina, y rondar los barrios bajos del idioma, allende las murallas de la ciudad, e incurrir en la delincuencia expresiva. Poetizar es delinquir”.

FELIPE II Y LOS GUSANOS

Somos gusanos, es verdad. Pero toda la noche devoramos
carne de rey, y del manjar insigne
es hecho nuestro ser
interior. Alcázares reales
somos. Un Escorial
mejor, sin tonta austeridad
como aquella de antes, pues andamos.
nos movemos, cosa que los otros palacios no podían. (No es que
queramos presumir,
pero esto
sin duda es otra cosa.) Somos
ligeros, sueltos, y diríamos que, en lo relativo,
lo somos casi cual si se tratase
de
curiosos bailarines en lo exótico.
Nada de lo anterior sabe la gente, pero lo notamos
pues, por dentro,
algo nos dice, algo
se nos muestra exigente,
urgente, altivo, regio
y entramos todos, sin saberlo, uno detrás de otro y suavemente,
en la celebridad.

(Poema perteneciente a su libro Metáfora del desafuero, Visor, Madrid, 1981).

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