Actualizado el 8 de julio de 2011

José Balza

Por: . 23|2|2011

Decía el genial Jorge Luis Borges que hay historias que merecen todas las palabras, y también todas las palabras merece la historia literaria-vivencial del escritor venezolano José Balza, otro de esos raros que prefieren ser arropado por la fábula cotidiana, sin alejarla, cual fuente mágica, de sus más auténticas divagaciones. Hijo pródigo del Delta del Orinoco, a partir de aquel 17 de diciembre de 1939, se dice que no conoció la luz eléctrica por 11 años y que aprendió a convivir con una particular diglosia entre el español, el inglés y el warao indígena. Sin embargo, nació con el flashazo de la escritura; la cual, como él mismo confesó, fue la forma de no convertirse en árbol o en río.

Al igual que ese otro grande que fue Horacio Quiroga, Balza no ha dejado la orinoquia irredenta, con su mezcla de trinos, rugidos y enramados. Allí, desnudo y con la ventana abierta, recibe sus penumbras junto al fresco matinal y las traduce a ese lenguaje sospechoso de los seres que entronizan o destierran. Profesor jubilado de la Escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela, Balza publicó su primer libro a los 26 años, en los turbulentos años 60. En aquella época no podía ni imaginar que sería merecedor del Premio Nacional de Literatura, 26 años después, en 1991.
Autor de una pródiga obra, entre narrativa, teoría literaria, ensayos sobre artes plásticas, cine, música y televisión; sus obras han sido traducidas a una media decena de idiomas, desde los usuales inglés y francés, hasta el alemán y el hebreo. Fue precisamente la riqueza de su lenguaje literario la que le valió el favor del también argentino Julio Cortázar. Para el autor de Rayuela se hacía destacable “la gran belleza no sólo formal, sino inventiva (junto a) las transgresiones fecundas y los bruscos hundimientos en las raíces de la psiquis”. Es una realidad, para todo el que verdaderamente lea a José Balza, el curioso juego de espejos que determina la génesis de sus historias, matizadas por sutiles claroscuros en los que se vinculan lo inexpresable, lo cotidiano, los misterios del deseo y el arte de la inteligencia… Aunque yo diría el privilegio de la inteligencia, porque Balza te toma de la mano abiertamente, sin engañar, presto a llevarte a un paseo que puedes intuir, pero para nada develar…y el lector se deja llevar gustoso a través de esos ejercicios narrativos.

Para él “La literatura es como un trompo que se tira a jugar y hace circular todos los sentimientos y todas las maneras del ser humano”. Debe ser por eso que reconoce a Franz Kafka, Jorge Luis Borges, Ricardo Piglia, Sergio Pitol, Miguel de Cervantes y Guillermo Meneses como sus “autores admirables”. Ese relato sensorial, vistoso, visceral y exploratorio tiene su metástasis en la apuesta por el recomienzo de la escritura, sin que esa inclinación experimental conlleve ninguna dosis de presunción: sólo es la consecución, la mezcla de la relectura de la adultez, el redescubrimiento de la adolescencia, el rediseño de la juventud dejándose “asombrar” por la aventura emotiva, el intento del viaje, el ploteo de una nueva dimensión poética… en prosa.

Todo este universo se cristaliza en sus libros de relatos La mujer de espaldas (1968), Órdenes (1970), Un rostro absolutamente (1982), La mujer porosa (1996) y El arte de morir (2008); en sus novelas Marzo anterior (1965), Largo (1968), Setecientas palmeras plantadas en el mismo lugar (1974), D (1977), Percusión (1982), Media noche en video: 1/5 (1988 y la novela breve Un hombre de aceite (2008); así como en sus libros de ensayos Este mar narrativo (1960-1987), Iniciales (1989), Espejo espeso (1997) y Ensayos crudos (2006). Estos y otros textos lo han hecho un interesante ejemplar de intelectual leído y pensado…lean por ustedes mismos y lo verán.

DIÁLOGO

Si te levanto un poco con la mano izquierda tu único ojo se fijará directamente en mí. Alrededor está la felpa oscura y los emblemas colgantes. Has sido mi testigo desde un tiempo imprecisable. Testigo, ofrenda y arma: lo único que entregué siempre absolutamente. Te dejo descansar: un tubo vibrante que se inclina. Perteneces al silencio de lo recibido: piel entreabriéndose, piel absorbente, piel cálida. Me has representado como un dios. En tus erupciones era yo mismo quien saltaba en el disparo: hacia el punto magnético del deseo, ese centro insatisfecho, naciente, obsesivo.

Desde tu ojo que es una boca rosada, has percibido la profundidad mayor que sea posible otorgar por alguien, has entrado a lo mejor del mundo. Nada ignoramos: adelante, me conducías, detrás, dominas, adelante, mueves y conmueves, detrás, nada hay antes ni después, adelante… ¿Qué animal había en ti? ¿Lo macho? ¿De qué sustancia demoníaca se levanta tu subjetividad? ¿Cómo pudiste saber dónde estaba el secreto del placer antes del placer? Tú eres mi eterna respuesta. Por eso te alzas y me conduces. Presientes, ves el torbellino más íntimo al crecer y sólo al dar vas matizando, dulcificas, poseyendo. Poseer es nuestro sino, te entregas como posesión. La humedad hace mayor tu cabeza. Un tótem, una llama dura, que en este instante espera y va a recibir: la ondulación, la tersura, la pasión: el otro cuerpo donde se crea el milagro. Asciendo, tenemos el todo. Veo a través de tu ojo único.

LOS SUPERIORES

Se reunieron en la alta sala del edificio, siempre impecable y refrescante. Debía ser el hogar de alguno de ellos, informal, acogedor. Se ha dicho que la ciudad guarda un aire de eterna primavera, y una vez más es cierto: por los amplios ventanales corren las lejanas montañas, los árboles, el soplo azul. Una de las parejas trajo café, té y cerveza.

En los sofás del fondo hay dos hombres muy viejos y una anciana con comicidad de conejo. Junto a la mesa central, varios niños. El resto son hombres y mujeres próximos a los cuarenta. Alguno, humilde en su traje, otros levemente ostentosos. Han bromeado y reído durante la primera parte de la reunión, pero cuando la pareja termina de colocar vasos y tazas saben que —como lo habían preparado en sesiones anteriores— ha llegado el momento de hablar con decisiones. —…y esto es lo que acordamos. Una ciudad tan grande y actual, sin nosotros —imposible! Los meses y hasta años de encuentros casuales —según hemos confesado otras veces- concluyeron. Hoy iniciamos las reuniones superiores. —Ya todos conocemos el motivo: vamos a hablar directamente acerca de cómo nos gustaría morir. ¿Por qué acallar, ocultar que la idea de muerte nos aterrorizaba? ¿Por qué pensar que morir no puede ser el efecto de un sano deseo? Vivíamos huyendo de esa certeza. Ahora debemos aprender otro tipo de deseo. —Hemos visto cómo en grupo el tema cambia. Y si al estar solos vuelve el temor, podemos llamarnos, consultarnos. —Es un lugar común que para eso nacemos. Hablemos entonces y digamos cuál sería nuestra muerte predilecta. Saber desear es lograr el deseo. —A mí me gustaría… Nadie tenía una inmediata razón para pensar en el final. Y uno tras otro larga, detallada, lúcidamente expusieron su ensoñación, la que nunca antes había sido convertida en palabras. Entonces alguno de ellos pensó —sólo pensó: —¿Pero no es ésta una manera de arruinar aquello realmente único que poseemos, no es un modo de vulgarizar la muerte? Y sonrió.

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