Actualizado el 8 de septiembre de 2016

David Llorente

Por: . 4|9|2016

David Llorente, en su novela, captura un espacio de tiempo, y lo hace con una organicidad y maestría que deslumbra, dándole un sentido y a la vez un sinsentido a este sistema de confusiones que el gran Borges (también golpea su cabeza contra un muro) llamó vida. El sábado, en la calle de madera, se presentó uno de los libros más interesantes y elogiados en lo que va de siglo. Te quiero porque me das de comer (Editorial ALREVÉS, 2014) hizo que el público abarrotara aquel espacio destinado para las presentaciones de libros y encuentros con los autores. David Llorente, un escritor nacido en Madrid que se trasladó a Praga, y autor del libro antes mencionado, conversó durante un rato con sus lectores y demostró por qué es tratado por la crítica, los fans y algunos extraterrestres, como uno de los mejores escritores que ha existido jamás. El libro, considerado obra maestra casi desde el mismo momento en que se publicó, justifica en gran medida la personalidad irradiante de su autor, y lo convierte ipso facto, en un raro, es decir, en uno de esos escritores de talento inclasificable que obligan que tipos como Homero, Dante, Shakespeare, Carpentier y Cormac McCarthy se pasen los días golpeando sus cabezas contra un muro y preguntándose, ¿Cómo lo hizo, cómo lo hizo? Porque, a decir verdad, David Llorente no solo ha escrito un libro grandioso que no se puede encasillar en ningún género, sino que lo ha escrito de una manera portentosa, original e irrepetible. Ha escrito un libro real, con una historia que transcurre simultáneamente, de la misma forma en que transcurre la vida. Los sucesos no aparecen en orden, uno tras otro, más bien se diseminan frente al lector, como cuando miras el horizonte y vez un pájaro haciendo siluetas en el aire, y un auto cruzando la avenida, y una mujer asomada a un balcón, y unos niños gritando en el parque, y un perro con sus ladridos, y así, hasta el infinito. David Llorente, en su novela, captura un espacio de tiempo, y lo hace con una organicidad y maestría que deslumbra, dándole un sentido y a la vez un sinsentido a este sistema de confusiones que el gran Borges (también golpea su cabeza contra un muro) llamó vida.

Después de la presentación, me acerqué al autor de otros libros interesantes —Kira, El bufón, Ofrezco morir en Praga, De la mano del hermano muerto— pero no tan absolutamente geniales como Te quiero porque me das de comer. Le dije que había leído su novela y que planeaba colocarlo en la sección más importante de una revista llamada El Caimán Barbudo, para que el público cubano lo conociera bien.

Me da buen rollo eso de Caimán Peludo, me dijo rascándose la frente. Después preguntó: ¿Cómo dijiste que se llama la sección?

Los Raros; es una sección dedicada a esos escritores que…

Pero, venga, tío, eso de raro no me gusta, suena como a escritores que el mundo les ha dado una hostia.

No, para nada, es en realidad un tributo. Además, es la mejor sección de la revista, la gente solo compra la revista por ella, lo demás es relleno (no lo comentes mucho).

Vale, tío… y, dime algo, esta… revista… es ¿importante?

Es la más importante de Cuba, ¡las otras son una mierda!

¡Joder, tío, me estás viendo la cara…! Y qué pasa con… con… la revista Unión, y con La Gaceta de Cuba, creo que se llaman así, y con la revista Orígenes y la de Casa de…

Este… eso no importa, hazme caso, en serio, los tipos más talentosos han pasado por el Caimán, ¿has oído hablar de Leonardo Padura, de…?

¿Padura?, una vez, en Gijón yo…

Bueno, yo estoy ocupando el puesto de Padura, lo botaron apenas aparecí yo.

¡Joder, tío, lo corrieron por ti!, y yo que pensaba que solo eras un gilipollas… Vamos, te invito a unas cañas…

Y seguimos hablando, dos, tres, cinco horas, mientras a nuestro alrededor iban y venían miles de personas, insectos, palabras, sonidos, olores, mientras en ese mismo instante alguien cantaba en algún teatro, y otros bailaban en una esquina, y un carro chocaba contra un poste, y una casa empezaba a derrumbarse, y un asesino enterraba su cuchillo hasta el fondo, mientras la vida, esa vida total que David Llorente había logrado apresar para siempre, transcurría magistralmente, como en el mejor de sus libros.

...pasó un minuto de silencio: luego se oyó un disparo y un cuerpo desplomándose en el suelo...TE QUIERO PORQUE ME DAS DE COMER (FRAGMENTO)

 una moneda de veinte duros

En España hay 3.300.270 parados: el país, en dos años, ha perdido 750.000 empleos: se sitúa a la cabeza de la CEE en número de parados sobre la población activa: la inflación, a pesar de la recesión, no cede. Felipe González dice haberse enterado del caso Filesa a través de los medios de comunicación. Hay una lámpara encendida en un rincón del salón: del resto de la oscuridad ya se encargan las velas: Marcelo Saravia se sirve una copa de vino (le sirve otra a su mujer): pregunta: ¿celebramos algo, hoy?: Susana Coelho le sonríe, baja (tímida, sonrojada) un poco la mirada, coge de la mano a su marido: le dice: me has dejado embarazada: Marcelo Saravia se levanta de la silla, rodea la mesa y abraza tiernamente a su mujer: ¿estás contento? Los psicópatas (asesinos en serie) son plenamente imputables: poseen intactas sus capacidades intelectiva y volitiva: saben lo que hacen y lo que quieren hacer. El periodista Tristán Gopegui (de Diario 363) salió de la Facultad de Medicina (por la escalera de incendios) y se fue directamente a la redacción: preguntó: ¿habéis visto al señor Benet? (redactor jefe de Sucesos): le dijeron que estaba en la azotea, fumando: Tristán Gopegui atravesó (mesas, cubículos, biombos) la sala de la redacción, llegó a las escaleras de servicio, subió un par de pisos más y abrió la puerta (roja) de la azotea: allí estaba el señor Benet: fumando Winston y observando la ciudad. Neurosis: derivada de una fantasía de producción individual: pérdida del sentido de la realidad: histeria: parálisis y movimientos espasmódicos: falta o exceso de sensibilidad al dolor. La profesora Kahn (Alemán) (al cabo de cinco minutos) se dignó a abrir la puerta de su casa a la directora del I. B. Sebastián Oller (había estado todo el tiempo esperando en el rellano): le dijo: ¿ha venido a aconsejarme sobre la ropa que me debo poner?: la directora (hermética, inaccesible: intenta comportarse como se comporta en el colegio) apartó con la mano a la profesora Kahn y entró dentro de la casa: la recorrió entera (habitación por habitación) y después le dijo que acababa de confirmar lo que ella ya suponía: que era la casa de una solterona (no sé si me entiende usted), de una cazahombres, de una puta, vamos: la profesora Kahn no se inmutó: le respondió que en esa casa no había más puta que ella (la directora): y le soltó una hostia que la tiró de espaldas: la directora (le quemaba un ojo) se cayó entre dos sillones: estaba aturdida: no sabía qué pensar: la profesora Kahn había desaparecido por el pasillo: volvió al cabo de unos segundos: traía en la mano una fusta: con ella le calentó bien el culo a la directora: le arrancaba unos chillidos horrorosos (todavía no se sabía si de dolor o de placer): después dejó la fusta: agarró a la directora de los pelos y la arrastró por todo el pasillo hasta llegar a la habitación: allí le quitó la falda, le quitó las medias, le quitó las bragas: cogió una manopla de pinchos y volvió a pegarle en el culo (ya desollado: en carne viva): la directora rompió a llorar: entonces la profesora Kahn se ató un arnés a la cintura (una polla verde de veinticinco centímetros) y la penetró por el culo: la directora (arrodillada en el suelo, a un lado de la cama) mordía el edredón: la profesora Kahn preguntó: ¿quién es aquí la puta?: la directora (sumisa, feliz, liberada) respondió: ¡yo! Oskar Tofi salió zumbando de su casa (no cogió el ascensor), bajó las escaleras de cinco en cinco y alcanzó la calle (su novia, desde el balcón, lo veía todo): la alumna Martina G. F. lloraba (desconsolada: temblando) en mitad de la calzada: Oskar Tofi (para que su novia, desde el balcón, no pudiera verlos) la agarró de un brazo y la llevó (arrastrando, casi) a un lateral del edificio: (tenía muchas ganas de soltarle una bofetada) le preguntó: ¿qué coño estás haciendo aquí?, ¿cómo cojones sabes dónde vivo?: a la alumna Martina G. F. (de tanto llorar) se le salían los mocos: solamente quería verte: Oskar Tofi le dijo que se fuera a su puta casa: ella contestó: no me iré hasta que no me prometas que volverás a querer verme: Oskar Tofi se lo prometió: su novia (da igual cómo se llame), delante del televisor, también estaba llorando: ¿qué tienes tú con esa niña?: Oskar Tofi le dijo que era una alumna (a la que ni siquiera daba clase) que se debía de haber enamorado de él: ¿te la has follado?: Oskar Tofi dio un manotazo contra la pared: ¡pero ¿de qué cojones estás hablando?!, ¡si debe de tener catorce años!: su novia sabía muy bien de qué estaba hablando: ¿te la has follado o no? Joe Foster tiene diecinueve (¿o diecisiete?) años: sale a saludar y se lleva la ovación más fuerte y más larga de la noche: después cae (definitivamente) el telón: el público va abandonando la sala: el detective Casimiro Balcells se queda solo en el patio de butacas: espera un rato más (las señoras de la limpieza se desplazan entre las filas de asientos) y después se levanta: respira hondo (no funciona): da un sorbo de su petaca de coñac (eso funciona mejor) y se encamina hacia la zona de los camerinos: un gorila con corbata y pinganillo le corta el paso: ¿va usted a algún sitio?: el detective Casimiro Balcells le enseña su placa: el gorila de corbata y pinganillo lo deja pasar: le pregunta: ¿sucede algo, señor? Ansiedad: pánico: el individuo intenta dominar un miedo desmedido: pensamientos obsesivos: imágenes o impulsos repetitivos: sometimiento de la persona a esos impulsos: repetición mecánica de comportamientos inútiles: actividades de previsión (lavarse las manos más de veinte veces al día). Max Luminaria no fue al entierro de su madre: al entierro de su madre solamente fue su padre: dos operarios del cementerio (con unas poleas) hicieron descender el ataúd hasta el fondo de la fosa, el cura dijo unas palabras y luego el padre de Max Luminaria se quedó allí, solo (la lápida tenía las letras doradas: se había levantado un poco de aire y las hojas secas se le arremolinaban en los pies): ahí empezó a llorar: siguió llorando en el autobús que lo llevaba al barrio: lloró con más fuerza nada más entrar en casa: fue a la habitación de Max: entró sin llamar: se lo encontró desnudo de cintura para abajo: con la mano izquierda se clavaba una aguja en un pezón y con la mano derecha se masturbaba: el padre (perdona, hijo, no sabía que estabas ocupado) cerró la puerta otra vez: entró en el salón: se sentó en el sillón (a oscuras) y siguió llorando. El señor Benet (desde la azotea) apura su cigarrillo y sigue observando el aspecto de la ciudad: está atardeciendo: los edificios de Madrid (sus sombras: sus contornos) se recortan sobre el horizonte: el periodista Tristán Gopegui (también absorto en el espectáculo del atardecer) se arrima al borde de la azotea (las puntas de sus zapatos rozan el abismo) y piensa en la cantidad de historias que le estarán esperando dentro de esas casas y encima de esas calles: el señor Benet tira la colilla de su cigarrillo (lo catapulta con dos dedos) y le pregunta al periodista Tristán Gopegui: ¿cómo te ha ido en la Facultad de Medicina?: el periodista Tristán Gopegui le dice que parece que ha sido un asesinato extremadamente violento: quizás obra de un psicópata (le vació el paquete sexual): y se encontró una moneda de veinte duros debajo del cadáver (pero esto pudo ser una casualidad: no necesariamente la firma de un asesino en serie): el señor Benet se encendió otro cigarrillo: pasó el brazo por los hombros de Tristán Gopegui: le dijo: esa moneda de veinte duros será lo que nosotros queramos que sea: ¿me entiendes?: ahora ponte a escribir el artículo. El dictador Luis García Meza Tejada es condenado en ausencia a treinta años de prisión. Morihiro Hosokawa es investido primer ministro. El rey Hassan II inaugura en Casablanca la Gran Mezquita que lleva su nombre, la mayor después de la de La Meca. La Asamblea General de las Naciones Unidas declara el 15 de mayo Día Internacional de la Familia. Susana Coelho pone un trozo de pastel de limón en el plato de su marido: dice: ayer me encontré con Greta Santamaría en la Asociación de Mujeres: a Marcelo Saravia se le encoge el estómago: ah, ¿sí?: ¿y qué te dijo?: Susana Coelho también se sirve un pedazo de pastel de limón (se sienta a comérselo): nada: que os habéis estado acostando juntos durante más de un año: ¿te hago un poco de café? Trastornos obsesivo-compulsivos: la obsesión existe cuando la persona no puede excluir ciertos pensamientos de la conciencia: son comportamientos cotidianos y repetitivos de precaución consciente o bien síntomas intropsíquicos de comportamientos altamente organizados que dominan a la persona. El detective Casimiro Balcells llamó a la puerta del camerino de Joe Foster: escuchó una voz muy joven que le decía que pasara y él entonces giró el picaporte y entró: se encontró a Joe sentado delante del espejo (desmaquillándose), desnudo de cintura para arriba, con un cigarrillo rubio echando humo encima de un cenicero: el actor dijo: buenas tardes: el detective Casimiro Balcells intentó (balbuceando) presentarse: le dijo que era un admirador suyo y que había visto esa obra más de cincuenta veces: Joe cogió el cigarrillo del cenicero, se lo llevó a los labios y fumó. Los asesinos en serie nunca se arrepienten durante el juicio: el asesino en serie (considerado un psicópata) no suele ingresar en prisión: lo cierto es que la mayoría de ellos no llega a cometer ningún delito a lo largo de su vida: no porque no quieran, no porque sean buenas personas (o personas normales), sino porque, sencillamente, no entraba en sus planes. Max Luminaria cerró el libro que estaba leyendo: debía irse ya a descansar: a la mañana siguiente tenía que ir al hospital a hacer unas prácticas de quirófano (un corazón al que había que ponerle cuatro baipases): se metió en la cama: se tapó hasta la barbilla: cerró los ojos: (al otro lado del tabique) oyó que su padre apagaba el televisor (demasiado pronto para irse a la cama): oyó cómo su padre abría la puerta del salón y salía al pasillo: no entraba en su habitación: tampoco iba al cuarto de baño: oyó que seguía caminando y que abría la puerta del cuartito en el que guardaba todos sus recuerdos militares (sobre todo de aquella misión en la guerra de Vietnam): al cabo de un par de minutos volvió a cerrar la puerta: se oyeron sus pasos (sus pies) arrastrándose por el pasillo: entró otra vez en el salón: pasó un minuto de silencio: luego se oyó un disparo y un cuerpo desplomándose en el suelo: Max Luminaria se dio media vuelta en la cama: al día siguiente tenía que hacer prácticas de quirófano en el hospital (un corazón al que había que ponerle cuatro baipases).

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