Actualizado el 23 de junio de 2014

Leo Perutz

Por: . 14|6|2014

En tiempos de Dragón y Huracán, cuando esas colecciones inundaban de clásicos universales las librerías cubanas, conocí El Maestro del Juicio Final. Lectura inolvidable. Borges y Bioy Casares habían incluido esa novela en El Séptimo Círculo, célebre sello con la mejor literatura policial.

Leo PerutzSu autor: Leo Perutz, un sefardita de Praga nacido en 1882, de existencia revuelta y controvertida que culminó en Austria, 1957. Mal estudiante, no culminó la licenciatura en Matemática pero creó la “fórmula de equivalencia de Perutz”, todavía útil hoy en el cálculo estadístico. Compartió oficina con Franz Kafka en Seguros Generales. Apático a las armas, cayó empujado en la I Guerra Mundial y de esta emergió herido, con honores y teniente en el Cuartel General. En ese lapso se desata su fiebre literaria: Mientras dan las nueve (1918), segunda novela y ya es comparado con Dostoievski. Comienza el éxito. Por la acuciosidad histórica de La nieve de San Pedro y El caballero sueco, Robert Musil dice de él que “inventó la ficción periodística”. Aún siendo amigo de figuras que terminaron abrazadas al fascismo, Leo tiene que exiliarse en 1938 y le reciben con vítores en Tel Aviv. A él, judío a medias, que veía en el sionismo un nacionalismo cerrado y admiraba el espíritu cosmopolita europeo. Luego llega la penuria económica y hasta el olvido. En 1953 se publica De noche, bajo el puente de piedra, acaso su obra maestra; reviven sus viejas dolencias pulmonares; El Judas de Leonardo sale póstumamente.

Admiran a Perutz los cineastas Hitchcock y Murnau y los novelistas Italo Calvino y Graham Greene. En su literatura late el psicoanálisis de Freud; hay incertidumbre sobre los lindes de lo real y la imaginación; existe fusión de los géneros policial y fantástico; están montadas las historias sobre estructuras caleidoscópicas; conviven las influencias musicales y de las artes plásticas. Se entremezclan Poe, Kafka, Chesterton y los románticos alemanes: Von Kleist, E.T.A. Hoffmann. El Maestro del Juicio Final contiene manuscritos recobrados, maldiciones que asaltan desde el pasado, amor y muertes. Con todo ese arsenal de dispositivos argumentales y formales suena lógico que encontrara eco en Umberto (El nombre de la Rosa) y otros adalides de la novela posmoderna.

Ahora llueven las traducciones y reediciones de su obra. La buena literatura, por suerte, siempre regresa.

EL JUDAS DE LEONARDO (FRAGMENTO)

 —Habéis llegado, reverendo padre —se oyó decir ahora al duque1—, a una fragua donde me encuentro constantemente entre el yunque y el martillo, pues raro es el día en que no me sea presentada alguna queja contra ese hombre por quien siento, como todo el mundo sabe, el mismo afecto que hacia un hermano, y al que nunca dejaré de querer. Al parecer, se ha instalado una calma en gran parte de sus artes y desde que dirige su atención, no sé si por terquedad o por verdadera pasión, a los experimentos y las matemáticas, no se puede obtener de él ni siquiera una pequeña Virgen; eso, dice él, es una tarea que corresponde a Salai, el discípulo que molía sus colores hasta el año pasado.

—Creo —objetó el poeta Bellincioli— que precisamente ahora se ocupa más que nunca de los problemas de la pintura. Ayer mismo me hablaba con ese énfasis suyo de los diez temas principales que debía administrar el ojo del pintor, y me los enumeró: sombra y luz, contorno y color, figura y fondo, distancia y proximidad, movimiento y descanso. Y, con el gesto más grave, añadió que la pintura debía colocarse por encima del arte de los médicos, pues lograba resucitar a los que están muertos desde hace tiempo y disputar a la muerte a los que todavía viven. Así no habla quien desespera de su arte.

—Se ha convertido en un soñador y un cuentista —dijo el capitán del ejército Da Corte apartando por un instante su atención de los dos caballos que estaban abajo, en el patio—. Me parece que no llegaré a ver en otro lugar que sobre el papel sus puentes portátiles para ríos de orilla; altas y bajas. Acomete los proyectos más extraordinarios y no concluye nada.

—Lo que vos, excelentísimo señor, habéis tenido a bien llamar una calma —se dirigió el tesorero Landriano al duque— nace quizás del temor que tiene a cometer errores. Y ese temor crece en él de año en año, a medida que aumenta su saber y madura su maestría. Debería olvidar un poco de su arte y de su saber para realizar otra vez obras hermosas.

—Puede ser —admitió el prior con gesto aburrido—. Pero él debería recordar, ante todo, que un refectorio está pensado para sentarse allí a comer, no para expiar pecados. No soporto más la visión del andamio y del puente delante de esa pared pintada de cualquier manera, y menos aún el olor del mortero, del aceite de linaza, de la laca y de las pinturas, que percibo constantemente. Y cuando quema seis veces al día madera húmeda hasta que el humo espeso nos irrita los ojos, sólo para averiguar, como dice él, de qué color ese humo, visto desde cierta distancia, se muestra al ojo… que alguien me diga lo que tiene que ver eso con la Cena.

—Hemos escuchado —opinó el duque— tres o cuatro versiones sobre la interrupción del trabajo de messere Leonardo y ahora es justo que dejemos que él mismo tome la palabra sobre este asunto suyo. Él está en mi casa. Pero os aconsejo, reverendo padre, que le habléis con tiento, pues no es de los que se dejan obligar.

Y dio orden al secretario de hacer venir al maestro Leonardo.

NOTAS

1.  Ludovico Sforza, el Duque de Milán.

2. Prior del convento dominico de Santa Maria delle Grazie, donde Da Vinci pintó La última cena.

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