Actualizado el 17 de septiembre de 2012

J.G. Ballard

Por: . 14|9|2012

J.G. BallardOcurrió el 19 de abril de 2009 que se detuvo, finalmente, el cronómetro de la existencia para el hombre que imaginaría en Cronópolis (1970) a una humanidad futura enajenada de las horas, con una Policía del Tiempo que castiga ferozmente a quienes se arriesgan a echar a andar los relojes. Un cáncer de próstata lo había minado lentamente, aunque sin impedir que antes del adiós escribiera Milagros de vida, su autobiografía.

Nacido bajo el nombre de James Graham Ballard en Shanghái, el 18 de noviembre de 1930, de padres ingleses; le debe parte de su celebridad a que estuviera en China cuando la invasión japonesa de 1937, lo recluyeran en un campo de concentración entre 1943 a 1945, y contara esa traumática experiencia infantil en El imperio del sol (1984), que el famoso Steven Spielberg convirtió en película.

Pero la tónica principal de su obra era aquella que le valió reputación como “maestro de la ciencia ficción más literaria”. Calificativo que Ballard refutaba considerándose más bien un “retratista de la psicología del futuro”. También fue un visionario del calentamiento global y el desastre ecológico, que inundó al planeta en El mundo sumergido, de 1962; lo hizo árido en La sequía (1964) y lo congeló en El mundo de cristal (1966).

Según David Pringle, la ciencia ficción de este autor es una alquimia simbólica que se sintetiza en los “cuatro elementos” ballardianos: el agua (el pasado), la arena (el futuro), el cemento (el presente) y el cristal (la eternidad). Y así como cotidianamente hablamos de lo “dantesco” y lo “kafkiano”, y recientemente se ha sumado lo “dickiano” (por otro escritor de ciencia ficción, el norteamericano Philip K. Dick), ahora el Diccionario Collins adicionó lo “ballardiano”, en honor a la atmósfera predominante en la novelas de Ballard, en su mayoría de las llamadas “distopías”, con descripciones de futuros postapocalípticos.

Fue también el cine, cuando David Cronenberg adaptó su novela de 1973, Crash, quien desencadenó la imagen de Ballard como escritor controvertido, malsano y perverso. Esa historia de personajes sexualmente excitados con choques de autos significó para la vida de Ballard, en cambio, una drástica elaboración del duelo por la pérdida de su esposa Mary y del temor de que un accidente le arrebatara a sus hijos (tuvo tres, a los que crió sin ayuda tras la muerte de su compañera).

Para el crítico Pablo Capanna, Ballard es simplemente un profeta del nihilismo global y un psiquiatra del mundo moderno, que se propuso explorar el ambiguo espacio interior en lugar del espacio cósmico. Cuestionado una vez sobre el origen de su fantasía portentosa dijo que para imaginar sus mundos no necesitaba estupefacientes, porque “no hay droga como la mente”.

Otras de su novelas relevantes son La exhibición de atrocidades (1970), La isla de cemento (1974), Rascacielos (1975), Compañía de sueños ilimitada (1979), Hola, América (1981), El día de la creación (1987), Noches de cocaína (1994), y Super-Cannes (2000). Publicó además los volúmenes de cuentos: Playa terminal (1964), El hombre imposible (1966), The Overloaded Man (1967), Aparato de vuelo rasante (1976), Mitos del futuro próximo (1982), El día eterno (1985), Fiebre de guerra (1990), entre otros.

Ballard fue un hombre acompañado por las polémicas que desencadenaban sus opiniones expresadas en libros y entrevistas. En una ocasión dijo que “la ciencia y la pornografía se parecen porque ambas son analíticas”. Sobre el 11/S juzgó que era “un guión del cine de catastrofismo desatado por el inconsciente norteamericano”.

Era pesimista y amargo en sus criterios sobre la actualidad: “Vivimos tiempos peligrosos: la razón ya no es dominante en la mayor parte del mundo”. “El futuro será una guerra entre psicóticos”. “Siempre es posible darle la espalda a un universo bastante insípido si uno es capaz de rehacer por lo menos una pequeña parte de él a su imagen y semejanza”.

J.G. BallardCRONÓPOLIS (fragmento)

Le habían aplazado el proceso para el día siguiente. El momento exacto, como es natural, no lo conocía ni él ni nadie. Probablemente sería en la tarde, cuando las partes interesadas —juez, jurado y fiscal— lograsen converger en la misma sala de tribunal a la misma hora. Con suerte el abogado defensor podía aparecer también en el momento debido, aunque el caso había sido tan claro que Newman casi no esperaba que se molestase; además, el transporte hasta y desde el viejo penal era notoriamente difícil; implicaba una espera interminable en el sucio paradero al pie de los muros de la prisión.

Newman había pasado el tiempo provechosamente. Por fortuna la celda miraba hacia el sur, y el sol entraba en ella la mayor parte del día. Dividió el arco en diez segmentos iguales, las horas verdaderas de luz natural, marcando los intervalos con un trozo de cemento arrancado del alféizar, y subdividió cada segmento en doce unidades más pequeñas.

Había obtenido así un eficaz medidor de tiempo, exacto casi hasta el minuto (la subdivisión final en quintos la hacía mentalmente). La hilera curva de muescas blancas que bajaba por una pared, atravesaba el suelo y la armadura metálica de la cama y subía por la otra pared, habría sido evidente para cualquiera que se hubiese puesto de espaldas a la ventana, pero nadie hacía eso nunca. De cualquier modo los guardias eran demasiado estúpidos para entender, y el reloj de sol le había dado a Newman una ventaja enorme. La mayor parte del tiempo, cuando no estaba regulando el reloj, Newman se apretaba contra la reja, y vigilaba el cuarto de guardia.

—¡Brocken! —gritaba a las siete y cuarto, cuando la línea de sombra tocaba el primer intervalo—. ¡Inspección matutina! ¡Arriba, hombre!

El sargento salía de la litera tropezando y sudando, maldiciendo a los otros guardias mientras la campanilla hendía el aire.

Luego Newman anunciaba las otras obligaciones de la orden del día: hora de pasar lista, limpieza de las celdas, desayuno, gimnasia, y así sucesivamente hasta la lista vespertina, poco antes del anochecer. Brocken ganaba regularmente el premio del bloque por el pabellón de celdas mejor dirigido, y confiaba en Newman para programar la jornada, anticipar el asunto siguiente en la orden del día, y saber si algo se había alargado demasiado; en algunos de los otros bloques la limpieza duraba por lo general tres minutos mientras que el desayuno o el ejercicio podían seguir durante horas, pues ninguno de los guardias sabía cuándo parar, y los prisioneros insistían en que apenas habían empezado.

Brocken nunca preguntaba cómo hacía Newman para organizar todo con tanta exactitud; una o dos veces a la semana, cuando llovía o estaba nublado, Newman se refugiaba en un extraño silencio, y la confusión resultante le recordaba enérgicamente al sargento las ventajas de la cooperación. Newman gozaba de algunos privilegios en la celda y recibía todos los cigarrillos que necesitaba. Era una lástima, pensaba Brocken, que finalmente hubiesen fijado fecha para el proceso.

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