Actualizado el 23 de junio de 2011

Germán Arciniegas

Por: . 2|5|2011

Biografía del Caribe fue el libro de un autor latinoamericano más difundido en el mundo antes de Cien años de soledad. Sin embargo, serán muchísimo menos quienes logren recordar al escritor del primero que los que mentarán de inmediato al autor del segundo. Varias razones nos ayudan a entenderlo: primero, que Germán Arciniegas, tan colombiano como García Márquez, ni llegó a recibir el Nóbel ni se benefició de ningún boom. Él perteneció a la llamada “Generación de Los Nuevos”, de los años XX del pasado siglo, que a la postre sería la que por su proyección ideoestética sedimentaría el camino a la siguiente, esa que sí alcanzaría ya reconocimiento universal.  Adicionemos en segundo término, que Germán tampoco fue novelista, el género mimado por los lectores de nuestro tiempo, sino que se destacó en el ensayo y el periodismo, aunque también como editor de revistas, historiador y sociólogo.

Arciniegas se ciñó a los personas y hechos de la Historia en vez de crear fabulosos personajes de ficción. Pero lo hizo como nadie, y ese es el mérito por el que no debe olvidársele. Bajo su pluma la Historia deja de ser materia prima de manuales doctos y aburridos para ser territorio donde suceden las cosas más asombrosas, las que retarían a cualquier imaginación. Además alcanzó a hacer literatura del ensayo, estando a la altura de otros grandes: José Martí, Alfonso Reyes, Octavio Paz, José Lezama Lima, José Luis Borges.

Hay que aplaudirle encima el haber logrado una síntesis perfecta entre historia y literatura. Siendo amigo de Stefan Sweig y admirador de Alejandro Dumas, el que una vez asegurara con todo desparpajo: “La historia es el clavo en el cual cuelgo mis novelas”; Arciniegas expresó su fórmula en el discurso con que ingresó como miembro de número en la Academia de la Historia: “La buena historia tiene gusto de novela”. Y con tal recurso escribiría títulos como El estudiante de la Mesa Redonda, Los alemanes en la conquista de América, El Continente de Siete Colores, El revés de la historia, América Mágica.

Una vez dijo: “He escrito un solo libro, y no es un chiste”. Ese libro único fue América, su gran tema. La devoción americana fue su obsesión; la comprensión sociológica de estas tierras, el apetito de su entendimiento. Y alrededor de América tejió sus hipótesis más revulsivas y polémicas. Cuando impartía clases de Sociología, por ejemplo, enseñaba que dicha ciencia se debe a América y no a Europa, y no fueron Augusto Comte y Spencer los primeros sociólogos, sino los cronistas de Indias: Bernal Díaz del Castillo, Bartolomé de Las Casas, el jesuita Joseph de Acosta, los frailes que se internaban en las Indias Occidentales y que recogían en volúmenes las palabras, los ritos, las maneras de vivir. Es esa contemplación del fenómeno americano, esa descripción de los eslabones perdidos en la evolución de la sociedad humana, la materia sociológica ideal, según argumentaba.

La Historia no es lo que hicieron los grandes gobernantes y guerreros, dijo en otro de sus típicos postulados. “Hay que acercarse al hombre de la calle, a la criatura vulgar que forma parte de la caudalosa muchedumbre de las ciudades o al campesino que se pierde en la pampa o la montaña”. En vez de “la Historia Política”, la que hacen héroes y reyes, propugnaba se escribiera “la Historia Natural”, la que retrata el alma de los pueblos a partir de sus gentes comunes.

¿Descubrimiento de América? ¡No, CUBRIMIENTO!: fue este otro de sus gestos brillantes. Leamos cómo se explicaba:

“La afirmación de que los españoles descubrieron la América a finales del siglo XV  y principios del XVI es inexacta y se funda en el vocabulario que por rutina heredamos de quienes se han consagrado a la tarea de escribir lo que en el lenguaje figurado solemos llamar. Si digo que no hubo tal descubrimiento, no lo hago porque en este momento me preocupen las incursiones que practicaron los mongoles entrando por Alaska diez o veinte siglos antes que los españoles, ni las posibles invasiones de los polinesios que pudieron llegar a las costas de Chile, ni las naves escandinavas que seguramente tocaron los bordes de Groenlandia en los tiempos de Erik el Rojo. Me refiero al espíritu mismo del viaje de Colón, al hecho de que no es posible considerar como DESCUBRIDORES a quienes en vez de levantar el velo de misterio que envolvía a las Américas, se afanaron por esconder, por callar, por velar, por CUBRIR todo lo que pudiera ser expresión del hombre americano (…)¿Qué vinieron a hacer a estas tierras los capitalistas, los empresarios, los encomenderos, los gobernadores, los virreyes? Vinieron para imponer un sistema económico, un dogma religioso, un tipo de arquitectura, una raza, que eran otra cosa distinta de la economía, la religión, la arquitectura y la raza americana.”

Germán Arciniegas era un pensador abierto, iconoclasta, un libertario. Rebeldía que tal vez le viniera en sangre, precisamente de la herencia de su bisabuelo materno, que fue el autor de La Bayamesa, el himno nacional cubano. Dos de las hijas de  Perucho Figueredo huyeron a Estados Unidos cuando el padre fue fusilado. Una de ellas, Luz, se casó con un cubano y viajaron a Colombia, donde nació Aurora Angueyra Figueredo, la madre del escritor.

Desde los tiempos de estudiante fue un ciudadano incómodo, un agitador. Sería secretario de la Asamblea Universitaria, que promovió trasladar a su país la Reforma Universitaria de Córdoba. Para esos fines fundó la revista Universidad en 1928. Luego continuó su proyección hacia la vida cultural y política de su país con la publicación Los Nuevos.  No cesaría durante toda su vida de fundar revistas que recogieran lo más destacado del pensamiento y la creación literaria de su época: Revista de las Indias (1939), Revista de América (1945), Cuadernos (1953), en las que hallaron su espacio los talentos de Horacio Quiroga, Mariano Picón Salas,  Uslar Pietri, Carlos Pellicer, Macedonio Fernández. Probó la dureza del exilio, en Estados Unidos, años en los que escribió uno de sus libros claves: Entre la libertad y el miedo (1952).

Levantó el estandarte de la defensa de América derrochando a partes iguales lucidez y pasión. Sus visiones originales y el humor sutil serían de sus mejores armas, como lo demuestra este fragmento de América, Tierra Firme (1937):

EL MUNDO VISTO A TRAVÉS DE SUS CALABAZOS

(…) No he podido explicarme con toda exactitud la sorpresa de los españoles por las borracheras de los indios. Los borrachos incurren en necedades semejantes en todos los pueblos de la tierra, desde Inglaterra hasta Alemania y desde Noé hasta nuestros contemporáneos. Naturalmente, cada pueblo se emborracha con lo que puede. El que tiene uvas a la mano, exprime las uvas y hace que el vino fermente en los odres. El que sólo dispone de cebada, penetra las entrañas de este grano de cándido aspecto eucarístico y le arranca algún zumo de donde  brote la rubia cerveza. Hasta de la cáscara de los árboles han podido los hombres sacar algo que les lleve ardores alcohólicos. Ignoro si ha nacido el pueblo que no se haya emborrachado. O el que no haya aprovechado la oportunidad de una fiesta religiosa para hundir su espíritu en los filtros báquicos. Tengo entendido que la misma torpeza y cierto estupor de idiotas que veía de cuando en cuando Homero en los borrachos de la Ilíada, son los que se reproducen en Los Borrachos de Velásquez.

Cómo es obvio, en la carta alcohólica del mundo, América tenía que presentarse con un licor propio. Si algo caracteriza, más que la lengua, más que la religión, más que la indumentaria, a un pueblo, es su cerveza, o su vino, o su whisky, o su vodka, o su chicha; es decir: su licor. Al decir: Vodka, cerveza, vino, whisky, ya hemos trazado un mapa, un carta geográfica inconfundible. Si vosotros tomáis este criterio y pensáis en la cerveza, tendréis ya a la Europa Central vista de cuerpo entero. ¿ Quién puede decir, dentro de un pequeño reino híbrido como Bélgica, hasta dónde llega la influencia de Alemania y en dónde principia la de Francia? Si no es viendo hasta dónde llega la cerveza y desde dónde principia el vino, es poco menos que improbable precisar el límite. Es el vodka lo que ha modelado el alma de los rusos; suprimid el vodka y la mitad de la literatura de ese país resulta incomprensible. Las jornadas francesas de todas las revoluciones, la formación de los ejércitos napoleónicos al regreso de Elba, la marcha del pueblo de París hasta el Palacio de Versalles, la traída del rey Luis XVI en medio de una manifestación hostil desde el remoto pueblo de Varennes hasta París, todo, hasta la última caída del gabinete, es una manifestación del vino, que produce tal suerte de reacciones. América fue así. América se emborrachaba con moras, con pulque, con chicha de maíz. Los españoles estaban creyendo que todas las borracheras debían producirse bajo los emparrados del Mediodía. Imposible una interpretación más limitada del alma de un pueblo…

(…) Yo no sé si emborracharse sea una virtud o un vicio. Pero esos pueblos errabundos que se detenían durante un mes en el país de las moras para embriagarse con su jugo, se me ocurre que, si mucho, pueden ser juzgados como más libres, más amigos de la luz y del sol, que los otros, los pueblos de la taberna, que se acomodan para apurar licores a la sombra, en la sombra sórdida que hace bailar sin tino la llama rojiza del petróleo.

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