Actualizado el 28 de mayo de 2015

Douglas Coupland

Por: . 24|5|2015

. Vamos a dejarnos de cosas, si hay que mencionar a un autor importante, distinto y raro en la narrativa moderna, es necesario subrayar a Douglas Coupland. Generación X...

Me tumbé en el suelo, rodeado por los altos tallos y el suave sonido de los insectos, y contuve la respiración, experimentando una sensación de la que nunca he sido capaz de librarme por completo, una sensación de oscuridad, inevitabilidad y fascinación, una sensación que seguramente habrá tenido la mayoría de los jóvenes desde el comienzo de los tiempos, cuando al estirar el cuello y mirar al cielo vieron que su cielo se desvanecía.

Yo también me acosté en el piso de la azotea para ver el eclipse, pero desde La Habanalos eclipses siempre son intermitentes, casi nunca totales, como en otros lugares del mundo. Por supuesto, en aquel entonces no había leído la novela Generación X, de Douglas Coupland,  y no pensaba mucho en generaciones ahogadas por el silencio. Fue un amigo quien una noche cualquiera me prestó la novela de Douglas, casi sin querer, sin darse cuenta acaso de que éramos los personajes del libro. Gente sin futuro ni posibilidades de llegar más allá de ellos mismos, sin proyectos definidos, cabalgando de un extremo a otro de la desidia, engañados a propósito con las irregularidades de la época, gente sin salida, para colmo con treinta años.

Ahora, muchos años después del eclipse, Douglas ha escrito otras novelas, obras de teatro y libros de no ficción, pero el claroscuro de aquella obra inicial sigue extendiéndose por el mundo. El libro que logró definir el declive de una generación continúa inmerso en las sombras de una época. Vamos a dejarnos de cosas, si hay que mencionar a un autor importante, distinto y raro en la narrativa moderna, es necesario subrayar a Douglas Coupland. Generación X,  publicada el 11 de marzo de 1991 por el sello St. Martin’s Press, logró capturar “el momento” de la gente de aquel entonces, definir, con el mismo título del libro, los pensamientos, la mirada de toda una época. El libro que logró definir el declive de una generación continúa inmerso en las sombras de una época. Vamos a dejarnos de cosas, si hay que mencionar a un autor importante, distinto y raro en la narrativa moderna, es necesario subrayar a Douglas Coupland. Generación X,  publicada el 11 de marzo de 1991 por el sello St. Martin’s Press, logró capturar “el momento” de la gente de aquel entonces, definir, con el mismo título del libro, los pensamientos, la mirada de toda una época. El libro sobre cómo ser distinto y no morir en el intento, sobre el derecho a no tener ilusiones ni expectativas, a no ser un objetivo del mercado, no tener una mentalidad consumista, no buscar el éxito, la fama y el dinero, a ser un “perdedor” satisfecho que se regodea, como bien apuntó Vicente Verdú, en una suave cultura del desastre, solo podía ser escrito por uno de los autores más raros y valiosos de la actualidad. Uno de los pocos que, como las vanguardias artísticas de inicios del siglo XX, ha logrado remover las ideas fijas construidas por la sociedad. Es cierto que la narrativa de Douglas Coupland ha derivado hacia otros temas y preocupaciones, pero el legado de su obra maestra persiste, como esa intensa energía que sentimos al mirar el sol.

 

El primer resquicio de sol se alza por encima del tono lavanda de la montaña de Joshua, pero nosotros estamos excesivamente a la última, más de lo que nos convendría, y no podemos dejar que el hecho ocurra sin más. Dag se ve obligado a acoger este resplandor haciéndonos una pregunta, una siniestra alborada:

“¿En qué piensan cuando ven el sol? Rápido. Antes de pensar demasiado en ello y estropear la respuesta. Sean brutalmente sinceros. Claire, tú primero.”

Claire capta la intención.

“Verás, Dag, yo veo a un campesino ruso que va en un tractor por un trigal, pero la luz del sol no le favorece, como en una descolorida foto en blanco y negro de un antiguo Life. Y también se ha producido otro fenómeno extraño: más que rayos el sol ha empezado a proyectar el olor de viejas revistas Life, y el olor está matando su cosecha. El trigo va disminuyendo mientras nosotros hablamos. El campesino se desploma sobre el volante del tractor y llora. El trigo se le seca por envenenamiento histórico.”

“Muy bien, Claire. Raro de verdad. ¿Y tú, Andy?”

“Déjame pensar un momento.”

“Bueno, pues entonces seguiré yo. Cuando veo el sol, pienso en una chica australiana que hace surf, tiene dieciocho años, está en algún sitio de Bond Beach y se fija en sus primeras marcas de queratosis en la espinilla. Grita para sus adentros y se pone a pensar en el modo de robarle unos valium a su madre. Y ahora, dime, Andy, ¿en qué piensas tú cuando ves el sol?”

Me niego a participar en este horror. Me niego a introducir personas en mi visión.

“Pienso en ese sitio de la Antártida que se llama Lake Vanda, donde hace más de dos millones de años que no llueve.”

“No está mal. ¿Algo más?”

“No, nada más.”

Hay una pausa. Y lo que no digo es esto: que éste también es el mismo sol que me hace pensar en mandarinas regias, en mariposas aturdidas y en carpas perezosas. Y en las estáticas gotas de sangre de las granadas que rezuman por las fisuras de la piel de la fruta que se pudre en la rama del árbol de la casa de al lado; unas gotas que cuelgan como rubíes de su antigua fuente de cuero marrón, remitiendo a la intensa fertilidad ovárica del interior.

Este caparazón de impasibilidad también es demasiado para Claire. Rompe el silencio diciendo que no es sano vivir la vida como si se tratara de una sucesión de breves y aislados momentos de lucidez.

“O nuestras vidas se convierten en historias o no hay modo de que podamos vivirlas.”

Yo me muestro de acuerdo. Dag se muestra de acuerdo. Sabemos que por eso dejamos nuestras vidas y vinimos al desierto; a contar historias y a hacer que nuestras propias vidas sean historias dignas de contarse.

Categoría: Los raros | Tags: | |

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