Actualizado el 17 de enero de 2011

Lenrie Peters

Por: . 24|12|2010

Cuando el arte se vincula con la representación y el cuestionamiento racional del entorno, tomando su esencia de la perspectiva participativa en la que el creador traduce su sentido de pertenencia, el resultado, la mayoría de las veces, ofrece una panorámica ideológica y estética de una época, sin que la militancia, por darle un nombre, se divorcie de los valores formales, inherentes a toda obra artística, sea cual sea su orientación.

Ese es el caso, por ejemplo, de Lenrie Peters: una simbiosis entre empuje político de repercusiones continentales, y un estilo que bebe en la traición y parece sacado del espíritu africano. Nacido en Bathurst, actual Banjul, de la otrora colonia británica que es hoy Gambia, el 1 de septiembre de 1932, comenzó sus pasos en el mundo de las letras como corrector de estilo de un diario que editaba su padre, al tiempo que se acercaba al universo grecolatino. Poco a poco ascendió en el panorama cultural de su país y su continente, aunque se distanció de sus contemporáneos al negarse a participar activamente en los procesos políticos. Junto a Chinua Achebe, Wole Soyinka y otros intelectuales integra la primera generación de escritores de África Occidental reconocidos y publicados en el exterior. Defensor a ultranza del panafricanismo, equilibra en sus obras el desapego y apatía ante la politiquería imperante con la visión holística del mundo en franca igualdad con la sabiduría ancestral orientada hacia un verdadero progreso sin destruir las traiciones.

Su poesía, así como su prosa, denota una posición crítica salpicada de sátira en la que la defensa de la dignidad africana ocupa un lugar preponderante.

HEMOS LLEGADO AL HOGAR

Hemos llegado al hogar
Desde la guerra sin sangre
Con el corazón abatido,
Nuestras botas llenas de orgullo
De la verdadera matanza del alma,
Y nos hemos preguntado
“¿Cuánto cuesta
ser querido y después abandonado?”

Hemos llegado al hogar
Y traído la promesa
Escrita en colores de arco iris
A través del cielo —para enterrar,
Pero no es el momento
De colocar coronas
Por los crímenes de ayer.
La noche amenaza,
El tiempo se disuelve,

Y nada conocemos
Del mañana.
Los tambores borboteantes
A la estrella hacen eco.
El bosque aúlla
Y entre los árboles
El oscuro sol aparece.
Hemos llegado al hogar
Cuando vacila la aurora
Cantando canciones de otras tierras,
La Marcha Fúnebre
Que nos viola los oídos,
Sabiendo que toda nuestra tradición y nuestras lágrimas
Se juegan al cara o cruz de una moneda.

Hemos llegado al hogar
Al pie de las verdes colinas
A beber el grito cálido
Y suave del canto de los pájaros.
A las playas ardientes
Donde los botes salen al mar
A desgranar la cosecha del océano
Y las tenaces gaviotas se hunden
Y deslizan volcando besos sobre las olas.
Hemos llegado al hogar
Donde a través del relámpago
Y la lluvia atronadora,
La peste, la sequía,
El espíritu empapado
Se demora en el camino arenoso
Sosteniendo los torturados restos
De la carne,
Ese espíritu que no pide
Al mundo favor alguno

Sino la dignidad.

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