Actualizado el 29 de noviembre de 2015

Fabio Morábito

Por: . 27|11|2015

 Fabio Morábito: El escritor es quien verdaderamente no sabe escribir...Cuando alguien decide convertirse en escritor, no sabe ni por qué lo hace. Fuerzas internas lo impulsan a hacerlo. Es como descubrir, una mañana, que de pronto eres gay. Yo no soy gay, pero esta comparación es perfecta para definir lo que se siente cuando nos descubrimos, de pronto, en el amplio y hondo espacio de la literatura. Yo no soy gay (lo repito una y otra vez), pero me encanta ir a fiestas gay, no solo porque son muy divertidas, sino porque en una de ellas descubrí mi pasión por la literatura. En mi última fiesta, un tipo me dijo que me regalaría un tomo de El Idioma Materno (Editorial Sexto Piso, 2014), de Fabio Morábito, si me quedaba una noche en su casa. Acepté a la primera. No tuvo que insistirme mucho. Una vez en su casa, me pasó la lengua por aquí, me quitó la ropa, y usó hasta tres condones.

¿Hice eso porque No soy gay o porque me gusta la literatura?

Por supuesto que… Bueno, eso ya no importa, lo importante es que, gracias a esa noche conocí la obra de Fabio Morábito, uno de los autores contemporáneos que sabe muy bien de los trascendentes impulsos de la literatura y sus ramificaciones a lo largo de los sentidos y la existencia. Casi nadie sabe por qué escribe, o mejor, cómo encalló en el continente de la escritura, pero Fabio parece saberlo muy bien, y eso lo convierte en un escritor raro, bastante raro, no solo por saberlo, sino también por transmitir la experiencia de un conocimiento que ayuda a entender las claves de la motivación para leer y escribir, que es igual a decir (aunque parezca un retruécano en este mundo actual tan rápido y vano): la motivación para respirar y vivir.

Fabio Morabito (1955) transcurrió su infancia en Milán y a los quince años se trasladó a México, donde vive desde entonces. A pesar de que el italiano es su lengua materna, ha escrito toda su obra en español. Es autor de cuatro libros de poesía: Lotes Baldíos (FCE, 1985). De Lunes Todo el Año (Joaquín Mortiz, 1992). Alguien de Lava (Era, 2002). Delante de un Prado una Vaca (Era, 2011; Visor, 2014). Ha escrito tres libros de cuentos: La Lenta Furia (Vuelta, 1989; Tusquet, 2002; Eterna Cadencia, 2012) y Grieta de Fatiga (Tusquet,  2006; Eterna Cadencia, 2010). Ha escrito dos libros de prosas: Cajas de Herramientas (FCE, 1989; Pre-Textos, 2009) y También Berlín se Olvida (Tusquet, 2004). Ha publicado la novela: Emilio, los Chistes, y La Muerte (Anagrama, 2009), y una breve novela para niños: Cuando las Panteras no eran Negras (Siruela, 1996; FCE, 2011). Es autor del libro de ensayos: Los Pastores sin Ovejas (El Equilibrista, 1995).

El Idioma Materno es un libro para aprender, soñar, y reconocer lo inevitable: las palabras nos transforman, nos hacen ser lo que somos, son la materia vital del universo. Si el aprendizaje del idioma materno -que constituye en definitiva el “hogar” de cada uno de nosotros- supone para el hablante la renuncia a ese momento inicial en el que todas las lenguas se abren como una promesa, como una potencialidad igualmente factible, este libro “nos proporciona a base de lenguaje la salida del lenguaje, el atisbo de la realidad del mundo”, una forma de desandar el camino, de abandonar las supuestas certezas y alcanzar ese punto de inseguridad e indeterminación, de extrañeza y fascinación, en el que se puede afirmar precisamente que un escritor es aquella persona a quien le cuesta escribir más que a ninguna otra.

LA VANIDAD DE SUBRAYAR

Un amigo mío, al que ya no veo, no abría un libro sin tener un lápiz a mano para subrayar lo que le gustaba. Era indiferente al género del libro: poesía, novela, historia, ensayo político o científico. Leer y subrayar para él eran sinónimos. Tardé cierto tiempo en entender por qué me producía tanta incomodidad su ansia por dejar alguna marca visible en las páginas de sus libros. Él aspiraba a escribir, tenía un indudable talento para ello, pero algo lo bloqueaba secretamente. Bastante mayor que yo, no había publicado ni una sola línea. Ahora creo que su manía de subrayar fue una de las causas de su esterilidad. Para empezar, era la coartada perfecta para no tener ningún libro prestado, pues se supone que uno no debe subrayar un libro que tiene que devolver. Así, en su vasta biblioteca no había un solo libro ajeno, todos eran suyos y, como eran suyos, podía subrayarlos libremente. Pronto entendí que había caído en un círculo vicioso y que no los subrayaba porque eran suyos, sino que, al ser suyos, tenía que subrayarlos. En cierto modo, no eran verdaderamente suyos hasta que no tuvieran algún subrayado. Llegó a confesarme que habría sido capaz de reconocer sus subrayados en medio de miles de otros, no sólo por el tipo de rayas que hacía, que a mí en verdad me parecían perfectamente normales, sino por el tipo de cosas que le gustaba destacar. Pero cuando le pregunté qué eran esas cosas tan peculiares, sólo hizo un gesto vago e intuí que ese hombre varios años mayor que yo nunca publicaría nada. Subrayaba de manera compulsiva como un sustituto de la escritura misma. Al subrayar tanto se defendía de los libros, que mantenía a raya con sus rayas. Por eso nunca se animó a escribir uno. No habría soportado que alguien subrayara un libro escrito por él, pues aspiraba a escribir un libro perfecto, un libro subrayable de la primera hasta la última palabra, y encontrarse con un lector que sólo hallara algunas partes dignas de subrayarse lo habría sumido en una profunda consternación.

Categoría: Los raros | Tags: | |

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