Actualizado el 1 de mayo de 2015

Philip Larkin

Por: . 1|5|2015

De contar con un nombre, talismánico en tiempos como los que corren, no dudaría: el bibliotecario Philip Arthur Larkin...

En tiempos en que tratábamos de agotar la obra de Charles Albert[1], en verdad lo poco que hasta ese momento había caído en nuestras manos, Cognoscibilidad del texto expansivo[2] y Ränder[3], no sería hoy difícil imaginar cómo se nos deshacían entre las manos; de la misma manera que a través de las posibilidades conceptuales que nos ofrecían las lecturas de ambos libros, no era difícil que nos mofáramos de aquellos que pretendían alcanzar desde el verso, el goethiano (útil este, aunque infeliz neologismo, lo sabemos) millón de lectores.

Goethe había vivido la experiencia de los tantos que se suicidaron a la salida y, lectura (por qué otra cosa habría de ser) de Los sufrimientos del joven Werther. El propio Goethe solía atribuir el éxito no solo a las virtudes sino, y de igual modo, a la cantidad de defectos que podría contenerr una obra.

La idea de poder o querer contar con esa abrumadora cantidad de seguidores en materia de poesía debe ser, a no dudarlo, verdaderamente frustrante —podría pensarse. O sospechoso cuando menos. Para Hans Magnus Enzensberger: “La poesía es probablemente el único producto cultural que no tiene un valor comercial”, “Es minoritaria —agrega— pero sabemos que las minorías cuentan”[4].  

“Los lectores de hoy no tienen por qué necesariamente ser los de mañana”, apuntaba en algún lado Charles Albert. Y decía: “Los libros no cambian. Somos nosotros los que cambiamos con el tiempo. Ese es el riesgo que corremos absolutamente todos.” Cambian los libros porque la sensibilidad… y toda sarta de justificaciones, podríamos decir, muy modestamente, algunos de nosotros.

De contar con un nombre, talismánico en tiempos como los que corren, no dudaría: el bibliotecario Philip Arthur Larkin (1922-1985). Y porque viene asociado a uno de los grandes impulsores de la poesía inglesa del siglo XX, en tanto hubo de ejercer, y con igual fortuna, la crítica de jazz y la ficción. Sus biógrafos no han escatimado adjetivos a la hora de tratar con su vida: el solitario Larkin; Larkin misógino; el silencioso Larkin; Larkin el melancólico. Si es como se cuenta, esquivo y reticente además, entonces críticos no le han  faltado que hayan creído encontrar en su obra aspectos de carácter melancólico.

¿Su poesía? El barco del norte (1945), Un engaño menor (1955), Las bodas del pentecostés (1964), Ventanas altas (1974). Jill (1946), Una muchacha en el invierno (1947), novelas. Fue en 1984 que alcanzó la condición de poeta laureado.

 

 HOMENAJE A UN GOBIERNO

 

El año que viene vamos a repatriar a los soldados

por falta de dinero, y eso está muy bien.

Los lugares que cuidaban, o mantenían en orden

deben cuidarse solos, y mantenerse en orden.

Queremos tener nuestro dinero en casa

en vez de trabajar. Y eso está muy bien.

 

Difícil decidir quien quiso que ocurriera

pero, ya resuelto, nadie se preocupa.

No están aquí, los lugares, sino muy lejos,

lo cual está muy bien, y, según hemos oído,

allá los soldados eran un problema.

El año que viene estaremos más tranquilos.

 

El año que viene seremos un país

que repatrió a los soldados por falta de dinero.

Las estatuas seguirán alzándose en las mismas

plazas amortiguadas por los árboles, y serán casi las mismas.

Nuestros hijos no sabrán que el país es diferente.

Si algo tenemos ahora esperanzas de dejarles, es dinero.

                                                                                                                         1968



[1] Corrían los años 90 del pasado siglo.

[2] Editorial Lunda, Sao Paulo, 1973

[3] Editorial Lunda, Sao Paulo, 1973. Súmesele a tan escasa bibliografía para autor no tan prolífico, alguna que otra entrevista, o artículo, publicado en la tan restringida Revista del siglo XX, allá y por aquellos años.

 [4] Ver Oda a nadie y otros poemas, en Muestrario de poesía 13. Biblioteca digital. Primera edición: Septiembre 2008 Santo Domingo, República Dominicana.

5) Citado es, y con frecuencia, cuanto Philip Arthur Larkin pensaba acerca de su labor poética: la de llegar a «construir un dispositivo verbal que preserve indefinidamente una experiencia al ser reproducida por todo aquel que lo lea». Si se trata de una definición, no digo yo si nos bastaría con acercarnos, por solo tomar un ejemplo, a la obra (poética en este caso) del peruano José Watanabe (1946-2007). Vuelvo y repito: No digo yo.

 

Categoría: Los raros | Tags:

El Caimán Barbudo © Todos los derechos reservados