Actualizado el 21 de agosto de 2014

Jim Crace

Por: . 15|8|2014

Jim CraceEl escritor Edmundo Paz Soldán la recomendó al escritor Iván Thays y este a su vez anotó en su blog Moleskine Literario que se había convertido en una de sus favoritas. De ahí atrapé la invitación y compré la novela en una de las llamadas “librería de viejos”. El volumen, sin embargo, lucía cual acabado de salir de imprenta. La edición era de 2001 (“reciente”, diría como cubano adaptado a considerar “novedad editorial” cualquier obra de hasta 25 años de antigüedad). No me atraía el título: asaz bucólico, acaso cursi, Y amanece la muerte. Para suerte, era mejor el original: Being dead (me pasma el gusto del traductor, bastaba una traslación literal: Estar muerto).

De novela “extraña e hipnótica” fue catalogada por los expertos que le otorgaron el National Book Critics Circle Fiction Award de Estados Unidos y la nominaron también para el Booker Prize y el Whitbread Book Awards. Dice un crítico sobre Jim Crace, el autor, que “en sus manos, la putrefacción de dos cuerpos puede ser una incesante fuente de lirismo”. Y no en balde; pues desde Poe los cadáveres no se trataban con tanta elegancia y elegía. La historia arranca con el asesinato de Joseph y Celice, un matrimonio que comparte además la profesión; y el novelista describe minuciosamente el proceso siguiente de defunción y descomposición física de los personajes con la misma frialdad científica que esos biólogos estudiaban el orden natural y su ciclo de vida y muerte, sólo incorporándole unas cuotas equilibradas de poesía y cavilación filosófica. Luego, el relato hurga hacia atrás, en el pasado de sus protagonistas; aunque sin caer de ningún modo en la lucrativa tentación de urdir trama de novela negra.

Nacido en St Albans, Hertfordshire, en 1946; y considerado en su momento un integrante de los Young British Novelists, Jim Crace ha sido, sin embargo, mucho menos traducido, y por ende reconocido, en el ámbito castellano que colegas de generación como Martin Amis, Julian Barnes y Ian McEwan. Ello a pesar de haber escrito ya 10 novelas —The Gift of Stones, Quarantine, Six, The Pesthouse, All That Follows, entre otras— y tres volúmenes de relatos —The Devil’s Larder, el último, de 2001—; y recibir varios premios importantes —Harvest, su novela más reciente, era la favorita de 2013 para el Pulitzer y el Man Booker, aunque no los ganó.

Tal vez la causa de ser menos favorecido resida en que Crace suele escabullirse del oropel mediático y encima se rehúsa a construir de sí mismo un aura de maldito que atraiga multitudes. En una de las pocas entrevistas concedidas por él —a Adam Begley, para The Art of Fiction No. 179— confesó: “¿Quién querría leer mi autobiografía? ¿Cómo venderle a los editores una historia feliz? Una infancia satisfactoria, nunca golpeado por mis padres, a los que nunca escuché discutir. Un casamiento feliz que dura ya 30 años; hijos inteligentes y encantadores. No tengo adicciones ni deudas; soy de naturaleza optimista y sin impulsos depresivos. ¿Qué clase de libro sangriento podría sacar de ahí?”

BEING DEAD (Y AMANECE LA MUERTE)*

3

 13.50 h

A los cincuenta y cinco años, Celice apenas alcanzaba la edad suficiente para haber dejado de temer a la muerte —sólo los viejos o los locos poseen la capacidad de aceptarla—; sin embargo, su fallecimiento, aunque caótico, fue demasiado repentino para asustarla. No transcurrieron más que cincuenta segundos desde que dejó en suspenso su última frase (“No es como si…”) y el momento en que respiró por última vez. No tuvo tiempo ni conciencia para asustarse. Sólo sintió —durante un instante demoledor— lo mismo que experimentaba con frecuencia por las noches cuando, en duermevela, caía estremecida por un sueño. Sin aliento, sin peso, traicionada. El corazón chocó con las costillas. El cuerpo se agitó y se arqueó. Sintió un desvanecimiento y se precipitó por cámaras sin contorno. Algún prestidigitador había evaporado la tierra y había estampado el espacio por el que caía con luces titilantes, caprichosas. Sus últimos momentos fueron cinéticos, abstractos, puntillistas.

A juzgar por la modesta hemorragia de unas heridas que distaban de ser modestas, el corazón de Celice dejó de bombear casi inmediatamente después de que ésta recibiese el golpe. Su cráneo no era tan grueso como el de Joseph. (Siempre lo había sabido: su marido era cascarrabias, atolondrado, tímido y tenía la cabeza muy dura.) Naturalmente, también era más blando que el granito, y el hueso se hundió igual que una cáscara. A través de la brecha y la hendidura, el cerebro parecía pálido y blando como un panal, como una rezumante colmena de un kilo de peso. Se diría que alguien, con una pala, había dejado al descubierto las celdillas ocultas bajo la fina corteza de un tronco. La colmena de Celice sangró, y su sustancia se derramó.

Los golpes en la cara y en la garganta cortaron el flujo sanguíneo y, aunque el cerebro hizo cuanto pudo por compensar la repentina pérdida de oxígeno y glucosa, los pasillos de la vida quedaron estrangulados y aplastados. Envió estrellas a modo de señales de peligro. Los mitos eran ciertos: gracias a la química desgarrada de la corteza cerebral, Celice salió volando hacia los astros.

(…)

Sin duda es una pena que los perros de la policía percibieran el aroma de la carroña humana y condujeran a sus curiosos amos hacia las dunas para que se llevaran los cadáveres con el fin de “darles un entierro digno”, pues los muertos resultaban menos espléndidos en una tumba. Las dunas podrían haberse deshecho de Joseph y Celice, no necesitaban ayuda. La tierra es experta en dar sepultura. Reúne, abraza y acoge a los muertos. Pasado el tiempo, Joseph y Celice se habrían transformado en paisaje. Sus cadáveres habrían sido un objeto muerto más en un paisaje tallado en la muerte. No se transformarían en nada especial. Las gaviotas mueren. También las moscas y los cangrejos. Igual que las focas. Incluso las estrellas deben descomponerse, deteriorarse y abrasarse en el cielo. Todo ha nacido para irse. El universo ha aprendido a sobrellevar la muerte.

*Fragmento tomado de la edición de Ediciones B, Barcelona, España, 2001, Traducción: Carmen Franci.

Categoría: Los raros | Tags: | |

Director: Fidel Díaz Castro

Diseño web: Héctor Otero

Relaciones públicas: Racso Morejón

Redacción digital: Editor: Racso Morejón

webmaster: Racso Morejón

Desarrollador web: Escael Marrero

El Caimán Barbudo © Todos los derechos reservados