Actualizado el 30 de julio de 2015

Bret Easton Ellis

Por: . 25|7|2015

Leer a Bret Easton Ellis es crearnos una cicatriz, no hay manera de escapar con vida, y eso —concordarán conmigo—, solo puede lograrlo un escritor muy raro. Bret Easton Ellis (Los Ángeles, 1964). ¿Quién duda todavía que el escritor estadounidense no es el mejor novelista de todos los tiempos? ¿Quién duda que Cervantes, Shakespeare, e incluso Dante u Homero lo esperan en el limbo de los genios para declararlo rey absoluto de toda esta cosa llamada Literatura? Por supuesto que estoy exagerando, pero si has leído hasta aquí es porque eres un lector impresionable o escéptico, o escrupuloso, y confías demasiado en tu absurda e irrelevante opinión literaria. Ya es hora de que te caigas de la mata, pues si has leído hasta aquí es porque no sabes mucho o tal vez nunca oíste hablar del inconmensurable Bret Easton Ellis. Paladea ese nombre. Invoca a Zeus para que te permita conseguir alguno de sus libros.

A lo mejor hiperbolicé un poquito y se me fue la mano diciendo que es el mejor y eso y lo otro. No voy a exagerar tanto, solo voy a escribir que es el mejor novelista de la historia y que Tolstoi y compañía, a su lado, son unos amateurs y que si alguien por ahí dice otra cosa, al menos nadie me podrá negar que, entre los autores contemporáneos valiosos y raros está el súper Bret, con un estilo que algunos críticos miopes han comparado con el de Hemingway. Algo completamente injusto, ya que la escritura de Easton es en sí misma un estilo único e inigualable. Oigan estos títulos: Menos que Cero, Las leyes de la atracción, Psicópata Americano, Los confidentes, Glamourama, Lunar Park, Suites imperiales. Con solo acercarnos a los títulos de sus novelas sentimos —sí, te estoy incluyendo— la fuerza amenazadora de su talento, el electromagnetismo de las estructuras falsamente simples de sus obras. Piénsenlo, no es un autor de culto por gusto, ni sus textos tienen tanta fuerza gracias a nada.

Su “raritud”, en este caso se debe a la habilidad con que fracciona al lector, su capacidad de quedarse para siempre dentro de este, a pesar de la avalancha de la tecnología,  la ropa interior femenina, las series televisivas, las peleas familiares, las casas en la playa, o sea, a pesar de todos esos entretenimientos contemporáneos que hacen que la vida se suceda a una velocidad vertiginosa y casi nada tenga prioridad en nuestras mentes.

Leer a Bret Easton Ellis es crearnos una cicatriz, no hay manera de escapar con vida, y eso —concordarán conmigo—, solo puede lograrlo un escritor muy raro. De otro modo, hace unos cuantos años atrás, no hubiera tenido esta conversación con una muchacha muy rara que en aquel momento no conocía realmente y que decidí llamar “Lydia” gracias a la novela Psicópata Americano, donde un asesino visita con regularidad un videoclub para alquilar películas con títulos tan sugerentes como Reformatorio de travestis, El caliente bollo de Pamela o Dentro del culo de Lydia, y contrata, vía telefónica, el servicio de prostitutas hermosas y desinhibidas. Lo único que sabía bien de ella es que estudiaba filología y que cobraba veinte dólares por sesión. ¿Puedo llamarte Lydia?, le dije en nuestro primer encuentro. ¿Por qué? Yo le hablé de mi admiración por Bret, y ella sonrió, dijo que también era una admiradora y que su novela Psicópata Americano debería ser estudio obligatorio en todas las universidades del mundo. ¿Ssssss….i…?, dije, confuso ante la idea de ver a millones y millones de universitarios adentrándose en la mente de un asesino. 

Psicópata Americano no es un análisis de la decadencia de la sociedad de consumo, es la exposición del interior de un ser humano, el hombre frente al espejo de su obsesión, por eso es una obra absolutamente pedagógica y hermosa. ¿Heeeeer…mosa? Ella ya había empezado a desnudarse. Yo ya había empezado a excitarme. Sí, hermosa, dijo, y añadió: ¿has visto algo más bonito que un ser humano en su más íntima esencia? La falta de escrúpulos del asesino, su incontrolable vocación por la barbarie y la muerte nos muestra su debilidad, su sensibilidad, su… humanismo. La dejaba hablar, mientras se iba desnudando. ¿No te gustaría, aunque sea una vez, olvidarte de las convenciones y atreverte a hacer lo que quisieras?, me interrogó. Hasta aquel momento, siempre me había parecido que el protagonista de la novela era un psicópata sin remedio, al que solo podía envidiarle su posibilidad de vivir en un país con películas porno y agencias con prostitutas hermosas, pero ahora se me transformaba en un héroe de la realización personal.

De más está decir que esa tarde,  no sé por qué, mientras la tocaba y hacía lo mío, solo pude pensar en la novela de Easton, exactamente en el fragmento donde el protagonista lleva a la hermosa Bethany a su casa, cierra la puerta con llave, asegurándose de echar el cerrojo, se dirige a la barra y sirve un poco de J&B en un vaso, mientras ella pasa la mano por la máquina de discos Wurlitzer, examinándola. He empezado a rezongar para mí mismo y me tiemblan las manos tanto que decido olvidarme del hielo, y luego estoy en el cuarto de estar, parado detrás de ella, que mira el David Onica colgado encima de la chimenea. Ladea la cabeza, estudiándolo, luego se echa a reír y me mira sorprendida; luego vuelve a mirar el Onica, sin dejar de reír. Vacío el vaso de un solo trago y me dirijo al armario Anaholian de roble blanco donde guardo la clavadora automática que compré en una ferretería, cerca de mi oficina, en Wall Street. Después de ponerme unos guantes de cuero negro, me aseguro que la clavadora está cargada.

            —¿Patrick? —pregunta Bethany, sin dejar de reír.

            —¿Qué? —digo, y luego añado—: ¿Querida?

            —¿Quién colgó el Onica? —pregunta.

            —¿Te gusta? —pregunto.

            —Es bonito, pero… —Se interrumpe, luego dice—: Estoy casi segura de que está colgado al revés.

            —¿Qué?

            —¿Quién colgó el Onica?

            —Lo colgué yo —digo, todavía a sus espaldas.

            —Pues has colgado el Onica al revés. —Se ríe.

            —Pues vaya. —Estoy junto al armario, con la clavadora en la mano, acostumbrándome a su peso en mi mano enguantada.

            —No puedo creer que esté al revés —dice ella—. ¿Cuánto lleva de este modo?

            —Un milenio —susurro, acercándome a ella.

            —¿Qué? —pregunta, sin dejar de examinar el Onica.

            —He dicho: ¿qué coño estás haciendo con Robert Hall? —susurro.

            —¿Qué has dicho? —y como a cámara lenta, como en una película, se da la vuelta. Espero hasta que haya visto la clavadora y las manos enguantadas para gritar:

            —¿Qué coño estás haciendo con Robert Hall?

            Quizá por instinto, quizá por un recuerdo, hace un rápido movimiento inútil hacia la puerta, gritando. Aunque el chardonnay le ha embotado los reflejos, el whisky escocés que he tomado yo ha aguzado los míos y, sin esfuerzo, me planto delante de ella, bloqueándole el paso, y la dejo inconsciente de cuatro golpes en la cabeza que le doy con la clavadora. La vuelvo a llevar, arrastrándola, hasta el cuarto de estar, la tumbo en el suelo sobre una sábana blanca de algodón de Voilacutro, y entonces le estiro los brazos, colocándole las manos con las palmas hacia arriba en unas gruesas tablas de madera, y le clavo tres clavos en cada mano, al azar, en los dedos. Esto hace que recupere la consciencia y se ponga a gritar. Después de rociarle los ojos, la boca, la nariz con un pulverizador de autodefensa, le pongo un abrigo de pelo de camello de Ralph Lauren sobre la cabeza, lo que ahoga sus gritos, o lo que sean. Sigo clavándole clavos en las manos hasta que las dos están llenas —los clavos se amontonan unos junto a otros, haciendo que le sea imposible incorporarse—. Tengo que quitarle los zapatos, lo que me molesta un poco, pero patalea violentamente contra el suelo, dejando marcas oscuras en el roble tan blanco. Durante todo esto no dejo de gritarle:

            —Puta. —Y luego mi voz se convierte en un ronco susurro y le digo, babeando en el oído—. Jodida mamona.

            Finalmente, completamente aterrorizada, después de que le he quitado el abrigo de la cara, empieza a suplicarme, o al menos lo intenta, mientras la adrenalina se impone momentáneamente al dolor.

            —Patrick, por Dios, para ya, por favor, por Dios, deja de hacerme daño…

            Pero, como siempre ocurre, el dolor vuelve —es demasiado intenso para que no lo haga— y Bethany vuelve a perder el sentido y vomita, mientras está inconsciente, y tengo que levantarle la cabeza para que no se ahogue y luego vuelvo a rociarla con el pulverizador de autodefensa. Trato de arrancarle a mordiscos los dedos que no he clavado, y casi lo logro con el pulgar de la mano izquierda, del que consigo arrancarle toda la piel con los dientes, dejando el hueso a la vista, y luego la vuelvo a rociar con el pulverizador, innecesariamente. Le pongo nuevamente el abrigo de pelo de camello en la cabeza, por si se despierta gritando, y pongo en marcha el Handycam Sony del tamaño de la palma de la mano para poder grabar todo lo que sigue. Una vez que lo he colocado en su trípode y conectado el automático, con una tijeras le voy cortando el vestido y cuando llego al pecho le doy algún corte en los pechos accidentalmente (en realidad no) y le arranco uno de los pezones sin quitarle el sostén. Se ha puesto a gritar nuevamente una vez que le he destrozado el vestido, dejándola sólo con el sostén, cuya copa derecha está oscurecida por la sangre, y las bragas, que están mojadas de orina y que reservo para más tarde.

            Me inclino sobre ella y grito por encima de sus alaridos:

            —Chilla, chilla, chilla todo lo que quieras… —He abierto todas las ventanas y la puerta de la terraza y cuando me pongo de pie, abre la boca y ya no salen chillidos, sólo sonidos horribles, guturales, como de animal, a veces interrumpidos por arcadas—. Grita, cariño —la animo—, no dejes de gritar. —Vuelvo a inclinarme sobre ella, todavía más cerca, echándole el pelo hacia atrás con la mano—. A nadie le importa. Nadie te va a ayudar… —Trata de volver a gritar, pero está perdiendo la consciencia y sólo es capaz de gemir débilmente. Me aprovecho de su estado de debilidad, me quito los guantes y, forzándola a abrir la boca, con las tijeras le corto la lengua, que le saco fácilmente de la boca y mantengo en la palma de la mano, caliente y todavía sangrando, viendo que es mucho más pequeña que en su boca, y la tiro contra la pared, donde se queda pegada un momento y deja una mancha, antes de caer al suelo con un débil golpe seco y como húmedo. Luego me la follo por la boca, y después de eyacular y sacar la polla la rocío una vez más con el pulverizador.

            Después, cuando recupera brevemente la consciencia, me pongo un sombrero que me regaló una de mis novias cuando estudiaba primero en Harvard.

            —¿Recuerdas esto? —Grito, allí de pie junto a ella—. ¡Y mira esto! —Grito triunfalmente, sujetando un puro en la mano—. Todavía fumo puros. Ja. ¿Lo ves? Un puro. —Lo enciendo con unos dedos seguros, manchados de sangre, y su cara, pálida hasta el punto de parecer azulada, sigue contrayéndose, retorciéndose de dolor, y sus ojos paralizados por el horror se cierran, luego se entreabren, mientras su vida se reduce a una pesadilla.

            —Y otra cosa —grito, paseándome por el cuarto—. No es de Garrick Anderson. ¡El traje es de Armani! Giorgio Armani. —Me interrumpo, despechado, me inclino sobre ella y suelto con desprecio—: Y tú creías que era Henry Stuart. —Le cruzo la cara de una bofetada y digo, con los dientes apretados—: Estúpida puta —escupiéndole en la cara, pero la tiene tan cubierta de pulverizador de autodefensa que probablemente ni siquiera se dé cuenta, de modo que vuelvo a rociarla con el pulverizador y luego trato de volver a follármela por la boca una vez más, pero no logro correrme, de modo que la dejo.

Categoría: Los raros | Tags: | | | |

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