Actualizado el 6 de diciembre de 2013

ROBERT LOWELL Jr

Por: . 5|12|2013

Robert LowellActuamos con velocidad. Vivimos con velocidad. Queremos (lo que no significa que amemos, al menos como debería ser) con velocidad. No es difícil amar supongo, ¿pero hacerlo con velocidad? Tales son hoy los fines con que solemos movernos en los nuevos tiempos. ¿Mal de la modernidad? Algo escrito por José Martí en una Nueva York de fines del siglo XIX reluce para la ocasión: De gorja son y rapidez los tiempos.

Stephen Vizencey es de los que muestra su inconformidad con muchos de los de hoy cuando afirma que cualquier director de orquesta pasa la vida estudiando miles de partituras. En ocasiones años, estudiando solo una de ellas. Pocos de nuestros contemporáneos suelen asumir (o asumirían) un clásico con denodados intereses. En nuestro medio nadie mostró nunca mayor empecinamiento con tal de dominar el siempre escabroso arte de querer hacer bien las cosas en materia literaria como no fuera José Soler Puig. Capaz de recitar prácticamente con todos sus puntos y comas El reino de este mundo de Alejo Carpentier. Si no lo había leído más de cien veces, eso revelaba de sí mismo, no lo había leído. A más de llegar a copiar capítulos enteros del Quijote y, quién sabe, si de otros autores. La figura de Cintio Vitier es otro que podríamos traer a colación con respecto a José Martí y esto en palabras del nicaragüense Coronel Urtecho: «Citas a Martí como San Agustín la Biblia». Y esto sí es lo que piensa Joseph Brodsky: «Pero un hombre es lo que lee». La calidad, agregaríamos nosotros, de lo que lee. Y esto nos preocupa. ¿Está de moda la erudición? No. Está de moda internet. Un caso típico de velocidad. La erudición requiere tiempo. Ser un gran lector supone ser un erudito. Como herramienta ayuda la internet. El tiempo implica forma… el león está hecho de cordero digerido (1) que como todos sabemos suele ser otro león. El tiempo, la forma de digerir ese tiempo (2), la forma en que verificamos el espacio donde movilizamos (activamos) la erudición. En todo caso la forma de leer. Pienso en Nabokov: «Un libro no se lee con los ojos. Se lee con el culo y con la espina dorsal».

¿Nos habíamos extraviado? Pues regresemos a Lowell… quiero decir, a Robert Trail Spence Lowell Jr., deudor de William Carlos Williams. Se decía (lo decía él mismo, sus amigos lo reconocían) que era un empedernido lector (estudioso voraz) de la Divina comedia. Capaz de despiezarla. ¿Esto lo hacía un erudito? Quién sabe. Pero el hecho de que ya lo fuera de una valiosísima obra maestra, a qué más.

Nacido en el Boston de 1917 (se le atribuye algún parentesco con la poeta imaginista Amy Lowell) poeta laureado el mismo, sus últimos seis libros, es lo que he podido averiguar por diversas vías, cumplen un defecto increíble: no son buenos.

Conocido es su encuentro (su desencuentro esa vez) con Jorge Luis Borges hacia principio de los años sesenta. Al parecer algo no anduvo nunca bien en la cabeza de Robert para muchas cosas y esto lo obligaba a la ingestión de medicamentos. Thorazina justamente. Que se ligara con alcohol…

Una breve biografía nos haría recordar que fue el autor de Lord Wearyʼscastle (1946), Themills of the Kavanaughs (1951) Life Studies (1959)

Da la impresión, el que hoy presentamos, de ser un poema salido de la Antología del SpoonRiver de Edgar Lee Masters, clásico entre los clásicos de la poesía contemporánea. Se sabe, por otra parte, que Palabras para Hart Crane es uno de los tantos (en realidad tres) que dedicara a la infaltable figura de Hart Crane.

 

1- El subrayado es para Paul Valèry.

2-  Con los libros se debería vender también el tiempo. Eso me dijo alguien que había dicho en alguna parte Jorge Luis Borges.

 

PALABRAS PARA HART CRANE

 

«Cuando le llovían los Pulitzerts a cualquier imbécil

o ruin que llenara nuestras resecas fauces de jabón,

muy pocos se paraban a pensar por qué me dedicaba

a ligar marineros, y a arrojar los falsos

laureles de oro del Tío Sam a los pájaros.

Porque me sabía a Whitman de memoria,

tú, extranjero en América, di a mi país que yo,

Catullus redivivus, en otro tiempo el furor

Del Village y Paris, solía hacer mi papel de

homosexual, de lobos entre corderos extraviados

que merodeaban hambrientos la Place de la Concorde.

Por todo lucro obtuve un agujero en el bolsillo.

Quien pregunte por mí, el Shelley de mi época,

me ha de brindar su corazón como lecho y sustento.»

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