Actualizado el 25 de agosto de 2016

Betty Dodson

Por: . 21|8|2016

Una de las buenas, mejores y, por supuesto, rara, muy rara, Betty Dodson, lo logró. Es decir, escribió unos libros que parecen que caminan y viven entre nosotros, que le dieron un significado al jeroglífico de estar vivo. ¿Qué escritor no ha querido ver traspoladas sus palabras en la transparente e infinita hoja de la realidad? Los buenos, los mejores, que casi siempre son raros, lo han logrado y siguen lográndolo a veces sin proponérselo. Una de las buenas, mejores y, por supuesto, rara, muy rara, Betty Dodson, lo logró. Es decir, escribió unos libros que parecen que caminan y viven entre nosotros, que le dieron un significado al jeroglífico de estar vivo.

Betty Dodson (Kansas, 1929) es una sexóloga estadounidense que ha escrito unos libros claves e importantes para la humanidad, y ha propiciado y defendido ese derecho a la liberación sexual que tanto se ansía para el completo desarrollo de cualquier persona. En su primer libro Sex for One (1989) nos revela la idea de que la masturbación es un método de autoconocimiento y superación personal, y no el instrumento del diablo para pervertirnos y condenarnos a la llama eterna que gira y gira en el círculo de los pecadores obcecados que, oh, Moisés, no se cansan de… etcétera.

Al leer eso sentí que me habían quitado de encima dos mil años de represión, y esa sospecha de que alguien, o algo, se dedica a ocultar cosas que están a simple vista, o al menos tan cerca de los ojos que no podemos entenderlas ni mucho menos verlas. Pero el gran mérito de Betty es que, como Newton o Einstein, ha hecho avanzar otro paso a nuestra civilización en el reto de entenderse a sí misma; incluso, si somos objetivos, ni el propio Einstein llegó tan lejos, todo eso del átomo descompuesto es una mierda si lo comparamos con la victoria de entrar en el cerebro y dejar un sendero para los otros (me han contado que Master&Johnson y Helen Kaplan, después de leer el libro de Betty, intentaron mezclar varios arsénicos con Coca Cola, pero Betty se los impidió a tiempo). Bueno, ya saben lectores, Betty es lo mejor que ha sucedido en esta tierra después de Shakespeare y de Kant, sin contar al bueno de Stephen Hawking.

Para más información, solo tienen que ir a la librería de Random House, o la de Alfaguara, o la de Anagrama, situadas en la calle Obispo, entre Aguiar y Mercaderes, y comprar los textos de Betty (los miércoles son días de rebaja y los viernes la autora firma libros). Para terminar, no se me ocurre nada mejor que proponerles a los lectores un cuento de Zulema de la Rúa), inspirado en la obra de Betty Dodson, como una prueba más de esas traspolaciones maravillosas que logran los escritores raros, los buenos, los mejores.

MÁS TURBADA QUE AYER

Cada semana me reunía con mis amigas para hablar de nuestros problemas, pero casi siempre acabábamos hablando de sexo, que era, en realidad, nuestro problema mayor. Siempre lo mismo; Mi marido volvió a eyacular antes de tiempo, Mi marido logró la erección pero a la hora de la hora volvió a acordarse de lo que le pasó en la infancia y todo se vino abajo; Mi marido se convirtió en extraterrestre y se perdió en Saturno; Mi marido…etc.

Siempre lo mismo. ¿De qué valían las teorías, los estudios, los manifiestos de tantos doctores sublimados? ¿Las relecturas del Kamasutra, de análisis de dibujos egipcios, griegos y japoneses? Todo se estrellaba contra el muro de la realidad.

Siempre lo mismo, hasta la aparición de Betty Dodson, la autora de los libros Liberating Masturbation (La masturbación como liberación; reflexiones sobre el amor en solitario) y Sexo para uno. Betty había aparecido cuando ya no esperábamos mucho, cuando la insatisfacción había entrado en nuestras casas para acompañarnos momento con su sonrisa cínica y sus peinados estrambóticos. Betty tenía una solución para nosotras; según ella, la masturbación no es un sustituto del sexo, masturbarse es tener sexo. Si preguntan cuándo fue la última vez que te acostaste con alguien puedes remitirte a la última masturbación. Era un pensamiento inspirador y novedoso que teníamos que poner en práctica. Ya no importaba la impotencia, la eyaculación precoz, la anorgasmia, teníamos una puerta de salida, una fiesta personal con nosotras mismas.

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Cierro la puerta de mi cuarto y empiezo a desnudarme. En mi cama me esperan, acostados, cerca de cuatro o cinco hombres desnudos. Uno de los hombres desnudos tiene el rostro de mi sexóloga, si me concentro bien puedo hacer que se parezca a ella y confesarle las aberraciones que nunca me he atrevido a decirle a la sexóloga real. Decirle que cuando mi esposo me la introduce pienso en sus compañeros de trabajo, en los vecinos, en muchos hombres acostados junto a nosotros en la cama. ¿Y por qué no se lo cuentas?, me pregunta el hombre con el rostro de la sexóloga. ¿Contarle qué? Lo que en verdad te excita, tus fantasías, todo. Pero mi esposo es un hombre de mente estrecha, jamás aceptaría mi instinto antisocial de fantasear con otros hombres. Lo antisocial es estar reprimido, ser infeliz, me dice Betty mientras me ayuda a frotar mi entrepierna con un oso de peluche que me mira con inocencia y me hace sentir culpable y cansada. Continúo frotándome, no le devuelvo la mirada a mi inexperto osito comprado en una tienda anticuada, pues Betty pasa la lengua por mis senos y me asegura que “El rechazo de la masturbación es parte de la represión sexual. Desde la infancia hasta la madurez, la masturbación produce un sentimiento de vergüenza y de culpabilidad. Las personas que no mantienen una relación sexual consigo mismas son más fáciles de manipular. Yo creo que la clave para acabar con la represión sexual está en la masturbación; sobre todo para las mujeres que creen que son frígidas o que no saben con seguridad si están teniendo orgasmos con su pareja. Con la masturbación se aprende mucho sobre las reacciones sexuales, y se conocen los secretos del cuerpo y de la mente que la sociedad enseña a esconder”. Por eso, si mi aberración me hace feliz, entonces es hora de que aparezca el primer orgasmo.

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Tras las interjecciones, los temblores, los suspiros, el número indefinido de hombres empiezan a desaparecer. Son hombres adiestrados por mí, que saben cómo tocarme, cómo besarme, aparecen y desaparecen según mis deseos o conveniencias. Los conocí durante los primeros vuelos de mi imaginación, en un bar al que entré desnuda y tarareando Mambo #5, en un baño para hombres donde entré haciendo un striptease titulado yo me reparto, en una discoteca-karaoke en la que tomé un micrófono y empecé a decir: yowhiskydoblesolitamojadamachosricosparamíchacachacaect. Los he conocido en todos los lugares y ninguno, por eso siempre tienen rostros diferentes.

Pienso, rozando mi pubis por el borde de una almohada, que todos los hombres deberían ser como ellos. Comprensivos, atentos, bien dotados, bien vestidos, políglotas, recordistas mundiales, campeones olímpicos, especialistas en artes marciales, con maestrías y diplomados en el arte del sexo, hombres, en fin, capaces de comprender la infinidad de fetichismos, aberraciones, gallinas muertas, ideas podridas, que pueden coexistir dentro de una mujer. Me conformaría, sin embargo, con que mi esposo fuera al menos comprensivo, con poder decirle lo que pasa por mi mente, pero ahora no me importa mucho eso, pues estoy extremadamente humedecida, observando atenta un video de sexo transgresor, además, ahora viene la parte en que los chicos del video salen del televisor y me caen encima, me guían sin contratiempos hacia el segundo orgasmo.

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Muchas mujeres ignoran que pueden tener orgasmos, incluso algunas ignoran que pueden tener más de un orgasmo. Mis amigas y yo somos multiorgásmicas, lo descubrimos durante una de nuestras conversaciones sobre sexo, días después de haber iniciado nuestros viajes de liberación y placer. Habíamos empezado criticando a Freud, pues Masters & Johnson, en sus estudios sobre la sexualidad femenina, habían echado por tierra la idea de Freud de los orgasmos vaginales adultos. Habían descubierto que los orgasmos se centran en el clítoris, y que clasificarlos como vaginales o clitoridianos era incorrecto.

A partir de las masturbaciones diarias, todo había empezado a cambiar para nosotras y hasta las relaciones con nuestros esposos tomaban un matiz esperanzador. Todo cambiaba para bien, si seguíamos así lograríamos orgasmos alucinantes en la cama y podríamos hacer lo que tanto deseábamos, salir a la calle para cambiar el mundo, o sea, masturbarnos en la entrada del edificio, en la acera, mientras le explicamos a los vecinos, los transeúntes y a los periodistas, los beneficios de la masturbación. Betty Dodson, segura de que estoy a punto de arribar a mi tercer orgasmo, se sienta junto a mí en la cama y me revela su fantasía de la liberación sexual en el futuro: Es la Nochevieja.

“Todos los canales de televisión se han puesto de acuerdo y me han dejado dirigir un programa llamado «Orgasmos en América». En todas las pantallas se verá porno fino creado por el genio más destacado de este país, y con la más alta tecnología. Al dar las doce, la nación entera se estará masturbando en pro de la paz mundial.”

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El momento final es el más excitante, las paredes se remueven, la cama se hace líquida, volcanes en las esquinas, terremotos en el techo, estoy a punto, al borde de un orgasmo verdaderamente espectacular. Quisiera tener a mucha gente cerca para que pudieran ver esto, para que pudieran dar fe de mi cara de felicidad y escribir sus impresiones en un libro, sería bueno incorporar esta escena a un documental y que alguien lo utilizara para defender una tesis a favor de la satisfacción plena de la mujer y lo transmitieran en el noticiero, colocaran imágenes en periódicos y libros de texto para alumnas de secundaria. Quisiera que ocurrieran muchas cosas en este momento, pero escucho un ruido, un ruido de llaves en la puerta de la calle. Mi esposo siempre hace un ruido de llaves cuando llega del trabajo, es como si sospechara de mí, como si temiera encontrarse con una situación extraña y avisara para evitar cualquier situación extraña. Sé que es él, conozco sus rutinas. Abrirá la puerta, irá al baño, entrará en la cocina, comerá algo, regresará a la sala, conectará la televisión para ver no sé qué noticia. Sé que es él, pero no pienso detenerme, este es el momento de mi orgasmo espectacular, solo me falta un minuto, lo tengo en la punta.

Mi esposo, como siempre, abre la puerta, pero esta vez creo que está acompañado, le muestra la sala a alguien, el comedor, señala hacia el patio y se dirige hacia el cuarto. ¿Hacia el cuarto?, me digo, y me incorporo de un tirón, empiezo a recoger la ropa del suelo, a tratar de organizar todo. Por supuesto, no me da tiempo y mi esposo, junto a sus compañeros de trabajo entran en el cuarto, me sorprenden completamente desnuda. Amigos, les presento a mi mujer, dice él y yo abro la boca, sin entender nada.

Los hombres me acuestan de nuevo en la cama, me acarician, me dicen cosas al oído. Yo estoy tan atónita que solo alcanzo a cerrar los ojos y dejarme llevar. Y entonces, ya fuera de mí, veo cómo mi cuerpo comienza a hervir, cómo desprende un vapor dulce, burbujeante, que coloca a mi mente en un estado de ebullición total. Luego, cuando mi esposo se acuesta sobre mí para iniciar su desempeño mediocre, estoy tan excitada que el orgasmo irrumpe estremeciéndolo todo, ya saben, Ay, papi, qué rico, eres lo máximo, sigue así, así, etc.

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Dos o tres orgasmos más tarde, recupero la compostura, mis ojos se abren, respiro calmada, me levanto de la cama, recojo la ropa del suelo, hago lo que tengo que hacer. La habitación queda como nueva, nadie pensaría que aquí han ocurrido tantas cosas. A punto de salir del cuarto escucho un ruido, un ruido de llaves en la puerta de la calle. Mi esposo siempre hace un ruido de llaves cuando llega del trabajo.

Categoría: Los raros | Tags: | | | |

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