Actualizado el 27 de julio de 2011

José Watanabe

Por: . 22|6|2011

Para Odi González, más de una vez

¿Un nombre sobre la poesía peruana y ya lo estaríamos diciendo todo? ¿O casi? Parecería que con solo mencionar, o citar solo, el infaltable caso de César Vallejo fuera ya suficiente. César Moro y Adolfo Emilio Westphalen fueron y siguen siendo dos de las tantas piedras angulares de la poesía del país andino durante el siglo XX. Luego vendrían otros no menos significativos como Pedro Shimose o Antonio Cisneros. La bien amada poesía indígena, o de los pueblos originarios, que no ha dejado nunca de existir. Perteneciente a lo que algunos llaman la “Generación del 70” es que aparece entonces la figura de José Watanabe (Laredo, 1946–Lima, 2007).

De padre japonés y madre peruana (chola, diría él) hizo de su Laredo natal, pero también del Laredo de su infancia, el escenario natural de su obra poética. “Es cierto que yo soy un poeta más o menos naturalista y escribo casi siempre lo que veo. Se dice que soy un poeta sabio, pero la sabiduría no está en mí sino que la veo fuera”.

Es el caso de alguien que publica su primer libro de poesía, Álbum de familia, en 1971. Mediando entre este y su segundo volumen, El uso de la palabra (1989), nada más… y nada menos que, bueno, dieciocho años. Durante todo este tiempo dijo nunca haber dejado de escribir. Según él:

“Creo que estaba hibernando, más bien. Corregía mucho, rompía enorme cantidad de poemas. El huso de la palabra debe ser el diez por ciento de los poemas que escribí durante esos dieciocho años”.

En definitiva he aquí algunas de sus obras: Historia natural (1994) y Cosas del cuerpo (1999). Si usted se encuentra dentro de los llamados lectores hedónicos, seguramente no tardará en salir a buscar la sobria, casi anémica, inexistente casi, edición cubana publicada por Casa de las Américas de El guardián del hielo (2003), Premio de Poesía José Lezama Lima 2002.

EL GUARDIAN DEL HIELO

Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.

Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…

El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil.

Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.

No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
Yo soy el guardián del hielo.

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