Actualizado el 29 de agosto de 2010

SUS JIRAZAS SON NUESTRAS

Por: . 8|4|2010

I. La Cacería

LA NARRACIÓN DEL FURSHIE

Dentro del cráter hay muchas. Las hierbas yacen bajo la multitud de sus cuerpos desnudos.

Miran al cielo y se frotan debajo del vientre con hierba maldita. El sudor les baña el cuerpo. ¿Acaso no sienten el helado viento de la noche? Suspiran, se contorsionan y gimen. Qué atractivas se ven sacudiéndose sobre el suelo y acariciándose la entrepierna. Tiemblo de ansiedad. Mi filametera se eriza. Podría mirarlas toda la noche. Detengo mi mirada en una de ellas. Al principio sus roces con la hierba son leves pero pronto desespera y sus piernas se abren más y sus manos, con un puñado de hierba, frotan más fuerte la jiraza. Que es preciosa. Y que se dilata un poco más con cada contacto. Y que pronto se pone húmeda y roja y… Mis manos buscan mi filametera. Pero las detengo. No estoy aquí para eso.

Me concentro en la cacería.

Escucho la señal. Todos los furshies de la partida de caza comenzamos a caminar hacia el centro del cráter con pasos sigilosos pero constantes. Las mushkies aún no nos perciben. Pero no por mucho tiempo.

El primer grito desata el caos que pronto reverbera en el cráter. Los nuestros agarran todas las mushkies que pueden y las atan. Las demás corren, intentando eludir las capturas.

Estoy cerca de una. Atrapo sus brazos, y la ato con una cuerda. Me mira y un horrible sonido de desesperación brota de su boca. Me muestra los dientes expresando ira y miedo a la vez. Le doy un golpe seco en el pescuezo y cae inconciente. La cargo en brazos y la llevo hacia el borde del cráter.

La pila de mushkies es enorme. El Gran Hartraco ha dado la orden de elikatar a las que no podemos llevar al campamento. Las que no han sido capturadas corren fuera del cráter con todas sus fuerzas. Otras están siendo elikatadas por los más rápidos de los nuestros. Arrojo la que he capturado en la pila y el olor de una muy cercana me llama. Corro para alcanzarla.

Ella huye, pero sus nervios la hacen tropezar varias veces y puedo igualar su paso e incluso aventajarlo. Corre hacia el bosque. Allí el camino es angosto por lo tupido de la foresta y podrá moverse con rapidez, es menuda y debe conocer bien la zona. Pero no, mushkie, no dejaré que te vayas. Elikatar es la orden.

Me lanzo sobre ella cuando estamos a corta distancia. Caemos sobre el suelo pero nos levantamos en seguida. La mushkie entiende que es inútil huir. Pero no está dispuesta a entregarse sin más.

Se mueve en círculos pateando el aire, con una destreza infatigable que parece brotar de la jiraza recién complacida. Gruñe. Una lágrima cae por su mejilla. Esconde su jiraza con sus manos llenas de hierba. Sabe qué es lo que busco.
Me muevo más rápido que ella. Paso por entre sus piernas y veo su jiraza, tan indefensa, tan bella, tan enrojecida a causa de las frotaciones. Ella me golpea con sus puños. Pero ya es mía.

II. El Acoso

LA NARRACIÓN DE LA MUSHKIE

La Sodecidora susurra al viento, mira a las estrellas y traga el puñado de madrehierba humedecido por todas las jirazas de la tribu. Ha comenzado el ritual.

Sibila se tumba sobre el suelo y comienza las contorsiones que hacen a la madrehierba deslizarse por su piel desde los muslos hasta la jiraza. Otras se acuclillan y restriegan su jiraza contra las divinas plantas en un delicado vaivén, las demás agitan sus talles en círculos, con las manos detrás, sosteniéndolas, y las piernas bien abiertas. Todas plenas de placer, todas en comunión con la Madre Hierba. Ansiosa y trémula, poso mi cuerpo sobre el suave verdor y con mis manos comienzo a acariciarlo y a rozar mi entrepierna.

Oh, Madre, has de perdonar nuestro pasado. Nuestros tratos con los salvajes furshies. Nuestra sumisión. Seremos servidoras todas de tu savia y nos multiplicaremos en tu honor y bajo tus designios. Oh, Madre, Madre… Mis gemidos acompañan las plegarias y a veces las opacan. La Madre debe escuchar nuestras oraciones pero debe también sentir el fruto de nuestra ardorosa entrega, la pasión que somos capaces de convertir en servidumbre. Suspiro y elevo mi cuerpo bocarriba sosteniéndome con brazos y piernas bien abiertos, dejando que el viento mismo mueva la hierba y esta fluya por mi jiraza con breves y sutiles contactos.

Un grito asciende a las estrellas. Abrimos nuestros párpados y vemos muchos furshies abalanzándose sobre nosotras. Nos levantamos, con la molestia que deja en la jiraza un ritual incompleto. Sálvanos, Madre Hierba, tú que engendras sin vejar.

Un furshie ha agarrado a Sibila, le ata y le golpea la nuca. La lleva en brazos a un lugar al borde del cráter donde apilan a las nuestras como si se tratase de guabeños salvajes. Lo persigo y trato de esquivar la perversión de sus iguales.
A mi lado una mushkie grita aterrada cuando un furshie la penetra. Su jiraza está maldita y llora por ella. El varón la agita frenético y gime tan fuerte que apaga su lamento.

Sigo corriendo hacia el borde del cráter. Por fortuna a Sibila sólo la han atado. Quizás pueda liberarla. El furshie que lleva a mi hermana la lanza sobre otras cautivas y se vuelve a mí, como si fuese evidente mi presencia. Sus malsanos ojos revelan sus intenciones.

Huyo, no me agarrará. No, nunca. Corro hasta el bosque. Pongo todas mis fuerzas en ello pero me fatigo rápido y tropiezo un par de veces. Lo siento detrás, apresurando el paso.

Se arroja violentamente sobre mi cuerpo. Me acosa con su mirada y se mueve en derredor mío. Ya no puedo huir, tendré que pelear. Me levanto y pateo a su alrededor, mostrándole mi ímpetu. Su filametera está erizada y lista para someterme. Me brota una lágrima y le oculto mi jiraza. Gruño, mostrando que aún no me ha vencido. Pero pronto logra meterse entre mis piernas y agarrarme por la cintura. Le golpeo y me retuerzo entre sus fuertes brazos. Pero es demasiado tarde.

III. El Incidente

LA NARRACIÓN DEL FARDÍ

Las cámaras muestran la llegada de las mushkies. Preparo las dosis y compruebo los sensores.

Se produce una ceremonia inicial liderada por una suerte de sacerdotisa. El proyecto ha funcionado en el marco de la adoración religiosa, han convertido las hierbas en divinidades de una mitología joven y autóctona. La curiosidad y los estimulantes podían haber hecho de las hierbas un simple espacio de regímenes masturbatorios para las mushkies, mientras no frecuentasen furshies, pero todo esto se ha convertido en algo mucho más solemne y grave.

Los monitoreos muestran que hace más de un año que las mushkies no visitan a los furshies. Y que no habrá hijos varones por lo menos dentro de un año más. Que los furshies ya comienzan a preocuparse y la animosidad es frecuente entre los jóvenes adultos. Es lógico, su supervivencia lo exige.

Luego de la iniciación o bendición de la líder religiosa las hembras emprenden la frotación con las hierbas. Suministro las dosis de feromonas necesarias y espero a que la excitación abra los conductos seminales de las jirazas. Una vez abiertos, administro a un ritmo más lento otros estimulantes y los activadores de fecundación partenogénetica. Los equipos de muestreo estiman que un 10 % ha sido disuelto en el lubricante que humedece sus genitales. Poco tiempo después comienzo a administrar simultáneamente cicatrizantes y antiinflamatorios para que la gestación acelerada y el desprendimiento del genital se produzcan sin complicaciones.

De pronto los sensores de los bordes del cráter comienzan a notar actividad furshie. Me alarmo. No suelen llegar tan lejos. Las mushkies se encuentran sumidas en el ritual, sin notar la presencia de los furshies. Los varones caminan hasta el centro del cráter con un sentido del propósito que es preocupante. Se abalanzan sobre sus hembras y las atan. Todas corren y gritan despavoridas. Se resisten a las capturas pero sufren golpes que las dejan inconcientes. El número de cautivas supera la veintena.

Pronto un líder furshie dicta una orden y sus súbditos comienzan a perseguir a más mushkies y, cuando las atrapan, fuerzan el apareamiento.

Comunico a los jefes. Me responden que deje todo tal como está. Que pronto se pasará a la siguiente fase. Preguntan cuál es la estimación de recogida de jirazas para mañana. Deben producirse de cuarenta a cincuenta paritorios, contando con las mushkies capturadas y las que, interrumpidas por el ataque furshie, no han recibido las dosis de activadores adecuadas. Contesto. Treinta de las jirazas desprendidas se enviarán en el siguiente embarque, las demás, que deberán tratarse con feromonas, quedarán para un embarque posterior. Añado. Este año la demanda de jirazas ha superado las expectativas, me dicen, y aún si este incidente se repite habrá que cosechar y exportar a Farde a buen ritmo.

Los fardíes tenemos gustos caprichosos, nos gusta adornar las comidas de importancia con olorosos ramilletes de jirazas o regalar a la pareja una tajada en algún galanteo. Pero lidiar con las cosechas es mucho más complicado de lo que el fardí común puede sospechar.

KHUNTA

Por Susana Sussmann

En un claro del bosque, una aldea pequeña. Unas veinte mujeres en la plaza, rodeando a una joven que permanece tendida en algo similar a un altar.

Un hombre, el único presente, le toma la mano. Ella hace visibles esfuerzos por contener los gemidos. Sus ojos permanecen cerrados con fuerza y grandes arrugas surcan su rostro. Él apoya su frente contra la de ella, evitando mirar otra cosa que no fuera su cara.

Una mujer vieja se acerca a la joven y pone las manos sobre su vientre. Asiente.

El grupo comienza a cantar una melodía suave, triste, intensa y alegre, todo a la vez. La sangre empieza a manar del vientre de la joven tendida, que deja escapar un grito agónico. El hombre rompe a llorar, mientras la anciana se retira hacia una cabaña con algo en sus manos y las mujeres danzan extáticamente al ritmo de sus propios cantos.
“La vi por última vez el día carmesí…” decía Khunta mientras juntos mirábamos el crepúsculo.

Su acento era rasposo, recordaba las torpes palabras de los loros y guacamayas que todavía puedes encontrar en los trópicos.

Pero nunca un loro hablaría con tanta exactitud, nunca con tanta inteligencia, nunca con tanta pasión como Khunta, mi dulce Khunta, hablaba. Y en esos momentos en los que me revelaba una verdad increíble y dolorosa, su pasión desbordaba.

La vi por última vez el día carmesí…
Tal vez te sorprenda pensar que recuerde ese momento, pero nosotras somos capaces de recordar cada instante desde que adquirimos la conciencia. Y la adquirimos para nacer. Mi madre era todo lo que yo veía. Una gran bolsa roja, cálida, segura, pero también asfixiante. Éramos muchos, más que los dedos de mis dos manos. Y tuve que moverme, y mis manos rasgaron la pared protectora y nos inundó la sangre. Debíamos salir. No entendí lo que hacía hasta que aspiré el aire fresco, frío en realidad, y mis hermanos y hermanas me empujaban hacia el exterior. Creo que fui la primera en salir, y también la primera en ver a mamá desde afuera. Pero no fui la primera en entender. Lo único que yo sabía en ese momento era que tenía frío y quise volver al calor de mi madre, pero ella ya no era cálida. Rápidamente se enfriaba. Y tuve miedo. Todos lo tuvimos. Hasta que una de las ancianas nos tomó en sus brazos y nos alimentó con savia fresca, nos cubrió y nos protegió.

Quizá no comprendas del todo por qué fue tan doloroso. Creo que te voy a describir algunos de los descubrimientos que hicimos durante nuestra estancia en aquel lugar extraño, para que puedas entender las circunstancias que me hicieron volver. Sí, me hubiese quedado, si hubiera valido la pena. Deja que te lo explique.

Desperté una mañana sabiendo que había llegado a mi madurez. El vientre me dolía, y sentí que algo estaba en mi interior. Por lo que me has contado de tu mundo y de tu gente debe ser como una de tus mujeres cuando se saben embarazadas. Pero yo no me sentí feliz. Sólo sentí algo de dolor, y comprendí que ya no era una niña. Las ancianas me habían explicado lo que esto significaba, así que no fue sorpresivo para mí. Hacía días que yo notaba cierta profusión de machos entre las hojas de mi casa. Sabía que el momento estaba cerca. Y eso estaba bien. Iba a ser fértil e iba a contribuir con más niños para la aldea. Las ancianas no son fértiles, y eso las hace desgraciadas, pero también es causa de que vivan muchos años y aprendan de la vida y nos enseñen a vivir a las demás mujeres, y eso las hace también felices.

Su especie resultó anormal desde todo punto de vista. Cuando llegamos a su planeta descubrimos, no sin sorpresa, una sociedad semi-civilizada en la edad del hierro… pero compuesta solamente de hembras. La suposición inicial fue la obvia: o los machos estaban ocultos por alguna extraña razón, o eran físicamente indistinguibles de las hembras. Esta idea la expresó el contramaestre de la nave, un joven muy competente pero un tanto ingenuo. No es que no lo tomáramos en cuenta por su juventud, ni tan siquiera por haberse puesto rojo como un tomate (rojo como ellos vieron el vientre de mi Khunta el día carmesí) al mencionar una hipótesis tan absurda. Las hembras de esta especie tienen un parecido tremendo con las mujeres terrestres, salvo quizá la ausencia de pechos. Con un torso plano y liso, su cuerpo es delgado y suave, con sugerentes curvas en las caderas y un aparato reproductor que en nada se diferencia del de las mujeres. Sí, me consta. Pero no quiero adelantarme, así que vuelvo al tema. Sus pies son delgados como los pies femeninos, y sus manos pequeñas. Te das cuenta de que no es una mujer la que te toca sólo si abres los ojos y ves las garras en las que terminan sus dedos. O si levantas la mirada y ves, entre sus muy humanos ojos, tan capaces de llorar como los tuyos, un pico afilado como el del un halcón.

Y un día llegaron ustedes en su gran ave brillante como el sol, haciendo tal estruendo que pensé que mundo llegaba a su fin. Aunque todas sabemos que el fin del mundo vendrá en la forma de un invierno eterno y que Madre Sol nos abandonará, igual temí que ustedes fueran mensajeros de la Madre a decirnos que nuestro tiempo había llegado a su fin. Y con ese temor en mi pecho te vi. Y eras extraño. Y especial.

Me estoy desviando, lo siento. Te decía que el contramaestre sugirió que sus machos y hembras eran físicamente iguales. Y te decía también que no dejamos de tomar en cuenta la idea. Otras sugerencias se pusieron sobre el tapete. Que eran hermafroditas. Que cambiaban de sexo en la época reproductiva. Hasta que pudieran tener alguna forma de reproducción asexual. Eran los primeros días y todavía no habíamos hecho ningún contacto. Al tiempo logramos una rudimentaria comunicación por signos, y poco a poco ellos aprendieron a hablar nuestro idioma y nosotros a imitar sus extraños graznidos.

Cuando empecé a entender tus palabras ya conocía mucho de lo que habitaba en tu corazón. Supe que tu raza es fuerte, valerosa, terrible. Y supe que deseaba estar a tu lado, a pesar de no estar a tu altura. Quise acompañarte, así que me empeñé en aprender tu idioma y hacerte de guía e intérprete. Fue así que me dijiste lo que ya presentía.
Y a medida que transcurrían las semanas yo fui aprendiendo algo más. ¿Crees en el amor a primera vista? Entre Khunta y yo hubo química desde que la conocí. Da risa pensar que ella era una mujer casada y que le fue infiel a su marido conmigo. Sí, señor, tienen machos en sus sociedad. Y sí, están ocultos. Eso me lo explicó Khunta. Y también me dijo el por qué.

Me horroricé cuando me explicaste que lo que yo sentía se parecía a lo que llamas amor. Amor es lo que se siente por las hermanas, o por las ancianas, o por los niños. Amor no es lo que se siente por un hombre. Un hombre sólo existe para hacernos llegar a la madurez y para ayudarnos a dar hijos a la Madre Tierra. Son seres maravillosos, todopoderosos, sagrados… pero no son amados. Venerados, tal vez, pero no amados. Además, lo que yo siento por ti es diferente a lo que siento por las demás. Incluso distinto de lo que siento por la Madre Sol y por la Madre Tierra.
Cuando me explicó la razón por la cual me iba a dejar, con lágrimas en sus bellos ojos color azabache, comenzó diciendo “… la vi por última vez el día carmesí…” Se refería a su madre y al día en que ella nació. ¿Sabes? Sus mujeres tienen una abertura en el útero igual que las nuestras, pero ésta se cierra completamente cuando se embarazan. Y los bebés deben abrirse paso a través del vientre, con sus picos y las rudimentarias garras que ya han empezado a endurecerse para prepararlos para su nacimiento. El parto es también el día final de esas valientes mujeres. En realidad, son las pequeñas hembras las que se abren paso, y los varoncitos las siguen, ciegos y blandos. Ellos no tienen pico ni garras, ¿sabes? No tienen siquiera brazos.

Soy feliz al verte. Soy feliz al estar a tu lado. Soy feliz al conversar. Pero cuando tomas mi mano siento algo que jamás sentí con nadie. Siento algo placentero recorrer mi espalda. Y por eso he tratado de contribuir con mi cuerpo en la medida en que voy comprendiendo lo que deseas de mí. No lo entiendo, pero lo acepto. Sobre todo porque eso parece hacerte tan feliz como me hace feliz a mí observar tus ojos y presentir lo que habita en tu corazón.

Las hembras crecen y se transforman en jovencitas tan parecidas a las humanas que te sorprenderías. Los varones siguen pareciendo pequeños gusanos. Pero el instinto es fuerte en esos gusanos. Me resulta tan fácil pensar en ellas como mujeres, pero soy incapaz de pensar en ellos como algo más que despreciables parásitos. Perdona, recordarlo me da asco, me hace pensar en una especie de bestialismo. Ellos no hablan, no piensan, o al menos no hacen nada que te haga pensar que puedan ser inteligentes. Son las mujeres las que han creado la civilización. Otra vez me estoy desviando.

Pero ya no más. Sufro al ver tu rostro atormentado. No es que no te quiera. Te amo. Ya he aprendido a aceptar esta palabra. Pero debes entender que pronto moriré, y que desde hoy y hasta el día de mi muerte no podrás entrar de nuevo en mi cuerpo. No, no es nada sagrado. Déjame enseñarte, sólo debo quitarme las ropas. Observa. ¿Ves? Qué más quisiera yo que seguir como hasta hoy por el resto de la eternidad.

Cuando una joven llega a la edad fértil, un macho entra en su cuerpo. Usualmente pasa con ella dormida, porque es el momento en el que está echada, cerca del suelo, a su alcance. Pues entra por la abertura entre sus piernas y allí se queda, mordiéndola y cambiando su alimentación de fluidos vegetales en sangre. Y ella despierta casada. Lo sienten, ¿sabes? Dice Khunta que se siente un dolor leve y hay un poco de sangramiento. Y entonces la abertura se contrae para no dejar entrar a otro marido. Se contrae como la vulva de una mujer virgen. ¡Resulta tan irónico! Si duermes con una de las vírgenes es como si fuera una mujer de mundo, pero las mujeres casadas se sienten como vírgenes. Bueno, lo primero lo estoy suponiendo a la luz de lo que mi Khunta me contó. No puedes imaginar lo que eso significó para mí. ¿Cómo un hombre puede competir con un marido que está siempre con ella, siempre en ella? ¿Cómo lograr entrar en sus sentidos cuando sus sentidos no están preparados para ti, sino para él? Es frustrante. Y sin embargo eso poco me importaba. Siempre trató de hacerme feliz, aunque ella no lo fuera. Por eso la amé tanto, por eso la amo tanto. Perdona, deja que seque un poco mis lágrimas y me concentre en los hechos. No es de hombres llorar.

Veo lo que estás sufriendo. Por eso creo que no debería volver a verte, para que empieces a olvidarme.

En algún momento de su vida, el marido ha absorbido suficientes fluidos vitales como para volverse fértil a su vez, y entonces la mujer empieza su no tan largo camino hacia la muerte. Su vientre se endurece, su cuerpo expulsa al agotado marido, que, siendo incapaz de volver nuevamente a la dieta vegetal, muere pronto de hambre, una camada de bebés, machos y hembras, empieza a desarrollarse en su interior, y la abertura se cierra definitivamente.

Si deseas estar a mi lado, lo aceptaré. Siempre me ha hecho feliz hacer tu voluntad. Yo también te amaré hasta el día de mi muerte. Y cuando sea parte de la Madre Tierra prometo seguir amándote. Quizá la Madre se apiade de mí y me permita visitarte en sueños.

Khunta se embarazó mientras fuimos amantes. No de mí, evidentemente. A partir de ese momento el cambio físico fue tan evidente que tuvo que contarme la verdad. Así que le prometí amor eterno y la acompañé cada uno de los días que le quedaban de vida.

La vi por última vez el día carmesí…

SOBRE LOS CUENTOS SUS JIRAZAS SON NUESTRAS Y KHUNTA

Por Yoss

Sus jirazas son nuestras surgió originalmente como un ejercicio de redacción dirigida en el taller literario Espacio Abierto: contar una misma historia desde varios puntos de vista (tres en este caso). Pero ninguno de los varios autores que lo intentaron logró un texto tan impactante como este, que ha dado origen a toda una serie de “secuelas” u otras historias ambientadas en el atractivo universo de los furshies y las mushkies, humanoides pero de extraña sexualidad. Muchos de estos cuentos han sido incluidos en el libro aún inédito Pies firmes, pies flotantes, que ganara mención en la categoría de CF para niños y jóvenes en el premio La Edad de Oro 2009. Curiosamente, su autor, Gabriel Gil, pese a su juventud (no cuenta todavía 25 años) es una de las más sólidas promesas de la nueva CF cubana; y no es biólogo, sino estudiante de Física. Y si en buena parte de su obra se advierte una fuerte influencia de las ciencias naturales, habría que echarle la culpa a su novia Laura, otra fan confesa del género, que sí estudia en la Facultad de 25 y J…

El conmovedor relato corto Khunta, de la asimismo bastante joven (todavía no cumple 40) metróloga e informática de Caracas, Susana Sussmann (inédito hasta ahora en papel; y su publicación será un regalo de maternidad para la autora, actualmente embarazada de su primer hijo), una de las más interesantes y consistentes voces en la CF venezolana actual, aborda también el siempre fascinante subtema de las asombrosas sexualidades de seres extraterrestres, esta vez en su inevitable choque con el referente de la perspectiva humana.

No por gusto hemos seleccionado dos historias de “sexo alienígena”. Este asunto, junto a otros igualmente considerados “serios” o “científicamente densos”, como la física cuántica, la realidad virtual o la ecología, es uno de los que más a menudo tratan en los últimos tiempos los autores latinoamericanos.

Categoría: Narrativa | Tags:

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