Actualizado el 18 de mayo de 2014

Patrizia Cavalli

Por: . 16|5|2014

Patrizia Cavallipara Antonio Armenteros y…

 Siempre habíamos pensado que el único valor de uso al que la poesía podía acceder correspondía con el bienestar o la reparación del espíritu. Nada que ver con dudosos trasiegos monetarios. Para estos temas (es lo que recuerdo) ninguno como Hans Magnus Enzensberger, quien ha sabido ser claro en más de una ocasión:

“Es interesante entender que la poesía es el único producto cultural que no tiene un valor comercial (…) la poesía es una garantía y un tipo de independencia que los otros no tienen, en donde la especulación no funciona.”

Y Magnus sabe muy bien extenderse, y lo hace: “A mí me gusta eso, hay poetas que se lamentan naturalmente porque no tienen los ingresos de los grandes autores de la novela. Yo no me lamento”.

Aun así pudieran hacernos sonreír (pensar, quise decir) la idea de cierto editor británico a propósito de por qué no publicaba poesía: “Nadie produce dos toneladas de mermeladas si sabe que después no las va a vender”. Tenemos por otra parte la opinión de José Emilio Pacheco cuando nos recordaba el slogan de un medicamento de los años cincuenta: “Nadie sabe qué cura pero todo el mundo sabe que cura”. Asociado a la poesía es que José Emilio bromeaba (?): “Nadie sabe para qué sirve pero todo el mundo sabe que sirve”. Y yo que suelo tenerlas casi siempre todas con un cuasi lingüista (en verdad escritor, medio filósofo incluso) llamado Dagmar Phillips… ¿Qué apuntaba Dagmar en su venerado ensayo Los daños de la modernidad? Pues verán: “Hay que sospechar a toda costa de todo aquello que se venda con arreglo al mercado (…) Lo que hasta ahora he creído entender como cultura pienso que debería operar ajena a todo mecanismo de la bolsa. Sería más que nada una actitud, ya que cuando oigo la palabra mercado, saco la pistola1. Lo cierto es que hay todo tipo de lector y el mejor, que es al que de hecho aspiraría cualquier autor, suele huir de los estereotipos… en defensa de la poesía, es muy probable que lo haga aunque sea muy a su pesar. Voy a los Pensamientos Diversos del Barón de Montesquieu y he ahí que entonces me complazco de entre muchos (al menos) con este razonamiento: Los libros antiguos son para los autores; los modernos, para los lectores.2

Vaya, si no, algo de il pensiero de una poeta italiana contemporánea nacida en Todi (Umbría) allá por el 1947, Patrizia Cavalli:

“Cuando una escribe, se puede producir magia con las palabras, en el sentido de que es posible crear una realidad. Escribir poesía es así un acto de fe: se cree en el poder del lenguaje.”

Y quizás fue creer en el poder de las palabras lo que hizo a Platón ver de manera normal el hecho de que los poetas fueran expulsados de La República, tal como él la entendía… y sépase que se trataba nada menos que de Platón.

Cavalli publica en 1974 Mi poesía no cambiará el mundo; El cielo en 1981; Poesías (1992). Porque Teatro siempre abierto es ya de 1999.

Entre cuestionamientos que van y vienen, algo me pasa por la cabeza cuando reviso cada una de las páginas de la autora de L’io singolare mio propio: La norteamericana Adrienne Rich, la misma que singularizara con el largo poema seriado Calle Visión, su cuaderno Oscuros campos de la República3. No digo de cuánto podría deberle la Cavalli a Rich porque a esto sobrevendría el presagioso estigma del mapa de la mala lectura, al que no deja de pasar por alertarnos el no menos travieso Dagmar Phillips tanto como el inquieto y hasta bien provocativo Harold Bloom.

NOTAS

1. “Los daños de la modernidad” en La Revista del siglo XX, Año V 1990 III Época, pág. 51 (Número monográfico dedicado a la vida y obra de Dagmar Phillips).

2. Ensayo sobre el gusto, Barón de Montesquieu, Colección Austral, Buenos Aires- México, 1949, pág. 132.

3. Oscuros campos de la República. Poemas 19911995, Adrienne Rich, Editorial Norma, Primera edición en español marzo 2000. Traducción Jorge Yglesias.

 

Me vanagloriaba en un honor voluntario

de poseer cincuenta amigos íntimos;

no era propiamente verdad pero casi verdadero,

pudieron estar tres, me parecieron cincuenta.

Eran sobre todo madres y yo les ofrecía

a ellas todos mis caprichos y mis penas.

El desgarramiento de ellas era sincero,

sí, era así convencida de que era verdad.

Ahora cualquier susurro de pasos sobre el paisaje,

lejanos y cansadas primorosas.

 

¿Están cansados de mí o están cansados?

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