Actualizado el 18 de noviembre de 2014

Hugo Claus

Por: . 15|11|2014

Hugo Claus, aunque mal conocido en nuestro idioma, pertenece al Parnaso de la literatura contemporánea actual. ¿Ha hojeado usted alguna vez un número de “La revista del siglo XX”? ¿No? Pues hágalo, sobre todo, si se trata del excelente material, monográfico por demás, dedicado a la memoria de John Cage, “A propósito ¿es oscura la poesía de John? esto es ¿se entiende la música de Cage?”. Hay formas de preguntarse y, sospecho que las haya de manera muy pero que muy espinosa, al punto de que sin ofrecer más detalles es lo que hace Dagmar Phillips en entrevista que concediera a Greer Santana para dicho número. (1)

¿Qué cómo se llega al reconocimiento de una obra, o de un artista? Sabemos cuánto necesitó Rembrandt hasta encontrar su plena aceptación. En literatura abundan ejemplos. Un breve catálogo podría ir de Don Luis de Góngora al Conde de Lautrêamont. Casos no faltan que podrían operar en direcciones opuestas. Muchos, que parecían ayer, es muy extraño que no lo sean ya hoy. El artículo de (ir) García Márquez “Las glorias del olvido” (2) puede que deje un síntoma de angustia y un signo de inquietud a cuantos se interesan por el tema.

No es gratuito que los clásicos contengan deliberadamente (?) a los clásicos. Que los clásicos recomienden una y mil veces y mil a los mismísimos clásicos. Bien lo sabemos: no hay garantía. En arte, es lo que ha sostenido en otros momentos Dagmar Phillips, la salvación pasa por los estigmas del milagro (?). Se pensará: vaya entresijos. Aunque contenga en sí dicho portento (cómo no podría ser de otra manera) sus análogos referentes. La tal llamada oscuridad, inherente desde hace algunos siglos a los mismísimos entramados de la poesía, sospecho que también las tiene. La belleza, eso me dicen, ya es de por sí oscura, enigmática. Y enigma según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua (RAE) significa… Pienso en Sören Kierkegaard cuando afirmaba en una nota al pie de “El concepto de la angustia”: “Gusto de suponer que mi lector ha leído tanto como yo. Esto ahorra muchas cosas a ambos, al lector y al escritor.” (3) Toca que nos acerquemos a Juan Jacobo Rousseau. Véase en su “Emilio”, curiosamente y de igual modo, a través de una apostilla: “¡Pero cuántas veces he declarado ya que de ningún modo escribo para gentes a quienes hay que decírselo todo!” (4) Y eran pensadores. Dicho de otra manera: fi-ló-so-fos.

Bien lo sabemos, una cosa es la música de Cage, tanto como las opiniones. La poesía tiene otros desafíos y de hecho, va (o viene) por otros caminos. Es otra cosa. La poesía, dijo en alguna entrevista Jorge Luis Borges, tiene que comercializar con el lector. Y tiene, si es que aparecen o, cuando se asumen, sus formas de prevalecer —diría Dagmar. Este Jorge Luis que no ha que acabamos de citar, se refería en sentido general a la poesía, en tanto habría de tener la cabeza puesta en Mallarmé. De Stéphane creo que acotaba: cuando uno lo lee se nota el esfuerzo. Cualquiera entiende, cuando se ha leído algo, que no son pocos los poetas en los cuales se nota el esfuerzo. Pero volvamos atrás. Comercializar y prevalecer, bien. Lo que nadie sabe es cómo, ni mucho menos cuándo. Para ello contamos con el socorrido caso de Don Luis (5) y una contención tácita de Paul Valéry: “Hay siglos en que Virgilio (sépase que Paul se refería, de todos los que conocemos, al bueno, al latino) no sirve para nada.”

Pero mi verdadero tema, al que pretendo acercarme hoy, es nada menos que  a la figura y obra de un belga: el cineasta, poeta, dramaturgo, novelista y pintor Hugo Claus, quien naciera en Brujas en 1929 y diera órdenes de terminar con su vida en Amberes hacia el 2008. Pues al saberse víctima de Alzheimer, no demoró en pedir que se le practicase la eutanasia: duele saber.

Se le considera unos de los más importantes novelistas en lengua flamenca. No es de extrañar, por tanto, que en una enciclopedia digital (nada casual, por cierto) se nos informe cómo conoció en París a Antonin Artaud, y de todo lo que significó su amistad con el autor de “El teatro y su doble”. Claus participó en el prominente grupo de carácter vanguardista CoBrA (1948-1951). Se definía, esto también nos adelanta esta enciclopedia de la cual ya dijimos, nada casual, como un flamingant francophone (flamenco francófono). Es por ello que esto explique, quizás, el hecho de que una zona de Holanda lo tenga de igual modo como uno de los suyos.

“Belladona” es uno de sus libros que podríamos encontrar vertido a lengua de Cervantes. Hugo Claus, aunque mal conocido en nuestro idioma, pertenece al Parnaso de la literatura contemporánea actual. Debo a mi amigo, el poeta, ensayista y traductor, Omar Pérez, el siguiente regalo. En verdad, uno entre tantos.

 

 

Notas

 

1- SANTANA, Greer; “Estudio 104, una entrevista con Dagmar Phillips” En: La revista del siglo XX  Año V, 1990,  III Época. p. 74

2- GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. “La soledad de América Latina (escritos sobre arte y literatura, 1948-1984)” Editorial Arte y Literatura, La Habana,  1990. p. 535

 

De haber quienes ambicionen más, tanto en público como en privado, encontrarían en el libro ya referido “Las grandes que nunca fueron”, p. 328.

 

3- KIERKEGAARD, Sören. “El concepto de la angustia”. Colección Austral, 5ta. edición 1959. p. 144

4- ROUSSEAU, Juan Jacobo. “Obras escogidas”. Editorial Ciencias Sociales, La Habana 1973. p. 181

5- Aunque sabido, digámoslo de una vez: que a las sucesivas generaciones no le importó haber olvidado al cordobés durante siglos, así haya sido el mismísimo autor de las Soledades. Y algo más: Lautrêamont se hizo él mismo invisible para sus contemporáneos. Sospecho no le haya durado mucho, pues apenas se produjo el cruce de siglo y fue ahí en sus primeras décadas donde apareció la figura de André Bretón, a fin de dar contenido y forma al transcendente paso de los surrealistas para que supiéramos de él. ¿Y William Shakespeare? Entre los que dan noticias de tamaño dramaturgo, se encuentra en “Hombre simbólico” y representativo el ensayo de R. W. Emerson quien no deja de sorprenderse (y sorprendernos) al comprobar que cuando se revisa la correspondencia de los contemporáneos del autor de “Enrique IV”, entre otras obras, no hubo nadie que lo mencionara para bien ni para mal.

 

 

PLOMERO

 

Súbita fluye por la raja del techo

el agua en mi sala de estar

queda goteando

sobre libros, muebles, fotos, piso alfombrado.

Llamo por teléfono a los vecinos de arriba. Nadie en casa.

Diluvio en media hora por el cual

llora la araña de cristal

y yo me paseo con una manta inerme

hasta que llega EDGAR el plomero de la guía telefónica

en camiseta atlética

con la Virgen tatuada en un brazo

y en el otro un puñal que atraviesa una rosa.

“Sí, claro”, dice y tuerce un  cigarrillo.

“Viene de los vecinos dʼarriba”, digo yo ensopado.

“No me digas!” gruñe.

Tocamos a la puerta de los vecinos.

“Sí, como no”, Edgar empuja la puerta.

Encontramos un niño en una bañera desbordante

que grita chapoteando en el agua.

Edgar cierra la pila y enciende un cigarrillo.

“Ese niño va a costar mucho dinero”, dice complacido.

El niño dice: “Papi y mami están pʼal cine”.

¿Es esto un poema? Me parece que no.

¿Qué es un poema? Tal vez la capa de pintura

que semanas después con ligero crujido

cayó de mi plafond girando

y cual mariposita blanca

se posó en tu pelo.

 

Traducción: Omar Pérez

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