Actualizado el 13 de marzo de 2017

Ferdinand Von Schirach

Por: . 12|3|2017

El lector podrá pensar que el nieto del líder de las Juventudes Hitlerianas, Baldur Von Schirach, solo podría escribir sobre el nazismo, los arios, o quizá algún método de supremacía; pero el abogado de profesión ni siquiera ronda el tema...No me gusta referirme a algún libro o escritor con los términos de “mejor”, “lo máximo” y cosas así. Detesto a la gente que dice “Este es el Mejor libro que he leído”, o “Esta película es lo máximo”. No entiendo a la gente así. Yo nunca jamás lo he hecho ni lo haré. Pero, como me estoy refiriendo al pasado y al futuro, puedo darme el lujo de utilizar el presente y afirmar sin ninguna duda que Ferdinand Von Schirach es el mejor escritor de la historia, el que más me ha gustado, y que es lo máximo. Cervantes, Joyce, Hemingway, Onetti y a todos los que siempre uso como ejemplos, son malísimos si comparo. Hasta Goethe dice que Ferdinand es lo Máximo. Y como tengo la patente de lo que es bueno y malo, puedo decir todas estas cosas y repetir que el escritor alemán Ferdinand Von Schirach (Múnich, Alemania, 1964), autor del libro Crímenes, es lo máximo, el mejor. El lector podrá pensar que el nieto del líder de las Juventudes Hitlerianas, Baldur Von Schirach, solo podría escribir sobre el nazismo, los arios, o quizá algún método de supremacía; pero el abogado de profesión ni siquiera ronda el tema, sus intereses se van al lado inverso de la deshumanización. De hecho, cuando lo leemos, sentimos que estamos bastante cerca de lo que significa “ser humanos”. Sus historias, tomadas de sus propias vivencias como abogado, se centran en conflictos de hombres y mujeres comunes, pero los narra con tanto afecto y sinceridad que los transforma en conflictos extraordinarios y trascendentes. Su visión de jurista devenido escritor le da una interpretación transversal a los hechos; y nos ayuda a visualizar claramente que no existen culpables ni inocentes y que juzgar es solo un vicio más de la vida en sociedad. No por casualidad su libro Crímenes permaneció más de cincuenta semanas en la lista de libros más vendidos. No fue ni es casualidad, todos deberíamos tener un libro así en casa, que nos ayude no a entender, pero al menos hacer las paces con nuestros miedos, dudas y toda esa irracionalidad que nos rodea. Un gran libro, con grandes historias de hombres y mujeres comunes.

SUERTE (FRAGMENTO)

Su cliente llevaba veinticinco años en política. Mientras se desnudaba, le contó cómo se las había arreglado para llegar tan alto. Había pegado carteles, pronunciado discursos en la trastienda de locales pequeños, construido su propio distrito electoral y superado su tercera legislatura como diputado en una posición intermedia en las listas. Dijo que tenía muchos amigos y que incluso estaba al frente de una comisión de investigación. No es que fuera una comisión muy importante, pero él era el presidente. Y ahí estaba frente a ella, en ropa interior. Irina no sabía qué era una comisión de investigación.

El hombre, que era grueso, encontraba la habitación demasiado estrecha. Sudaba. Aquel día debía hacerlo por la mañana, a las diez tenía una sesión. La chica le había dicho que no había problema. La cama parecía limpia y ella era guapa. No tendría más de veinte años, pechos bonitos, labios turgentes, por lo menos un metro setenta y cinco de estatura. Como casi todas las chicas de la Europa del Este, iba muy maquillada. Al gordo eso le gustaba. Sacó setenta euros de su billetera y se sentó en la cama. Había dejado sus cosas cuidadosamente dobladas sobre el respaldo de la silla; era importante que la raya del pantalón no se arrugara. La chica le quitó los calzoncillos y le apartó hacia arriba los michelines; él no le veía a ella más que el cabello, y sabía que iba a necesitar mucho tiempo. “Al fin y al cabo es su trabajo”, pensó, y se recostó en la cama. Lo último que el gordo sintió fue una punzada en el pecho; quiso levantar las manos y decirle a la chica que parara, pero sólo fue capaz de gruñir.

Irina interpretó los gruñidos como un signo de beneplácito y continuó unos minutos más, hasta que advirtió que el hombre se había quedado mudo. Alzó la mirada. Su cliente tenía la cabeza vuelta a un lado, con un reguero de saliva en la almohada y los ojos en blanco, en dirección al techo. Le gritó y, como él seguía sin moverse, fue a la cocina a buscar un vaso de agua y se lo echó en la cara. El hombre no reaccionó. Aún llevaba puestos los calcetines. Estaba muerto.

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